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El único espectador

martes 4 de abril de 2023
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En los albores de sus 23 años, Afra decidió recorrer en bicicleta la Carretera de la Muerte, una ruta boliviana distinguida por su peligro extremo. Se encontraba de viaje en La Paz visitando a Chay, un amigo mochilero que conoció, un mes atrás, en su hostal de Buenos Aires, ciudad a la que se había mudado desde Madrid para realizar un intercambio universitario y que ya se había convertido en su nuevo hogar.

Llevaba sólo dos días en La Paz, pero la ciudad se había abierto como un abanico, ofreciendo un conglomerado de sensaciones desordenadas que dejarían huella, para siempre, en su imaginario. Le resultó bizarra. Muy pigmentada y vistosa en sus colores tierra, esos típicamente rojos, marrones, naranjas y, a ratos, amarillos. Caótica en sus carreteras, que devoraban la acera y sólo la permitían existir en pocos centímetros por los que había que andar de cara o de espaldas a la pared, pues la anchura no era suficiente para los dos pies. Era una ciudad saturada. Atestada. Era imposible recorrerla en coche en menos de cinco horas, y es que en las carreteras se agolpaban vehículos chatarra que avanzaban unos pocos metros cada hora. Los coches se apilaban hasta el infinito y la ciudad parecía instalarse en un eterno atasco. Curiosamente, eran pocos los accidentes, pero muchos habitantes priorizaban el teleférico como medio de transporte, pues en el aire no se producían atascos.

El calor era abrasador, como si una enorme bolsa suspendida en el cielo se hubiera roto, vertiendo una masa calcinadora y pegajosa que se colaba por las rendijas y ocupaba todo el espacio. En La Paz era imposible vivir más allá del calor. Afra observó, detenidamente, al joven conductor de una camioneta; estaba deshaciéndose en sudor, pero no se inmutaba. Esa era una curiosa característica de los habitantes de La Paz: no parecían ser conscientes del desorden que impregnaba su ciudad. Las incomodidades no les incomodaban y los estorbos no les estorbaban. Afra intuyó que esto no se debía a una heroica predisposición a la superación de obstáculos, sino a una radical aceptación de la naturaleza engorrosa de la vida, como si los problemas no hubieran aparecido en el campo de la conciencia exigiendo, consecuentemente, una reacción o lamento. Y es que la supervivencia parecía ser el cronómetro. Una supervivencia despojada de tragedia y romanticismo. Una supervivencia pura y sin ornamentos: feroz y cruda.

El desnivel del suelo era espectacular. Pareciera que la ciudad entera fuera una cuesta, hacia arriba y hacia abajo a la vez, como si no existieran los 90 grados respecto al eje que se erige hacia el cielo. Y las montañas rodeaban, imponentes y marrones, la ciudad. Ajenas, como lo era todo en La Paz, a lo que sucedía en el interior del perímetro que abrazaban.

En La Paz no estaba de moda la especialización: era posible encontrar cualquier artículo en cualquier tienda.

Había mercados, hacia arriba. Y no, no hacia el norte. Hacia arriba. Más allá de las montañas. Hileras desordenadas de cien mil puestos. Afra necesitaba comprar unos calcetines, y encontró una variedad tan vasta que le resultó imposible pensar que en otro lugar del mundo hubiera calcetines; estaban todos en La Paz. Buscando esta prenda, arribaron a un puesto que vendía móviles, altavoces, comida y camisetas de la selección holandesa de fútbol. Incluso un cenicero con forma de cabra. En La Paz no estaba de moda la especialización: era posible encontrar cualquier artículo en cualquier tienda.

Tras varias horas paseando por el mercado, pararon a descansar y vieron a un hombre del que colgaba una mesa (sí, una mesa) repleta de cocos. Los exprimió delante de ellos y les dio a probar la bebida resultante. El azúcar se introducía en sus poros y proporcionaba un poco de energía, necesaria para soportar el calor y el caos. Así era La Paz: en sus mercadillos se hallaba el botón de la chaqueta perdida la década pasada, y bajo su sol chillón y denso se desarrollaba, desordenadamente y en improvisación constante, la vida.

—¿Comemos ahí? —preguntó Chay, señalando un pequeño puesto frente a la carretera que ponía fin al inmenso mercadillo. Afra asintió, agotada, y se dirigió a las mesas mientras Chay se acercó al anciano dueño del tenderete para pedir comida.

Ya sentada, miró hacia arriba y se vio instalada bajo una holgada sombrilla con el eslogan de Coca-Cola que no acertaba a cumplir su función esperada, pues los robustos rayos del sol boliviano atravesaban la sucia y desgastada tela. En el ambiente, pendía un espeso bullicio, y el sinfín de estímulos humanos que albergaba la ciudad agitaba y revolvía los abatidos sentidos de Afra. “Muy conveniente”, pensó. “Una mente entretenida es una mente que no sufre”. Pero, como si llevaran todo el día conteniéndose para no irrumpir, bajo esa sombrilla sofocante y desde las profundidades de su mente, asomaron, ya liberados, Duman y su fastidiosa cara. “Lo veré cuando regrese a Buenos Aires”. Pareciera que se diluyera en la silla, como si los contornos de su figura la hubieran abandonado.

—¡He pedido salteñas para compartir! —dijo Chay, sentándose en frente de ella desenfadadamente, con la seguridad de quien vive tranquilo.

—Genial —respondió Afra al tiempo que rasgaba las finas cortinas que la retenían en su mente, viéndose abocada a responder ante la realidad—. ¡Qué hambre tenía! —añadió, movilizando enfáticamente su cuerpo y agarrando la grasienta salteña con repentina ansia, renunciando a la intención estética que solía acompañar sus movimientos.

Esa tarde, acudieron a una fiesta celebrada en el hostal en que se alojaban. Estaba atestada de jóvenes viajeros henchidos de ganas de vivir. Afra entabló una relación de complicidad espontánea y eufórica, de esas tan frecuentes en los pequeños mundos que se forman en las paradas de los viajes largos, con dos chicas españolas.

En el patio del hostal se disputaba un torneo de beer pong. Afra jugó en el mismo equipo que Chay y, para el asombro de los hombres del lugar, mostró una puntería excepcional. Era consciente del pedestal en el que este hecho le situaba de cara a la mirada masculina. No sólo era una chica atractiva, sino también talentosa en un juego típicamente varonil. ¡Simplemente irresistible! Terminado y vencido el juego, se marchó indiferente, dejando atrás miradas extasiadas de deseo, y se dirigió hacia otra esfera ambiental: la de las chicas. La noche ya se había instalado.

—Ese chico con rastas es guapísimo —dijo, emocionada, Vanessa, una de sus amigas españolas. Afra miró y adoptó la energía apropiada para dicha situación social.

—Dios, ¡qué guapo! —respondió, forzando un desmedido interés.

El chico era indudablemente atractivo, pero Afra vivía bajo una sombra fuera de la cual nada importaba. Ni el espectacular viaje a Bolivia. Ni el chico guapo, ni siquiera después de acostarse con él horas más tarde, sin la predisposición salvaje y deseosa esperada en tales coyunturas, sino con una apatía de sobra conocida en el mundo de las mujeres.

El amanecer trajo consigo el anhelado día de la excursión a la Carretera de la Muerte. Dada su juventud, no la encontró con resaca, tal y como debiera haber sido dadas sus actividades de la noche anterior. Afra se subió, al comienzo de la ruta, diminuta ante los brazos imponentes de los Andes, a su bicicleta. “¡Ay, Duman!”. Su imagen le había golpeado de imprevisto en la cabeza. A su lado, ilusionado, se encontraba Chay, en una bicicleta considerablemente más grande. Emprendieron la marcha. La ruta tan ínfimamente tallada al borde de las montañas e inmensamente rodeada de jungla era salvaje, desordenada, ajena a los cuidados e intenciones de la humanidad. El viento era gélido y le azotaba violentamente en la cara por la velocidad de la bicicleta, generando una sensación de rebelde y radical libertad… Y, de nuevo, el dolor en el pecho.

Parecía, por su espíritu remoto y congelado, una isla apartada del mundo, un rincón ajeno a las habituales coordenadas y dinámicas de la civilización.

Ya entrada la noche, Afra y Chay finalizaron la ruta. A mitad del trayecto de vuelta al hostal se bajaron del coche, aislados del mundo por la puntiaguda oscuridad, en un paraje con un pequeño lago rodeado por un césped frío y abandonado. Parecía, por su espíritu remoto y congelado, una isla apartada del mundo, un rincón ajeno a las habituales coordenadas y dinámicas de la civilización. El cielo estaba encapotado de estrellas.

Ya había sucedido: la unicidad del momento se había asentado e impregnaba sus cuerpos. De pronto, vibró el bolsillo de Afra e, impulsivamente, sacó su móvil. Miró las notificaciones, y se le escapó un suspiro de frustración que, inmediatamente, disfrazó de indiferencia. Ese momento que tan cuidadosamente les había arropado se fue evaporando.

—¡Es flipante! Hemos hecho la Carretera de la Muerte entera —dijo Chay, visiblemente eufórico.

—Sí, ¡qué fuerte! —respondió Afra adoptando, una vez más, el tono habitual de las situaciones sociales; esta vez de aquellas que, por su naturaleza arriesgada, acarrean una legítima fascinación—. Oye, ¡vamos a subir una foto a Instagram!

Ambos sonrieron posando para la cámara. Chay seguía instalado en el mágico momento. La mente de Afra, sin embargo, se revolvía sobre lo único que deseaba profundamente.

Se subieron al coche para regresar al hostal, dejando atrás la Carretera de la Muerte, mientras a Afra se le formaba un nudo en la garganta.

—¿Cómo fue Bolivia? —preguntó Duman. Estaban caminando, de noche, por las calles de Palermo, el barrio favorito de Afra en Buenos Aires. La intención estética se había vuelto a apoderar de su andar, que era cuidado y meditado, pero envuelto por fingidas capas de naturalidad y desinterés.

Al responder, le tembló la voz. Un pájaro hiperactivo se escapó de su garganta.

—¿Bolivia? ¡Fue espectacular! —comenzó su relato, mientras el único oyente del mundo le devolvía una mirada que daba sentido a todo. También a Bolivia.

María Leal Askerova
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