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Una vieja amiga

jueves 20 de abril de 2023
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Vivía sola, aunque “vivir” quizá no sea el término adecuado para describir lo que hacía. Su existente inexistencia había sido solitaria desde el origen del universo, hacía ya tanto que nadie podía recordarlo. Excepto ella.

Ella recordaba todo… cada nombre, cada cara, cada mirada que había recibido desde su creación. Miradas de terror, de dolor y de injusticia, y alguna que otra de alivio. Eran pocos, demasiado pocos, quienes la recibían con los brazos abiertos, como a una vieja amiga. Y eso, para ella, no era justo.

No era justo, no, porque ella se había limitado a hacer su trabajo de la forma más dulce posible. Un hermoso trabajo, por otra parte, pues tan sólo consistía en acompañar a los seres humanos a su nuevo hogar. El problema era la mala publicidad que le habían hecho los humanos desde el principio. Su comprensible miedo a lo desconocido y el hábito de culparla por las malas decisiones humanas hizo que la consideraran una enemiga, y esa visión se perpetuó en casi todas las sociedades que fueron creando a lo largo de la historia.

Le dieron, incluso, un nombre estéticamente tenebroso: Muerte. Pero ella no se llama así, ella no tiene nombre, y no le gusta que se refieran a ella de ese modo. Quizá le gustaría que la llamasen Tracy, o Lucy. Quién sabe.

Lo malo es que ninguno de ellos vuelve para contarlo, de modo que la mala publicidad continúa.

Ella es dulce y acogedora, y todos los que la conocen lo descubren rápidamente y pierden el miedo. Lo malo es que ninguno de ellos vuelve para contarlo, de modo que la mala publicidad continúa. ¿Que cómo lo sé? Simplemente lo sé, es mejor no hacer preguntas. Pero me estoy desviando de la historia: decía que ella es dulce y acogedora, y de la mano acompaña a hombres, mujeres y niños a un mundo nuevo sobre el cual no se me permite hablar.

Este trabajo, por bonito y necesario que sea, no deja de ser eso, un trabajo, y todo aquel que haya trabajado alguna vez en su vida comprenderá que una vida limitada a trabajar no es vida. Era, además, un trabajo sin horarios, sin un minuto de descanso y de mucha responsabilidad. Demasiado cansado para un solo individuo. Por eso, ella estaba cansada, muy cansada. Exhausta.

Al principio, cada pedido de ayuda era un gran acontecimiento. Corría a rescatar a todos aquellos que la necesitaban con una sonrisa en el rostro y tenía agradables conversaciones con todos ellos. Ahora, no corría, se arrastraba, y no tenía conversaciones, sólo escuetas palabras de consuelo… y su sonrisa, esa no la perdía jamás, sabía que era importante.

Cada vez más, soñaba. Soñaba a la manera en que pueden soñar los seres como ella, soñaba que dormía, y que en ese sueño también soñaba. Soñaba que se retiraba de esa vida de trabajo. Soñaba… que moría. Un bonito sueño, pero imposible de realizar sin nadie que la acompañase a esa otra vida, a ese otro mundo al que van todos los seres cuando cruzan la puerta.

Qué existencia tan irónica, los humanos le tienen miedo a la Muerte y tratan de retrasar todo lo posible su encuentro con ella; mientras que ella, solitaria, arde en deseos de morir y no tiene quien venga a buscarla. Y por eso sueña, sueña con la creación de otra Muerte que la releve, que la tome de la mano y la lleve al mundo donde a ella no le está permitido entrar. Porque la muerte es un proceso breve, brevísimo, es tan sólo un camino entre los dos mundos. Un espacio pequeño y estrecho donde ella pasa su existencia, pudiendo tan sólo pisar el umbral de ambos mundos, sin poder acceder de pleno a ellos.

No hay nada que podamos hacer para cumplir su sueño. A nosotros, mortales, no se nos ha otorgado semejante poder. Pero sí podemos perderle el miedo y, cuando llegue nuestra hora, abrir los brazos, sonreír y decir a voz en grito: “¡Gracias por venir a buscarme, vieja amiga!”.

Blanca Palomero Munuera
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