Solía ser callado y taciturno. Melancólico, se diría. Y lector siempre avaro y codicioso. Se había trazado, desde muy joven, metas de lectura y término de muchas obras: teatro y poesía, comedias, los clásicos de siempre, novela negra; ésta muy recientemente, pues dudaba de su carácter literario, en función de su fin menos sublime y más comercial. Ocultismo y agnosticismo pasaban también por su hambriento gusto. Y no desdeñó nunca las autobiografías y una que otra crónica. Últimamente de él se habían apoderado las lecturas de viejos hermeneutas, esotéricos e inquebrantables, pero también alguna literatura mística.
En esa época fue que vio aquel extraño volumen, aguardando silencioso en uno de los anaqueles de su preciada herencia, la vieja y mohosa biblioteca del abuelo, hasta el techo de ejemplares multicolores y polimorfos. Atlas, masonería, literatura gaucha, cantos gitanos, odas interminables, se multiplicaban como en un salón de espejos de feria. Ya la miríada de tomos y volúmenes había pasado a conquistar ámbitos fuera de los estantes y ahora muchos dormían en los grandes mesones dispuestos al centro de la estancia y que presidían aquel refugio, esperando inútilmente una merma de su carga de esporas, inerte y sin esperanza.
Escritos de Platón
No habría podido verlo si no hubiese sido por su incursión a los altos de aquella estantería en busca de una pequeña esfera de madera que le había llamado la atención desde hacía algún tiempo pero que hasta ese momento no se había decidido a buscar. Colocando la vieja escalera y ascendiendo peldaño a peldaño de ausentes barnices, pasó una vez más por los lomos del Amadís de Gaula, de Los miserables, de las Vidas paralelas, de Oliverio Twist... Y antes de alcanzarla, lo vio. De color ocre viejo, amarillento y reblandecido por el tiempo de espera, la visión del extraño libro le hizo olvidar el atlas esférico y, estirando el brazo lo más que pudo, lo alcanzó. Atrayéndolo hacía sí, no sin alguna dificultad, dado el peso del libro, lo tuvo en sus manos. Aún en el último peldaño de la escalera abrió la gruesa tapa y en el pórtico leyó, en difíciles y tenues caracteres: Platonis scripta.
Bajó la escalera sosteniéndose muy mal, tras la cautividad que sobre él ejercía el libro. Pero habiendo descendido, y ya sobre la antigua alfombra —restos de ella en realidad—, se sentó como un poseso, en la primera silla que logró alcanzar, dominado por el vaho del hongo que rechazaba y retenía al mismo tiempo a aquel lector frenético.
En latín
Fue a una de sus páginas, al azar. Muchos humanos creen la posibilidad de existencia de semejante cosa. Inclusive Salmo. Pero de ello no se sabe nada. Fue el azar —creía él— que le llevó a extender su vista sobre el muy viejo folio, desplegado y opaco, pero atrayente, lleno de huecos y manchas broncíneas y negras.
Las líneas discurrían en latín, lengua que dominaba desde sus largos diálogos con el abuelo. Las letras, una tras otra, le informaban, sin azar ya, tal vez, que una muerte absurda sobrevendría al triste mortal que, taciturno y asocial, visitara aquellas ignotas líneas:
Al cerrar este libro, tu último libro —liber latest, decía aquello en un viejo latín—, tu única vida, oh desafortunado lector que hasta mí has llegado pudiendo haber sido informado o advertido, en pos de tus páginas voy.
Una muerte por el expediente de unas escalinatas... Scalaria mortis era al parecer el sombrío y desvanecido fragmento de cierre de aquel enunciado.
Salmo se inquietó. Pero se aseguró de desafiar aquel enigma, atraído como por un abismo. Ese efecto atribuido por muchos a los acantilados y a los puentes muy altos, de ejercer un encanto de atracción casi irresistible sobre quien los contempla. Y así, como hechizado, nervioso, quemándose por el fuego de la curiosidad y de tal provocación, apartó la vista del arcaico libro y se dirigió, cauto pero sin titubeos, hacia la escalera. Y subió seguido del crujir de los muy endebles peldaños que, gruñendo de su tiempo, parecían advertirle. Era la misma fascinación que lo llevó hasta el volumen la que ahora lo llevaba escalera arriba.
Ya muy cerca su cabeza de la muy antigua araña que pendía de una de las vigas del techo, escuchó cuando la escalera cedía al tiempo, y al peso de su último usuario. No sintió la astilla que de la vieja madera, ahora partida, se había clavado en su muslo derecho, centésimas de segundo antes. Una daga antes de sus últimas lecturas. Cayó de espaldas golpeando su nuca con el orillo de uno de los mesones, sus mesones, el cuello volteado en casi ciento ochenta grados.
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