Moviendo el trasero, la chica parecía decirle tilín tilán, en música de caderas, que no de inocente caja musical. La primera vez que la vio, cuando la conoció, de lejos, por cierto, doblando hacia el patio de la casa, pudo él ver en un solo soplo, el final de una rubia cabellera, una pantorrilla dando un ligero paso y por supuesto, la punta del glúteo que Arce desde ese momento decidió olvidar, declararle un veto, borrarla.
Después de su divorcio, la madre hervía de entusiasmo al verse de nuevo recuperando espacio para un nuevo romance. Ya estaba enamorada de Arce y se afanaba en mimarlo y en darle lo que toda mujer puede dar a su hombre. Sus visitas, su pasión, sus obsequios dulces y románticos que creía perdidos, era todo lo que ella veía.
El brillo en los ojos de su hija al llegar él, los esfuerzos de éste por hacer como si nada pasara, las atenciones —y las tensiones—, las mejillas de la chica, sonrosadas y apenas pecosas; todos estos presagios no le indicaron nada. Además, era imposible que a Alice le fuera a ocurrir lo que a tantas mujeres solía ocurrirles. Después de todo, lo que casi siempre había eran aquellas tristes historias donde los roles se distribuían a la inversa: el novio o esposo de la madre era quien se enamoraba o quien seducía a la hija. Alice lo sabía. Estaba confiada, estaba segura. Segura de que no. A ella no le pasaría.
Estar en el comedor e ignorar o disimular sus miradas lascivas e inocentes, qué contradicción, era algo cada vez más cuesta arriba. Todos sus modos y gestos juveniles de libre o ensayado candor la hacían más tentadora para cualquiera. No para él. Pero aquel aroma, aquel aroma, aquel buqué tan tenue y meloso que se esparcía moviéndose cerca de ella; el frufrú de su minúscula vestimenta, aquí y allá, los trinos suaves de su voz adolescente y fatua, la pisada torturante y sugestiva de sus pies descalzos, perfectos sus arcos, buscando siempre las perdidas sandalias de casa, todo era una gran prueba... Y Arce siempre se vio cual san Agustín, vencedor ante las tentaciones; incluso cuando pasó a ser no un mero invitado sino presencia constante en aquella gran casa de altos techos, planta única y remotos ambientes.
Ya se veía vencedor. ¿O vencido? Su gusto por Alice y sus deseos de tenerla eran el bastión o la trinchera en donde se acurrucaba ante el asedio de la chica, que esperaba a verlo llegar nomás para colgar sus diminutas prendas íntimas en el visible tendedero del patio donde antes las había lavado, humedeciendo su breve bata de casa que, atrevida e irrespetuosa, se adhería a sus muslos.
Cuando ya estaba a punto de cabalgarlo, él le pidió que se detuviera, que parase, que lo escuchara. Con órdenes —le dijo primero—, luego con súplicas, luego con gemidos, que fueron susurros, que fueron respiros, que fueron jadeos, viendo que se encontraban solos en la sala, sobre el gran sofá desde donde Arce le había visto tantas veces sus hermosas piernas, aquellos muslos turgentes que insinuaban o anunciaban glúteos perfectos, morenos, sin sonrojo alguno, a punto de revelar, a su vez, aquel culo, prohibido tantas veces por su propia moral. Y la de su mujer. Y la de todos. La ética del bochorno gritándole, pero golosamente ignorada por Laura, Laurita, la de los brackets rosados... ¡Escúchame! ¡Ahorita no, ahora no!, alcanzó a entender él de aquel murmullo que siseaba como un ofidio y reptaba enrollándose en él, babeando. Después. Más tarde, más tarde. ¡Ya tarde! ¡Muy tarde, muy tarde ya, ya, ya, yaaaa...! Entre exquisitos y explosivos gemidos lo decía ella, sola en su clímax, en plena montaña rusa, la que deseó desde que Arce entró en sus vidas. Bueno, en la de su madre, divorciada desde hacía tres años, un poco menos tal vez. El riesgo y el peligro habían estado allí, asechando en algún pasillo, o entretenido sobre la madre que, ansiosa, navegaba en el móvil. Estaban allí, ofrecidos casi a diario en los pliegues de esa maldición; sí, sí, esa, la faldita azul marino de educación física; o en la usada por ella en los desfiles de la banda show del liceo. El peligro estuvo en todo. En sus saltarines plises, en su cortedad, en el movimiento erótico que ella, como adolescente, daba a su caminar, cuando la madre no andaba por allí, cuando había subido a bañarse, cuando estaba en la cocina, o en su móvil, en su móvil, muy tarde ya.
No escuchó. No podía, la vista en blanco y su carnosa boca sin remedio. La falda de marinerita, ahora inútil, obedecía al fin al rictus de aquella boca, bajo el gesto de placer que, sublime, la poseía sin piedad, arrollándola entre quejas guturales. Muy tarde ya...
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