—¡Esa camisa no va aquí!
—¡Es que acabo de llegar, mujer! —dijo el marido, sacudiendo la cabeza y tomando la camisa no sin violencia. Subió a la biblioteca donde pasaba una que otra noche, las noches de regaños y reproches, que no eran pocos, por cierto. Allí Vactochobro tenía ropa, algún pijama, cepillo, una máquina de afeitar, hasta una toalla por él olvidada en mal olor, cambiada de puesto, de baño, cada vez que su mujer volvía con la cantaleta del desorden. Para ella, Vactochobro era un perezoso, no un holgazán, puesto que trabajaba como mecánico dental en una reconocida clínica del centro de la ciudad.
—¡Cámbiate para acá que estoy pasando la aspiradora! ¡Busca el tubo para reparar de una buena vez el lavabo de atrás! ¿Todavía no has amolado las tijeras? ¿Y qué estás esperando...?
Y así iban.
—¡Qué desagradable! —gritaba a veces la señora—. ¡Otra vez la poceta mojada! ¡Qué asco, qué hombre asqueroso! ¡Y mentiroso! Mira, Vacto, ¿tienes tú una idea, aunque sea remota, de desde cuándo yo te estoy llamando la atención por lo mismo? ¡Anda, dime, si te atreves!
—Yo voy a empezar a orinar sentado, como las mujeres —dijo Vactochobro, con carácter y convencido—. O si no, yo lo limpio, yo lo seco. ¡Es que se me olvida!...
—¡Desde que estás diciendo lo mismo! ¡A golpes será que aprendes, embustero!
Podría alguien decir que tales regaños los merecía el tal Vacto. Porque además, lavaba y secaba los trastos del almuerzo muy de vez en cuando, conformándose a lo sumo con cubrirlos con un delantal, dizque mientras hacía otra cosa; la siesta, casi siempre. Cuando se daba cuenta de su descuido, se atropellaba —o atropellaba los trastos— y resolvía lavándolos en un abrir y cerrar de ojos. Los secaba a medias y los guardaba en el respectivo lugar, eso sí. Pero más de una vez lo regañó por el óxido revelado en los cubiertos, sin Vactochobro poderlo disimularlo con la lija fina que un día les aplicó. Maldecía el aguacero de aquel rezongo. “Menos mal que está en el jardín”, o “Suerte para mí que está recostada en el diván”, solía decir el hombre. Dicho sea de paso, ella nunca fue partidaria de comprar un lavatrastos. Decía que las cosas quedaban mal lavadas. Pero no era así. Su esposo se lo decía. Lo que pasa —agregaba— es que hay que saberlos acomodar en el aparato. Y usar el detergente que viene para eso. No sirve el otro.
Vactochobro Alicante había trabajado, hasta su jubilación, en la empresa de ferrocarriles española Renfe, donde fue maquinista principal. En sus primeros años de aprendiz, mientras iba y venía como colector, conoció a Ebert y a Lunar, ambos fotógrafos retirados. Trabó muy buenas migas y se aficionó a la fotografía, sobre todo a la de tipo naturalista, en medio de la cual obtuvo con ellos cierto reconocimiento, ganando premios nacionales, uno de ellos auspiciado por National Geographic, inclusive. La Complutense les había hecho, del mismo modo, otros reconocimientos, con base en el trabajo de una gran serie de instantáneas de avecillas exóticas migratorias, tomadas en Canarias y en Baleares.
Pero, del mismo modo, desarrolló afición por el tiro, que practicaba con regularidad desde que se les ocurrió, a él y a sus amigos, probarlo, pensando en la puntería que se debía poseer para dar en el blanco, la misma precisión para capturar esas inigualables instantáneas de otrora. En Madrid, el Club de Tiro Cantoblanco se convirtió en su desahogo, su válvula de escape para las tardes de otoño, en compañía de Lunar, su regordete amigo, apodado El Sargento, por una conocida serie de televisión en boga en sus tiempos de muchacho. Ninguno llegó a descollar como tirador, pero la caza de dianas y de blancos en movimiento les depararon alegrías y buenas tardes de juerga y acción, en donde no faltaron mujeres, también tiradoras y buenas compañeras. La pistola de Vactochobro, una vieja Colt comprada de segunda mano a un veterano de Vietnam que conoció allí mismo, era su arma, olvidada ya, como su cámara, entre los trastos y el polvo del desván.
—¡Ve a ver si rebajas, mijito! Esos casi noventa kilos, con esa estatura, te caen muy mal, muy mal.
—¡Ya me puse a dieta, estoy comiendo menos!
—¡Ja! ¡Sobre todo después de irte al dominó con tus amigos! ¡Ja, ja! ¿Piensas tú caerte de ahí?
Vactochobro se quedó quieto, cogido firmemente de la estructura de aluminio de la escalera, llevada por él hasta colocarla bajo el bombillo que quería reemplazar. Tuvo que bajarse, mover la escalera —la había puesto justo donde no podía alcanzar el bombillo. Se volvió a subir, y de regaño en regaño aflojó el bombillo, lo sacó y lo metió en uno de sus bolsillos. Tuvo que volver a bajarse, había dejado en algún lugar el bombillo de reemplazo. Su mujer, con las manos en la cintura lo observaba murmurando. Y le dijo:
—No pensarás que yo te busque ese bombillo. ¿Verdad? La otra vez fue así. Siempre es así... No ves que nunca sabes dónde pones las cosas, Vactochobro.
Vactochobro era inquietante, con su accionar siempre dudoso, propenso a ser acicateado, incitado a hacer. Pero tenía la nobleza de la resistencia ante los embates de decibeles de la mujer que, de faltar ella, no haría casi nada, casi ninguna tarea o labor. Al regresar de la calle, ella atinaba a preguntarle por algo que debía traer. Y en efecto, no lo traía. Y entonces reaparecía el clásico: “No te dije, es que eres un...”.
—Sí, es que, si sales a comprar algo para la casa, lo traes todo —pensaba él—, todo, excepto lo que te piden al no más llegar.
Bacterióloga retirada y sin laboratorio propio, no obstante, pudo cubrir uno de los muros principales de su casa con diplomas y placas, nacionales e internacionales inclusive, ligados a su colaboración en hallazgos científicos en torno a algunas enfermedades bacterianas y de este tipo. Ella era —o lo fue— agradable y hasta complaciente. Pero los años de casada fueron desmoronando tales atributos, sustituyéndolos por esa especie de trastorno obsesivo compulsivo (un TOC, dicen los entendidos) del orden y sus sitios para todo. Pero eso no era un TOC. Así decía él. No lo era porque René, la esposa, al mismo tiempo, solía dejar cosas fuera de su orden: tijeras, el móvil, la cartuchera de los anteojos, las llaves, no eran constantes en el respectivo puesto...
Cuando Vactochobro le decía algo al respecto...
—¡Ya eso lo voy a guardar! ¡Es que estaba ocupada! ¡Además —ella se defendía bien—, yo soy quien limpia y ordena esta casa! Si por ti fuera, esto sería un... un... un chiquero. Un desorden. ¿Y yo atrás de ti, arreglándote tu caos? Eso era antes —continuaba ella—, cuando las mujeres sólo hacíamos eso, limpiar y trapear.
—Pero en eso andas tú siempre. ¿No ves?
—¡Ándate con cuidado, Vactochobro, no me busques!
Eso, el orden y el ordenar, la tranquilizaba, la satisfacía. Es innegable que una casa limpia genera tranquilidad, suavidad. Invita al orden... Es grata.
—¿Y vas a irte así al dominó, con esa ropa? ¿Verde y azul? ¡Por favor...!
—¡Los hombres no nos fijamos en eso, mujer!
—Ni en nada. ¿Oíste? En nada. Mira la poceta, mira el espejo, mira el cepillo de dientes eternamente sobre el lavamanos...
Ella agregaba, era inútil hacerlo, pero lo hacía:
—Si andas con esa combinación, pareciendo un demostrador quién sabe de qué producto, me van a criticar es a mí. ¡Ve a ver cuándo lavas el auto!
Pero ya Vactochobro estaba dentro de él cuando oyó esto. Y saliendo del garaje de la casa, no escuchó lo del ruido de la tele, que el hombre había dejado encendida en un canal donde transmitían una carrera Fórmula Uno, velozmente pasaban aquellos bólidos, llenando de ruido el salón.
—Es que los hombres son tontos. De veras. ¡Tontos! Gustarles ver pasar autos unos tras otros, todos iguales...
La vecina de enfrente, echando su mirada periscópica una vez más, sí, sí, esa, entreabrió su chismosa persiana para ver quién había llegado. Cerró y le comentó a su adolescente y casi inútil hija, pegada al celu, como siempre, que no lo había vuelto a ver llegar desde hacía dos o tres semanas. Era raro, continuó la vecina, ya sin la menor atención de la joven. Se sentía rara, viéndolo llegar, tan extraño, ausente, sin su esposa. Y pensó:
—Ellos se ven bien, como matrimonio, bueno, digo yo... Pero no se sabe, la procesión va por dentro.
Dejó de atisbar y se retiró a sus quehaceres, alimentar al canario, al loro. Bañar al perro.
No tuvo otra que regresar. Sí, después de dos semanas dando tumbos por las plazas públicas de la gran ciudad, Vactochobro volvió a su casa; casi no era su casa, en realidad. Su mujer se lo recordaba a cada instante, de regaño en regaño, dándole aquella sensación de impotencia impenetrable, que le hacía cerrar y apretar sus mandíbulas, qué tonto, poniendo en peligro los viejos empastes de amalgama plomiza que aún tenía. Vactochobro hubiera preferido ser un rufián, o un prepotente patán de capirote. Pero cómo y cuándo. Con qué, siendo un pobre diablo, cogido de un todo por la timidez y la indecisión, que lo llevaron a ser sumiso y hasta servil a veces, ante aquella “René de mis amores” que una vez fue, cuando apenas se conocían.
Su regreso de derrota, de hombre regañado, lo redujo al desván, un lugar de techo bajo y peor espacio, cubierto de pared a pared por mobiliario viejo, portarretratos chamuscados por el tiempo, amarillentas fotografías de sonrisas ya muertas y ojos apagados, sin quien las contemplase, ancianas revistas de moda y bricolaje; todo, cascarones del pasado soltero de su mujer. Hasta el polvo parecía haber abandonado el ambiente, dado que en muchas superficies se podía contemplar una pátina pastosa, de color más bien oscuro, ocultando maderas, cristales, marcos de aluminio y de cuanto había allí. Sí, era el nuevo allí de Vactochobro. Su nuevo “allí vivo; aquí vivo”. El desorden, de acumulación y olvido no le impidió, sin embargo, rescatar una lámpara de pie que cojeaba. Aquello era más girones en la pantalla que tela. Era, la lámpara, una sobreviviente del naufragio gris del tiempo, de mudanzas y cambios de años atrás.
Él era el gran ausente en medio de todo el caos. Cortinas enrolladas, colonizadas por los roedores para sus opulentas camadas, ocupaban el suelo, aquí y allá, sin dar sitio a los timoratos pasos del hombre regañado. Había una estantería sin fondo donde apenas pudo colocar el impermeable —era primavera—, los objetos personales y la ropa que, en un descuido de la mujer, sustrajo de su closet. La vieja lámpara no le serviría de perchero, pues el desvencijado aparato iluminaba todavía. Los ratones no habían podido acabar con el cable por seguir conectado a la toma eléctrica. Alguien habría subido en algún momento. Hubo de establecer un calendario y un horario para sus salidas. Y un horario rígido para bañarse, porque “la propietaria” jamás subía. Entonces aprendió a distinguir sus chancleteos y su trajín y, según esto, bajaba a toda prisa al sanitario o a la ducha.
Con los días y las semanas que transcurrieron el sujeto aprendió a moverse entre trastos, jergones, largueros de camas olvidadas y trozos de espejo. Al fondo siempre estuvo un escaparate de dos puertas, cerradas y cautelosas ambas. Vactochobro no le prestaba mayor atención, bajo su suposición de que estuviera con llave. Serían viejos empaques de regalos de alegría, tarros de goma, tijeras jubiladas, alguna máquina de coser, una engrapadora manual, cuadernos de recetas de cocina, en fin.
Pero un día de aburrimiento, de esos como los que solía tener, con una mezcolanza de rabia y tristeza, se decidió. Y lo abrió. Cajas de zapatos, algunas llenas, álbumes de torpes fotografías, en predecibles poses, frascos que no supo, hilos y madejas, cartones rígidos, viejos acetatos —del grupo Blood, Tears and Sweat había varios—, con los que se entretuvo, sentado en el piso rústico y de espaldas a una pared, leyendo carátulas y recordando su época de pantalones acampanados, cabellos largos y lentecitos a lo John Lennon... Y entonces la vio, en el entrepaño más bajo, disimulada con más cajas y botellas. Se echó hacia adelante, dejando a un lado los viejos discos, y rápidamente sacó los trastos y pudo palparla, fría e inerte. La extrajo con cuidado y vio que los años habían hecho lo suyo, aunque era de confección robusta, a juzgar por el peso y la solidez de la parte posterior. Un impulso inaudito en él lo llevó a buscar algo que suponía debía estar muy cerca, más al fondo quizá. En efecto, encontró el complemento indispensable. Procedió a limpiarla. No estaba del todo bien, pero la recuperaría del desuso. Y tal vez alguno de esos frascos contendría algún limpiador o lubricante. Pero esas cosas no suelen guardarse en espacios como este. La gente prefiere la cochera o el sótano. Vactochobro había tenido una de esas. Y sus amigos de aquellos tiempos, cada uno con la suya, solían adentrarse en algún bosquecillo o en algún paraje solitario y agreste a tirar algunas. Con Vactochobro a la cabeza, por supuesto.
La puso a punto, logrando aquel silencioso clic de otros tiempos. Relucía bajo la débil luz proyectada por la bombilla del techo. Vio por la mira, algo nostálgico, hacia el campanario que se asomaba a la distancia. “Muy lejos”, murmuró. Volvió a contemplarla y comprobó su mecanismo. Aún olía al lubricante que le había aplicado días atrás. Finalmente la dejó a un costado del diván donde dormía, en el piso. No la volveré a guardar, se dijo, no la olvidaré de nuevo.
Pasados algunos días la escuchó subir, sacándole crujidos al nogal de los escalones. Vactochobro se despertó, la vio a contraluz del débil bombillo del umbral, ante la pequeña puerta, sórdidas greñas revueltas, parecía un sol bajo eclipse, aunque alcanzó a verle una bata de casa de invierno, cosa rara, siendo primavera. La imagen proyectada era casi cómica, digna de alguna foto de esas blanco y negro, de las que se dice son artísticas. Y la oyó ordenarle, sin titubeos:
—¡Levántate, holgazán! ¿Crees que no sabía que estabas aquí? Hay mucho césped que podar. ¡Y las estufas de calefacción están tapadas! ¡Déjate de estupideces, Vactochobro!
Sin hablar, Vactochobro se sentó en el desvencijado diván, aún sin bajar las piernas. Había supuesto que la irrupción de ella ocurriría en cualquier momento. Estiró una mano, buscando; luego alzó ambas y, con firmeza, apuntó.
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