
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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—¿De qué va su cuento, maestro?
—De un insomne, un sujeto que no duerme —respondió el veterano escritor, autor de centenares de relatos, entre ellos la muy vendida saga La vida es así, electrónica, traducida a varios idiomas; al mandarín, inclusive.
Después de su lacónica respuesta el maestro miró fijamente a su interlocutor, al periodista de mediana edad que lo entrevistaba. Éste entendió y respondió:
—El mío trata de una sociedad que regresa a los confines de la creencia y la superstición.
—¿Como Viaje a la semilla, de Carpentier? —indagó el maestro.
—No tanto. En él pretendo plasmar...
—No lo diga. Deje que sus futuros lectores lo descubran.
El periodista se había propuesto, en efecto, escribir cuentos y relatos a partir de sus experiencias profesionales, cargadas, como estaban, de viajes y recorridos a la búsqueda de gente a entrevistar, o de hechos que difundir. Cotidianos unos, insólitos otros. Como este, que sigue aquí...
Los dos sujetos —una mujer y un hombre— vivían en un cementerio. En el del sur. Al suroeste de la gran ciudad, siendo exactos. Convivían entre los recovecos que formaban los mausoleos, las callejas estrechas, las sepulturas apiñadas y los nichos o bloques que, como pequeños “edificios” de cuatro plantas, daban alojamiento a sus difuntos separándolos entre sí, si acaso, por un espacio no mayor a un metro... En fin, un cementerio. O entre resteras, pequeñas tumbas que albergaban a los muertos más antiguos, cuando los familiares, teniendo necesidad de un nuevo espacio, sacaban la osamenta, ya desecha por el tiempo y el olvido, para trasladarla a aquéllas, dejando así libre la tumba propiamente dicha para recibir a un nuevo huésped. Esos restos que los sepultureros o cuidadores doblaban cual cartón, como si nada, para reducirlos de volumen e introducirlos en un talego de tela inmunda, que luego era embutido en la tal restera.
El deterioro era palpable. Las bacterias se incrementaban día a día, era difícil evitarlo, dada la humedad y el mal manejo del aseo. Y no dormía, según él decía. Y esta monstruosa ausencia minaba su cuerpo, especialmente su cerebro, día a día, bajo la implacable pérdida de neuronas. El sueño permite la recuperación de éstas. Esto se sabe tiempo hace. Y Blanco lo sabía. Y entonces menos dormía. Como un laberinto infinito, su no-sueño había formado un sólido círculo vicioso, conformado por el pánico del sujeto y el insomnio. Y ambos lo ponían ya en la tumba.
Una vez Negrín vio componer, sobre una de las muchas tumbas, carne de vacuno. Sí, como se oye o se lee, sobre una tumba. Bueno, así hubo de suponer —de vacuno o de puerco, qué más podía imaginar. No podía imaginar otra cosa, al ver saltar las pequeñas gotas de sangre con cada corte practicado con hábil seguridad por el sujeto. Se alzaba ésta, la tumba, a la altura de la cintura de un hombre promedio, y su plancha central era de un mármol blanquecino, ya sin brillo, agobiado por la espera inútil de los rezos de algún visitante. El “carnicero” movía las manos, yendo y viniendo, de corte en corte, salpicando la fría superficie. Primero sacó el lomito, luego se entretuvo en el solomo, la falda y el pecho de la pieza. Y siguió con el costillar. Y así iba y venía, hasta separar las partes, acondicionándolas para la venta. El “carnicero” procedía impecablemente, como siguiendo un protocolo. Sabía lo que hacía. Pero a Negrín le infundió mucho miedo todo aquello. Era insólito, inimaginable para él. Me será difícil dormir esta noche, se dijo.
—creyó, y así le contó a su mujer— que incontables lombrices pululaban en su intestino.
Las horas tendido boca arriba sobre su cama, viendo el machihembrado, le inducían miedo y fastidio. Empero no todo le parecía perdido. A veces el incremento del miedo —así sería de terrible lo que veía— le hacía creer por instantes que soñaba, que recuperaba la capacidad onírica, mediando en ello el sueño reparador que una vez tuvo. Entonces soñó —creyó, y así le contó a su mujer— que incontables lombrices pululaban en su intestino, ascendiendo hasta llegar al estómago, donde permanecían, confundidas entre jugos gástricos. Pero enseguida —el tiempo en los sueños no existe, o transcurre de otro modo— su mente le entregaba imágenes de su médico, ante él y su escritorio, diciéndole que en casi todo el aparato digestivo había neuronas. Y que tal vez la microbiología o la biología molecular pudieran ayudarle a recuperar algunas. Pero que debían, el neurólogo y su equipo, llegar hasta el hipotálamo para intentar tal hazaña. Pronto el sueño —el insomnio, en realidad— hizo regresar a las hormigueantes lombrices, pero ahora eran muy pocas; cada vez menos, a juzgar por la vaciedad de sus oquedades corporales. Y creyó despertar, cosa imposible, a menos que soñase despierto como un romántico ido hacia su mundo. Imposible, pues no dormía, al menos no lo hizo durante los últimos tres meses. Su última vez de descanso le entregó unas grosellas voluptuosas en su boca que le condujeron a su último sueño de verdad, erótico, por cierto, después que su imaginación y sus fantasías le habían preparado el camino hacia ese umbral.
La carne puesta a la venta no era lo único que tenía precio. Los sujetos también habían organizado una tarifa para otros “productos”, los cuales no tenían nada que ver con la venta de carne. Esta venta era como la mampara, el negocio “lícito” delante. La fachada para el otro, menos lícito: alquilaban huesos de cualquier anatomía humana, extrayéndolos de las tumbas, porque había gran demanda de tal mercancía. Antes, sus macabras exhumaciones se limitaban a inocentes muestras para las facultades de medicina. Incluso cuerpos completos, en vista de la escasa importación. En esos casos la tarifa era plana, según pedidos. On demand, decían a veces. Pero con la llegada de gente procedente de las islas caribeñas, donde la nigromancia era cosa común y cultural, hubo una explosión de consumo. El gobierno se había buscado nuevos aliados internacionales que lo llevaron a compromisos a partir de los cuales tuvo que recibir gente de esos lugares, practicantes históricos de magia negra y hechicería, en este lado del mundo. Aquellos tétricos sujetos llevaban una data, una minuta de entierros, para evitar extraer algún cuerpo inservible para sus clientes. Éstos demandaban huesos sueltos, cráneos o miembros completos, o cuerpos íntegros, muy costosos, por cierto. Entonces había que organizar los pedidos por orden de fecha en que les eran hechos, hasta esperar la llegada de un entierro, garantizando de este modo las buenas condiciones del cadáver. Pero una vez sacado de la urna, tenían que aplicarle varias capas protectoras de conservación. Después de desnudado, el cuerpo recibía sellador de madera, luego barniz transparente y por último una generosa capa de poliuretano. Todo lentamente, capa por capa, evitando crear costras que luego pudieran agrietarse. Nunca sin antes inyectar generosas cantidades de formaldehído, claro.
Anoche soñé que... Oh, no me acuerdo. Era una persona conocida mía, pero no sé ahora de quién se trataba. Las fugaces imágenes de su médico ya no eran tales, si es que lo fueron en alguno de esos instantes irrecuperables del onirismo. Tengo la idea, se decía, pugnando por extraer algo de su fatigada mente. Sus ideas eran apenas girones, aunque él luchaba como si apretara un tubo de dentífrico sacándole los restos, lo último. Debo haberme quedado dormido. Tampoco me acuerdo. Y no supo más. No volvió a soñar. No durmió más...
Como un culto al cuerpo, pero después de la muerte, así era todo. Descabellado. Lo peor, la práctica ya no era excepcional. El triste trabajo tenía competencia en otros cementerios, en la misma ciudad. Y en otras. “Todo volvió a ser como antes”. Tal vez esa era la frase que cabía. Y no era nada más en los cementerios. Era la sociedad, que del universalismo monoteísta había hecho el recorrido inverso, hacia un país de ídolos disidentes y pluriformes. Y luego regresando a la etapa animista, muy anterior. Eso diría el positivismo puro, otrora. Ya ni siquiera adoraba deidades varias y disímiles. Ahora el barro, las piedras, los huesos, las vísceras, eran sus amuletos y medios para comunicarse con algo más allá de lo posible. No me lo cuentes, Comte. Sí, Augusto Comte, quien en su tiempo sostuvo que las sociedades humanas manifestaban o vivían en tres etapas: animista, politeísta y monoteísta. Y en ese orden. Y cada etapa suponía, claro, un avance, un recorrido. “Todo volvió a ser como antes”.
—Muerto es muerto —había dicho el comandante general de los Ejércitos Revolucionarios cuando la prensa nacional e internacional, así como las redes sociales y la opinión pública casi toda, se le abalanzaron encima en contra del furtivo procedimiento que había empleado la fuerza pública para cortar de raíz aquel mal. En efecto, empleando escuadrones entrenados para combatir el hampa urbana, el gobierno había dado la orden de entrar de noche, simultáneamente, en todos los tanatorios de la capital, y a sangre y fuego mataron sin titubear a todos los que hallaron, sin dar tiempo a la rendición, sin ni siquiera someterlos para darles chance a entregarse.
Cuenta uno de los subalternos participantes que estaba cerca del oficial al mando que éste había dicho en plena refriega: “Qué sentirían estos miserables de mierda si se les metieran a las tumbas de su madre, no joda. O de algún familiar...”. Y luego —contó el subalterno, quien era uno de sus edecanes— había dicho: ¡para que sean serios, no joda! ¡Ojalá les profanen las tumbas a ellos y a sus familiares!
Y así fue. Así ocurrió tiempo después. “Todo volvió a ser como antes”.
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