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Serpientes de río

jueves 18 de mayo de 2023
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Arrastro el carrito por la acera. Las ruedas tropiezan con el relieve de las baldosas y suenan a mi paso. Saco un puñado de folletos para colocar en los coches. Levanto un limpiaparabrisas, pongo la publicidad y lo vuelvo a bajar. Miro la fila que llena el aparcamiento. Son cientos de folletos, cientos de limpias que subir. Sólo de pensarlo me dan ganas de mandarlo todo al carajo. Decido seguir hasta la siguiente papelera. Cojo un montón de propaganda y la echo dentro. Luego salgo hacia el paseo.

Mi madre me dijo que debía trabajar en verano. Tenía la esperanza de que se le olvidara, pero a los dos días de acabar las clases ya estaba entrando por la puerta. Ella conoce al dueño porque limpia en su casa, o al menos eso dice.

Al principio me gustó la idea de currar en una empresa de turismo activo, parecía entretenido. Los monitores tienen que llevar a excursionistas por el río, guiar rutas de montaña o hacer descenso de barrancos. Quizás pequé de optimista. Mi trabajo es distinto. Limpiar canoas, preparar cientos de bocadillos por las mañanas o recoger los vestuarios a última hora. En días muertos, como hoy, también me encargan repartir publicidad.

Desde el paseo se ve la desembocadura de la ría, y en la otra orilla la playa. Hace un calor infernal, así que está lleno de gente bañándose. Las toallas parecen cosidas unas a otras. Me imagino a Iker, Nacho y al resto de la pandilla pasando el día allí. Fumar un poco de mandanga escuchando rap por el altavoz. Cuando el cuerpo está ardiendo, un baño, y luego a tumbarse de nuevo. Parece el paraíso.

Dejo montones de propaganda en cada ranura. Fotos de parejas felices que descienden el río en canoa.

Los últimos folletos los dejo en los buzones de los edificios que dan al mar. Estos bloques de viviendas son los más altos, por lo que quitan la vista del paisaje a las casas viejas, que se agolpan detrás de la iglesia. Además, después del mediodía dan sombra a toda la calle, así que la zona se queda fría y triste. Dejo montones de propaganda en cada ranura. Fotos de parejas felices que descienden el río en canoa. Acabo antes de la hora y enfilo la plaza, que está desierta, hasta llegar a la cafetería. Pido un vaso de agua con hielo y un gofre. Cuando el camarero lo trae me toma el pelo.

—Esto es un sucio ladrillo de bollería industrial. Puro azúcar. Morirás joven.

—Justo lo que necesito. Estoy cansado de caminar bajo el sol.

Me tomo mi tiempo para comerlo. Voy cuadrado a cuadrado, echando una gota de sirope en cada uno, así hago tiempo antes de volver al trabajo. Cuando termino echo un vistazo a mis redes sociales. Contesto unos mensajes de WhatsApp y miro por encima la sección de deportes del periódico. En verano no hay fútbol, así que todas las noticias son sobre fichajes. Lío un cigarro y salgo a la calle a fumarlo, a la sombra de un árbol. Apenas se ve gente pasar. Entro a pagar, me despido con la mano y me voy con el carrito hasta la oficina. El jefe me mira con desprecio. Imagino que no se traga que haya repartido la propaganda así de rápido. Saludo a la chica del mostrador y paso a los vestuarios donde se cambian los monitores. Al lado hay otros mucho mejor preparados para los clientes. Me quito la camiseta roja de la empresa y me pongo la nueva del Barcelona. Antes de coger la mochila e irme entra Tania.

—¿Qué tal repartiendo los folletos?

Lleva una camisa muy abierta amarrada por encima del ombligo. Deja poco lugar a la imaginación. No puedo evitarlo y le miro los pechos. Giro la cabeza y me pongo colorado. Odio hacer eso. No me gusta cuando esos cerdos babosos miran a mi madre. Además es novia de un chico de mi pandilla.

—Es muy aburrido. Casi prefiero limpiar los baños, pero es lo que hay. ¿Tú qué tal?

—Bien. Ha pasado mucha gente a reservar viajes en canoa. Tenemos toda la semana ocupada. Y Javi nos ha prometido una vuelta en moto de agua a Paula y a mí.

A nosotros no nos dejan hacer nada divertido. Sin embargo a las chicas de recepción siempre las llevan a realizar actividades gratis. Tania se acerca un poco y nuestras piernas se tocan.

—Después me puedes invitar a fumar algo de eso que vendes. Así me enseñas tu cuarto.

Me excito y no sé qué decir. Pero recuerdo que es la novia de un amigo.

—¿Asier vendrá también?

Ella aparta su pierna y me mira fijamente. Se ríe y gira hacia la puerta.

—Ahora recuerdo que debo pasar por el supermercado. Ya nos vemos otro día.

Cojo mi mochila mientras suspiro y salgo a por la bicicleta, que está candada a la farola. Es agradable cruzar el puente pedaleando, no hay mucho tráfico. Podría ir por el paseo, pero prefiero evitarlo para no ver a mis amigos pasándolo bien. Dudo si decirle a Asier lo de su novia porque sólo servirá para tener un follón. Dejo la bici apoyada al lado de la fuente. En otro sitio tendría que amarrarla, pero en el barrio me conoce todo el mundo. Al entrar en casa me reciben los gatos. De la cocina llega olor a salsa de tomate, me pregunto cuántos días más comeremos macarrones. Mi madre juega con el bebé y con Ruth, la niña de cinco años a la que cuida.

—Hola, mamá. Me muero de hambre.

—No toques la salsa ni nada de la nevera. Primero lávate las manos y saluda a tu hermano.

Voy al salón y enciendo la tele. No echan nada que me guste. Todo son concursos aburridos o programas para adultos.

Les doy un beso y me voy a cambiar los pantalones. Me pongo unos de chándal, también me cambio la camiseta. La del Barça es una réplica, pero es mi favorita y no la quiero ensuciar. Voy al salón y enciendo la tele. No echan nada que me guste. Todo son concursos aburridos o programas para adultos. Saco el teléfono móvil, me conecto a la red del vecino y veo historias de Instagram hasta que mamá me avisa para comer. Pongo la mesa para tres personas y preparo la trona. Dejo una pequeña tabla de madera para poner encima la fuente con la salsa de tomate, de esta manera no dejará marca por el calor.

Nos sentamos a comer y mi madre pone al bebé cerca de ella. Le da un puré mientras yo sirvo la pasta. Hago el tonto con Ruth echando la comida de mi boca al plato como si fuera una hormigonera y ella se ríe. Antes de que se acabe los macarrones pican al timbre. Sus padres la vienen a buscar. Nos saludan con un poco de prisa y Ruth se echa a llorar porque quería tomarse las natillas de postre, así que se las llevan para que las meriende. Nos quedamos en familia, como suele decir la abuela cuando vamos a verla a la residencia. Me fijo en el papel de la pared levantado y en las manchas de humedad. Los electrodomésticos viejos que piden a gritos ser cambiados. Y aun así ella estrena ropa todas las semanas.

—¿Qué tal en el trabajo? ¿Javier se porta bien contigo?

—Javier sólo es bueno con las mujeres que le interesan. Pero eso ya lo sabes.

—No seas grosero. El dinero que ganas te vendrá bien para tus gastos el curso que viene. Así valorarás más los estudios y el esfuerzo que supone trabajar y llevar un sueldo a casa. Y aprenderás a no cometer los mismos errores que tu padre.

—De hecho tengo un pequeño anticipo.

Me levanto y voy a por la mochila. Saco un sobre que tengo preparado y se lo dejo encima de la mesa.

—Para los gastos de la casa. Por si tienes que comprar algo. Un microondas o lo que sea.

Mi madre disimula unas lágrimas. Coge el sobre y lo guarda en un cajón de su habitación donde tiene las cosas de valor. Me quedo mirando al bebé. Ese mestizo bastardo que se supone que es mi hermano. No siento mucha simpatía por él. Me levanto, pillo una manzana y el skate. Les doy un beso a los dos y me dirijo hacia la puerta.

—Voy a patinar un rato, luego os veo.

—Cuídate, ratón.

Salgo a la calle y me deslizo por la carretera. Me alejo del barrio y sigo en dirección a las afueras, cojo un rato el paseo que va paralelo al río. Quiero ir a las fábricas abandonadas, pero en vez de hacerlo directamente, doy un rodeo. No es bueno que te vean ir con frecuencia a un sitio, nunca sabes quién está mirando. Como me decía mi padre cuando era pequeño, no son las raíces que ves las peligrosas, son las que no ves. El viejo debía ser un tipo avispado, pero la cagó muchas veces y acabó en la cárcel, allí se murió. No recuerdo mucho de él, sólo algún consejo que me daba cuando jugábamos. En una pelea golpea primero. Nunca enseñes tus cartas si vas de farol. Ese tipo de cosas.

Tengo que armarme de valor, porque una vez estuve a punto de pisar una serpiente y casi me da un infarto.

Cruzo el riachuelo por encima del tronco caído y sigo un rato por la otra orilla. En esta zona no hay un paseo arreglado como tal. Es un sendero hecho a base de pasar animales. Tengo que armarme de valor, porque una vez estuve a punto de pisar una serpiente y casi me da un infarto. Ahora parece que las veo salir todo el tiempo. Entro al maizal, sigo hacia el solar de la antigua mantequera, muevo unas maderas que hay apiladas y paso al interior. Acabo de morder la manzana y lanzo el corazón contra una pared. El sitio lleva años abandonado. En las otras fábricas de este antiguo polígono es muy fácil entrar. Suelen ir a hacer botellón o romper cosas, o quizás te tropieces con un vagabundo que va a pasar la noche. Sin embargo aquí el acceso es más complicado. Mi padre me trajo un día para enseñarme a disparar con una pistola de perdigones. Me dijo que si tenía que esconder algo, este era el lugar adecuado. Paso al patio interior, hay guijarros y algo de maleza, y detrás toda la marihuana que tengo plantada. Hasta ahora he cultivado pocas plantas. Lo justo para fumar y vender un poco. Es la primera vez que lo intento con tanta hierba, aquí hay mucho dinero en potencia. Para arreglar bien la casa, para comprarse ropa, incluso para el maldito bebé. Tendré que seguir trabajando en algo para disimular, pero no tiene que ser en la empresa de turismo.

Subo al primer piso, donde eran las oficinas. Hay una mesa y varios archivadores. Una cristalera muy sucia da al patio de las plantas. Aquí guardo utensilios de jardinería, un cubo y fertilizantes. Busco lo que necesito cuando un ruido me deja seco. Se oyen varios golpes que vienen de alguna parte de la fábrica. Observo atento por la cristalera por si se puede ver algún movimiento. Imagino cientos de policías con sus porras, que entran y me llevan a la cárcel. Me quedo helado cuando veo a un tipo acceder al patio. Pasa por delante de las plantas y se sienta. Parece un sintecho. Decido esperar agachado, sin hacer ruido. Al poco tiempo abre una mochila y saca varios objetos. Vierte líquido sobre un recipiente y luego lo calienta con un encendedor. Al principio pienso que está calentando agua, o que está preparando comida, hasta que caigo en que se está haciendo un chute. Me alucina, porque jamás he visto un yonqui de verdad. Se arremanga la sudadera por encima del codo. Usa una especie de cordón que amarra a su brazo y lo aprieta fuerte. Saca una jeringuilla, captura parte del líquido y se lo pincha en la vena. Se echa hacia atrás, pasan muchos minutos en silencio. Luego empieza a convulsionar y echa un espumarajo amarillento por la boca. No sé si es la reacción normal o tal vez le ha dado un telele.

Espero unos minutos más, pero no se mueve. Bajo las escaleras despacio, accedo al patio y veo al tipo. Emite un sonido casi imperceptible, diría que es su respiración. Parece que se está muriendo. Si llamo a las emergencias esto se llenará de gente. Verán las plantas. Tal vez no me echen la culpa a mí, al fin y al cabo, cualquiera puede haberlas puesto ahí. A ver cómo demuestran que he sido yo. Pero lo seguro es que las destruirán, y eso supone mucho esfuerzo y dinero tirados a la basura. Todo por la vida de un puto yonqui. Tampoco puedo sacar el cuerpo afuera. Arrastrarlo a una zona más oculta dentro de la fábrica y taparlo con escombros, eso podría funcionar. De momento me iré de aquí. Volveré a casa y echaré una partida al Fifa. Me acostaré pronto y mañana a currar. Por la tarde vendré a ver cómo está el tema. Hay que joderse. Salgo de la fábrica por la parte de atrás. Apoyo la madera, la dejo como estaba y cruzo el maizal. Antes de llegar al tronco caído veo una culebra de las verdes. Se asusta y se lanza al canal, dejando que la lleve la corriente. Desaparece muy rápido río abajo y yo cruzo hacia el paseo. Me subo al skate y me deslizo lejos del viejo polígono en dirección a casa. Siento un escalofrío en la nuca recordando a la serpiente deslizándose hacia el agua.

Guillermo Martínez Collado
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