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Los toros de Marianita

jueves 1 de junio de 2023
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A Carlos le comenzaron los síntomas, según la mayoría de los convecinos, antes de la boda, pero yo creo que no, que fue en la misma fiesta. Muchos le fueron dejando de hablar, así que cuando se me acercaba, siempre tenía una queja, una preocupación, alguna paranoia.

“No entiendo, viejo, por qué todos me miran raro. Sé que no soy de aquí, pero eso nada tiene que ver, en esencia todos somos iguales, ¿no?”, me explicaba, y yo no tenía ningún problema con él, pero eso de la igualdad suya no me convencía, y siempre le respondí que no, que no éramos iguales, ni muertos éramos iguales. No lo hice a mal, pero en este pueblo hay cosas que deben quedar claras. Por eso, siempre le pregunté, por ejemplo, ¿a quién en este pueblo le tocan los calderos de noche?, con la sola intención de hacerlo reflexionar.

“¡A Rogelio, por supuesto!”, me contestó cada vez, sin reconocer que Rogelio era vecino suyo, también Pancho, cualquiera de los tres podía ser el homenajeado con el retintín de calderos a las dos de la mañana. Pero los síntomas, lo que son los síntomas, sólo él los tenía y hay cosas que no se cubren ni con sombrero. Yo lo evité, no lo niego, porque de siempre tengo ese no sé qué que atrae a la gente sufrida e intranquila. Sólo que no hay forma de escapar cuando en el pueblucho este todos conocen la rutina de todos. Así que, de regreso a la casa, me esperaba casi siempre tirado a los bordes de la cuneta, donde si te descuidas hasta echaba una siesta.

“La conocí un día de paso, viejo, sin querer. Entramos al pueblo y nos ponchamos, y cerca estaba ella entre todos esos toros, los suyos, que son los más lindos y cuidados del pueblo. Los acariciaba con el cepillo y a mí se me erizaba la piel de verla entre aquella brillantez de los pelajes. Una persona que trate así, con tanta ternura y paciencia a sus animales, debe de amar en serio, recuerdo que pensé. Me le acerqué y entonces le hablé durante rato. Le hice todo tipo de preguntas y piropos, hasta que ella dio par de pasos hacia mí, y sin hablar ni dejar de mirarme, con una leve sonrisa de esos labios pequeños, me acarició el cachete, lento, suave, con la yema de los dedos avanzando hacia la barbilla. Ella se volteó y se fue, pero yo quedé ahí y no te lo puedo negar, con aquello duro”, me contaba Carlos con la mirada perdida, sonriente como si reviviera el momento, y un brazo tirado sobre mi hombro, que yo trataba de quitarme sin poder lograrlo.

Le disimulaba al chofer diciéndole que tenía que hablar con el padre de aquella muchacha, verla otra vez.

“No me fui en largo rato y le disimulaba al chofer diciéndole que tenía que hablar con el padre de aquella muchacha, verla otra vez. Pero era una verdad a medias. Simplemente, aquello no había manera de bajarlo, y si caminaba así, capaz que quedara enredado en alguna cerca o que algún niño, esos pícaros del campo, ¡tú sabes!, le diera por preguntar si yo era un unicornio”.

Siempre me venía con esos cuentos de ella, y a veces hasta carcajeaba en medio de la historia. Me daba entonces unos codazos como para que yo también riera, sin entender cuán incómoda era toda aquella retahíla de cosas íntimas que a nadie le importan. No paraba de hablar, como el día de la boda, que estuvo durante horas, según me dijeron, buscándome.

Aquel día, desde la mañana, el sol estaba de verdad ardiente. Es lo normal en estos pueblos donde el rocoso de las carreteras termina por ser casi un espejo de tanta luz y calor. Y si no, pueden preguntarles a todos esos herbazales tan secos, mustios. En la fiesta el polvo era levantado apenas y en pequeñas nubecitas por el galope de los caballos del juego de siempre. Revoloteaban intranquilos esperando su turno, mientras sólo un jinete corría por el pedraplén hacia el ganso, ya muerto desde hacía rato, colgado por las patas en el medio del cable que une los postes.

“No jodas más, Guillermo”, le gritaban todos los competidores sobre sus caballos al dueño del ganso y quien, en esa ocasión, convocó al juego. Él, cada dos o tres competidores, detenía las carreras y untaba de grasa el cuello y la cabeza del ganso, sujeto al resto del cuerpo sólo por la piel. Y eso que no lo dejaban, porque si no, el muy astuto se lo untaba tras cada corredor, como si eso fuera para enriquecerse. “¡Es para hacerlo más interesante, caballero!”, respondía a las quejas siempre, a lo que le seguía un grito coreado de los competidores: “¡Déjate de descaro, compadre, que lo haces para sacarnos más dinero cada turno!”, o el “¡Coño, no seas cabrón! ¡Acabemos esto ya pa’ irnos a tomar!”, que le soltó Vladimir desde su caballo mientras se pasaba un trapo rojo sobre la frente, abría aún más su camisa y recogía todo el sudor del pecho y el abdomen, toscos, definidos y de piel casi morena del trabajo en el campo.

Los cinco hombres sobre sus caballos habían comenzado el concurso hacía una hora; ya estaban hartos de tanto sol. Todos tenían esos cuerpos curtidos, grasosos, brillosos, saludables. Eran los que siempre competían en estas actividades, con sus manos de gladiadores, callosas y toscas para poder cumplir con las exigencias del juego. Imagínatelo, uno sale a la desbandada sobre su caballo y todos en el lugar lo vigilan. Rápido toma al ganso por el cuello y lo aprieta, pero la grasa le impide un buen agarre, escapándosele de las manos. El jinete siempre sabe que no queda mucho para que la cabeza se desprenda y por eso siempre se va a lamentar, pero acabada de untarle la grasa eso resulta imposible, aunque un hilillo de pellejo la uniera al cuello.

En la fiesta todos atendían a los jinetes y al ganso con la música guajira o las rancheras de fondo y algún jarro metálico lleno de ron en la mano. Sobre todo las mujeres observaban aquel espectáculo, con las caras embobadas y dando gritos a su preferido. Y en las mesas, sus maridos reían con todo aquello. Ellos no temen nunca de ellas que, aunque bien fuertes de carácter, habiendo algunas capaces de cargar más sacos de arroz que ellos mismos, o de sacar un machete al aire en una discusión por honor, no dejan de ser las más fieles. A pesar de aquellas risas despreocupadas y chiflidos, ellos saben que luego darán una montura exacerbada en la cama, algo que sólo viene luego de estos festejos, como si la adrenalina y el calor les humedecieran todo el cuerpo, como si todo aquel sudor, cargado de hormonas, recorriera desde el cuello hasta sus tetas y se erizaran y endurecieran con las leves brisas, y luego bajara y se mezclara con más humedad, con más calor, resbalando entonces por los muslos descubiertos y brillantes.

Ahí Carlos me estuvo buscando, sin importarle la competencia, sin importarle que es su día de festejo, y que uno de los puercos asados quedaría un poco seco porque el cocinero se entretuvo, porque ese sí que quería saber quién se llevaba el ganso. Y fue el siguiente en correr, quien luego de pagar la cuota empolvó sus manos en la tierra y le arrancó de tajo la cabeza al ganso. Tras mostrar la cabeza de ojos perdidos y blancos en su mano, todos gritaron menos Raymundo, que me buscaba a mí sin poder encontrarme en un buen rato.

Él no era de ahí, no sabía de esas cosas, ni de las dinámicas del campo, ni de los rituales del pueblo.

Cuando lo vi, me dio un trapo para que me secara la cara. “Estaba atrás, bajo una mata de arabo recogiendo anamú para la mama”, le respondí y le tuve que mentir, porque era su día de fiesta y no se merecía saber ninguna desgracia. No sé por qué se lo creyó, si no andaba con anamú en las manos, y no había rastro de ese olor tan desagradable y penetrante. Pero bueno, él no era de ahí, no sabía de esas cosas, ni de las dinámicas del campo, ni de los rituales del pueblo.

Sólo empezó a hablarme otra vez de ella, de sus experiencias, de lo alegre que se puso el señor Guillermo, su padre, cuando le pidió la mano de su hija. “No se lo creía”, me dijo, “casi saltaba de júbilo y rápido montó esta fiesta, la boda. ¡No puedo dejar ir a un hombre tan bueno!, me decía el señor Guillermo una y otra vez. Es que siempre he sido de los que causa buenas impresiones a la primera. Porque soy un romántico, ¿sabes?”. Yo trataba de escapármele, pero era imposible, me agarraba con un brazo por el cuello y me llevaba hacia la fiesta. Ahí me sirvió ron una y otra vez, sin importar cuánto dejara extraviado el vaso, él me buscaba otro, también lleno: “A gente como tú hay que tenerla siempre cerca”, me repetía y se ponía un dedo bajo el ojo para luego salir riendo hacia otra mesa.

No podía con aquello, vaya, daba lástima. Y cuando comenzaron a tocar los calderos fue esa misma noche. Todos sabían qué decía aquella tradición; ¡qué gritaba, rectifico! Porque a las dos de la mañana, en ese batey rodeado de cultivos y árboles, ni los animales mugen o cacarean. Todo está en silencio, tranquilo, con la brisa moviendo suave las hojas, a ratos, como si también quisiera descansar.

Los calderos son el ruido más indeseable imaginado. Y no sabes, en esa oscuridad, quién los golpea, ni cuántos son, pero lo cierto es que en la primera noche parecen menos ruidosos, como si en cada oportunidad aumentara de un trío a un cuarteto, a un septeto, a una población de personas con calderos y cucharones de aluminio y latas vacías de dulce de piña o mermelada de guayaba o mango, que son las únicas que hay para las bromas y calentar el agua en el fogón. Los ojos que en un inicio se asoman en las ventanas, temerosos, para confirmar que no les tocaban a ellos, pronto pasan a ser ojos confiados, bellacos tras alguna casa, desde una cuneta o un campo de maíz.

“No he podido dormir en varias noches con tanto ruido, no entiendo para qué tocan esos calderos, ¡coño!”, me dijo primero una tarde, confuso y con ojeras bien largas. Era verdad que el pobre hombre no había podido dormir, pero no era el único. En ese entonces ya tenía el primer síntoma y, el muy despreocupado, no dejaba de buscarme a mí por consejo, “porque soy gente que hay que tener cerca”. Sé que soy necesario aquí en el pueblo, pero nada más. De hecho, aún recuerdo aquella mañana hace años, cuando en la secundaria Marianita me susurró, tras el ritual y mientras me abrazaba bajo el árbol de arabo de su padre, que yo no era ni más alto que su novio, ni más ancho o lindo que su novio, o adinerado, o trabajador, que yo era sólo un concepto, eso que ella quería para estar desnuda, bajo aquel intrincado árbol, con sus tetas pequeñas, calientes, suaves, entre mis dedos, en mi boca, contra mi rostro recogiendo cada gota de su sudor. Y me atrapó bajo ese árbol florecido y con ya tantas historias, en esa tradición en la que yo, inocente, sobrevivo en este pueblo definitivamente espinado.

Yo no le digo nada de eso, pero en mi favor, no soy como aquellos jinetes que todas desean en aparente secreto, no tengo nada de lo que enorgullecerme. Se lo hago ver, que no sé por qué demonios me sigue buscando, y él sólo habla del día que la conoció, de cuando pidió su mano, de la boda, que no me lograba encontrar, ni a ella tampoco. Y yo no le podía dar respuestas, no se le hace daño a otra persona. Pero días después vino a mí ya más deteriorado, todavía sin dormir, porque ya sabía qué gritaban los calderos, pero no era con él, no podía serlo, porque él recuerda el primer día en que la vio y le acarició la cara, tierno, suave como a sus toros.

Los cuernos con los que me buscó hace una semana no eran tan largos como ahora.

Pero cada noche el ruido era más intenso y cada vez los síntomas se acrecentaban. Los cuernos con los que me buscó hace una semana no eran tan largos como ahora, ni la barba negra y tupida se le unía con el pecho y la espalda. No obstante, hablaba, y lo que él no podía entender era por qué todos conversaban bajo a sus espaldas, cuando toda aquella pantomima de los calderos era de seguro para Rogelio o el pobre Pancho. Él había decidido unirse a la gente de los calderos, cosa que me contó, y a la otra noche, luego de esperar despierto, salió preparado con una lata de piña ya vacía, de las piñas del pueblo, y una cuchara. Pero increíblemente, en cuanto salió al patio todos los calderos se dejaron de escuchar y sintió cómo entre el maizal una horda de personas salió a la carrera entre risas.

Él me lo contó, que durante las tres noches que intentó unirse a aquel ritual todos huyeron. Por eso pensaba lo peor, cosa que le resultaba imposible y daba un golpe de cascos en la mesa y algún mugido que me ponía en alerta. Por eso con cada nueva visita yo decidí sentarme cerca de la puerta, porque sabía que los síntomas en cualquier momento iban a ser decisivos y tampoco se puede tentar demasiado a la suerte. Y, como él, fui perdiendo el buen sueño, no lo niego, hay cosas que, aunque ajenas, a uno le duelen, le incomodan.

Sin embargo, ahora me era más fácil escapármele de aquellas tediosas conversaciones cuando se me aparecía escondido en la cuneta. Cada paso que él daba era mucho más pesado y cada lamento, que se confundía entre mugidos, le daba un poco más ese aire de bestia recelosa. Sus ojos habían dejado de mirar al frente como si sólo respondieran a los deseos de sangre de sus dos enormes y puntiagudos tarros, los mismos que cada noche me empezaron a desvelar.

Era imposible que aquello siguiera así, tenían que detenerse ya los calderos en las madrugadas porque estaban haciendo daño a aquel pobre hombre romántico. Por eso busqué a su esposa aquella tarde, para conversar, para encontrar una solución. Algunos me vieron dirigirme hacia la casa y me saludaron, pero sé que había malicia en aquellas sonrisas y aquellos “¡Ey!” o “¿Y eso tú por acá?”, dicho casi a carcajadas. Pero no se puede vivir con el chismorreo de los bateyes.

Fui hasta la casa, y la puerta y las ventanas estaban abiertas. “¡Marianita!”, llamé no muy fuerte mientras entraba quitándome el sombrero. Así, despacio, con respeto, avancé buscándola. Estaba en el cuarto tirada desnuda sobre el lomo de un toro totalmente negro, cuyo pelaje perfecto era iluminado por un leve halo de luz, brillando entre sombras y resoplos. Ella se frotaba con él. Estaba sudada y gemía con sus labios carnosos, aunque pequeños. Tierna como siempre, bella como si no envejeciera, como si estuviera destinada a aquel mito pueblerino.

Tenía una mano entre las piernas y la otra con un cepillo, acariciando al toro, plácidamente dormido. Ella, con los ojos cerrados de placer, no se daba cuenta de que me encontraba ahí, observando desde la puerta. Por eso me acerqué y la toqué suave por la espalda. No se asustó, como si presintiera que iría. Detuvo los jadeos y con una sonrisa se levantó de la cama y salió de la habitación. Yo le seguí excitado, no puedo negarlo, porque si un físico espléndido en sus curvas, terso de juventud, eriza la piel de cualquier persona, la confianza que ella muestra en el suyo te imanta sin energías, una inercia que te conduce a seguirla con una mano deseando tocarle las nalgas, acariciárselas, firmes y redondeadas como siempre, apretárselas con fuerza contra ti.

Fuera del cuarto, se paró en frente mío y me agarró el pantalón. Lo apretó firme empujándome hacia una pared, y toda palabra que deseaba decirle quedó trabada con esa mano. Apretó un poco más fuerte y sólo pude levantar la cabeza y apoyar una mano para agarrarme de la pared. Se arrodilló y sin más comenzó a masturbarme. Pasaba la lengua por la punta una y otra vez y no se detenía de apretar con los labios y las manos. Aquella boca pequeña, era cálida y la lengua sabía dónde rozar. Su mano apretaba el resto y lo giraba mientras descorría la piel una y otra vez. Fue rápido, demasiado rápido el tiempo que transcurrió hasta llenarle la boca, y derrumbarme con las piernas temblorosas. Yo quería todo ese líquido también, quería besarla, pero ella se levantó y ya había tragado. “Lo nuestro es en el arabo, no aquí. Compórtate”, me dijo suave con una sonrisa segura y volvió al cuarto, dejándome inmóvil en una silla, que encontré para no derrumbarme en el suelo.

Apareció con una sonrisa, como siempre, provocando el silencio, inmovilizando todo árbol, toda hoja.

La esperé durante un buen tiempo, intranquilo bajo el árbol de siempre, el más intrincado. Teníamos un horario bastante estable para vernos y ella lo respetó. Apareció con una sonrisa, como siempre, provocando el silencio, inmovilizando todo árbol, toda hoja para eliminar las distracciones y dedicarnos a nosotros. Ahí la detuve, porque ahí sólo se va a cumplir un objetivo, por eso la zona la vigilan en el pueblo, para que nadie interrumpa. La detuve, y como bien sabía y ella me recordó, lo estaba jodiendo todo. El pacto, la necesidad del pueblo de aquella tranquilidad dependía del sacrificio nuestro, de mantener aquel ritual que ya se me hacía imposible, porque no era la primera vez, porque ya otros habían sufrido igual que Carlos.

Y sabía que daría una alarma cuando salí a la carrera. Ella me advirtió asustada y no la escuché. A mí no me gusta la palabra sacrificio, ¡horrenda que es! Así que hui. Corrí por los campos de piña, esperando que no me pudieran seguir. Corrí con todas mis fuerzas, sin poder escapar de los rasguños, de las heridas ardientes que dejan esos campos. De la piña, a la gente le llega su belleza, tan fotogénica, “la reina de los campos” le dicen; o su dulzor, ese sabor agridulce al que te acostumbras con el tiempo y luego se vuelve vicio. Pero nadie conoce del sembrado, de todas aquellas pencas espinadas como bayonetas en sus fusiles, que sin importar que las siembren a distancia o las poden, aunque sea de día y trabajes con camisas y pomos plásticos recortados con anterioridad para colocártelos en los antebrazos, aunque te cuides sin despistarte, tendrás tus brazos ensangrentados, con extensos y ardorosos arañazos.

Pero todo ese recorrido es tortura momentánea, se puede aguantar. Lo insoportable es la vida en ese pueblo, el ser protagonista de aquel rito de egoístas y sufridos. Me caí varias veces, tropecé, me arañé los brazos, la espalda, el rostro, pero me levanté y corrí, porque de ese sembrado no hay quien salga intacto, ni siquiera caminando calmado. Era el sitio idóneo para escapar, donde no pudiera ser perseguido por los caballos. Así, con dolor, aunque decidido, llegué a un pedraplén bien alejado del pueblo. Sólo que no pasó mucho tiempo para que los jinetes me atraparan, porque ellos sabían todo, conocían todo el guion de ese pueblo maldito. Me atraparon rápido, sí, aquellos forzudos con los que no me puedo comparar, y para los que derribar un toro es cuestión de segundos, su día a día.

A mí, me concedieron el verbo y la incapacidad de huir. A mí me dejaron para ser sacrificio, aunque no tenga una estatua en el parque. Estos son los hechos de los que no se hacen estatuas, los hechos que hay que vivir para conocerlos, acercarse para comprenderlos, en este pueblo maldito que se mantiene siempre tranquilo, dócil y nadie sabe por qué. Yo sé leer entre las hojas de un árbol de arabo, que me susurran algún futuro, nunca incierto, y entre los pétalos minúsculos de sus flores, siempre encuentro el guion, año tras año, y todos lo saben, por eso no me dejan huir, su tranquilidad depende de nosotros, los que en apariencia para nada servimos, nosotros los sacrificios; nuestro encierro, para ellos, es vida.

El árbol de arabo tampoco sirve para mucho y a la vez lo resuelve todo. Y aquí en el pueblo, aunque queden pocos, son suficientes para leer el guion. Sus hojas lo declararon hace mucho tiempo, que huiría una y otra vez. Y también predijo mi muerte, que no la deseo, algo que creo nadie me puede recriminar. Por eso, cuando me colgaron del poste, aún de noche y todo arañado, sucio del sudor, la sangre y la tierra negra, ahí estaban todos en la fiesta, el más grande de los jolgorios que alguna vez había visto en este pueblo: Marianita, libidinosa, bella, con su rostro soberbio y eximido de culpas; el señor Guillermo, Vladimir y el resto de los jinetes, riendo y preparándose para el juego, un nuevo y excitante juego; todas aquellas estimuladas señoras chiflando a su jinete preferido y sus maridos sentados, con el vaso de ron repleto y la música guajira o las rancheras de fondo.

A mí me colgaron de los pies en el cable. Podía moverme, pero no les importaba porque ese es el juego: ya no hubo ganso, ni grasa, que se sustituyó por mí y mi movilidad, por mis remeneos para impedir la golpiza con aquellas tiras de cuero, que, si bien son flexibles, pueden arrancarte un trozo de piel de un latigazo. Esquivé el primero, que apenas me rozó y me obligó a rechinar los dientes. El segundo me dio en la espalda y juro nunca haber sentido un dolor como aquel, que me dejó sin aire e indefenso, como si me golpeara directamente sobre los huesos y les sacara una lasca. Y el tercero me golpeó en la mano y casi preferí que me la arrancara de tajo, porque aquella ardentía era irresistible, como si un fuego de hormigas me comiera el brazo. Ahí lloré y rogué por que me perdonaran y, como ocurriría en otras ocasiones, juré no escapar, porque este pueblo, Los Arabos, necesita de esos toros hermosos, y su gente, de esas tradiciones para mantenerse calmados y alegres. Todo un pueblo sencillo y tranquilo de campo.

Adrián de la Campa Escaig
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