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La puerta estrecha y otros inventos

sábado 17 de junio de 2023
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Para ser lunes, fue glorioso alcanzar el policlínico a las siete y cinco minutos de la mañana. Con todo, cogí el turno 28, el antepenúltimo de los treinta que dan a diario para los análisis de sangre. “El problema son las jeringuillas estériles”, explica una paciente que sabe. “Bueno, cogí turno”, se dice uno, y se dedica a tratar de adivinar quién lleva el cartoncito con el número 27. Pero nada es tan fácil, aunque sea gratuito el servicio médico. Por cada paciente con turno hay que contar, dando por muy segura su aparición, una embarazada. “Las embarazadas son por orden de llegada”, anota la experta. Las embarazadas son una legión, por mucho que digan los expertos en demografía que la población de Cuba decrece. De que decrece a ritmo de colas en embajadas, para emigrar para donde sea, claro que decrece, pero la cuestión esa de que se pare menos, que no se reproduce la tasa de natalidad, hay que dudarlo si usted se halla en la cola del policlínico a las siete de la mañana.

El sitio donde se hacen los análisis consta de un laboratorio al que acceden los que van a sacarse sangre por una puerta pequeña, como de servicio sanitario. Hay una amplia ventanilla de cristal para entregar la caquita, el pipí y anotarse. La cola de los aspirantes a hacerse extraer la sangre repleta el saloncito que sirve de antesala del laboratorio, donde pueden sentarse ocho personas y las otras veinte están de pie. Como no se han contado las embarazadas, pues la cola se extiende por el pasillo en dirección a la puerta de entrada del policlínico.

Si el asunto quedara entre los enfermos del día y las embarazadas, no habría mayor motivo de queja. Pero en un policlínico en un barrio periférico al oeste de La Habana tienen que existir otras demandas. Las “urgencias”, por ejemplo. Y los colados. Los colados son una variedad que abarca a los familiares de las/os empleadas/os, los amigos de los mismos trabajadores, los que compran su beneficio, aquellos a quienes se deben favores o se intercambian beneficios. Y están los colados colados, que llegan a la puerta, dicen que voy a hacer una pregunta o no dicen nada, pasan, se ponen en atención junto a la técnico que está sacando sangre y cuando el paciente se levanta con su algodón en el brazo doblado, se sientan y ya. El que está afuera se queja o los acepta paciente y filosóficamente, como si se tratara de una gacela que en lugar de correr se quedara quieta en cuanto se percata de que el león la ha elegido como presa y le hace fácil la vida al felino.

Todo llega en la vida y en algún momento 27 y 28 están junto a la puerta estrecha.

Cerca de la pequeña puerta aparece Veintisiete, que es una señora con una blusa de mucho color, algo ideal para que Veintiocho no la pierda de vista. Todo llega en la vida y en algún momento 27 y 28 están junto a la puerta estrecha. Hay tres personas en el estrecho pasillo que dirige al saloncito de las extracciones, donde están ocupadas las dos sillas escolares con pacientes, atendidos por las ocupadas Rubia y Viejita, además de las cuales la Silenciosa recibe las gruesas jeringuillas cargadas de sangre y las distribuye en los tubos de ensayos numerados. Uno se imagina a esta mujer, pelo castaño rojizo teñido, bata médica, espejuelos, lo demás difuminado en el ambiente sanitario, concentrada durante toda la mañana en lo suyo, incapaz de confundir un número, un tubo de ensayo, lo que sería de humanos y acarrearía datos falsos. A ella, concentrada como está, no le puede suceder, de manera que debe haber otras encargadas de este trabajo que sí lo hagan, que confundan sangre, extravíen papeles, lleven a los médicos a falsas conclusiones y a los pacientes a la morgue. Eso, por supuesto, nunca pasa. La gente se muere por causa natural.

Veintiocho ha quedado solitario en la puertecilla blanca que nunca se cierra. Seguro de que ya tiene resuelto su problema de la mañana, se siente generoso y le va a ceder el puesto a una embarazada que se acaba de desprender del mostrador de la ventanilla del cristal. Sorprendido, escucha a la muchacha decir “No, gracias”, porque va a esperar por la Viejita, que La Rubia esa tiene la mano pesada. En ese momento veintiséis, o quien debería serlo, se levanta del pupitre de La Rubia y Veintiocho avanza, “Mano pesada ni nada”, y se sienta, dudando un instante si dejar descansar el brazo en la paleta; hay huellas húmedas de otros brazos.

La Rubia está conversadora esta mañana. Veintiocho mira desde el pupitre de tercer grado la estatura de la técnico en sangres, que concluye en lo alto en un pañuelo azul y un par de espejuelos. Está conversadora hoy, porque entre el “Ese brazo no, el otro” y el “Cierre la mano”, está tratando de convencer a una invisible Florinda de que no debe coger las cosas de ese modo, sobre todo porque no tiene razón.

El señor Veintiocho, que está haciendo el 42 en el registro de los tubos de ensayos, ha dicho únicamente “Buenos días” porque la gruesa aguja de las extracciones es siempre un trance que le pone a meditar en lo aventurado de esta vida. Mirando las manchas húmedas de la paleta plástica del pupitre se asegura de que una técnico de laboratorio en modo alguno dejaría esas manchas húmedas ahí si ellas representaran un peligro de infección para su paciente. “Cierre la mano”.

“Esa no, la otra”. Había descansado la mano izquierda sobre el pupitre no por razón de alguna superstición, sino porque tenía la experiencia de que la vena cubital media —internet dixit— de ese brazo se mostraba con más disposición que las de su opuesto, sobre todo después de que los años, un poco de sedentarismo y cierta bonanza le cubrieran de un poco de grasa la parte interna de la epidermis. Quitó el brazo siniestro, llevándose algo de la humedad corrupta depositada en la silla.

Sin dejar de hablar, la empleada de salud pública municipal lleva la mirada hacia cualquiera de las tres esquinas del “área de extracción”. Con muy profesional automatismo, extrae dos jeringuillas de sus envoltorios de papel estraza, les coloca las agujas y, cuando va a descubrir el estilete metálico de la primera de ellas, Veintiocho —ahora léase Cuarentidós— se relaja porque ha aparecido un algodón con alcohol (¿será alcohol?, apenas huele) que arrastra los gérmenes de la parte del brazo donde le sacarán la sangre. “Bien, bien”.

“Cierra la mano”. Cuando clava la aguja, la discusión de la técnico del pañuelo azul y los grandes espejuelos de mirar comienza a discutir con La Voz que viene de la esquina invisible. Se queja ahora la que no puede verse de una ausente mujer que la acosa, y a ella qué va, Nooo, no le gustan las hembras. La Rubia le advierte con acritud, que en ella puede ser una acritud muy acre, que mejor haría en no quejarse tanto, que no le toca.

—Te vieron desde arriba, mija. Cuando pidieron la estadística, no estabas ahí Tú, ni Fulana, ni Mengana.

Cuarentidós tiene de todas formas la duda, que preguntaría si no estuviera preocupado por los movimientos irregulares de la aguja dentro de su vena.

Lo más probable es que Tú sepa bien de dónde es el arriba que le observó, sin necesidad de cámaras instaladas, pero Cuarentidós tiene de todas formas la duda, que preguntaría si no estuviera preocupado por los movimientos irregulares de la aguja dentro de su vena, al ritmo de cierta indignación de la mano rubia, indignación que anda un poco en voz de la dicha acritud, pero que se transmite en ciertos agudos tirones de dolor, mientras la mano va haciendo retroceder el émbolo para que la sangre abandone a Cuarentidós y se vaya por esos mundos a revelar las particularidades de su metabolismo, el germen que denunciará su higiene o su práctica sexual, el aminoácido que denuncie que alguna proteína no normada está siendo consumida en su hogar. Lo que más le preocupa no es adónde va la sangre, que acabará en el tragante del fregadero del laboratorio y se mezclará formando un gran coctel de sangre humana que ningún vampiro podrá aprovechar, pero que alimentará al plancton que alimentará a los peces que se comerá un día Cuarentidós y quién sabe si algo de todo aquello que detecten los análisis misteriosos (colesterol, triglicéridos, psa, Hg…) sobreviva a tanta dilusión, tanta mezcla, tantos jugos gástricos sucesivos a allá se vea que por comerse una viejalora de media libra lleguen tres o cuatro al hospital con unos síntomas que “No, no”, dijo el gastroenterólogo, no son los de la ciguatera, ni tampoco los del cólera, que en el país no hay, que la gente no sabe lo que habla e interpreta de cualquier modo las advertencias sanitarias de la televisión.

Veintiocho-Cuarentidós echa una mirada de destello al cilindro de la jeringuilla que cada vez parece que los hacen más grandes, a ver si la sangre fluye y sí, increíble, fluye, La Rubia es una experta sacando sangre. Ahorita acaba, no ves la cola que tiene. Ella se apura. Pero La Rubia está disgustada y V.C sabe que eso no es bueno, que si usted ha vivido en Esperanza y Factoría, o en Vives y Diaria, o en Picota y Puerta Cerrada, usted sin dudas sabe que no, no, no es bueno que la compañera Técnico de Laboratorio se halle en un estado de ánimo parecido a alguien a quien en plena asamblea le dan la noticia de que el apartamento en cuya construcción trabajó cuatro años en la microbrigada no se le va a asignar ahora sino en el próximo edificio. Malo. O que el libro en el que usted trabajó otros cuatro años o los mismos, si es que quiere complicar aún más este argumento, no va a ser publicado este año ni el que viene, que redujeron el presupuesto, redujeron el presupuesto, redujeron el presupuesto, para publicar libros. O libros o leche en polvo.

Ella no ha dicho una sola mala palabra. Con seis pies y ciento noventa libras las malas palabras deben sonar como disparos de aká. Cualquiera se da cuenta de que para ella expresarse de manera ofensiva no es más que una asignatura aprobada en la primaria, que su técnico medio en Hematología clínica nunca le hizo creerse cosas y dejar de ser humilde, una parte esencial del pueblo, fiel a su extracción social, que ella no quiere ser culta ni ninguna verracada de esas, ella quiere ser popular. Está tensa, se da cuenta el extraído, porque la aguja clavada en la parte media de su brazo es el sensor más fiable. Cada vez que ella hace una afirmación en su indetenible discurso, suena como si su intención fuera fijarle los conceptos en la cabecita de La Voz con la maceta de machacar bistés.

Finalmente el paciente —inglés, de lo serio y paciente— es desinstalado del aparato de tortura. “Cierre el brazo” y se lleva su algodoncito con ¿alcohol? sobre la vena apuñalada pero intacta y se levanta sonriente a buscar lo que queda de la mañana. Mira antes, para asegurarse, que los tubos de ensayos donde La Silenciosa vierte el contenido espeso de la jeringuilla tengan escrito el número 42 en lápiz de cera y lo mismo sea con la plaquita de cristal que se va primero que el resto de las muestras, reclamada por el microscopio.

Casi llegando a la calle recuerda que le falta un trámite y vuelve a la pecera de información.

Sale del edificio del policlínico y casi llegando a la calle recuerda que le falta un trámite y vuelve a la pecera de información. Marca detrás de tres personas y, a punto de pasar al hueco redondo por donde se habla y rectangular a través del cual se pasan recetas y certificados médicos para cuñarlos, aparecen dos muchachas reclamándole el puesto. Comienza la mayor a regañar sin mirar al destinatario de su diatriba, porque “la gente no acaba de aprender a hacer cola o qué”. “O se hacen los que no saben. Una está ahí, sentada, esperando su turno como se debe, y llega Cualquiera y se pone y ni pregunta”.

Cualquiera mira a la señora a la que había preguntado “¿El último?” y sin ningún titubeo le había respondido “Yo”, pero ahora hace un gesto como si el vuelo 324 procedente de Bahamas está tomando pista en Rancho Boyeros, porque sus ojos están tratando de captar el paisaje, reconocer el entorno, a la vez que termina de explicarle a la otra señora de la pecera que sí, que ese certificado es de este policlínico, que mire bien el cuño del médico, pero ha dejado abierto algún canal alternativo, porque masculla como si despertara un instante al tiempo real: “¡Ah, es que él preguntó, pero no me di cuenta…!”, y lo apaga enseguida adelantando una mano para apurar a la que pone el cuño, esta vez del policlínico. La Regañona no atiende la explicación, precipita a su joven colega hacia los dos agujeros de la pecera, asegurando que no soporta a los colados. El Colado piensa que, a fin de cuentas, tal vez lo sea por sustitución reglamentaria, y medita si algún párrafo de la declaración Universal de los Derechos Humanos podría venir en su ayuda en esta rara circunstancia, pues conoce de colas donde la extremada solidaridad de los vecinos consolida la unidad de la barriada, creando vínculos indisolubles. Puesto que hasta la temporada ciclónica tiene un día de asueto, calla la contestataria y se hace una paz de conversaciones en el salón recepción de la unidad municipal de salud. Probablemente ha sido firmada la paz en algún conflicto internacional y el planeta lo celebra. Pero Ah que también concluye el trámite y, con los papeles acuñados y firmados en la mano, advierte con gesto victorioso:

—¡La cola es en los asientos! —y el denostado asegurará el resto de su vida que tal será el penúltimo artículo de la nueva Constitución de la República.

Ismael León Almeida
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