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Luz y sombra

jueves 29 de junio de 2023
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Antier choqué el carro y mi vida se descompuso. Fue culpa de un niño rico que conducía el Audi de su papá. Me dijo con el tono arrogante que los distingue: No se preocupe, jefe, mi aseguranza lo paga todo. Como si eso resolviera las cosas. En el taller me informaron que la reparación se llevaría diez días. ¿Pero cómo carajos voy a compensar perder un tercio de los ingresos del mes? ¿Cómo pago la manutención de mi hijo, los recibos, la comida? Para el chamaco que me chocó fue muy fácil decir que no había problema, él sólo tiene que escoger otro carro de la inmensa galería que su papá seguramente tiene en la cochera. Capaz y hasta la novia le celebra la ocurrencia de cambiar de coche para llevarla al cine. Yo soy Uber, a mí la vida sí me cuesta. Pasé la noche del accidente releyendo libros sobre marxismo que me robé de la librería Mangal y soñando con el establecimiento de la dictadura del proletariado.

Hoy en la mañana salí a caminar. Hace mucho que no disponía de tiempo para el ocio. Generalmente trabajo jornadas dobles, con las pausas apenas suficientes para comer, limpiar el departamento y dormir. No sé cuántos años han pasado desde que mi cabeza está lo suficientemente despejada para poder estar a solas con mis pensamientos. En el carro acostumbro traer la radio encendida para engañar al trajín de la ciudad, y cuando llego al departamento, lo primero que hago es encender el televisor para que funcione como ruido de fondo. Creo que le tengo miedo al silencio o a la soledad. Tal vez a los dos. Caminé durante horas hasta llegar a un parque desconocido en el que las puntas de los árboles entreveradas formaban una bóveda cerrada que entorpecía el paso de los rayos del sol. Me senté en una banquita en medio de la arbolada y dejé que mis pensamientos fluyeran sin más interferencias que el trinar de los pájaros y el suave rumor del viento entre las hojas.

La salida al parque me hizo bien. Ahora me siento más despejado y con mayor energía. Ya no me agobia el pago de los recibos. Siempre sale algo, y si no sale, empeñaré cualquier chunche en el Monte de Piedad para llegar a fin de mes. De camino a la casa se me atravesó una idea. Me senté a escribirla para no olvidarla. Creo que tiene potencial. Tiene que ver con la relación entre ricos y pobres, o mejor dicho, con la disparidad en la repartición de la riqueza.

En la última década del siglo XX los “istmos” no eran simples apellidos, sino trayectorias de vida inapelables.

Mi infancia transcurrió en medio de un mundo profundamente ideológico. En la última década del siglo XX los “istmos” no eran simples apellidos, sino trayectorias de vida inapelables. Los adultos a mi alrededor depositaban su confianza y sus destinos en complicados sistemas de ideas a las que abrazaban con la misma convicción que los griegos le profesaron al oráculo de Delfos. La mayoría de pleitos que mis padres, en medio de la borrachera, sostenían con sus amigos, eran por ver quién seguía más a pie juntillas los lineamientos del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. En aquellas reuniones, el mayor cumplido era que te llamaran congruente, y la más grande ofensa era que te señalaran de traidor. Yo los oía desde mi cuarto, tratando de ahogar la algazara con el ruido de la televisión. Llegué a pensar que los adultos gritaban porque sabían muy bien de su incongruencia. En lugar de irse a la selva para pelear junto a los indígenas en resistencia, organizaban carnes asadas, compraban cerveza americana y se regodeaban en el ilusorio confort de la clase media. La única diferencia entre aquellas fiestas de mi casa y las fiestas en casa de mis amigos, cuyos padres eran de derecha, era que aquí se escuchaba a Silvio Rodríguez y en otras partes a Luis Miguel.

El discurso político de mis padres estaba tan bien articulado que terminó por colonizar mi idea sobre el mundo. Crecí pensando que las élites y las personas de derecha eran todas ruines, pero muy inteligentes, y que por lo regular estaban adelantados a su tiempo. Diseñaban un mundo en el que todo encajaba con la precisión con la que se cuentan los segundos en el reloj atómico de Boulder, en Colorado. Estos sabios malignos inventaron el Estado, la guerra, el capitalismo, la nación y el consumismo para controlar cada aspecto de nuestras vidas. Había poco que hacer ante un plan cuya complejidad y alcances no podían siquiera comenzar a ser comprendidos. Una de las criaturas mitológicas que dominaron mi imaginario de niño, y que reforzó la idea de un sistema impecablemente cruel, fue la de Carlos Salinas de Gortari, quien, según lo que me contaron mis padres, puso su doctorado en Harvard al servicio del enriquecimiento propio y el de sus amigos.

Cuando cumplí dieciocho años me inscribí en la Unam, donde cursé tres semestres en la Facultad de Filosofía y Letras. Mi falta de atención para las clases era proporcional a la facilidad que manifestaba para el arguende. Pronto me convertí en un aclamado líder estudiantil, y durante algún tiempo albergué la secreta aspiración de comandar la llegada de la dictadura del proletariado desde aquella ínfima tarima política. No juzgo mi pasado. Ahora pienso que cualquier persona se marea con quince minutos de fama y cuarenta personas que lo escuchen. La época universitaria reforzó mi visión maniquea del mundo en el que la izquierda siempre estaba bien, y la derecha siempre era perversa. Todo cuadraba. El problema fue el mundo real.

Embaracé a mi novia y dejé la escuela. A mis padres, asiduos pregoneros de la bondad y la colectividad revolucionaria, no les importó un carajo lo que iba a pasar conmigo. Me corrieron de la casa con el argumento de que ahora me tocaba sufrir como ellos lo hicieron cuando yo nací. Noté en su tono un ligero aire de satisfacción, como el del veterano de guerra que se complace cuando su dolor es contagioso. Comencé a trabajar en una fábrica de enlatados. Al principio pensé que, si pude erigirme como líder de estudiantes brillantes y politizados, no sería problema encauzar las pasiones revolucionarias del lumpen proletariado.

Fue la primera vez que el mundo dejó de corresponderse con la fantasía que me inculcaron en la casa. Conocí personas generosas y de gran corazón con ideas políticas de derecha, y también a personas mezquinas y arteras que profesaban su afiliación a la izquierda. Había otras tantas que decidían no subordinar sus vidas a una posición específica en el plano cartesiano. Les expliqué que la izquierda y la derecha política surgieron como dos posturas antagónicas en el Parlamento inglés, pero ellos seguían sin interesarse. Uno de mis compañeros fue más lejos al decirme: Que los ingleses hagan lo que quieran, al fin y al cabo el respeto al derecho ajeno es la paz.

Dejaron de importarme asuntos que en el pasado me parecían fundamentales, que si ganó tal o cual candidato, que si el FMI subió el interés de la deuda externa.

Tropecé con la tranquilidad de la enajenación, y poco a poco fui agarrándole gusto. Dejaron de importarme asuntos que en el pasado me parecían fundamentales, que si ganó tal o cual candidato, que si el FMI subió el interés de la deuda externa, que si la alternancia, que si las leyes de seguridad interna, que si la inflación. Yo me levantaba todos los días con la única ambición de echarme una torta de tamal y una sidra helada en el puesto de doña Tita antes de llegar al trabajo. La realidad proletaria me vacunó contra la mayoría de las grandes disertaciones eruditas, pero nunca claudiqué al materialismo histórico como anteojera para interpretar la realidad.

Sabía que el dueño de la fábrica fincaba el crecimiento de su fortuna en nuestra explotación, que los supervisores de línea jugaban a la perfección su papel de capataces henequeros, defendiendo intereses que no eran los suyos, porque ellos también vivían en colonias obreras, y que nosotros, la mano de obra que no vale nada, estábamos forzados a vivir en la angustia de levantarnos un buen día y estar de pronto desempleados. La naturaleza alienatoria de la línea de producción diluyó mi entusiasmo por la discusión política hasta convertirla en una mera puñeta mental. Los cafés y las pláticas con Jaime fueron lo único que evitaron mi completa renuncia a la interpretación de la realidad.

Cuando abandoné la universidad, decidí cortar de tajo con todas las relaciones que había cultivado, pero siempre mantuve contacto con Jaime. A diferencia de sus colegas, él era el único profesor que evitó ocultar sus limitaciones en la nube de pedantería que flotaba en todos los rincones de ciudad universitaria, no necesitaba de palabras rimbombantes para adornar su inteligencia, o de escuchar halagos falsos que le cauterizaran el ego. Era una persona franca que conversaba sin un atisbo de condescendencia, entornando sus ojos e interrumpiendo a su interlocutor de vez en cuando para precisar algo que no le quedaba claro.

Fui a visitarlo el día que me corrieron de la fábrica por haber faltado una semana entera a causa de una neumonía que casi me mata, pero que no pudo atenuar mis hábitos de fumador empedernido. Los obreros no tenemos derecho a enfermarnos, aparentemente. Jaime esperó con calma hasta que yo terminé mi larga diatriba contra los dueños del dinero. Me miró con una sonrisa, no de lástima, sino de comprensión, y me dijo algo que no acabé de entender hasta muchos años después, sentado en la banca del parque: Cada quien se inventa una narrativa, un cuento de fantasía para maquillar este mundo terrible; unos se pintan de azul, otros se pintan de rojo, unos callan, o fingen callarse, y otros gritan hasta perderse.

Ahora que escribo esto, pienso que Jaime tenía razón. No hay buenos ni malos, ambas son máscaras que usamos porque sentimos vergüenza de mostrar nuestra verdadera cara. Nos perdemos en las ideas de otros, y por eso nos duele tanto cuando alguien nos cuestiona la religión, la preferencia electoral o el equipo de fútbol del cual somos hinchas, porque sin esas identidades ficticias estamos vacíos. Incorporamos ideas sueltas al vuelo para tratar de explicarnos a nosotros mismos y a los demás, una realidad intangible. Repetimos como merolicos los discursos de otros, pensando que entre más información escupamos, mejor nos haremos entender.

Hace dos días recuperé mi carro. Ya no uso la radio. Prefiero aprovechar los tramos entre viajes para seguir pensando en lo que me dijo Jaime el otro día. Conversamos sobre el uso extendido de la palabra “maquiavélico” entre personas de la izquierda. En el caso de mis padres, ellos la usaban para referirse a los poderes fácticos que juegan a las marionetas con el destino de nosotros los pobres. Y es verdad, hasta cierto punto, que el trabajo colectivo de la humanidad para acelerar su extinción provocó la pérdida del poder de decisión sobre nuestras vidas. Nacemos y crecemos en un sistema prestablecido en el que se tacha de loco a quien no quiere apegarse a las convenciones sociales, y de mediocre a los que eligen no trabajar setenta horas a la semana para gastar la miseria de salario en caprichos pasajeros. Es como dicen los gringos, peer pressure. Ahora parece ser que la autodestrucción del cuerpo a través de la comida chatarra y del alma a través de la cultura de consumo es la única forma de vida respetable. Cada vez somos más personas en este planeta, y la escasez de recursos ha alcanzado niveles alarmantes. ¿Será esta normalización de acortar nuestra esperanza de vida un plan maltusiano de las élites económicas para deshacerse de los pobres que sobran, que producen poco y que todavía se atreven a comer o a respirar? No, no, no puede ser. Creo que comienzo a sucumbir ante mis impulsos conspiranoides.

Me bajé en el Oxxo para comprar una cajetilla de cigarros. Le pedí al cajero que me vendiera un encendedor o una lupa, lo que saliera más barato. No sé si entendió el chiste o siquiera se dio el tiempo para tratar de procesarlo. Tal vez sólo fuera que el chiste era malo. Su reacción fue mirarme con desprecio. Salí a la calle. El viento gris de la ciudad me congeló las facciones. Volví a pensar en Jaime, en lo que me dijo el otro día.

Nadie está por encima de la historia, ni siquiera los reyes que desarrollaron las técnicas de conquista descritas por el filósofo italiano.

Maquiavelo descubrió el entramado secreto de la historia, que puede ser fácilmente confundido con un plan subrepticio y malévolo que trasciende épocas y latitudes, y que es responsable de la totalidad de nuestras desgracias. Pero nadie está por encima de la historia, ni siquiera los reyes que desarrollaron las técnicas de conquista descritas por el filósofo italiano. Condenamos a un monarca que fue educado para la guerra, un monigote cuyo rol divino y determinismo hereditario son quimeras inventadas por las élites para asegurar la estabilidad política. Los reyes son castigados con la inmortalidad. Cada uno de sus actos será sometido a un escrutinio riguroso, no sólo en su época, sino hasta el fin de la historia. La sentencia inapelable de los próceres es la negación del anonimato, que a la larga los convierte en figurillas de marfil incólumes, simples depositarios de las ansiedades pasajeras y de las necesidades del presente, no de las certezas y de las lecciones del pasado. Nunca más serán lo que fueron, sino lo que el presente necesita que sean. A veces serán héroes, otras tantas villanos, a veces serán las dos. Atados de manos ante el devenir histórico, los reyes buscan la grandeza a cualquier costo, y en la mayoría de los casos no son conscientes de la fútil bola de nieve que desatan sus caprichos pasajeros. Son cortos de miras, pues.

Hoy hablé con mi hijo. Fuimos a comer a una fondita por la cual los dos sufrimos una debilidad inexplicable. Fue hoy también cuando renuncié a mi promesa de no tratar de colonizar su pensamiento imponiéndole mis visiones particulares del mundo. Me siento un poco culpable. Sin embargo, la conversación fue productiva. De alguna extraña manera constituyó un cierre a la idea que concebí por primera vez sentado en la arboleda del parque. Como la mayoría de las pláticas importantes, se dio a raíz de un hecho que, por cotidiano, pudiera parecer trivial. Una señora indígena se acercó a pedirnos dinero. Le acerqué las monedas sueltas que sobraron de la propina. A la salida del restaurante mi hijo me increpó. Me dijo que su madre le había dicho que los indios que piden en la calle rentan a niños de mocos embarrados para dar lástima. Nunca había escuchado eso, pero pensé que, en el caso de que fuera cierto, un teatro de tan elevada envergadura merecía ser recompensado con algunas monedas, y en todo caso salía más barato que pagar para ir a aplaudirle la pedantería a los dramaturgos y directores profesionales.

Mi hijo, tal vez sin quererlo, había dado en el clavo: todo es acerca del dinero. Todavía creo, como lo hacía en mi infancia, que existe un plan maestro, pero éste va más allá de la comprensión y la ambición humana. Como especie obnubilada por la arrogancia, a menudo decidimos inventar narrativas fantásticas que llenen nuestros vacios existenciales, y a las que nos aferramos como si fueran salvavidas para sobrellevar el diluvio de la nulidad y de la muerte. Somos tan buenos para crear cuentos que éstos han terminado por tomar control de nuestras vidas. Inventamos las prisiones que habitamos, somos custodios y presos de nuestra mente desbocada. Proclamamos discursos que maquillan el hecho de que nos volvimos esclavos de una de nuestras más grandes creaciones.

La moneda, que comenzó como un objeto para facilitar el intercambio comercial, tomó conciencia de sí misma y terminó por convertirse en una deidad que rige el destino de los hombres impulsada por los designios de su impenetrable voluntad. Todos contribuimos a adorar y prolongar la existencia de este nuevo culto enmascarado bajo la premisa reduccionista de que es la única forma de vivir, es lo natural, no hay de otra. Los dueños del dinero, que yo asumía estaban en control de los hilos que mueven al mundo, se convirtieron en simples sacerdotisas que promueven ritos de compra y levantan grandes centros comerciales como iglesias para adorar al dios-dinero. Ellos han sido los primeros que sacrificaron su vida y su felicidad en aras del confort, el lujo y los excesos, promesa sacramental y paraíso terrenal de esta nueva religión. Porque también la derecha, con sus universidades privadas de alta gama y sus recursos económicos que parecieran ilimitados, no dejan de ser peones en el juego de ajedrez de esta vida de mierda, en el que todos somos como los trabajadores de fábrica, perecederos, prescindibles y fácilmente sustituidos.

Pablo Martínez Coronado
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