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Reloj de arena

domingo 16 de julio de 2023
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El tiempo no rehace lo que perdemos; la eternidad lo guarda para la gloria y también para el fuego.
Jorge Luis Borges, “Los teólogos”.

De todos los viejos objetos de colección que yacían en mi habitación, el único por el que jamás sentí un cariño especial fue el antiguo reloj de arena comprado por mi padre en su viaje a la península arábiga en 1978, y el cual me obsequió en mi cumpleaños número doce, unos meses antes de su muerte.

—Espero que lo cuides. No es cualquier reloj —decía, mientras yo observaba el reloj con curiosidad.

—Pensé que lo venderías —dije.

—No, prefiero dejarlo en tus manos. Sé que tienes mucho que aprender de él.

Estas serían sus últimas palabras aludiéndolo, ya que dos meses después, el 15 de agosto, lo encontraríamos muerto en su habitación gracias a un accidente cerebrovascular.

Pero mi objetivo aquí no es hablar sobre la muerte de mi padre, sino de mi relación con ese enigmático reloj obsequiado por él cuando era niño.

 

Como dije anteriormente: era el único objeto de colección por el que no sentía ese aprecio especial que sí sentía, por ejemplo, hacia la vieja guitarra de caoba comprada en una ridícula subasta. Nunca supe a cabalidad cuál era el motivo de esa especie de rechazo —o al menos los primeros años no lo supe—, si el diseño del reloj era, estéticamente hablando, perfecto: dos receptáculos de vidrio sostenidos por una cubierta de madera de nogal, en cuyos bordes relucían, escritas con impecable caligrafía, frases del Corán. En pocas palabras, a cualquier coleccionista le habrían brillado los ojos de haberse topado con él; sin embargo, pese a ser consciente de sus virtudes estéticas, nunca fui víctima de tal admiración. De hecho, desde que estuvo en mis manos por primera vez, sólo me limité a dejarlo en un rincón de la habitación, olvidándome de su existencia. Pero las cosas cambiarían a partir del 15 de agosto.

“¿Por qué papá habrá querido dejármelo?”, solía preguntarme, mientras observaba la arena caer y depositarse en el receptáculo inferior.

Unos días después de la muerte de mi padre, decidí desempolvarlo, sacarlo de ese rincón donde estaba, y colocarlo frente a mi escritorio, en la biblioteca. Una vez allí, comencé a observarlo con mayor frecuencia, detallando cada una de sus partes. “¿Por qué papá habrá querido dejármelo?”, solía preguntarme, mientras observaba la arena caer y depositarse en el receptáculo inferior. A pesar de que no sentía admiración al observarlo, con el tiempo comenzó a generarme una sensación extraña, como una especie de temor, que posteriormente se convertiría en aprensión.

Todo comenzó cuando, con quince o dieciséis años —si la memoria no me falla—, luego de ponerle punto final a un ensayo en el que estuve trabajando toda la noche, observé el reloj fijamente durante un largo rato, y de pronto, como si la realidad colapsara, los libros que yacían detrás de él comenzaron a deformarse; sus bordes pasaron a expandirse y contraerse periódicamente, fluctuando sobre el nivel de la biblioteca que los sostenía, mientras la arena del reloj, que caía de uno de los receptáculos, se ralentizaba hasta llegar al punto donde se veían caer granos individuales. Esta escena me dejó petrificado, invadido por una sensación de vértigo indescriptible, que no cesó hasta que el último grano de arena se depositó en el receptáculo inferior. Hecho esto, cada uno de los objetos volvió a la normalidad: los libros adoptaron su forma original junto al nivel que los sostenía, y el reloj, ya con la arena depositada por completo en el receptáculo inferior, volvió a su enigmática apariencia de objeto inerte. Y aunque también cesó mi vértigo, quedé anonadado, inmóvil en mi silla, tratando de asimilar la escena que acababa de presenciar.

Obviamente la impresión que me dejó el suceso me obligó a contárselo a alguien de confianza que no me fuera a tildar de loco, así que la mañana siguiente procedí a referirle el acontecimiento a mi madre; sin embargo, ella sólo dijo que debió ser gracias al cansancio y el sueño, ya que eran pasadas las tres de la mañana y había estado escribiendo toda la noche. Luego pasó a contarme que a una de sus amigas le había ocurrido algo similar por el desvelo…; en fin, mi relato pasó por debajo de la mesa, y aunque yo sabía lo que había visto y sentido, y que no estaba loco, no me negué a la posibilidad, por lo que también llegué a pensar que pudo ser gracias a eso, pese a que durante varios días las imágenes me estuvieron rondando la cabeza.

 

Mi vida continuó con normalidad, como la de cualquier joven; aunque mi percepción del reloj cambió radicalmente, ahora lo veía con mucho respeto y temor; de vez en cuando, principalmente a altas horas de la noche, me sentaba en mi escritorio y lo contemplaba un buen rato esperando a que la vieja escena se repitiera; pero al ver que esto no ocurría, comencé a prescindir de este hábito, y sólo le echaba un leve vistazo cuando recordaba que estaba allí. Incluso, al cabo de un tiempo comencé a pensar que mi madre tenía razón y esa escena no se debió más que a un simple síntoma del desvelo.

Pasaron los años, y entré a la universidad. En esa época, entre mujeres, parciales, alcohol, viajes, amigos, estrés y dinero, el espacio que había en mi cabeza para pensar en el reloj era prácticamente nulo; aun me atrevo a decir que lo había olvidado por completo, aunque se encontrara en el mismo lugar de siempre. Mas, no fue sino hasta una fatídica noche, al llegar a casa luego de una fiesta con amigos, que mi vida y mi visión de la realidad darían un vuelco.

Ocurrió de súbito, pero a un ritmo suficientemente perfecto, como para dejar huella en mi conciencia.

Acababa de entrar a casa, eran cerca de las cuatro de la mañana. Mamá y mis hermanos dormían. Crucé la sala de estar y entré a mi habitación evitando hacer el menor ruido posible. Aún un poco mareado gracias al vodka, me senté en mi escritorio a descansar y tomar aire antes de acostarme. El silencio era abrumador. Recorrí la biblioteca con la mirada hasta dar con el reloj, y me quedé observándolo un buen rato, como aquella vez, a los dieciséis años. De pronto, al cabo de unos minutos de estarlo mirando fijamente, se repitió la vieja escena, sólo que esta vez el impacto y las imágenes serían aún más grotescas.

Los bordes de la biblioteca comenzaron a fluctuar, como si de algún material líquido se tratara; al mismo tiempo los libros procedieron a expandirse y contraerse.

El espacio detrás del reloj comenzó a deformarse; los bordes de la biblioteca comenzaron a fluctuar, como si de algún material líquido se tratara; al mismo tiempo los libros procedieron a expandirse y contraerse, adquiriendo formas extrañas, grotescas, moldeándose como si estuvieran hechos de una especie de masa viscosa. El reloj, por su parte, se invirtió, poniendo en marcha la transición de la arena desde el receptáculo superior hasta el inferior, ralentizándose paulatinamente. Mientras la arena del reloj fue ralentizando su caída, detrás los libros pasaron a fusionarse en una sola masa espesa, amorfa, que, sincronizándose con la caída de la arena, fue escindiendo el fondo de la biblioteca, transmutando en una especie de túnel que, al ritmo de los granos individuales, fue mostrándome escenas de mi vida.

Como si fuera una cinta de película, pasaron frente a mí pasajes que iban desde mi infancia hasta el presente. Vi el viaje que a los cinco años hicimos a la playa; vi las discusiones de mamá y papá; vi la muerte de mi abuelo y la de mi hermano; vi la muerte de papá; mi primer beso; vi a Rachel, mi primer amor; vi a Coco, el pequeño retriever que nos regaló el tío Mario; vi mi fractura de brazo a los diez años; vi a mis amigos de secundaria; vi mi primer día de universidad; vi los viajes; vi mi primera noche con Emma; vi las discusiones con mamá; vi sus llantos; vi todo mi pasado en pequeñas imágenes, mientras que los granos de arena iban cayendo, cuando, súbitamente, hubo una interrupción en las imágenes y comenzaron a aparecer lugares y personas desconocidas; me vi en un bar de la capital tomado de la mano con una mujer que jamás había visto; me vi vestido de andrajos pidiendo limosna en una acera desconocida; me vi en una camilla de hospital rodeado de doctores y enfermeros… Por un momento dejé de mirar las imágenes y pasé a observar la arena del reloj, percatándome de que quedaban unos pocos granos, así que deduje: si las imágenes anteriores eran mi pasado, estas tienen que ser mi futuro. Acertando en esto, volví a observar la secuencia, y la última imagen fue extremadamente perturbadora: se mostraba a mi madre llorando desconsolada frente a un ataúd, rodeado de docenas de personas, en su mayoría amigos y familiares. En la tapa del ataúd podía leerse una inscripción que decía “19 de mayo de 1970-15 de agosto de 1997”. Efectivamente, el cadáver que reposaba en aquel ataúd era el mío.

Luego de esta imagen, cayó el último grano de arena en el receptáculo inferior, quedando el superior completamente vacío. Ocurrido esto, el espacio y los objetos afectados volvieron a la normalidad: libros, biblioteca, y el reloj. Sin embargo, yo quedé con la inevitable sensación de vértigo incrustada en las venas…

Aún atacado por el asombro, y recordando la última imagen, revisé la fecha en el calendario. Era 10 de julio de 1997. Es decir, según lo que acababa de ver, me quedaban exactamente 35 días de vida.

No me parece que sea imprescindible referir a detalle lo ocurrido los días posteriores; sólo diré que fueron un verdadero infierno. La inminencia de mi muerte prematura me hizo caer en una paranoia incontrolable. Esta psicosis, a su vez, hizo que mis familiares y amigos tomaran medidas, por lo que decidieron internarme en el hospital psiquiátrico de la capital, que es desde donde les narro, de manera escrita, este testimonio, hoy, 14 de agosto de 1997.

Javier Hidalgo
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