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Conversación entre extraños

jueves 10 de agosto de 2023
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En un semáforo en rojo, esperando para cruzar, dos peatones observan el tráfico, el uno al lado de la otra: son jóvenes los dos. Los dos esconden las manos, frías, en sus abrigos.

Es un viernes de febrero, tarde, tal vez más de medianoche; una noche fría y sin luna. Marta está resfriada y no deja de toser, se aprieta la nariz con un pañuelo ya demasiado húmedo; Franz no escucha la tos porque lleva auriculares. El sonido de la música, tan familiar, oculta todo lo demás, y Franz no llega a percibir ni el tráfico ni los movimientos de la noche. Con un gesto ausente, mientras espera y mira los coches pasar, se lleva el cigarrillo a los labios y tose también una nube de humo; después tira la colilla al suelo y la pisa.

El semáforo cambia a verde y ambos empiezan a caminar.

Para ambos ha sido un viernes triste, y extraño, aunque por razones distintas y en mundos desconocidos. Ambos se encuentran distraídos y descentrados.

Hace siete años que me miro al espejo y soy la misma.

Marta, cansada, apenas ha salido de trabajar, con gran dolor en las piernas. Se anuda la bufanda por encima del abrigo, sujeta su pesado bolso, y piensa. “Y mañana, nuevamente al trabajo, con este peso que llevo encima, y no tengo a nadie en quien confiar; nadie con quien sincerarme, hablar con desahogo, con verdad… Alguien que no conozca a Miguel, y a quien pueda decirle su nombre sin miedo. Porque Miguel, estoy segura, ya no me llamará más… ¿Qué puedo hacer…? Me teñiré el pelo. Eso haré. La semana que viene me teñiré el pelo, y esta vez no puedo hacerme mechas, ni el corte de siempre. Hace siete años que me miro al espejo y soy la misma. Tengo que ponerme un color que no haya llevado nunca, para que parezca que no soy yo. Y cuando esté distinta tengo que inventar algo, alguna excusa, para tropezar con Miguel, y que me vean los dos, él y ella. Que apriete los dientes y se arrepienta de todo. Pero es verdad que es difícil tropezar con alguien en esta ciudad… Más aún cuando ya no se tiene nada en común, ni se vive precisamente cerca. Así que tal vez me teñiré y Miguel no lo verá. Llegaremos a ser desconocidos Miguel y yo, como lo éramos al principio. Como este chico que camina ahora a mi lado; Miguel y yo, desconocidos. Tal vez incluso llegue a caminar a su lado sin reconocerle, me olvidaré de su cara… Eso estaría muy bien”.

Poco a poco, pues ambos caminan con lentitud aunque son jóvenes, los desconocidos llegan a otro semáforo en rojo y se detienen.

Franz saca del abrigo la cajetilla, la agita un poco, y descubre que es su último cigarrillo. Lo enciende con parsimonia, sabiendo que no podrá fumar otro inmediatamente después, como querría, sin antes detenerse en el estanco. Ha salido a pasear sin haber cenado, pues no tenía hambre a la hora de cenar, con el único fin de enfriar la cabeza, de despejar las ideas, y se le ha hecho de noche caminando arriba y abajo por la misma avenida. Está distraído y casi no siente el frío intenso en las mejillas. “No puedo volver a casa”, se dice, “pero no sé qué hacer. ¿A dónde voy? ¿Qué hago aquí? Sin este trabajo, perderé la habitación, y con la habitación todo lo demás… ¿Qué otro trabajo puedo conseguir? No sé hacer nada más… No, esta situación no se puede alargar mucho; tres meses en el peor de los casos… Cuánto se alegrará papá cuando regrese y vea que he fracasado; me lo echará en cara siempre, se burlará toda la vida…”.

Durante un tiempo ambos siguen caminando de este modo, encerrados en sus pequeños mundos.

Es Marta quien, al girarse para ver el semáforo, ve con detenimiento al chico que ha sido su compañero, cabizbajo, con un pie en la calzada y otro en la acera. Y su imagen silenciosa le provoca una gran impresión de desamparo y de tristeza: le parece ojeroso, como ella; humillado y desplazado, como ella —se imagina incluso que escucha la misma música que escuchará ella al llegar a su pequeña habitación, tumbada en su cama individual—, y quisiera decirle algo, una palabra de consuelo, pero él parece extranjero… Tal vez no sepa español, se dice Marta, tal vez sólo esté de visita. “¿Y qué puedo decirle?”, se pregunta. “¿En qué idioma? Mi inglés es tan pobre…”.

Marta y Franz están tan descentrados, tan poco preocupados por el mundo, que no se han dado cuenta del espectáculo con malabares que tiene lugar al otro lado de la calle, ni de todas las personas que se acercan a grabarlo.

“Qué extraño”, se dice Marta. “Siento que hace horas que camino al lado de este desconocido. No nos hemos dicho ni una palabra, ni nos hemos mirado una sola vez, pero creo que recordaré su cara… ¿Y si le digo algo ahora? ¿Y si le pregunto la hora, o tal vez una dirección? No, es una estupidez… Nadie pregunta la hora hoy en día, todo el mundo tiene móvil… Además, es evidente que soy de aquí, y él, en cambio, parece de fuera… Así que sería estúpido pedirle una indicación… ¿Con qué objetivo, además? ¿Me hará sentir mejor hablar con alguien? ¿Me aliviará contarle a este desconocido que Miguel no me quiere, que me ha dejado por otra? Tal vez si yo le cuento mi pena él querrá contarme la suya… Tal vez la suya sea peor que la mía… Tal vez… Es muy solitaria la vida en esta ciudad”.

Tal vez se parece más a mí que ninguno de mis conocidos, pero no hablaré con él.

Marta se detiene entonces para arreglar los cordones de sus botas, y Franz pasa de largo a su lado y la adelanta. “Ahí va este chico”, piensa Marta. “No le veré nunca más. Esta es la última vez que le veo, le estoy viendo ahora. Tal vez se parece más a mí que ninguno de mis conocidos, pero no hablaré con él. No nos diremos ni una palabra. ¿Es posible que no haga nada? ¿Dejaré que se vaya?”.

Franz sigue caminando unos pasos por delante, siempre con la cabeza gacha, hablando consigo mismo en su interior; en algunos momentos en su idioma natal, y en otros en español, pues ha aprendido en el último año a pensar y también soñar en español: “Tendré que empezar a pensar en pedirle dinero a Christine. Me avergüenza, pero no tengo otra opción… Le pediré para dos meses. Ella lo entenderá. Terminaré de pasar el invierno aquí, y parte de la primavera; después me iré. Quién sabe… Tal vez no tenga que irme. Tal vez en ese tiempo encuentre algo”.

De repente se detiene, algo interrumpe sus pensamientos; el ruido de algo que cae y golpea: un objeto que ha resbalado de sus bolsillos, y se pone a buscarlo, enfocando la vista en las losetas. Ahí está, brillando junto a su zapato: una moneda de dos euros. Pero ¿realmente es suya? ¿La llevaba en el bolsillo? ¿No se le habrá caído a otra persona, por ejemplo, a la chica que camina por delante de él? Se agacha para recogerla, la guarda en el bolsillo, se quita los auriculares inalámbricos y va casi corriendo hacia el semáforo.

La chica del semáforo, la desconocida del abrigo gris, lo está mirando. Es una chica común, algo triste y pálida, con mechas en su cabello rizado, y Franz piensa que tendrán una edad parecida. Cuando él la mira ella aparta los ojos hacia el suelo, como si quisiera decir algo, pero no habla. Parece cansada y verdosa. Franz, un poco indeciso, saca la moneda del bolsillo y dice, con acento extranjero:

—¿Es tuya? —la sostiene entre el índice y el pulgar—. Estaba en el suelo. No sé si es mía, creo que no.

—No es mía —contesta Marta, haciendo el gesto de palparse los bolsillos—. No llevo monedas.

No hay nadie más en el semáforo, así que Franz y Marta tienen la curiosa sensación de estar en una ciudad más pequeña y silenciosa, con menos habitantes y más frío y oscuridad. No saben si continuar con la conversación o separarse, no saben qué decir. El semáforo se pone en verde y ambos arrancan a caminar, juntos, como si se conocieran.

—¿Tienes hora? —dice Marta finalmente.

—Sí —contesta Franz, sacando el móvil del bolsillo, y el brillo de la pantalla le ilumina media cara—. Son las doce menos cuarto —contesta, a la vez que mira a Marta y ve un reloj en su muñeca—. ¿Cómo te llamas? —pregunta él.

—Marta. ¿Y tú? ¿Cómo te llamas?

—Franz —contesta.

Aunque los dos parecen enfermos, y de hecho lo están, no piensan en preguntarse si están bien.

Ambos piensan en muchas cosas que podrían decir. Franz piensa en decirle que su hermana menor también se llama Marta, pero antes de hacerlo le parece demasiado personal; Marta piensa en preguntarle de qué país viene, y cuánto tiempo lleva en España, pero tampoco lo hace. Aunque los dos parecen enfermos, y de hecho lo están, no piensan en preguntarse si están bien. Así avanzan, poco a poco, hasta el siguiente semáforo, Marta cargada con su bolsa de trabajo, y Franz libre de carga, con las manos en los bolsillos. Mira al suelo, vacila al llegar al semáforo, y dice:

—Yo me voy por aquí —y señala con la cabeza la travesía oscura y triste.

Marta contesta:

—¡Ah! Vale.

Se miran unos momentos.

—Adiós, Marta —dice Franz—. Que tengas un buen día mañana.

—Gracias, y tú también.

Franz sonríe en la oscuridad, Marta le devuelve la sonrisa, no sin cierta duda; sonríe como si pensara en otras cosas. Todavía están el uno frente al otro unos instantes más, hasta que Marta se gira y echa a andar calle arriba. Franz se aleja por la travesía, camina hasta su portal, donde su sombra en el cristal lo asusta al encenderse la luz automática. Sube la escalera, guarda las llaves y calienta algo para cenar. En la calle, Marta sigue caminando, encogida contra el frío. Dos calles más arriba se siente sola, y siente ganas de escuchar música, así que adelanta su llegada a casa y saca del bolso los auriculares.

Elizabeth Raish
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