Cuando se fue Susana, dejamos de hablar. Pasaban las horas, los días, y sólo nos decíamos pequeñeces sobre la comida, la casa, la compra, la ropa sucia. Cuando Susana hacía sus planes y revolvía su ropa ya hablábamos poco, porque estábamos volcados en ella, pero al irse fue definitivo porque fue como si se hubiese secado el río que había estado corriendo durante treinta años. Yo me decía, en las noches en que no podía dormir: “He perdido más de media vida con este hombre”. “Al principio, cuando sólo éramos él y yo, nos pasábamos el día hablando”. “A partir de ahora seremos como desconocidos”.
Y Susana no nos llamaba. En esa época, las llamadas eran caras desde otro país. Antes de subirse al tren nos había advertido: no iba a estar pendiente de nosotros, no quería vivir pegada a sus padres como tantos hijos patéticos. Para hacer su propio camino debía destetarse, dijo. Nosotros aceptamos con resignación, como sólo pueden aceptar los padres el desapego de los hijos. La primera noche que pasamos solos, sin Susana en casa, quise leerle a Jorge un poema libanés: “Tus hijos no son tus hijos”. Pero él me dijo que no le incordiase con mis poemas y sensiblerías, que él no entendía ni quería entender la poesía, y se echó de lado en la cama y apagó su lámpara. Recuerdo que, con el cuello del pijama arrugado y mal puesto, me pareció cómico e infantil. Entonces fue cuando pensé que Khalil Gibrán, que me miraba desde la solapa con sus cejas severas y espesas, me entendía mejor que Jorge, mi marido.
Susana se fue a finales de enero. Las primeras semanas, al regresar del trabajo, pensaba mucho en ella: me preguntaba qué estaría haciendo en ese mismo momento, mientras yo miraba por la ventana; si estaría comiendo bien, si usaría guantes y bufanda. Por fuerza tenía que abrigarse en aquel país tan frío. Me preguntaba también si habría hecho amistades en el trabajo, en el edificio. Susana no era una niña —tenía veinticinco años—, pero yo me preocupaba por ella en exceso y mi cabeza sólo la ocupaba ella, y al final del día me sentía mareada y tenía que sentarme, muchas veces con migraña.
Con la llegada de su primera postal, me tranquilicé y empecé a vaciar cajones en mi mente para otros asuntos. Era una postal verde, con un paisaje de montaña enmarcado por flores y aves que no conocíamos ni habíamos visto nunca. Nos explicaba que las flores crecían sólo en un parque natural, cerca de donde ella vivía, y que las aves pasaban allí el verano y emigraban al sur en invierno. Jorge quiso esperarme para abrir el sobre, y juntos leímos las pocas líneas que nos enviaba Susana, con su caligrafía estrecha y elegante, como de señora. Jorge releyó aquella postal varias veces, y acabó clavándola con un imán en la nevera.
Cuando llegaba correo de Susana —una vez cada dos semanas al principio—, Jorge lo leía con parsimonia sentado en el sofá, con las gafas de lectura en la nariz, sosteniendo el papel con ambas manos. Después de cenar se permitía un pequeño capricho, para demostrar que estaba contento: tomaba uno o dos bombones de licor, o una copita de coñac. Pero nunca me decía: “Qué contento estoy de que Susana esté bien”.
El resto de días se levantaba de mal humor, resoplando. Arrastraba las zapatillas de felpa hasta el baño, y se afeitaba ruidosamente. A duras penas se despedía de mí con un gruñido: “Adiós”. Ya nunca me llamaba por mi nombre, ni me decía ninguna palabra cariñosa.
Cuando se iba la casa se quedaba en silencio, como si no tuviéramos ningún vecino. Yo disfrutaba de aquella soledad. Preparaba el hervidor y la tetera, y caminaba descalza de la cocina al baño, donde me peinaba las canas frente al espejo. Regaba las plantas después de desayunar.
Cuando caminaba hacia el trabajo, sólo pensaba en Jorge: “Cualquier día me dirá, después de todos estos años de matrimonio, que se quiere separar”. “No seré yo quien mueva sus cosas de sitio. Me quedaré con la casa. Él se irá...”. A las nueve ya estaba sentada, con la espalda dolorida, detrás del mostrador de la biblioteca, organizando libros.
A veces venía alguna chica joven que en algo se parecía a Susana: el flequillo largo, la manera de llevar el bolso cruzado, las uñas pálidas... Durante un momento, me parecía verla materializada frente a mí, transportada desde su nueva ciudad hasta la biblioteca de pueblo donde había pasado tantas horas estudiando. (En aquella época, durante el instituto, Susana me quería mucho y me lo contaba todo sobre sus amigas, sus decepciones, sus enamoramientos e ilusiones). Pero entonces la chica que tenía frente a mí hablaba, y resultaba tener una voz muy aguda, distinta de la de Susana, o bien se echaba el cabello hacia atrás y yo descubría en sus orejas grandes perlas —Susana odiaba las perlas—, o bien me traía la referencia de un libro que Susana había jurado no leer: Fitzgerald, por ejemplo, no le interesaba a Susana.
Las tardes de los fines de semana las pasábamos en el salón. A veces jugábamos al ajedrez, a veces Jorge hacía un rompecabezas. Fue una primavera helada y oscura la de aquel año; cuando no llovía corría siempre un viento húmedo que empeoraba la enfermedad de Jorge. Hasta mayo encendimos la estufa de butano.
A veces Jorge miraba álbumes de cuando Susana era pequeña, o de unas vacaciones de hacía muchos años en algún lugar olvidado, o de cuando él mismo era pequeño. Normalmente yo leía. Al levantar la vista del libro, muchas veces descubría a Jorge mirándome con odio, y creía que me despreciaba porque yo tenía algo que hacer, leer, mientras que él no hacía nada.
Entonces ya había llegado la primavera. La comunicación se había cortado por completo entre nosotros. Algunos días yo sólo le decía: “Tómate la pastilla”. Y él: “Que sí, mujer”.
Pero un día, al abrirse las primeras flores, tardías aquel año, Jorge empezó a hablar... Por qué no tuvimos otro hijo, por qué nos sumimos en la tristeza después de lo que pasó con el segundo embarazo, por qué no tuvimos un niño, o una niña, qué más da; que su abuela le había dicho que no basta con tener un solo hijo porque siempre le puede pasar algo y te quedas sin ninguno, que como mínimo hay que tener dos... Que Susana habría crecido más feliz y menos egoísta con un hermano, que tal vez ahora tendríamos otro hijo cerca de nosotros, quizá más cariñoso y atento; que Susana era una niña malcriada, se había estropeado en la adolescencia; que siempre le habíamos perdonado todos sus fallos, la habíamos castigado poco, le habíamos comprado demasiadas cosas, que habíamos fallado como padres... Principalmente él, que nunca había tenido una charla con ella por culpa de estar siempre trabajando, que no sabía siquiera cómo era Susana en realidad, ni en qué pensaba ni qué sentía... “¿A veces piensas en el otro niño, Ángela?”. Jorge parecía como trastornado.
Al día siguiente, un domingo, llamó Susana. Llamaba el último domingo de cada mes, hablábamos unos minutos. “Estoy muy bien, sí... Todavía hace mucho frío aquí, me parece que hasta junio hará frío... Sí, tengo una estufita...”.
Había salido el sol aquel día. Casi quisimos guardar los abrigos en el altillo. Cortamos todas las fresias que se habían abierto, blancas y lilas, y las pusimos en un jarrón. Comimos algo que cocinamos juntos. Mientras tomábamos el café, Jorge me preguntó si hacíamos algo esa tarde, si íbamos a ver el mar.
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