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Los desahuciados

jueves 31 de agosto de 2023
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Soy libre: no me queda ninguna razón para vivir…
Jean-Paul Sartre, La náusea.

El hecho que aquí referiré tuvo lugar hace unos meses, a principios de abril, mientras deambulaba por las calles de la ciudad. No me había atrevido a narrarlo por escrito ya que aún me encontraba, por decirlo de alguna manera, en un profundo estado de anonadamiento. Sin embargo, luego de unos días de reflexión, decidí hacerlo; tal vez impulsado por una necesidad de desahogo más que por hacer llegar la historia a un posible público. En fin, las razones que motivaron mi pluma importan mucho menos que lo que aquí narraré; por lo tanto, prescindiendo de superfluos preámbulos, continúo:

Como dije en un principio: el hecho tuvo lugar hace unos meses, a comienzos de abril. La tarde presentaba un clima bastante ameno, pese al calor, la humedad y los vastos nubarrones que rasgaban el firmamento presagiando una llovizna vespertina. Abrí la ventana de mi habitación, y a través de ella se coló un fuerte olor a tierra mojada; pensé: “Seguro llueve en un par de horas. Debería salir a caminar un rato”.

En ese momento me encontraba escribiendo uno de los últimos capítulos de mi novela Los desahuciados, pero me topé con un bloqueo gramatical en el pasaje final del capítulo, donde Jack, el personaje principal, decide suicidarse: no sabía en qué tiempo conjugar el verbo suicidarse, para causar un impacto mayor en los lectores. Por lo tanto, decidí ir a caminar y así esclarecer ideas.

Como por una especie de juego macabro del azar, llegó a mis pies, producto de la corriente de agua que descendía por la acera, una pequeña hoja de papel.

Salí de mi casa y giré en dirección al parque, ubicado al final de la calle principal. Llegué y me senté en uno de los bancos a contemplar los viejos álamos que lo circundan. Noté que me encontraba completamente solo; sin embargo, eso no me molestó, de hecho, lo preferí así. Allí sentado me entregué a mis cavilaciones, pero al cabo de unos minutos me levanté y caminé hacia la calle Sector 2, con la intención de encontrar abierta la vieja panadería Los Gochos y comprar alguna bebida para refrescarme, ya que tenía mucho calor; mas, súbitamente, cuando iba a la altura de la licorería El Caballo Azul, una fuerte ventisca acompañada de gruesas gotas de agua azotó la calle, obligándome a tomar como refugio el techo de la licorería. Pedí una cerveza y me senté en una silla de madera a esperar que cesara de llover para continuar mi camino, cuando, mientras observaba las gotas caer y ondular en el asfalto, generando diminutos charcos negruzcos, como por una especie de juego macabro del azar, llegó a mis pies, producto de la corriente de agua que descendía por la acera, una pequeña hoja de papel, arrugada y húmeda. La observé unos segundos antes de levantarla; la tomé por una de las esquinas con el mayor cuidado posible, puesto que la humedad había debilitado el papel lo suficiente como para que se rompiese con sólo mirarlo. Gracias a una delgada y borrosa línea vertical de color rojizo ubicada a un costado, supe que se trataba de una hoja de cuaderno; la abrí con delicadeza, evitando romperla, y vi que estaban escritas, con tinta azul, un poco desdibujadas, unas líneas; aunque la curiosidad se incrustaba en mis venas, en ese momento no leí por completo su contenido; preferí hacerlo en la comodidad de mi casa; sólo alcancé a leer:

Para familiares y amigos:

Esta carta va dirigida a todas las personas que cumplen un rol importante en mi vida: mamá, Rebeca…

Por lo que de inmediato fui consciente de que se trataba de una carta. La doblé a la mitad con la misma delicadeza que tuve al abrirla, y la guardé en el bolsillo trasero de mi pantalón.

Terminé mi cerveza, pagué y, sin esperar a que mermara la lluvia, retorné por la calle Sector 2, rumbo a casa.

Una vez en mi habitación, abrí la carta nuevamente y la dejé secar un par de horas en mi escritorio. Al ver que ya se encontraba en condiciones para ser escrutada, encendí mi lámpara y reanudé la lectura. Esto fue lo que hallé:

Para familiares y amigos:

Esta carta va dirigida a todas las personas que cumplen un rol importante en mi vida: mamá, Rebeca, tío Carlos, Julián, Susana, abuelo Pedro, abuela Martha, tío Juan, papá, Andrés, José, Yuli, Antonio y Alejandra. Quiero que sepan que los amo con todo mi corazón, y no encuentro palabras para agradecer todo lo que han hecho por mí. Ustedes lo son todo; pero ya estoy cansado, este sentimiento me ha estado torturando durante años, y creo que ha vencido; simplemente ya no puedo más, mi conciencia se encuentra mutilada, con todas sus capacidades al límite. Ya no sé qué hacer; me siento muy extraño. La llegada de la noche me parece un cataclismo, el día un suplicio insoportable. El paso de las horas me hace víctima de atroces desgarramientos. Es una sensación que no puedo explicar; sólo puedo decir que estoy siendo devorado por mis propios demonios.

Debido al amor tan grande que les tengo, lo último que deseo en esta vida es hacerles sufrir gracias a mi súbita resolución; pero esto es más grande, me ha destrozado por completo; ya no soy ni la sombra del hombre que solía ser, y gracias a ello, todos los caminos se me han cerrado, excepto uno: el del sepulcro.

Un abrazo enorme, siempre los amaré.

Pablo Núñez.
Guarenas, 23 de marzo de 2023.

P. D.: La existencia me parece una comedia a escala cósmica, un absurdo irrefutable, donde la insustancialidad en todo lo que la constituye es tan irrevocable como el paso del tiempo. Es por eso que he decidido escapar de ella, de sus malditas garras.

P. D. 2: Tía Valentina, tío Leo, no me olvidé de ustedes. También los amo a ambos.

Apenas terminé la lectura, me deshice en lágrimas. Un sentimiento de compasión hacia aquel hombre que agonizaba en algún rincón de la ciudad invadió mi alma.

Guardé la carta en una gaveta del escritorio y me propuse hacer todo lo que estuviese a mi alcance para dar con el paradero de su autor, en caso de que aún estuviese con vida.

Al día siguiente me puse en contacto con mi editor y le planteé la situación. Pensé que sus influencias dentro del mundo político y periodístico podían ayudarme. Me dijo:

—Estás loco, Ricardo. Pero está bien, veré qué puedo hacer por ti. Trataré de hablar con mis contactos.

La respuesta nunca llegó.

Todo fue en vano, nadie conocía a Pablo Núñez.

Yo, por mi parte, abrí mi propia línea de investigación: redes sociales, interrogatorio a vecinos, conversaciones con funcionarios públicos y policías locales…; pero todo fue en vano, nadie conocía a Pablo Núñez.

Luego de un mes de investigación, me resigné. Mas, durante días releí varias veces la carta, y no pude evitar las lágrimas. Me dije, con la carta en la mano: “Debe estar meditándolo en algún banco o azotea. Aún no pudo haberlo hecho”, quizá para seguir alimentando la esperanza de encontrarlo.

Exactamente tres días después de haber tejido esa idea y de haber leído la carta por última vez, mientras caminaba por las afueras del parque, compré, en uno de los pequeños quioscos, un periódico local para leer las noticias deportivas cuando, en la sección de noticias locales, leí lo siguiente:

Joven de 21 años se suicida de un disparo en su habitación

El cuerpo de Pablo Núñez fue encontrado la mañana del pasado miércoles 24 de mayo por agentes del cuerpo de investigaciones científicas

No continué con el artículo. Arrojé el periódico a un basurero y me senté en uno de los bancos del parque. Sentí que perdí una pieza fundamental de mi vida. Aquel desconocido que se había dado muerte un día antes era el único ser humano sobre la faz de la tierra que podía entenderme.

Aquella noche, al llegar a casa, abandoné para siempre la escritura de Los desahuciados.

Javier Hidalgo
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