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El octavo pecado capital

sábado 9 de septiembre de 2023
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Es sabido que hay cuatro clases de monjes. La primera es la de los cenobitas, esto es, la de aquellos que viven en un monasterio y que militan bajo una regla y un abad.

La segunda clase es la de los anacoretas o ermitaños, quienes, no en el fervor novicio de la vida religiosa, sino después de una larga probación en el monasterio, aprendieron a pelear contra el diablo (…). La tercera es una pésima clase de monjes: la de los sarabaítas (…). Su ley es la satisfacción de sus gustos: llaman santo a lo que se les ocurre o eligen, y consideran ilícito lo que no les gusta.

La cuarta clase de monjes es la de los giróvagos, que se pasan la vida viviendo en diferentes provincias, hospedándose tres o cuatro días en distintos monasterios. Siempre vagabundos, nunca permanecen estables. Son esclavos de sus deseos y de los placeres de la gula, y peores en todo que los sarabaítas. De la misérrima vida de todos éstos, es mejor callar que hablar.

San Benito

I

Hubo una época en que la luz de la fe pegaba tan fuerte en el alma de los hombres como el propio sol del desierto sobre el cráneo de sus habitantes. Cristo llevaba casi cuatro siglos muerto cuando surgió en algún lugar del Imperio romano de Oriente un espíritu apóstata y herético, destinado a no revolucionar nunca el mundo de la fe con su concepción hedonista del sacrificio y a no ser proclamado santo, aunque lo fue a su muy excepcional manera.

Marcus Hastiadus: onanista, alcohólico y depravado giróvago, emergió como un punto negro en la nariz de la ascesis, logrando en la primera mitad de su vida desprestigiar con su actitud a quienes decidían dedicarse a la búsqueda espiritual.

Nunca mencionado por ninguna secta ni reconocido en ningún concilio, más bien condenado por los historiadores de la fe al más purgador anonimato, este hombre, dedicado con completa sistematicidad a la redundancia intelectual y al hastío como forma de revelación, logró intuir un estado del alma que había aparecido y desaparecido de la lista de pecados capitales de forma sospechosa y titilante, pero que él aseguraba era EL PECADO CAPITAL.

Leyó y tradujo con fruición las más heréticas teorías hasta sincretizar una religiosidad que, gracias a su disipación, no se convirtió en una depravada secta.

La mayoría de los santos de entonces, ocupados en martirizarse, prestaron poca atención a Marcus, a quien desdeñaban, considerándolo poco más que un intruso impertinente y un resentido luciferino, del que les extrañaba que Dios no se encargara personalmente y de manera ejemplar.

Algunos documentos rescatados de los bombardeos y saqueos a los que está sometida esta parte de la humanidad, nos permiten acercarnos a la doctrina de un místico pernicioso, que recorrió, presa de una hambrienta curiosidad, todos los rincones del mundo antiguo. Y leyó y tradujo con fruición las más heréticas teorías hasta sincretizar, de forma arbitraria y bastante imaginativa, una religiosidad que, gracias a su disipación, no se convirtió en una depravada secta, y le permitió transitar y develarnos uno de los más insidiosos y sibilinos estados del alma.

Rescatamos algunos fragmentos de su diario:

…imaginemos a un individuo cuya alma, llena de agujeros como un queso mal hecho, se volviese extremadamente vulnerable a todo tipo de efluvios malignos. Un ser arrinconado al borde de una desesperación vital que lo mantuviese sumido en la más pertinaz insatisfacción, y al que las palabras y acciones de sus semejantes hubiesen parecido siempre dolorosamente mezquinas y miedosas. Un individuo cuyo exceso de bilis negra y amarilla desbordaran el bazo y el hígado, macerándole el cerebro con los más desconsolados y despreciables pensamientos sobre la naturaleza humana.

Así, siempre tarde, según su carácter pesimista, se vería corroído por la melancolía, que, como una especie de alquitrán de los sentidos, lo mantendría en constante y absurdo movimiento, entregado a la verbosidad y a la concupiscencia, como manera de contrarrestar una insensibilidad casi anfibia, causa y consecuencia de su desasosiego.

Podría afirmar, con temor a equivocarme, que este hombre sería víctima y a la vez culpable de una condición del espíritu en la que los antiguos se negaron a profundizar, porque se trataba de un pecado en el que estaba explicado el sentido completo de la sempiterna confrontación entre Dios y el hombre.

Un pecado cuya sola enunciación equivaldría a hacer vino de manzanas en el Edén, dejando el episodio del mordisco como una falta intrascendente.

Estamos seguros de que Marcus se inspiraba en su propio talante, y fue así, casi por error, que dio con uno de los mayores misterios teológicos y morales de todos los tiempos.

Un vicio que había sido progresivamente eliminado de la lista de pecados capitales y asimilado a algo tan aparentemente poco demoníaco como la pereza.

Debemos aclarar, para comprender cabalmente todo el proceso por el que Marcus accede a estas revelaciones, que él se preocupaba por los pecados, no para rechazarlos, como era habitual entre los ascetas tradicionales, sino para poder solazarse en ellos, ya que tenía la libérrima teoría de que la ascesis religiosa a través del martirio no era más que un truco sádico del demonio para alejar más y más a los humanos de la grandeza de Dios.

Como estudioso lúcido y desconfiado, Marcus insistía en que todos los pecados capitales tenían algo de divino, puesto que, como solía anotar con letra profunda y vanidosa:

…desde los antiguos Titanes, pasando por los Olímpicos o este reciente aunque sospechosamente jupiterino Dios de los cristianos, todos han coqueteado con la ira, la lujuria o la soberbia de una forma que ya quisiera yo alcanzar.

Si algún día mi pobre espíritu humano accede a esa ira maravillosa que le permite provocar un diluvio; o mi lujuria me transforma en toro para poseer a una virgen, me daré por iluminado…

Así que, aun a costa de sacrificar su alma, que consideraba insolvente de todas formas, Marcus insistía en su hastío, en su fastidio y en su desprecio hacia todo cuanto fuera alegre, bueno o sagrado. Decía, no sin gran agudeza, que si era pecado despreciar a sus semejantes, por miserables, cobardes y simplones, él con gusto bajaría al infierno, en donde por fuerza tendría que habitar gente más interesante.

Marcus se dedicaba con tesón a pronunciar el nombre de Dios en vano, a perjurar, a deshonrar a su padre y a su madre.

Como un ejercicio de calculada apostasía, Marcus se dedicaba con tesón a pronunciar el nombre de Dios en vano, a perjurar, a deshonrar a su padre y a su madre, y a desear cuanta mujer, cosa o alimento se le pusiera por delante. También robaba y mataba cuando no le quedaba otro remedio, aunque no era especialmente inclinado a los crímenes violentos. Sus setenta kilos de peso albergaban una naturaleza totalmente entregada a la satisfacción de los placeres mundanos y a cuanto sentimiento —considerado por los monjes como bajo y pernicioso— pudiera albergar en su alma.

Si bien desde pequeño no escatimaba en satisfacer su curiosidad, en desatar su cólera o en disfrutar de su pereza, fue con el paso de los años, la unión arbitraria de preceptos y axiomas recortados, así como la voluntad inerte que produce toda vileza para justificarse a sí misma, que Marcus fue llevado a explorar “los arduos caminos de la salvación” sirviéndose de las investigaciones de los estudiosos y exégetas de la santidad sólo para descubrir y disfrutar, con fanatismo morboso, nuevas obsesiones y perturbaciones del alma.

Durante los primeros años de su juventud Marcus se sintió violentamente impactado, no tanto por las hazañas masoquistas que realizaban los anacoretas de la época, sino por el fervor religioso que aquéllas despertaban en los seducidos por la nueva filosofía cristiana.

Hombres llagados, pero encadenados voluntariamente a una roca, ancianos que se autolesionaban y exhibían sus heridas purulentas e infectadas como muestra del amor divino, cadáveres descomponiéndose al sol en columnas en medio de la llanura.

Esto hacía a Marcus cavilar obsesivamente sobre las constantes contradicciones y dogmas inexplicables de un culto que implicaba la extinción brutal de todos los dioses anteriores y el control totalitario de un dios, sospechosamente parecido a Júpiter, pero sin su carácter lúdico y curioso.

Un dios con el que se alababan como parte de su culto el dolor, la frustración y la penuria, erigiéndolas como virtudes, no podía ser un dios misericordioso como la propaganda oficial aseguraba.

Los místicos alcanzaban el éxtasis a través de indecibles y asquerosos tormentos que dejaban en el aire una estela a putrefacción, que para Marcus no tenía nada de divina.

Por otra parte, de ser perseguidos al principio, su creciente influencia en el Imperio los había llevado a volverse terriblemente intolerantes hacia las otras religiones. El saqueo de templos, el linchamiento de sacerdotes paganos o la lapidación de prostitutas habían pasado de constituir hechos aislados a volverse cada vez más comunes y atroces.

En cuanto a la infancia primera de Marcus, no hallamos en su crianza justificación para su carácter. Hijo único de un piadoso y tierno matrimonio de la tercera edad, desde muy joven se le enseñó, con el ejemplo, las ventajas de llevar una vida acorde con los preceptos cristianos. Ninguna razón para su naturaleza desagradecida encontramos en sus progenitores, dignos de la más respetable parcelita en el cielo, por su mansedumbre poco dada a la polémica y su acoplamiento acomodaticio, a la nueva locura que emergía volcánica desde las catacumbas del imperio en decadencia.

Uno de los primeros síntomas del mal que corroía el alma de Marcus se había manifestado como una viveza y curiosidad infatigables, que pronto habrían de agriarse al chocar su expresiva locuacidad con la mezquindad monosilábica de sus coetáneos, de quienes sospechaba les gustaba la nueva religión debido a la tendencia que tenían sus profetas a proferir extensos monólogos, lo cual les permitía disfrutar esa aridez verbal con la que se regodeaban.

Hombres de pocas palabras; demasiado pocas para Marcus.

Cuando niño, una de sus primeras obsesiones consistió en comparar su propia personalidad, inquieta y correosa, con la resignada y vegetal complacencia de su padre.

Cuando niño, una de sus primeras obsesiones consistió en comparar su propia personalidad, inquieta y correosa, con la resignada y vegetal complacencia de su padre. Un hombrecito literalmente diminuto, cuya vida se limitaba a trabajar con tesón un terrenito que apenas le daba algunas arvejas pálidas y uno que otro olivo pesaroso. Su hijo no veía más que cobardía y mediocridad en el camino de humildad que el anciano había escogido: meditabundo, sonriente y apocado, su lentitud poco agresiva desesperaba a Marcus, así como el poco énfasis que ponía en contestar sus acuciantes preguntas, y lo máximo que pudo sacarle, en los dieciocho años que su curiosidad rebotó contra su indolencia, fueron un par de “quizá sí… quizá no… eso depende…”, lo que había sembrado en el alma de Marcus, terreno fértil para cualquier semilla oscura, un árbol de resentimiento, cuyos enormes frutos constituirían el abono principal de su herética forma de abordar la teología.

—No sé cómo has podido adoptar una religión basada en la histeria de una virgen judía. ¡Por favor! ¿No entiendes, padre, que la religión debe ser como ese opio que le da al hombre la consciencia del infinito? —le gritaba a su viejo durante la cena, mientras éste masticaba con placer la escueta comida que le preparaba su mujer.

Su padre ignoraba con gesto benévolo las impertinencias de su vástago y, después de cenar, se dedicaba a separar sus arvejitas o a cepillar con infinita dulzura el pelo de las cabras para quitarles la arena y así pudieran dormir mejor.

Posteriormente, durante su adolescencia, pasó a considerar a sus prójimos hijos del hueso de burro con el que Baco terminó de fermentar su ofrenda. De aquellos años datan sus primeros escarceos filosóficos, en los que se complacía en intentar trepanar las endurecidas frentes de sus coterráneos con sus más recientes reflexiones. Preguntas complejas sobre la naturaleza de la existencia, el porqué de la muerte o la absurda repetición de los ocasos, morían quemadas como polillas contra el candil, contra los dogmas de esa doctrina que a Marcus le parecía terriblemente reduccionista y agresivamente tajante.

Pastores, campesinos, borrachos y mercaderes de su pequeña y nada próspera aldea, a los que la vida en el desierto sólo envilecía y volvía cada vez más gregarios y constantemente atemorizados por los romanos, por los bandidos y por cuanta bestia humana o divina los amenazara, fueron terreno sediento para las promesas de vida eterna y la reivindicación de su miseria que traía la nueva religión.

El astrólogo de la aldea sostenía que el día del nacimiento de Marcus una extraña alineación de planetas había tenido lugar, fusionando el agrio y mezquino talante de Saturno con el explosivo y lujurioso temperamento de Plutón, lo que provocaba en el niño esa actitud resentida y lo hacía naturalmente inclinado a la apostasía. Algunos mediodías, mientras se dedicaba a pasear con Telonio las cinco cabras de la familia, solía jurar lleno de ira que un día se largaría a Pérgamo o a Damasco como mercenario o traficante de cualquier cosa ilegal. Su vida, y la vida en general, le parecían carentes de sentido. Dios le parecía demasiado orgulloso y poco probable, así que continuamente cuestionaba la palabra divina y le ponía nombres graciosos al altísimo. Esa sensación de desagrado que tuvo desde que estaba en el vientre de su madre llegó a su clímax el día que le dio por pensar que era adoptado, lo que nadie pudo sacarle ya más de la cabeza.

Marcus le argumentó a su llorosa vieja, con ese desagradecimiento inherente a su carácter, que si María la hebrea podía tener un hijo sin perder la virginidad, bien podía él ser adoptado aunque hubiese salido de entre sus piernas.

Motivo por el cual, después de calmarla mientras ella, llorosa y compungida, insistía en atribuir su aguileña nariz a la rama paterna —cartílago que para Marcus era la causa de los más desdichados pensamientos sobre la crueldad de Dios—, le dio un tibio beso en la frente, le mandó saludos a su padre (que en ese momento se encontraba en el mercado vendiendo una cabra para celebrar el cumpleaños de su único hijo) y partió en busca de su destino.

Marcus se consideraba a sí mismo una especie de oscuro mesías, elegido para una ardua y poco celebrada tarea que aún no había descubierto, pero a la que llegaría a través de un camino inédito para los otros anacoretas.

Telonio quedó inmediatamente fascinado por el viejo de la columna, convirtiéndose en el devoto que recogía los gusanos que salían de una de las piernas infectadas del asceta.

Exégetas más compasivos buscan el origen de su forma de abordar la teología a partir de una desilusión vivida el día que su amigo más querido, Telonio, había sido seducido por un estilita, es decir, según palabras del propio Marcus: “uno de esos harapientos infernales que se dedican a pudrirse sobre una columna en algún poblado y que se habían vuelto motivo de absurdo orgullo cristiano para muchas aldeas”, quien se instaló justo en el centro del caserío en donde ambos se dedicaban a fornicar, de la manera más cándida y alegre, con todas las chiquillas del lugar.

Telonio quedó inmediatamente fascinado por el viejo de la columna, convirtiéndose en el devoto que recogía los gusanos que salían de una de las piernas infectadas del asceta y se los devolvía, a lo cual el viejo, como quien se está preparando un café, los volvía a introducir dentro de la herida, para que fuera un agregado más a su martirio.

No pasó demasiado tiempo para que, siguiendo una moda que secuestró a los más bellos y prometedores pastores de su país, Telonio anunciara a Marcus su retiro a algún lugar —desagradable, oscuro y preferiblemente hediondo— que le garantizara una pronta purificación de su alma, en la que veía claros signos de flojedad y celulitis.

Entonces se dirigió a la Tebaida, en donde dio con una congregación en la que había un agujero en medio del corral de los cerdos. Allí los monjes acostumbraban a depositar los excrementos y los restos de comida, y fue justo en ese sitio soñado por cualquier mártir en donde estableció su morada de asceta.

Antes de irse de la aldea que le vio nacer, Marcus recordó su infancia transcurrida al lado de Telonio, sus discusiones, y el día en que, jugando a Caín y Abel, le había asestado un bastonazo en la cabeza y lo había abandonado en el camino.

También recordó el día en que ambos descubrieron los placeres de la carne con una de las cabras del rebaño. La nostalgia de esos recuerdos acusó su necesidad de partir, no a convertirse en mercenario como tantas veces soñó, sino a encontrar un sentido para su alma. Decidió bajar por la Tebaida para despedirse de su antiguo camarada, aunque cuanto más se acercaba a la inmunda residencia de Telonio su olfato le fue mostrando hasta qué punto le sería imposible causarse a sí mismo algún martirio.

—¡Me volveré un monje vagabundo! —le gritó a su amigo más querido.

—¿Un giróvago? ¡Esos jamás alcanzan la santidad! Muchos sostienen que es una excusa de los vagos de siempre para darle cierta legitimidad a su vida pecaminosa. Además, Marcus, a los giróvagos los ataca un demonio invisible, que les roba el alma de una forma tan sibilina que ni siquiera tienen la opción de arrepentirse…

Conversar con Telonio se había vuelto extremadamente duro. Los vapores pestilentes que supuraba el pozo eran como un aliento infame que manaba agrio de las entrañas de la tierra, por lo que tenía que hablar a gritos siendo incapaz de evadir las arcadas, lo que lo precipitó a dejar el pasado atrás lo más pronto posible.

Después de vomitarle en la cabeza a Telonio como un último favor, Marcus partió en busca de su destino.

Muy pronto descubrió que era una verdad apenas esbozada la que se contaba de los giróvagos, sobre quienes las peores leyendas se quedaban cortas.

Pero, aun así, se sintió radicalmente inclinado por las teorías gnósticas de Carpócrates respecto a la libertad moral de los perfectos, lo que lo terminó de precipitar en la lujuria más deliciosa.

Asumió su peregrinaje con coherencia y se perdió en cuanta tentación diabólica o celeste se le cruzó por el camino.

Después de todo ¿cómo podía un hombre joven y sano como él renunciar a las seductoras mujeres romanas?, ¿conformarse con las esqueléticas y poco aseadas vírgenes cristianas? Ni siquiera lo intentó.

Así que asumió su peregrinaje con coherencia y se perdió en cuanta tentación diabólica o celeste se le cruzó por el camino. Su catálogo de experiencias sensuales lo hizo enamorarse de lamias, hetairas o sacerdotisas paganas sin ningún prejuicio, y hasta se dice que fue favorito de un célebre general romano.

En Alejandría, Marcus se interesó por la alquimia y la magia, y se dice que así se ganó la vida en un circo por un tiempo.

Fue pirata y tratante de esclavos, y murmuró que una estafa fallida lo llevó a refugiarse en un templo budista, en el que permaneció por varios años.

Se sabe que en algún recóndito instante Marcus fundó un par de sectas, aunque su intolerante misantropía le hizo imposible establecer algún vínculo con sus dispuestos discípulos.

Otros lo señalan como escritor de tratados de magia o practicante de oscuros rituales paganos.

Aunque sí se sabe, con la certeza que producen las habladurías, que en los últimos años de su peregrinaje trabajó como bailarina en un tugurio de Salónica.

 

II

Los cenobitas de la Tebaida se hallaban sometidos a los asaltos de muchos demonios. La mayor parte de esos espíritus malignos aparecía furtivamente a la llegada de la noche. Pero había uno, un enemigo de mortal sutileza, que se paseaba sin temor a la luz del día. Los santos del desierto lo llamaban daemon meridianus, pues su hora favorita de visita era bajo el sol ardiente. Yacía a la espera de que aquellos monjes se hastiaran de trabajar bajo el calor opresivo, aprovechando un momento de flaqueza para forzar la entrada a sus corazones.

Aldous Huxley, Acedía

Después de una década y un lustro viajando por el mundo, una figura negra y ondulante como un beduino a caballo irrumpió en el horizonte de Capadocia, descubriendo la figura delgaducha y tostada de Marcus.

Los años transcurridos habían cambiado el talante del peregrino. Y aunque se había dedicado con fervor a desatar su ira, su lujuria o su codicia, había llegado un punto en que no sentía más que hastío por los placeres que hasta ese momento habían constituido el único móvil de su existencia, o al menos la acomodaticia manera en la que había estado dispuesto a explorar los caminos de la salvación.

Llegó a la zona con la intención de detenerse un tiempo a descansar y aguardar un jugoso botín que había obtenido de una estafa que él y un judío errante habían perpetrado a una orden a la que vendieron un lote de hábitos dañados con lejía.

Nadie sabe exactamente si llegó a la Capadocia empujado por la fascinación que despertaba la zona entre los monjes y los ascetas. Era bastante probable que esperase toparse con algún conocido entre los cenobitas, anacoretas, giróvagos e incluso faquires que constituían la fauna de este paraíso de los mártires, pero también de cualquiera que tuviese razones para escapar de las ciudades, por asuntos de fe o por temas de otra índole.

Aunque en ese otoño en que Marcus llegó al valle de Göreme la zona estaba atestada, y se tuvo que conformar con una congregación casi enterrada entre las rocas, en donde le ofrecieron vivienda y comida gratis. Como tenía por regla cuando se instalaba en algún monasterio, se dedicó a observar la rutina cenobítica: tipos obsesivos a quienes los tatuajes maoríes de Marcus no parecían impresionar en lo absoluto y a quien trataban con una indiferencia y una distancia que le auguraban una aburrida y tranquila convivencia.

Durante sus primeros meses Marcus recorría inquisitivamente el lugar, dejándose ver en actitudes llamativas. Esa era una de las tácticas con las que esperaba encontrar a ese compinche que te pone al tanto de los secretos del claustro, que después de todo podía ser una verdadera penitencia si uno no estaba al tanto de cómo se manejaban las cosas. Pronto vio que no era dentro donde iba a encontrarlo.

Estamos convencidos de que fue en ese sitio hundido entre las rocas en donde el apóstata descubrió el origen de su desolación.

En el cenobio todos los monjes mantenían voto de silencio y parecían bastante alejados de las tentaciones carnales. Lo más lujurioso que hacían era bañarse. De resto: el trabajo, la serenidad y la oración ocupaban el tiempo en ese templo. Mientras unos se afanaban en el huerto, otro par cocinaba y algunos más se entretenían realizando complejas pinturas o cuidaban leprosos en un pequeño hospicio. Estamos convencidos de que fue en ese sitio hundido entre las rocas en donde el apóstata descubrió el origen de su desolación. El sol del desierto ardía implacable a lo largo de días tan ocres e inmensos como el ácido desconsuelo que lo agobiaba, que lo hacía deambular sin destino, que lo arrinconaba en una desesperación tan muda y tan ardiente, que convertía el esfuerzo de existir en una tarea hercúlea y atroz.

Las noches eran heladas como el corazón de la muerte, cuyo latido le pareció escuchar algunas madrugadas, en medio de un insomnio pertinaz que lo hacía despertar con frecuencia mucho antes del alba. Y aunque siempre había sido un fiel cultivador de la melancolía, ésta le había dado viveza, curiosidad y malicia, sensaciones que ahora parecían haberle abandonado.

Marcus no sabía a quién culpar de su repentino cansancio y se supo enfermo, pero sus empíricos conocimientos médicos le advertían que su mal era de una naturaleza inaprensible y etérea. No sabemos si antes o después de estas reflexiones, una mañana en la Sala Capitular, un monje calvo y con enormes bolsas negras debajo de unos iris diminutos y opacos, se detuvo bruscamente en medio de las oraciones y se quedó mirándolo con profundo desprecio. Marcus hizo como que no se daba cuenta y siguió arrancándose la cutícula con los dientes. El tipo, cubierto por una pátina de sudor frío, se le acercó mucho y le espetó violentamente mientras le apuntaba con su índice adornado por una larguísima uña negra: “¡Puesto que no eres frío ni caliente voy a vomitarte de mi boca!”.

Escupitajos diminutos y blancuzcos cayeron sobre el hábito de Marcus, quien, asqueado y con ganas de golpearlo hasta la muerte, se alejó de prisa y se retiró a su celda. De ahí en adelante, como presa de una maldición, se asomaba a la ventana, caminaba sin sentido de un lado a otro de la panda; volvía a su celda y de nuevo empezaba a vagar, hasta que en cierto momento de la tarde corría a emborracharse con Babacus, un antiguo morador de ese mismo cenobio que había logrado agenciarse una cuevita para él solo.

—Cerca pero no dentro —decía Babacus, que había renunciado al camino de la santidad por falta de motivación.

—¡Nunca llegaré a ser santo, soy demasiado gordo para eso! Es una cuestión de exceso de materia malvada en mi constitución. ¿Te crees que con este tamaño me pueden colocar en un altar? Cristo era flaco y los emperadores gordos y degenerados —y primero se reía a carcajadas.

—¡No tengo salvación posible, Marcus! ¡Nos vamos a podrir en el infierno!

Pero luego dejaba su talante bonachón y alegre y se echaba a llorar abruptamente como un niñito. Era culpa del vino que fabricaba con una raquítica parra que colgaba de un bastón a la entrada de su cueva. Un extraño milagro, sin duda, porque siempre tenía algo que fermentar y poseía una bien pertrechada bodega repleta de vinos y licores de colores que se multiplicaban en vez de panes y peces, y con los que se dedicaba a experimentar nuevos y alocados aromas mientras conversaba con Marcus o con cualquier peregrino que pasara por ahí.

Dejaba pasar los meses tendido en su cama, sin más distracción que el trabajo de una arañita con la que se había encariñado.

Cuando se ponía llorón, Marcus abandonaba la cueva y se dedicaba a escuchar el sonido insistente del viento jugando entre las aberturas de esa tierra que todo el tiempo parecía estar silbando una canción inextricable. Otras veces dejaba pasar los meses tendido en su cama, sin más distracción que el trabajo de una arañita con la que se había encariñado y que colgaba en un rincón de su celda.

Años después, y ya consciente de su hastío, Marcus se preguntó si su estado no era el famoso demonio del mediodía, como era conocido en muchos sitios.

 

III

El monje giróvago, como seca brizna de la soledad, está poco tranquilo, y sin quererlo, es suspendido acá y allá cada cierto tiempo.

Un árbol trasplantado no fructifica y el monje vagabundo no da fruto de virtud. El enfermo no se satisface con un solo alimento y el monje acidioso no lo es de una sola ocupación.

Evagrio Póntico. Acedia

Unos lustros más estuvo Marcus dándole vueltas al asunto, hasta que un día, cuando su sombra se alargaba por la árida llanura y el sol se elevaba en el cielo con una rabia ardorosa y blanca, observó la luz, y cegado miró a los lados. Un silencio que casi le dolía, la ausencia de viento y el brillante amarillo del paisaje le produjeron una tristeza tan desconsolada y una epifanía en la que se veía diminuto, más ínfimo aún que una partícula de polvo, perdido entre la arena, como si por primera vez fuese consciente de su propia insignificancia e imaginara a Dios, un dios que siempre había medido según su miserable estatura, riéndose de todos esos excesos a los que su soberbia le había empujado. Los límites del tiempo se ensancharon y se vio condenado a la luz meridiana de la lucidez y al aburrimiento por los siglos de los siglos.

Supo entonces, con toda certeza, que esa aflicción era el mismo demonio que había tentado a los hombres desde el inicio de los tiempos. Era la luz y la lucidez, era la amargura y el dolor del infierno.

Algunos, en vez de hablar de pecados o vicios capitales, se referían a pensamientos, y entonces Marcus tuvo la absoluta certeza de que la acedía era, no sólo un pecado en sí mismo, sino la raíz de todos los demás. Anotó en su diario:

Compruebo, no sin asombro, que mientras he estado por ahí, vagabundeando y lanzando blasfemias, esta desolación se mantenía dormida, más cuando no me ha quedado más remedio que callarme. Toda mi mezquindad y mi profundo vacío han venido a avergonzarme como estoy seguro haría sobre mí la mirada de un verdadero y grandioso Dios…

¿Por qué vía llegó un hombre tan poco virtuoso como Marcus a comprender la naturaleza de su propia miseria?

Tendemos a pensar que fue por pura casualidad, y la pista más significativa para corroborar esta tesis la encontramos en las notas que realizó en su diario, que nos remiten a un pergamino encontrado en el desierto por un tal Pablo el herejita, compañero de juegos en Samaria de Simón el Mago.

Un día, y como solía hacer en sus ratos libres, que eran mayoría, Pablo se dedicaba a buscar entre las dunas objetos perdidos, ya que, debido al intenso tráfico de mercaderes, beduinos y demás fauna que abundaba en los caminos del desierto, caían muchos objetos que quedaban sepultados en la arena; pequeños tesoros que nuestro buen hombre se dedicaba a rescatar con el fin de comerciar con ellos en los mercadillos que abundaban en la zona del Ponto.

Aunque el herejita no logró entender absolutamente nada de lo que representaba aquella oscura grafía, cuentan que la sola visión de ella fue suficiente para sumirlo en un estado de delirio.

Así que una tarde inundada de calima sus dedos estuvieron a punto de ser apareados por un escorpión, pero en vez de eso descubrió un par de cilindros de bronce que, al llevar a su guarida, develaron varios papiros escritos en caracteres totalmente indescifrables para Pablo, que a pesar de su respeto a la sabiduría, sólo dominaba un dialecto cerrado de arameo. Y aunque el herejita no logró entender absolutamente nada de lo que representaba aquella oscura grafía, cuentan que la sola visión de ella fue suficiente para sumirlo en un estado de delirio tal, que le hizo perseguir con saña a los romanos durante un mes, que fue lo que logró vivir luego de proceder velozmente, en rapto, a inventar la primera honda de la que se tenga noticia, y a ser posteriormente ajusticiado por algún esbirro de Tiberio. Más tarde, los rollos fueron convertidos en un códice, hasta que nuestro amigo Marcus lo encontró por casualidad escondido en la biblioteca del cenobio. Entusiasmado, lo llevó discretamente a su celda y, después de examinarlo una y otra vez, intentó traducir la misteriosa lengua en la que estaba escrita. Tarea que poco a poco logró completar con un juego de diccionarios de griego, sánscrito, latín, copto, fenicio y beréber que le prestó Babacus, logrando de ese modo develar un libelo escrito en un dialecto muy cerrado de griego firmado por un tal Esculapio de Pileta en el año 542 a. C:

…Después de romper para siempre mis tratos y mi amistad con ese tal Tales de Mileto, arribista filosófico de la peor calaña, cuya absurda y delirante teoría de que todo es agua inunda con su simplismo miserable toda dialéctica racional sobre el origen de las cosas, y comprobando la cobardía teórica de ese bribón que se negó a irse a vivir al supuesto elemento originario, es decir, en la cloaca en la que habitan todas sus ideas, yo, Esculapio Piriandro de Pileta, sostengo, sin la más pequeña duda, que todo es NADA, es decir, que LA NADA y sólo ella habita en todos los elementos y que el vacío es lo que llena todas las cosas. Teoría de sencillísima comprobación empírica, porque lo que queda cuando algo no está es “NADA” y esto no tiene discusión posible, y el ser no es más que una absurda construcción cimentada en los nada fiables suelos de la NADA, ni “aire”, ni “fuego”, ni “ostras del mar Muerto en vinagre”, por lo que, siendo consecuente, y en nada pareciéndome a ese cobarde, declaro solemnemente que me largo adonde abunda el elemento base del universo, es decir, al desierto, que ya querría verlo yo a él habitando las profundidades de un río…

—¡Pero Marcus, estás hablando de uno de los mayores misterios del conocimiento espiritual, ya que no se conoce con exactitud la naturaleza del mal y sus implicaciones! Por eso los sabios decidieron relegarlo, incluso eliminarlo nominalmente de la lista tradicional de pecados capitales, dejando sólo siete, ¡que son los que ya tú conoces y practicas con entusiasmo fervoroso! —le espetó Babacus mientras ambos probaban un nuevo fermentado de lagartija con cactus llamado “O sole mio”.

Según le contó, la acedía se había erigido como uno de los mayores misterios espirituales, pues se comentaba que el mismísimo Cristo, en su estancia en el desierto, había rozado tal estado del alma. Así que, ¿cómo podía juzgarse a un seguidor del Mesías si atravesaba una crisis similar? Los más radicales alegaban que una crisis similar viniendo de un hombre impuro era ya en sí misma una aberración y conllevaba el pecado de orgullo.

La gran cantidad de posiciones enfrentadas sobre la naturaleza de ese estado lo distanciaban de la condición de vicio, pero de ninguna manera podían emparentarlo con la virtud. Tampoco se podía alegar enfermedad espiritual porque recordaba demasiado el aburrimiento primigenio que había creado el universo. Por lo tanto Marcus empezó a sospechar que detrás de su dolorosa e insípida turbación se escondía un misterio sagrado de terribles connotaciones para la doctrina toda.

Según había logrado averiguar, la acedía consistía en una especie de insatisfacción existencial que atacaba a algunos hombres sabios, sobre todo al mediodía, y que les hacía desesperar. Los seducidos por este vicio poco espectacular y terriblemente pernicioso encontraban infinitamente absurda la existencia sobre la tierra y eran conscientes de que no había nada delante ni detrás.

Es decir, llegaban a la convicción más íntima posible de que todo era vanidad, por lo que nada valía la pena.

Este pecado, no tan escandaloso como la ira o la lujuria, había sido borrado de la lista por motivos oscuros.

Por razones que no lograba dilucidar, pero seguro de que plantearían serias dudas sobre la naturaleza de Dios, este pecado, no tan escandaloso como la ira o la lujuria, había sido borrado de la lista por motivos oscuros que calzaban con su verdadera naturaleza, más perniciosa y más brutal, que la sencillez de espíritu con la que suele asociarse el aburrimiento.

Después de años entregado a pecados menores como la lujuria y el orgullo, Marcus estaba seguro de que había logrado descifrar el secreto más hermético de todos. Una falta que comprendía a todas las demás y que en sí misma reflejaba la mayor contradicción entre la búsqueda de sabiduría y el agrado a Dios.

Parece claro que Marcus nunca trató de compartir con nadie sus descubrimientos. Atemorizado, comprendía que seguramente Dios sabía que él sabía.

¿Qué sabía Marcus? Sólo él lo sabía.

Y aunque durante algún tiempo estuvo paranoico por haber descifrado semejante secreto en el origen de todas las cosas, y comprendiendo que era algo que podía cambiar para siempre la concepción del universo, decidió utilizar su descubrimiento para no agobiarse pensando que el mediodía era como su alma.

A partir del hallazgo, amargo y circular, perdonó su propia naturaleza, pero sobre todo tuvo compasión de Dios.

Así que dejó de preocuparle saber si existía o no.

El agua fresca de la comprensión le dibujó a Marcus una extraña sonrisa en el rostro.

Un nuevo talante, silencioso y activo, se apoderó de su carácter. Recordó con dulzura y una admiración aún muy recóndita a su maltratado padre.

Luego decidió ponerse a pelar papas a la cocina para ganarse la estancia. “Ora et labora” fue el lema que dibujó en la blanca pared de su celda.

Luego de un día, luego de muchas tormentas de arena y muchos funerales, el viejo Marcus Hastiadus entró en su celda y saludó a su compañera arañita, descendiente de la primera que conoció, y así se remontó a generaciones de arañas como nunca hubiese podido concebir.

Aunque le parecía, y esto le hacía feliz, que ésta y la primera araña eran la misma.

Y le comentó, como si se tratara de su esposa, que el mundo seguía como siempre, moviéndose aunque él se hubiera quedado quieto allí durante medio siglo.

La arena, las horas, habían continuado borrando del corazón de Marcus aquel vacío y aquella desolación ardiente, por lo que decidió, sin ningún sentimiento de culpa, echarse una siesta antes de limpiar a los leprosos, que era su última obligación voluntaria en el convento.

Esta es la historia de cómo Marcus descubrió en su fastidio algo que nunca pudo revelar a nadie porque, apenas lo hizo, dejó de preguntárselo.

Entonces, mientras creía soñar, sintió un fuerte dolor en la cabeza y abrió los ojos, lo que le llevó a tener una visión espantosa y a la vez increíblemente dulce: la nariz de su padre, llena de puntos negros, le estaba hablando muy de cerca:

—Marcus, hijo, despierta ya…

—¿Eh?

—Telonio te asestó con el bastón en la cabeza y te dejó allí en la arena, hasta que unos monjes te encontraron y te trajeron a casa…

—¡Maldito Telonio!

Luego miró al rincón de la pared: una araña estaba empezando a tejer su telaraña.

Marjiatta Gottopo
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