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Japón-te en mi lugar

martes 17 de octubre de 2023
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Mis papás se divorciaban y era irreversible. Mi papá, para aminorar el golpe (el mío), decidió que yo le acompañaría en su largo viaje de trabajo al Japón. Era una proposición absurda. Él sabía de antemano que no contaría con mucho tiempo para estar conmigo, pero pensaba que el duplo de catorce horas compartidas en el avión, y algunas comidas en común, por más apuradas o desveladas que fuesen, compensarían por lo poco que usualmente compartíamos.

Pero la verdad es que en el vuelo de ida dormí unas buenas siete horas, y él durmió quizá unas cinco, y no las mismas, por lo que sólo coincidimos despiertos un par de horas, en las cuales yo preferí con creces ver una peli que conversar con él, tras lo cual él se sumergió en su laptop sin reclamo alguno.

Mi papá, resulta ser, encaja perfectamente el perfil de un adicto al trabajo. Esto siempre desagradó y enfureció a mi mamá. De hecho, podría decirse que mi mamá intentó por años que mi papá se divorciara un poco de su vida laboral, y al fracasar en el intento, resignadamente, decidió divorciarse de él.

Aceptó que yo le acompañase en ese viaje de trabajo, en parte, para que pudiese aprovechar una oportunidad sin igual de conocer un sitio extremadamente exótico, y en parte también porque quería evitar otro verano en el que tener que lidiar a tiempo completo, y por sí sola, con el torrente hormonal de mis desvaríos adolescentes.

Ese año había logrado por primera vez tener una novia, y no era pequeña cosa.

Añadía al absurdo el hecho de que para mí no era un buen momento para desaparecerme tres semanas enteras. Ese año había logrado por primera vez tener una novia, y no era pequeña cosa. Había logrado convencer a una chica bastante popular de mi colegio, una a la que le tenía puesto el ojo desde hace rato, a que saliera conmigo, un chamo que si por algo era conocido era por hacer vida en los márgenes, cual rana de charco, príncipe de nadie. Por vez primera algo me había ocurrido de lo que realmente podía sentirme orgulloso. Saltaba de mi oscuro charco trasero al iluminado pasillo del colegio a diario y me paraba junto a ella orgulloso. Los compañeros me miraban boquiabiertos, sorprendidos, maravillados ante el anfibio espectáculo, anonadados ante una rana que pudo. Bue, quizá no era tanto así… Alguito de príncipe tenía quizá, bajo las mangas, o en los bolsillos. Era de potencial, y de una familia de muchos medios, y de padres algo nobles y con labia. Y, sin embargo, pequeño príncipe, como el del libro, perdido en su planeta, y que no iba nunca al baile. De repente todo fue maravilloso, tenía mi entrada a la fiesta, una burbujeante acompañante de blanca sonrisa a mi lado, y aprendía a bailar, un pie junto a otro, deslizándome para a’lante y pa’ tras. Pero, tras tres primeros meses de exploración y encanto, últimamente discutíamos a cada rato por sinfín de tonterías, y tambaleaba nuestra naciente relación juvenil. Y ahora, este absurdo viaje interpondría una lejanía inimaginable que, con ella varada en una hacienda familiar en un rincón del llano, nos plantaría en contextos tan extremadamente opuestos que daba risa, de no ser, claro, porque yo, probando ya ser un novio celoso e inseguro, supuraba de angustias. De forma que, básicamente, mientras mi mamá empacaba mis cosas en preparación al largo viaje, yo ya empezaba a hacerme ideas de un llanerito enmascarado, o simplemente descarado, que en una noche de luna llena se robaba a mi novia.

Ya se sabe cómo a esa edad un verano dura una eternidad, incluso una semana, y a veces hasta un día. Y, oh, ¡cuán largo anticipaba se me haría aquel viaje, tan alejado de todas mis referencias locales, y tan lejos de Diana! Para colmo, no estábamos en la misma onda, pues mientras yo rabiaba ante el bizarro giro de eventos, ella estaba entusiasmadísima por pasar una temporada encallada en el medio de la nada junto a sus primos, todos felizmente presos en la naturaleza reinante, celebrantes de las restricciones que tal aislamiento conlleva, y prestos a darles cuerda a las más inventivas formas de recreación y de ocio. Y para más colmo, el ver la jeta que yo cargaba cuando nos despedimos no hizo sino reforzar en ella la imagen que ya tenía de mí de niño rico mimado, malagradecido, que partía pataleando y descontento a conocer el Japón.

—Ponte en mi lugar —le dije, no dejando ni por un segundo de sonar como un frustrado niño de papá al que nada lo colma, y que además no controla su destino, el exacto opuesto al muchacho llanero que decide siempre hacia dónde galopa su caballo, que encuentra satisfacción a cada giro del camino, y que bebe de la fuente que quiere.

Pero bueno, nuestra despedida fue así y no podía ser de otra forma, me imagino. Yo aprendía a golpes (que es como la vida te enseña) que uno nunca elige sus despedidas. Al día siguiente bajé el camino al aeropuerto, que precedía tan sólo por dos días la hilada caravana familiar de Diana hacia el llano y la hacienda familiar.

Y ¿qué sabía yo del Japón? Vestía, como una vieja medalla de mi infancia, el borroso recuerdo de Señorita Cometa, una serie televisiva japonesa sobre una muy inusual joven niñera de dos niños supertraviesos; conocía la canción Big in Japan, que a pesar de su terrible sencillez me fascinaba y tarareaba a cada rato en la ducha y ante el espejo del baño, y sabía que de allá venían los juegos de video, los relojes Casio, el show de Ultraman, el Hello Kitty y las calculadoras científicas. Nimiedades, mayormente. No sabía más. Tokio, en mi mente, era un video corto de un paso peatonal inmenso en equis masivamente transitado que funcionaba como un reloj, una macabra escena urbana de Godzilla, y el elaborado laberinto de un gran videojuego. En otras palabras, viajaba a lo desconocido. Sabiendo, además, que mi relación con mi papá, y su esencial abstracción y constante búnker laboral, me convertirían de vuelta en rana, y me arrojarían de nuevo al charco. Pensaba ahora que ni mi mamá, ni Diana, habían sido compasivas conmigo al considerar las circunstancias de mi viaje. Con eso en mente, me monté en el taxi, y luego en la aeronave, con mis aires de incomprendido, sin importar lo que pensaran los demás.

Y así despegué en la moderna nave, pobre niño rico, la ciudad haciéndose cada vez más chiquita bajo las inmensas alas de la colosal aeronave japonesa que nos transportaba, ínfima víctima de la modernidad, tornándome cada vez más pequeño en la mente de Diana, una lucecita de su cielo caraqueño que se alejaba, que se apagaba, un puntito aparte para ella, que empacaba alegre los colores vivos que vestiría en el llano.

 

 

Hasta me animé un poco, luchando contra el peso de mis párpados, para maravillarme con las diferencias aspectuales y culturales.

Llegar a Tokio tras librar batalla y hacer un pulso final (tras muchos otros) con el ímpetu de la nave, cargando con el inevitable cansancio que conlleva el esfuerzo de estirar el cuerpo de uno a través del océano Pacífico, sobreviniendo los contorsionismos del aparato, guardando la fe en su capacidad de cruzar tantos paralelos y meridianos en seguidilla, participando, mismo si pasivamente, en la lucha del alado artefacto contra el viento, la fuerza de gravedad, y la presión atmosférica. Y después, enfrentar el shock de lo nuevo y lo diferente: las nuevas luces, los nuevos soles, los miles de ininteligibles mensajes y carteles, las sinuosas vías rápidas. Mi papá diciéndome a cada rato: mira esto, mira aquello, ¿notaste lo de más allá?, y llamando a todo “fantástico”, “fantástico e increíble”, ojos inmersos en la modernidad de todo ello, pupilas contraídas por el luminoso exceso.

Pero “fantástico” era una palabra que venía a la mente… Hasta me animé un poco, luchando contra el peso de mis párpados, para maravillarme con las diferencias aspectuales y culturales, tan sólo en el trayecto del aeropuerto al hotel, y una vez más durante un corto paseo (¿o simple desvío?) que el taxista tomó adrede (o tras incomprender la sugerencia de mi padre). Cuestión que se salió del trayecto rojo sobre blanco que le dictaba la imagen del GPS, cosa que el GPS protestaba con un parpadeo rojo también, para darnos un asomo a un cruce de grandes avenidas bañadas de luz, donde un paso peatonal inmenso en equis masivamente transitado funcionaba como un reloj… Un reloj humano, como parte del elaborado laberinto de un gran videojuego.

Pero tras ese encandilamiento inicial, el próximo shock fue caer en cuenta, casi de inmediato, una vez instalados en el hotel, que mi papá no contaba con tiempo libre para estar conmigo. Y ¿para dónde iba a agarrar yo, varado en una megaciudad de mil caminos distintos, de trenes rápidos en todas direcciones, de todo diferente, de todo en otro idioma? Porque era como estar en Marte. Era absurdo. Era mejor que yo permaneciera en la base espacial, tranquilito. Y así lo hice. Pasaba mañana, tarde y noche en el hotel, dando vueltas hasta conocerme cada rincón de éste. Hasta sentía que los empleados del hotel me miraban con lástima, como diciendo hacia sus adentros, o comentando entre ellos disimuladamente entre dientes: ¡pobre niño rico!

Pero pronto me consolé con la idea de que podía recopilar fotos y pequeñas anécdotas, mismo en el hotel, de las diferencias culturales, y otras sutiles observaciones, para luego enviárselas a Diana, en breves reportes por WhatsApp, por email, o mismo telefónicos.

Así hasta frustrarme de nuevo cuando entendí que estas vías de comunicación tan prevalentes no nos servirían, dadas las circunstancias, y que esencialmente estábamos incomunicados. Nunca podríamos superar la avasallante diferencia horaria, ni la ausencia de wifi o de computadoras en la hacienda familiar del llano. Todo parecía conspirar para que yo no pudiese siquiera darle señales de vida que ella pudiese recibir exitosamente.

Me hundí en esa idea un par de días hasta que mi papá, tarde una noche, mientras me calentaba una pizza individual en el microondas de la habitación, me sugirió:

—¿Por qué no le mandas una postal o le escribes una carta?

Claro, ¿cómo no se me había ocurrido antes?… Una carta, el papá del email… O una postal, por supuesto, la madre del mensaje de texto…

Pero… ¿correo desde el Japón a Venezuela? No hay problema, dijo mi papá, tú escribe tu carta y yo te la mando usando la cuenta de DHL de la empresa. DHL llega a todas partes del planeta en dos patadas. Su familia seguro tiene un apartado de correos por ahí en una población cercana…

Así fue como a la segunda semana ya no me preocupaba por los trajines y paraderos de mi papá.

Y efectivamente. Yo sabía que ellos tenían un apartado de correos en Altagracia de Orituco, que Diana me había dicho había usado varias veces para que le mandasen de Caracas algo que ella había olvidado en casa: un traje de baño, algún libro, o hasta su termo y almohada favoritos.

Así fue como a la segunda semana ya no me preocupaba por los trajines y paraderos de mi papá, ni andaba pendiente de todo lo que tardaba para llegar en las noches, ni me hacía malasangre por la imposibilidad de comunicación con Venezuela, sino que me enfocaba aún más en recopilar detalles para reportárselos y enviárselos a Diana en una larga misiva que ya le iba preparando en mi cabeza.

Hasta pude ir ampliando mi radio de acción, poco a poco, cada vez más apartado del hotel, moviéndome en circuitos cada vez más amplios y elaborados, a sabiendas de que, mismo si me perdía o alejaba mucho del sitio, siempre podía parar un taxi y decirle al taxista la frase mágica: “Tokio Grand Hilton”, y éste me traía de vuelta a mi hogar temporal, a mi base espacial, a mi casa lejos de casa.

Así lo hice, al principio sólo aventurándome a tienditas y pequeñas zonas comerciales colindantes al hotel, que parecían estar todas unidas como por una cadenita, y luego hasta atreviéndome a montarme en las famosas aceras rodantes que atraviesan media ciudad, o incluso (una vez) a meterme en un tren bala, a sabiendas de que, dondequiera que fuera que me disparara el aparato, yo siempre podría alzarme del suelo, cual casquillo gastado, y acercarme, mismo a gateo, al taxista más cercano, y susurrarle la frase mágica con mis últimos suspiros, a sabiendas también de que, una vez llegado al hotel, mismo cargado en brazos por el taxista, algún portero o botones me reconocería: ¡vaya, es el pobre niño rico! Y sería revivido y rehabilitado in situ por el personal del hotel, y estaría como nuevo para el momento en que, pasadas las diez y media de la noche, apareciese mi papá por la gran puerta del Grand Hilton con su discursito recurrente de grandes cenas con grandes clientes, prometiéndome que seguro al día siguiente sería bien diferente la cosa, y finalmente podríamos dar una vuelta por el Barrio Chino, los afamados jardines de neón del Paseo Okinawa, o incluso el Museo Mazinger Z, o, con suerte, finalmente conseguir entradas para el tour de la casa donde se filmó la serie de televisión de la Señorita Cometa.

Claro que nada de esto nunca ocurrió. Mi papá siempre salía corriendo del Grand Hilton a las seis y media de la mañana, cruzaba la calle para reunirse con grandes clientes que se alojaban en el Grand Hyatt, y, junto a ellos trazaba los lineamientos de grandes emprendimientos en grandes desayunos en que juntos esbozaban los parámetros para establecer fructíferas sociedades, que luego, para la hora del almuerzo, ya devenían en grandes fajos de documentos que había que revisar toda la tarde, y quedar firmando, sellando y notarizando el resto del día y hasta gran parte de la noche, sólo para repetir las mismas mociones al día siguiente y el resto de nuestra estadía en Tokio.

Cuestión que no tuve otra que extenderme en mis paseos diarios, saltando de quiosco en quiosco, de tiendita nipona en tiendita nipona, recopilando los pequeños anécdotas y suvenires del pequeño burgués, del pobre niño rico perdido en laberinto asiático.

Pensando una y otra vez, a cada giro: Diana, ¡tienes que ver esto! O, en caso de documentarlo extensamente en una polaroid, o memento, trabajar mentalmente para extenderme en descripciones que le darían a ella la clave del contexto en el que había encontrado la estampita o figurita en cuestión.

Me dejaba llevar por las hordas, de forma que muchas veces acababa en zonas que ni eran turísticas ni comerciales.

Ahí, confundido entre las masas niponas, me animaba como ellos, dejándome llevar por el burbujeante éxtasis consumidor reinante, cruzando abarrotados pasos peatonales, gastándome en recuerditos cada día hasta el último yen que me dejaba mi papá en la gaveta de mis medias cada mañana, recuerditos que al comprar ya me preguntaba si sobrevivirían el largo trayecto hasta el llano venezolano, y que al extraer de las bolsas por las tardes en la habitación del hotel trataba de imaginar cómo los percibiría Diana al extraerlos del paquete y exponerlos a un contexto tan contrastante y distinto.

Me dejaba llevar por las hordas, de forma que muchas veces acababa en zonas que ni eran turísticas ni comerciales, sino corporativas, industriales o residenciales, siempre a esas alturas del día ya con los bolsillos llenos de baratijas, y cargando con tres a cinco bolsitas de perolitos que ya dudaba de cómo podría empaquetar todas juntas para enviarlas a Venezuela.

Cuestión que, al captarme tan irremediablemente perdido, y tan desorientado, retrocedía lo que fuere necesario hasta encontrarme de nuevo en un sitio masivamente frecuentado y circulado por taxis, loco por decir la frase mágica aquella.

Pero una vez de vuelta en el hotel, mis dudas se multiplicaban, no sólo de cómo podría empacar todo ello, sino inquietantes preguntas mayores, como, por ejemplo, cómo podría resumirle esta cultura tan milenaria, y esas sensaciones tan huidizas que experimentaba en mis paseos, a Diana, en una misiva y un paquete de medio kilo.

Porque la idea inicial había sido enviarle una postal o una carta. Pero luego, como son las cosas, y como se dan y evolucionan en un país tan lleno de opciones de compra, pronto devino en una caza en la que creo haber comprado más de una treintena de tarjetas postales y una docena de juegos de papel y sobres de carta, que, al llegar a la habitación cada tarde, disponía cuidadosamente sobre toda superficie plana del cuarto, analizando cuál sería el mejor fondo para la larga carta que redactaría para Diana, sin que ninguna me pareciese apropiada, hasta finalmente dar con la opción perfecta en un quiosquito de mala muerte de un barrio del extrarradio de la ciudad, donde, escondida tras unos muñequitos de Transformers miniatura, y enterrada entre una paca de barajitas de beisbol japonés, hallé la tarjeta postal más ambiciosa que jamás haya sido creada en la historia de las tarjetas postales… Una tarjeta postal inmensa y elaborada que quería ser otra cosa, y que era una especie de artesanía industrial, pero que quería ser más, una maqueta o un colgante, algo que se desdoblaba como para escapar de su condición, y que Diana podría extender en una pared de la hacienda familiar o de su habitación, una vez de vuelta en casa, o bien colgar del techo o una lámpara. En otras palabras, el fondo perfecto para la ambiciosa carta que yo preparaba para ella.

Y ahora que sabía que contaba con el espacio apropiado para explayarme, podía dar rienda suelta a mi imaginación, mis palabras podían aspirar a más, ansiar a ser a la vez voz y objeto, mensaje y decoración. Podrían, con un poco de suerte, llegar a sobrevolar su entorno, a coronar su espacio, y permanecer.

Luego se volvió una cosa que pensé que no debía, quizá no podría, viajar, o hasta existir, por su cuenta, y que habría de estar rodeada, acompañada, por variedad de pequeños objetos que ampliasen y complementasen su expresividad, y extendiesen su alcance. Pensando que mis palabras solas nunca alcanzarían a describir la otredad del sitio, de no contar con gran variedad de ejemplos que ilustrasen su singularidad. Y así fue como se fue inflando el paquete… Y como se fueron, primeramente, llenando todas las gavetas de nuestra habitación de hotel.

Hasta que eventualmente descubrí que eran mis propias inseguridades las que iban inflando el paquete… Pensando yo loco, en mis horas más solitarias en el hotel, o mientras deambulaba por las muy ajenas calles de Tokio, que mi remesa y mi carta habrían de competir, inevitablemente, con algún gallardo muchachito del llano, algún carajito altanero de sombrero tieso apostado en alta yegua, que con su labia y trote de seguro encandilaría a mi novia.

Acumulaba perolitos que era obvio la mayoría de ellos no podrían nunca sobrevivir un trayecto tan largo y tortuoso.

Pero mi misión era absurda… Acumulaba perolitos que era obvio la mayoría de ellos no podrían nunca sobrevivir un trayecto tan largo y tortuoso: el recorrido por las correas rodantes del automatizado correo japonés, el viaje en avión de carga atravesando el océano Pacífico, la humedad de los galpones aduaneros de La Guaira, la empinada subida a Caracas en carretera mal mantenida, el viaje al llano en carretera de renovaciones prometidas pero nunca ejecutadas, y los esfuerzos toscos de un mal remunerado cartero rural por estrujar el paquete en la caja del apartado de correos de Altagracia de Orituco.

Además, a sabiendas de que éstos me servían de muletilla, de consuelo, para intentar describir cosas imposibles de describir: la luz tan distinta, el respeto con el que te tratan simplemente por ser distinto, los enjutos hombres que se ganan la vida peinando pescados con un peine de dientes de hojilla tras un mostrador, las frutas exóticas que tienen el aspecto de caramelos, y los caramelos pintados que parecen frutas, las tienditas de antigüedades que venden casi exclusivamente viejos juegos a cuerda de plástico u hojalata (robots, acróbatas circenses, monos tocando cimbales, tiovivos) en los que sólo viejos hombres solitarios parecen mostrar interés, las delicadas maripositas de papel que te venden a cien yenes los cien gramos, las estampitas de dibujos animados que captan toda tu atención y te hipnotizan sin preaviso, la religiosidad que exhiben los trabajadores japoneses, inmersos en sus labores (barrenderos, barberos, planchadoras, botones), la devoción consumista de las colegialas adolescentes, caminando siempre en pequeños grupitos, con sus medias largas y sus minifaldas de colores pasteles.

Eso es, justamente, sentía que estaba empacando una mariposa, disecando una libélula, enlatando aire, planeando enviarle una sensación por correo…

Además que sentía el inesperado efecto secundario de la distancia, que me hacía pensar en Diana, pero no en la Diana que se había despedido de mí con cierta indiferencia, con cierta frialdad, ajena a mis sufrimientos de pobre niño rico, a mi destino vacacional tan fuera de mis manos, tan animada ella, y tan urgida por arrancar con sus primos al culebrero llanero ese, que yo era poco tema, poca cosa, germinante olvido, ya el fantasma que sería. Pensaba, en vez, en la Diana que me había cautivado desde un principio, a primera vista, desde que, dos años atrás, vi a esa muchachita de adorable naricita respingona y pequitas saltando loquita en las gradas de la cancha de voleibol cada vez que anotaba su equipo, y le pregunté de inmediato a un compañero: ¿quién es ella? Y éste me dijo: Diana. Y desde ese momento mi locura tuvo nombre, y mi enfermedad tuvo cura.

Y desde entonces…, santa devoción. Diana para arriba y para abajo, dueña inequívoca de mis pensamientos. Y luego pensaba en la Diana que me había ganado ese año, como un premio, de tanto insistir… Oh, Diana…

En el segundo día de nuestra última semana en Tokio, me desperté por vez primera antes que mi papá.

Y ahora que entrábamos en nuestra tercera y última semana en Japón, cuando ya debía apurarme en enviar aquel paquete con la misiva a Diana, pues, tras todo ese preparativo, tras toda esa acumulación y todo ese planning, sería un sinsentido mayor el que yo al final enviara ese paquete el último día, o no lo enviase y lo empacara con nuestras cosas, y viajara éste con nosotros en el mismo avión de vuelta a Caracas, mis palabras tornadas copasajeras mías, cruzando paralelos y meridianos en seguidilla a mi lado, participando, mismo si pasivamente, en la lucha del alado aparato contra el viento, la fuerza de gravedad y la presión atmosférica.

No podía dejar que esto pasase, el mensaje debía precederme, mi carta perfecta debía ser punta de lanza, y hacer el trabajo sucio de adelantar la última despedida, el final, el adiós, nuestro hasta nunca.

Es por lo que, en el segundo día de nuestra última semana en Tokio, me desperté por vez primera antes que mi papá, como una flecha, y me instalé junto a la ventana, alineé las figuritas y pendejadas que ya también habían invadido la repisa de la ventana, y, viendo cómo una primera luz asomaba tras los vidriados rascacielos, finalmente puse lápiz al papel y escribí las primeras palabras de mi carta, de mi repotenciada megapostal:

Amanece en Japón, escribí, y, tras reflexionar, tras ver mi tenue reflejo entremezclarse con las espejadas fachadas de los edificios, que ya atajaban la luz, inmediatamente borré esto para escribir, con el irreverente libertinaje del que siente que ya va de salida, de vuelta a su charco: Japanece.

Michael Ben
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