¿Ves cuán repleto está el mundo de enfermedades y anomalías? Es como si el grifo de la vida debe permanecer a todo dar para asegurarnos lozanas sonrisas, cabelleras brillantes y abundantes, y extremidades de cinco dedos, mientras las rarezas anatómicas se cuelan descontroladamente, y las excepciones, en general, salpican el campo genético, ensombreciendo nuestro picnic existencial con el espectro de la enfermedad y la discapacidad. Y, sin embargo, para aquellos seres conectados a un plano superior, esta realidad no representa mancha alguna en su optimismo, ni barrera para alcanzar el nirvana, sino más bien amplio portal a las fuentes originales, un atajo hacia el Misterio. Para ellos, la vida puede lanzarnos curvas, el destino depararnos inesperados giros a diestra y siniestra, allanando nuestros proyectos colectivos o individuales con cuerpos y almas afligidos por enfermedad, desgracia o malformación, pues ellos siempre verán más allá del dolor y la vergüenza, y leerán pacientemente de los velados patrones que revela el sufrimiento. Y, cuando resulta que estos dotados son ellos mismos los afligidos... ¡ahí es cuando realmente se consagran a su oficio! Pues entonces, de la desventaja destilan fuerza, inventiva, inesperada e inexplicablemente, lo que les despeja el camino hacia una forma superior de aprendizaje, en la que se agrandan, y de la que se gradúan enseñando. Aunque con frecuencia, por desgracia, sus alumnos quedan tan impresionados por sus proezas que resultan incapaces de centrarse en la verdadera esencia de su doctrina.
En el caso que nos ocupa, la bendita portadora del dolor no es más que una niña de once años, Shakra, a quien, desde la simbólica edad de cinco, le empezó a crecer un tercer ojo en un lado de la cabeza. Lo que empezara con fuertes migrañas entonces, se convirtió en una protuberancia a los seis, y creció progresivamente hasta convertirse en una herida lacerante que a los siete adquirió la delicada textura y transparencia de un delgado párpado. Y así nació su tercer ojo.
Sus padres, enteramente de espaldas a la luminosidad que se engendraba en su hija, sólo hallaban angustia y preocupación en la inusual protuberancia. Su padre, Omar, un vendedor de cerveza artesanal de Detroit, bajito y entusiasta, y dueño de una profusa barba deforme, ahora solía rascarla y halarla con mayor inquietud.
Su madre, Mudra, una de esas matriarcas hípsters con la cabeza perennemente envuelta en pañuelos, usualmente muy activa en el huerto del vecindario, así como en los mercados agrícolas locales, presidía un reino de conservas caseras que ahora amenazaba con desaparecer, incapaz como se sentía, en un decaimiento propiciado por el desarrollo de la anomalía de su hija, de conservar ni el más mínimo bocado.
Ella y su marido siempre habían cuidado de cerca a su única hija. Shakra nunca olvidaría las interminables horas que su padre le leía incansablemente docenas de cuentos, representando múltiples personajes, de modo que ni siquiera Disney era rival, pues él lo superaba tanto en esfuerzo como en inventiva. El ridículo nunca formó parte de sus preocupaciones, por lo que deslizaba sin prejuicio por la alfombra como una foca de circo o, pequeño como era, se colgaba como un mono de lo alto del armario, todo para provocar la más mínima sonrisa de su hija.
Ella nunca olvidaría sus payasadas. Como tampoco olvidaría nunca las suaves caricias de su madre y la miríada de dulces caseros con los que la mimaba.
Dos rarezas marcaron la aparición de su nuevo ojo. La primera: la niña supo, sin lugar a duda, y antes de que los rayos X o el médico pudieran confirmarlo, que su protuberancia no era un tumor, sino un órgano visual. La segunda: incluso después de que apareciera un diagnóstico claro de un tercer ojo completamente funcional y sano, sus padres siguieron tratando su nuevo órgano como una herida, vendándolo, cubriéndolo, cancelándolo y evitándolo. La enviaban a la escuela, un día sí y otro también, con su cabello negro partido por la mitad y una vez más por el lado izquierdo, para darle espacio a un grueso parche beige cuadrado y ligeramente abultado. Mientras tanto, Shakra seguía el deseo de sus padres, sin osar nunca separar sus nuevos párpados, pero anhelando en secreto durante años ver el mundo por su tercer ojo.
Cada dos viernes, cuando la atendían en la clínica y le cambiaban el parche, ella se esforzaba por percibir luz alguna a través del fino velo de su párpado. A los once años, armada con una madurez que superaba ya con creces su edad, y que le había sido concedida y favorecida tanto por la temprana experiencia del dolor como por el asombro de su descubrimiento, se sintió lo suficientemente envalentonada como para armar un plan que le permitiera asumir sus inusuales poderes y, finalmente, mirar también de lado, como un pez, como un pájaro, como un caballo desbocado. Tumbada en la cama, con la cabeza apoyada sobre el lado derecho para no presionar innecesariamente su nuevo ojo, soñaba despierta con las implicaciones de sus vendados poderes. Podía sentir cómo su tercer globo ocular (el ojo de su alma) se movía de un lado a otro bajo la venda, como en un sueño vívido, mientras su mente jugaba con la idea de su nuevo ojo. Hallaba las implicaciones estimulantes: un mayor campo de visión; el poder ver a los chicos malintencionados acercarse por la izquierda, o percibirlos antes cuando se acercaban por detrás; infinitas posibilidades de disfraces ingeniosos en Halloween, y un sinfín de opciones laborales de ensueño, como espía, guardabosques, observadora de aves, agente del servicio secreto, vidente, guardia de seguridad o pintora de panoramas. Un tercer ojo, imagínate —se decía—, ¡cosa de magos y místicos!
La idea le parecía bastante sencilla: como sus padres cada año le organizaban una fiesta de cumpleaños, aguardaría la ocasión de su duodécimo cumpleaños para finalmente destapar el parche, abrir su tercer ojo y revelarlo por vez primera (presentándolo en sociedad, por así decir) para no volver a esconderlo nunca más. Sorprendería a su familia decorándolo profusamente con maquillaje y, aunque miraría con sus ojos normales y frontales el regalo de cumpleaños ecléctico, o incluso a veces grandioso, que su padre tradicionalmente le hacía, removería la protección de su ojo lateral a tiempo para ver a su madre surgir de la cocina con el elaborado pastel de cumpleaños que siempre preparaba en su honor, para que la primera visión de su nuevo ojo fuera algo colorido y delicioso. Porque resulta ser que, incluso a su tierna edad, ya sabía de la importancia de la “primera mirada” de un artista, de ese primer energizante asalto a los sentidos, y su papel en causar una impresión duradera en la mente y el espíritu. Tuvo la suerte de tener un excepcional profesor de arte en la escuela, quien, tras una fructífera visita al museo para ver una exposición temática sobre el impresionismo, había compartido con sus estudiantes cómo las primeras experiencias de los pintores impresionistas franceses y holandeses (ya sea el impacto del trauma, el asombro, o la belleza natural) habían forjado su arte, e incluso su destino. Se refería a su singular forma de manejar la luz y a la magnífica forma en que tanto el color como sus duendes iluminaban tanto sus lienzos como su visión del mundo. Sus alumnos, en general, no podían entender lo que él había querido decir con “iluminar su visión del mundo”. Shakra, sin embargo, se sentía un poco superior a ellos, pues captaba con claridad que se refería a algo similar a lo que ella había sentido cuando vio por vez primera a través del caleidoscopio que su padre le había regalado cuando cumplió nueve años, o la primera noche que afrontó la brillantez del techo de su dormitorio recubierto de las pegatinas de la luna y las estrellas que su padre le había regalado por su décimo cumpleaños.
Finalmente llegó la fecha de su cumpleaños y, como era costumbre en su casa, sus padres organizaron una celebración familiar para ella. Como era también tradición, sus abuelos paternos condujeron su Cadillac malva desde Kalamazoo para asistir a ésta, y sus abuelos maternos vieron la celebración en vivo desde su pueblo de retiro en Florida. Como también era costumbre, su padre sonreía de entusiasmo, ansioso como siempre por revelar el regalo de cumpleaños que cuidadosamente había elegido para ella. Su madre, por su parte, trabajó en su elaborada torta de cumpleaños hasta el último minuto. A Shakra le habían prohibido entrar en la cocina desde la noche anterior, pero el olor que emanaba de ésta desde la tarde ya delataba el sabor que había elegido para el relleno de la tarta de este año. Su destreza en la cocina, en general, y en la repostería, en particular, eran legendarias. Había ganado dos concursos de repostería locales, y una de sus recetas había aparecido en la parte posterior de un folleto navideño de una cadena de supermercados. Los pasteles de múltiples niveles eran su especialidad, y no le temblaba la mano al alzar por su cuenta impresionantes torres de pastel de hasta dos y tres pies de altura, y recubrirlas con glaseado o darles forma de personajes de populares dibujos animados. El año anterior, para su undécimo cumpleaños, y para que coincidiera con el asombroso regalo de su padre de entradas a Disneyworld, había representado a Winnie the Pooh, con rebosante tarro de miel y todo.
Al llegar, sus abuelos de Michigan casi le sacaron el aire con sus intensos y largos abrazos en la puerta, mientras que sus homólogos de Florida, poco después, la bombardearon con preguntas sobre la escuela, las calificaciones y los deseos de cumpleaños, en un claro esfuerzo por compensar la distancia con ráfagas de atención. Ninguno había mencionado su “herida” en el costado, pero había visto que los ojos de ambas parejas se habían desviado hacia su parche un par de veces, como en vistazos furtivos, sin que nadie hablara ni preguntara nunca por su globo ocular adicional.
En cuanto a los preparativos de su cumpleaños, sus padres no eran los únicos que estaban emocionados sobremanera. Ella apenas si había dormido de la anticipación. Las últimas semanas había estado comprando en secreto (en su camino de regreso de la escuela, y en un PharMor cercano) una tonelada de maquillaje para los ojos usando el dinero de su asignación semanal. Había escondido una bolsa llena de delineadores, sombras para los ojos y rímel en el armario de su dormitorio y se había tomado el tiempo esa tarde en aplicar generosamente aquel maquillaje hasta que el área de su cabeza cubierta por el parche parecía una especie de criatura del Cirque du Soleil a punto de hacer eclosión. Había hecho todo esto sin abrir ni una vez su nuevo ojo: se había espesado sus incipientes pestañas, tirado con delicadeza del párpado inferior para aplicar el colorido delineador, y extendido una capa larga y brillante de sombra sobre el párpado superior. Luego se había cubierto el ojo nuevamente con el parche y descendido por las escaleras para esperar a que llegasen sus abuelos.
Éstos llegaron bastante pronto. Su padre salió de su oficina del sótano para saludarlos, y su madre, por su parte, salió de la cocina parcialmente recubierta de harina, y con el delantal amarillento y desgastado. Luego regresaron rápidamente a sus tareas cumpleañeras, ambos luciendo la sonrisa pícara de alguien que oculta algo grande. El rostro de Shakra, sin embargo, esta vez revelaba lo mismo, pues, de la misma forma en que sus padres no podían esperar para revelar, respectivamente, el regalo y la torta de cumpleaños, ella ansiaba revelar su decorado ojo, abrirlo bien, y dejar que el juego de luz y color de esta última se derramase en su visión del mundo de una manera totalmente nueva y la colmara.
Pero, tal como lo quiso el destino, la velada le depararía más sorpresas que las esperadas. En lo que cayó la noche, todos se reunieron alrededor de Shakra junto a la mesa del comedor, el teléfono de su padre posado sobre una vieja y horripilante estatua para darles a sus abuelos de Florida la mejor vista posible por FaceTime. Shakra podía sentir todas las miradas sobre ella, además de encuentros visuales aleatorios entre sus padres y abuelos que delataban complicidad en la planificación bien sea del regalo o de la torta. Ella quería especular sobre la posible temática de aquellas sorpresas pero, como la expectativa de todos marcaba el ritmo, los acontecimientos se desencadenaron con bastante rapidez. Pronto su padre atenuó un poco las luces para poder, como era su estilo, dirigir una vieja enorme lámpara hacia el centro de la mesa del comedor, y sacar su regalo de la oscuridad, como un experimentado mago que extrae un conejo de un sombrero de copa. Así que todos observaron con orgullo mientras él colocaba ceremoniosamente el gran regalo frente a su hija.
Shakra tardó un minuto más o menos en distinguir de qué se trataba. Servido en una gran bandeja de plata, había un grueso cupón de cartón rectangular que decía, negro sobre blanco, de simplicidad ciertamente calculada para el efecto: “Cleveland Clinic; vale por cirugía de $25.000”.
Sus parientes sonrieron todos ampliamente, sus dientes brillando de orgullo en la penumbra. Shakra, mientras tanto, estaba absolutamente devastada. Toda su familia había contribuido para que le extirparan quirúrgicamente el órgano visual que ella había planeado exhibir por vez primera. Su revelación quedó arruinada, porque... ¿ya qué sentido tendría exhibir aquello que pronto desaparecería? Sus esperanzas de una superioridad espiritual o sobrenatural también se vieron frustradas, ahora que la fuente misma de sus poderes iba a ser extirpada.
Sorprendentemente, fue capaz de mantener la calma, conservando la inexpresividad en sus ojos frontales. Sin embargo, inevitablemente, y sin que su séquito lo supiera, y mientras su madre corría a la cocina a buscar el pastel, una única lágrima negra escapó del parche de su tercer ojo y comenzó a recorrer lentamente el lado de su rostro. Era como si su órgano cerrado, enterrado, parcheado y negado, en una sola lágrima, expresara toda su tristeza y decepción.
Hundida en la desesperación, Shakra, ahora atormentada adicionalmente en anticipación de la vergüenza que desataría su maquillaje derramado, sintió que su dignidad se diluía, ya que su plan amenazaba con pronto revelarse ya deshecho frente a sus familiares. Entonces, cuando todo parecía perdido, con una claridad que ni siquiera los ojos completamente abiertos proporcionan, y mientras sus ojos frontales, bajos y enfocados enérgicamente en el vale servido, su tercer ojo, cerrado, enterrado, parcheado y negado, pudo observar claramente a su mamá mientras ésta emergía teatralmente de la cocina, sacando un pastel con la forma de un médico de dibujos animados, a lo Patch Adams, nariz de payaso y todo, confirmando de inmediato que su tercer ojo seguiría vivo, y sus poderes intactos, y que, más allá de intervención alguna, seguirían extendiendo su incognoscible puente al más allá.
De modo que, mientras sus parientes se maravillaban ante la maravilla azucarada que se extendía frente a ellos, Shakra se enfrentó a una nueva e ineludible realidad: que su tercer ojo tenía vida propia, mucho más allá de su mera fisicalidad, como una cualidad de su cerebro que sobreviviría a la extirpación del órgano, de modo que su eliminación ni la frustraría ni sería impedimento.
Shakra se sintió repentinamente empoderada. Poco importaba el maquillaje desperdiciado... El tiempo borrará mis angustias, pensó.
Sin dejar de mirar la bandeja que contenía su regalo de cumpleaños, sonrió levemente. La vergüenza pasajera no la desalentaría tampoco, ahora que se sentía elevada por el pleno despliegue de sus poderes.
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