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Los tigres y el hervor

jueves 26 de octubre de 2023
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Tres tigres sonreían, gritaban de alegría. Yo preparaba una sopa con huesos a fuego lento para calentarnos. Entraron en la cocina alborotándolo todo y asustando a los ratones entre canciones y cervezas.

Habían arreglado el viejo rover color verde del 87 y, además, habían vencido a la tristeza del día anterior gracias al innegable liderazgo del tigre uno, decía el tigre uno, ¡no!, gracias al saber mecánico que heredé del taller de mi padre, decía el tigre dos, ¡en realidad ha sido gracias al temple que tuve!, decía el tigre tres.

Mientras esperaban a que estuviese lista la cena, jugaban a hacer sombra como si fueran boxeadores y me contaban, a gritos, una y otra vez la historia de cómo habían vencido la tristeza y salvado el viejo coche rover color verde.

Yo me había pasado la tarde sola junto al fuego, vigilando los huesos que daban vueltas en la cazuela. Tenía una libreta de tapas rojas abierta por la mitad y removía la sopa en busca de palabras o rimas entre aquel hervor.

Cuando vi llegar a los tres tigres llenos de vida con el rostro dorado como llamas desordenadas, quise escribir sobre aquello y darle, después, a cada uno su poema a la hora de la cena. Yo solía escribirles en las noches frías versos inventados que les susurraba al oído. Pero aquella noche, cuando llegaron, yo no tenía más que tachones y garabatos en mi libreta de tapas rojas. ¡Por más vueltas y vueltas que daba a la sopa no había manera de conversar con los huesos que danzaban por la cazuela!

No fue hasta que la alegría de los tigres se instaló por cada milímetro de la cocina y el tigre más joven me guiñó un ojo que lo entendí todo.1

Porque al final, al final lo entendí todo como tocada por una gracia divina y recordé que había estrellas y había letras en el mundo. ¡Qué poco valía una sopa de huesos sin estrellas y sin letras!

Les preparé a cada uno de los tigres unos poemas largos de tres cucharones y medio que contenían un sinfín de palabras imposibles y de galaxias de estrellitas en color amarillo.

Y a medida que iban leyendo los tres tigres, sus cuerpos se llenaban de astrologías antiguas conformando un bonito ritual de llamas desordenadas en fase menguante.

Para cuando la luna llena de finales de diciembre, ya eran invencibles mis tres tigres de versos nocturnos.

Helena Gamos
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Notas

  1. ¡aquella alegría se había instalado hasta en los gordos cuerpecillos de los ratones!
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