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La luz en la cocina

jueves 9 de noviembre de 2023
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Click. La llave gira, y Adrián sabe que es más que una puerta la que está por abrirse. Con esa rotación de la cerradura es como si lo desdoblaran a él. Como si de pronto sus tripas gelatinosas, blanquecinas y chorreantes fueran a quedar expuestas.

Mauro sigue sin percatarse de nada. Adrián le mete un empujón y lo manda hasta media sala. Y aunque no hay escapatoria, ni manera de librarse de lo que viene, Adrián se dispone a intentarlo.

Se levanta. El vinilo del sofá se le pega a la espalda y a las nalgas como una sanguijuela monstruosa. Adrián mueve y remueve el montón de ropa en el piso pero no puede encontrar su bóxer. Un dolor crónico y palpitante le tritura las rodillas. Y los malos, los más bien terribles recuerdos que ese dolor le trae, son a la vez un anticipo del dolor que le espera.

Un nuevo giro de la cerradura. El mundo de Adrián se transforma en pura neblina. Su corazón es un tambor rabioso que le taladra los tímpanos, que le hace palpitar la parte baja del cuello.

La puerta se abre.

Ahí está papá. Mudo, congelado, los ojos enrojecidos a punto de estallar.

Jamás en toda su vida ese corredor le había parecido tan largo. Espera escuchar los gritos de papá.

Mauro ni siquiera termina de ponerse el pantalón. La vergüenza lo obliga a salir descalzo y con el resto de su ropa en las manos. Para Adrián, en cambio, no es tan fácil. El único lugar al que puede huir es a su cuarto. Toma sus prendas, igual que acaba de hacer Mauro, y corre por el pasillo. Jamás en toda su vida ese corredor le había parecido tan largo. Espera escuchar los gritos de papá. Pero no, nada. Quizás se deba a la espalda de Adrián, esa espalda huesuda, saturada de cicatrices, en la que las vértebras marcadas a través de la piel hacen pensar en un parásito hambriento emergiendo de la tierra, o al abundante vello que le cubre del ombligo a los muslos, o a esa exagerada blancura —mucho más evidente en aquellas partes que nunca alcanza el sol. Sí, quizás todo eso es lo que hace callar a papá, lo que lo anula, lo que lo obliga a guardárselo todo. Al menos hasta que su hijo esté vestido.

En su cuarto, Adrián intenta preparar una disculpa, un argumento, una excusa, cualquier cosa que atenúe el Armagedón. Se golpea la cabeza con el puño, una y otra vez. Llevar a Mauro a casa, ¿cómo pudo ser tan estúpido? Es verdad que papá tiene horarios muy establecidos, pero siempre estaba la posibilidad de que algo sucediera. Si tan sólo Mauro fuera una chica… Seguro que papá lo entendería mejor.

O quizás no. Ahí está, por ejemplo, el asunto de Renata.

En aquel momento, el cáncer de mamá regresó debido a la pena que le provocó su indecencia. O eso es al menos lo que, hasta la fecha, sigue diciendo papá. Y mamá murió, y Renata fue la culpable. Y, tras aferrarse al vientre de Renata por poco más de cuatro meses, el bebé también murió. No aguantó las sesiones de purificación de papá. Renata casi tampoco la libra. Pero, en cuanto pudo caminar de nuevo, cansada, harta de los golpes, de los sermones a todas horas, del cilicio que papá la obligó a llevar desde que supo de su embarazo, terminó yéndose. A nadie le importó a dónde. Ni siquiera al mismo Adrián.

Quién iba a pensar que ahora, junto al pecado de Adrián, el de Renata parecería tan poca cosa. Y mientras Adrián piensa en mamá muerta, en Renata perdida y en el niño no logrado, y en Mauro y en lo feliz que se sentía hasta hace unas pocas horas, las cicatrices de la espalda le pican y le arden. Esas cicatrices se las ganó luego de que papá lo pillara masturbándose. Fueron dos semanas enteras de azotes al pie del crucifijo escuchando a su padre repetir, cada vez más histérico, el pasaje de Onán. Y entre mayor la vehemencia de las palabras mayor la fuerza de los azotes, la mordida del látigo en la carne. También fue a partir de entonces que arrodillarse resultaría tan doloroso. Así que, piensa Adrián, papá debe estar ya preparando un castigo mucho más severo, uno para asegurarse de que él no vuelva a desear a otro chico —y quizás a nadie— por el resto de su vida.

Y ahora, como un condenado la mañana de la ejecución, Adrián camina de un lado a otro. Se sienta, se acuesta, se vuelve a levantar. Varias veces se para frente a la puerta: quiere encarar a su padre, terminar al fin con todo. Pero cuando tiene agarrado el picaporte, le llega otra vez el miedo.

Pega la oreja contra la madera. Nada. No se oye nada.

A través de la pequeña rendija le llegan vestigios de luz, de una vela en la cocina.

Gira el picaporte. No intempestivamente, como le gustaría, sino despacio, con la cautela de quien está a punto de acceder a una tumba envenenada. A través de la pequeña rendija le llegan vestigios de luz, de una vela en la cocina. Esa luz viaja en la penumbra silenciosa y, con sus últimas fuerzas rojizas —medio anaranjadas—, acaricia el ojo temeroso de Adrián.

Un golpe, como de algún mueble caído, provoca que Adrián cierre la puerta. Por un momento, ante tanto silencio, creyó estar solo, que él se había ido. Y lo seguiría creyendo si no fuera por esa luz que acaba de ver. Aguza el oído. Intenta escuchar algo de lo que a veces le llega desde la cocina: rezos quebrados y maquinales, gemidos de dolor amortiguados por algún objeto metido entre los dientes, el flagelo que revienta la piel. Cualquier signo de ese ritual en el que papá lleva metido varias semanas.

Exhausto de inquietud, cobardía, incertidumbre, Adrián se tira en la cama, boca arriba, los pies apoyados en el suelo.

Lo despiertan unos golpes a la puerta. Abre los ojos y sus problemas, que había olvidado por un momento, se le desploman encima, lo sofocan y lo hunden. Ahí va de nuevo el corazón, con su ferocidad percusiva. Adrián inhala y exhala varias veces. Despacio. Largo. Profundo. Toma valor. ¡Qué más da! Es mejor que todo acabe de una vez.

Abre.

No hay nadie. Y descubre que no es la puerta de su cuarto la que tocan, sino la del apartamento. Salvo por la misma lucecilla de antes —la de la cocina—, todo sigue a oscuras. Enciende las luces de la sala. El reloj marca pasado de las diez, la hora en la que, en un día normal, papá estaría apenas regresando del trabajo. Los toquidos siguen. ¿Habrá salido papá? Quizás olvidó las llaves. Adrián descorre el cerrojo con la certeza de encontrárselo del otro lado. En su lugar, un tipo al que nunca ha visto. El tipo le sonríe, y le pregunta por su padre.

Adrián va a buscar a papá. Regresa pálido, llorando, estremeciéndose. Balbucea sobre una cuerda y una silla. El hombre de la puerta lo empuja. Llega a la cocina, enciende la luz, levanta la silla, se sube en ella y le pide a Adrián un cuchillo para cortar la cuerda. Adrián obedece. Y con mucho cuidado, quizás hasta con demasiado, el hombre toma el cuerpo de papá entre sus brazos y lo recuesta sobre la mesa. Intenta reanimarlo, a pesar de la rigidez y la frialdad: le presiona el pecho, le da respiración de boca a boca.

Adrián llora y se tira de los pelos. Sabe muy bien que todo es inútil, sabe muy bien que papá está muerto. Y Adrián está a punto de soltar una frase, pero el otro habla primero:

—¡Es mi culpa! —dice el extraño, y empieza también a llorar. Le acaricia la barba al cadáver de papá sobre la mesa—. ¡Todo es mi culpa! ¡Todo!

Y se pone también a llorar. Se acerca al cadáver de papá y le acaricia la mejilla.

Después, consigue calmarse un poco, saca un papel del interior de la chamarra y se lo da a Adrián. Adrián lo toma, lo desdobla. Reconoce la caligrafía de su padre:

Lo siento. Ya no puedo más. Si ya no te veo podré por fin liberarme de este pecado que tanto me carcome.

Adiós.

Uli Hernández
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