Servicio de promoción de autores de Letralia Saltar al contenido

Doctor Psiquiatría
(un cuento del libro El inicio del fin, de Cassandra Rosabel Ferré)

domingo 12 de noviembre de 2023
¡Comparte esto en tus redes sociales!
Cassandra Rosabel Ferré
Cassandra Rosabel Ferré (Caracas, 2000), autora de El inicio del fin.

Esta historia comenzó en 1920, en la comunidad de Lakeshore. Era un pueblo a las afueras de Connecticut y se le conocía por un bello lago cercano. Junto a ese lago, se encontraba un gran hospital psiquiátrico al que iban los enfermos con grandes problemas.

A la gente del pueblo le daba una sensación desagradable el pasar por ese extraño lugar. Los más ancianos decían que allí se escuchaban gritos y llantos por la noche, pero en el día todo era tranquilo pues nadie salía ni entraba.

Allí vivía un doctor llamado Robert Smith, quien había llegado hacía una década y había creado el hospital. Era un señor de mediana edad, alto, de cabello liso y un enorme bigote. Era un hombre misterioso pues sólo se le vio una vez.

Los registros de los pacientes que morían en el hospital mostraban heridas de todo tipo: huesos rotos, quemaduras y amputaciones eran sólo algunas de las cosas que se encontraban en los cadáveres. Según el doctor Smith, eran accidentes que pasaban debido al comportamiento agresivo en los pacientes, quienes llegaban a lastimarse incluso entre ellos mismos; el personal debía utilizar la fuerza bruta para poder contenerlos.

“El inicio del fin”, de Cassandra Rosabel Ferré
El inicio del fin, de Cassandra Rosabel Ferré (Grupo Safkhet, 2022). Disponible en el Instagram de la autora

El inicio del fin
Cassandra Rosabel Ferré
Cuentos
Grupo Safkhet
Caracas (Venezuela), 2022
ISBN: 978-980-7993-00-5
26 páginas

Lo que resultaba inusual era que los pacientes dormían en celdas individuales y casi siempre tenían camisas de fuerza muy apretadas, haciendo que fuese imposible el moverse.

En ese tiempo, yo era una detective encubierta que había sido enviada para investigar las extrañas muertes de los pacientes. Mis superiores me dieron una identificación falsa y un traje de enfermera. Al llegar al hospital, las puertas se abrieron como por arte de magia y un ayudante del doctor me recibió. Era un chico de rostro muy simpático, pero sus ojos decían todo lo contrario: tenían un brillo seductor aunque esclavizante. Era confuso de explicar.

Fui llevada a la oficina del doctor Smith, quien me recibió con amabilidad. Cierto escalofrío subió por mi espalda, cierto temblor se apoderó de mis manos y cierto sudor empezó a recorrer parte de mi rostro; su amabilidad era tan perfecta que me causaba miedo. El doctor y yo hablamos un rato y me pidió mis papeles para quedar registrada en el hospital. Al cabo de unos minutos, fui guiada a la habitación donde dormiría, a mi oficina y luego al comedor principal. Esa noche no ocurrió nada, pero el nuevo amanecer sería el cambio en mi vida.

Lee también en Letralia: reseña de El inicio del fin, de Cassandra Rosabel Ferré, por Alberto Hernández.

Fui con mi primer paciente. Era un muchacho alto y flaco, muy inteligente y seguro de sí mismo; no mostraba ningún signo de enfermedad mental y cualquiera diría que la loca era yo por haberme metido en esto. Este muchacho me contó que había sido capturado en las afueras del pueblo hacía ya un mes por los ayudantes exteriores del doctor; este muchacho había sido torturado cruelmente por el personal del hospital. Me contó que la mayoría de los pacientes no estaban locos y que también fueron hechos prisioneros; según él, el doctor Smith quería sujetos de prueba para sus macabros experimentos que le ayudarían a obtener la inmortalidad, y que el personal más cercano y fiel no eran doctores ni enfermeros, sino que pertenecían a una secta llamada la Hermandad de los Fieles, cuyo objetivo era encontrar un cuerpo inmune al dolor y que no envejeciera.

—Me parece tonto —le dije.

—Los que niegan estar locos son los que más lo están —me respondió—. Estos llamados “doctores” capturan jóvenes cada noche, los drogan para aparentar demencia y mantenerlos encerrados en el hospital.

—¿Qué hacen con los que ya no sirven? —pregunté aterrorizada.

—Los matan, incluyendo a algunos doctores. ¡Cuídate! Finge ser como ellos y no pasará nada.

Por último, me contó que ese lugar había sido creado para no llamar mucho la atención de las autoridades.

Después de la consulta, fui a revisar las celdas de los pacientes: eran minúsculas y olían a sangre. Los pacientes estaban callados; se sentía un ambiente mórbido y depresivo. Había sillas eléctricas y camillas con cinturones ajustables en la sala de terapias; había aparatos de tortura en otra sala así como pacientes en aislamiento, incluso un hombre que literalmente escalaba la pared. Parecía haber gente que tenía días allí encerrada.

Salí de esas salas lo más rápido posible, entré en mi habitación e informé a mi grupo de investigación que estaría cuatro días más de los planificados.

“Si no estoy loca, terminaré estándolo”, pensé.

—Señorita Torrance, la buscan en Aislamiento —donde estaba hace un momento.

El muchacho simpático me sorprendió. Deben de haber muchas cámaras de seguridad como para que él supiera dónde estaba.

—Voy en un momento.

—¡AHORA! —respondió en una clara amenaza.

Sumisa, le hice caso y me dirigí a Aislamiento, aunque esa vez me tocó ir más al fondo. Quedé petrificada de repente: a mi derecha, había un hombre en el suelo rodeado de restos humanos, y un hombre muerto sin brazos y con una soga al cuello. El hombre vivo levantó la vista, me miró fijamente y sonrió con malicia.

—Estas celdas son raras —dijo.

Salí de mi parálisis y continué mi camino sin ver a los lados; ya me bastaba con los gritos de auxilio. Al llegar a mi destino, vi al doctor Smith sentado en un cómodo sillón.

—Pase, señorita Torrance, pase.

Mi corazón latía con fuerzas. Pensé que iba a salirse y, si mi corazón no salía corriendo, saldría yo.

—¿Qué desea, doctor? —pregunté un poco tímida, reprimiendo las ganas de llorar.

—Siéntese.

Me señaló una silla estrecha. Al sentarme, sentí un corrientazo.

“Ahora, ¿correré?”. De pronto, mis muñecas fueron aprisionadas y una gran corriente eléctrica recorrió mi cuerpo.

 

• • •

 

Estaba rodeada de espejos en los que salía vestida con una bata blanca y manchada de sangre.

Amanecí acostada en la cama donde dormí la noche anterior, algo marcada, exhausta y con dolores en las piernas. Me levanté algo adormecida y frotándome los ojos. Recuperé algo de estabilidad. Estaba parada, esperando a que mis piernas reaccionaran. Al apartar mis manos de los ojos, descubrí que el exceso de luz era lo que me dejaba ciega e inmóvil: estaba rodeada de espejos en los que salía vestida con una bata blanca y manchada de sangre. En el brazo pude divisar una aguja que arranqué de golpe y, así como me la quité, caí al suelo y empecé a ver doble. ¿Qué pasaba? No lo sabía, ni siquiera sabía si estaba despierta o dormida.

Alguien entró a la habitación y me dio un vaso lleno hasta el tope con algún líquido extraño. Me lo bebí sin pensar y, en poco tiempo, recobré el sentido, aunque no sabía qué pudo haber pasado.

Me tocó otro paciente. En esa ocasión, el muchacho parecía estar demente.

—¡Hola! —me dijo.

—Hola —respondí, intentando saber quién era.

—¿Cómo te va? —levantó la mirada y me sonrió con malicia.

—Te conozco.

—No.

—Te conozco —repetí.

—¡No!

—¡SÍ! —grité mientras él sólo sonreía.

—¡Vete! ¡No te necesito! —dijo luego de un rato.

Tampoco lo pensé mucho. Salí de ahí, aturdida. El sonido de algún coche hizo que me tapase las orejas, pero ¿dónde estaba el coche? ¿De dónde salió? ¡No lo sabía!

Caí al piso perdida por completo. Aparecí en otro lugar: en una cama que tenía, a la izquierda, una mesa con pastillas de todo tipo y donde se encontraba mi bolso. Busqué con desespero el celular y llamé al instante a mi grupo para exigir que me buscaran; la llamada fue interceptada, como era de esperarse. Busqué alguna vía de escape y salí, pues conocía ese lugar en el que estaba.

“Es una trampa”, pensé. Agarré muchos caminos infinitos, las personas de ahí me buscaban, todo daba vueltas. Me quedé en un sitio muy oculto y escuché las sirenas.

¡PUUMMM!

Me desmayé.

A los días, meses, años, siglos quizás, desperté. Mi jefe estaba a mi lado. Pregunté por lo ocurrido.

—Fuiste drogada y tomaste algo de veneno que pudiste expulsar por tanto movimiento. Fuiste atormentada con ruidos extraños y con una persona. Al doctor lo matamos y sus ayudantes se suicidaron. Los pacientes fueron llevados a terapias reales y muchos de ellos fueron muertos.

A pesar de nuestros esfuerzos, la risa del doctor sigue rondando en los pasillos. A veces se prende una luz y se ve una figura, otras veces se escuchan puertas, en otras se ven máquinas, y en otras se ve una sombra demostrando lo que es el terror nocturno de las personas. El lugar ni siquiera puede ser quemado, es como indestructible. Hemos evacuado el pueblo y el lugar está abandonado, completamente prohibido.

Yo, Elizabeth Torrance, también voy a terapia e intento rehacer mi vida aunque, a pesar de los miles de intentos, todavía recuerdo con claridad aquel rostro tan perfecto y aquel “No” tan repetitivo.

Cassandra Rosabel Ferré
Últimas entradas de Cassandra Rosabel Ferré (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio