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Son feos

jueves 23 de noviembre de 2023
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Un día después del nacimiento, se dirige a una oficina de abogados para trabar la demanda de divorcio.

El teléfono no ha dejado de sonar, pero ha decidido ignorarlo. Sabe que la mayoría lo llama para reprochar la actitud asumida después del nacimiento de su tercera hija o para felicitarlo por la llegada de ésta. La contestadora de su móvil se encuentra desbordada desde la noche anterior y ya no hay posibilidades de dejarle una recriminación o felicitación más.

Sus mocasines, jeans, franela y chaqueta casual, todos Dolce & Gabbana, son sus signos característicos de esta temporada. Es su forma de vida; ese es el mundo de ambos (allí conoció a su esposa).

La secretaria del despacho de abogados le pide que tome asiento; en unos minutos lo atenderán. El recuerdo de aquella primera noche y la naturalidad con la cual ambos se entregaron a consolidar la relación le parecía lejano y vago. Se le iba el pensamiento en la recordación de aquellos instantes de felicidad, para luego volver a la miseria pantanosa del momento actual. Pensaba: “Esas caras de plato y narices achatadas no pueden ser nuestro fruto”.

La secretaria interrumpe la pendencia que ocurría en su cerebro para invitarlo a pasar a la oficina.

—Ya el abogado lo puede atender.

Allí lo espera un hombre de unos cincuenta o quizás sesenta años, de lentes y bien trajeado (es uno de los míos, piensa el cliente). Lo saluda con un estrechón de manos y le pide que por favor se siente. Le ofrece un café que éste rechaza por un té. El anfitrión llama a la secretaria para complacerlo.

—¿Qué le trae por aquí? —le dice el abogado con una sonrisa en los labios.

—Quisiera entablar una demanda de divorcio —dice esto un poco apenado, pero no tiene otra opción.

—Claro, estamos aquí para apoyarlo en lo que necesite. ¿Y cuál sería la razón para dicha demanda?

—Cualquiera, usted dígame —al pronunciar esta frase su costosa franela se empapa en sudor y su rostro empieza a brillar.

La sorpresa del abogado se traduce en una manifiesta contrariedad y le dice: “No entiendo”.

El que vea los hijos producto de este matrimonio podrá apreciar que no se parecen en nada a ninguno de los dos.

—El que vea los hijos producto de este matrimonio —dice esto pensando en el rostro de su esposa y también en el suyo— podrá apreciar que no se parecen en nada a ninguno de los dos.

Todavía perplejo por lo que el posible cliente le decía, el abogado le pregunta:

—¿Y esa es la razón que lo impulsa a divorciarse?

—Sí —aunque su hermano y amigos le han reprochado las razones para tomar esa decisión, no se dejará influenciar por ellos.

—¿No tiene algo más concreto que eso?

—Infidelidad —duda de que ella sea capaz de eso, pero es imposible que ellos sean sus hijos.

El abogado pensó en el rodeo que estaba dando para asumir la infidelidad de su mujer. Es un verdadero imbécil; sin embargo, el dinero nunca cae mal.

—¿Ha podido sorprenderla en alguna actitud comprometedora?

—No, nunca —y al responder esta pregunta sólo piensa en los rostros de los niños.

—¿Alguna ausencia prolongada?

—No, jamás, de hecho, siempre hemos viajado juntos.

El abogado seguía sin entender bien el porqué de la demanda, pero le hace un planteamiento:

—En principio, este caso pareciera no tener una sustentación muy firme. Podemos intentar exigir pruebas de ADN para corroborar sus sospechas. Aunque debo aclararle que la prueba no tiene implicaciones legales, pero científicamente puede confirmar si la ascendencia de los niños es la suya. De todos modos, es mi deber advertirle que no creo que esta demanda tenga posibilidades de prosperar. Existe poca sustentación para una acusación tan delicada. Pudiera ser un juicio un poco largo y no sé si está dispuesto a ello.

—Claro que sí —en este momento la chaqueta también ha sucumbido a la sudoración.

—Es muy difícil, como ya le dije.

Él insiste, piensa en el tiempo que ha estado buscando algún rostro en el que pueda reconocer al de sus hijos, y la decisión es tomada.

Acuerdan comenzar la querella. El cliente, hidratado de sudor, al estrecharle la mano le comenta: “Si los viera no dudaría de la demanda. Al ver nuestros rostros comprobará que no pueden ser hijos míos: son muy feos”.

Leonardo Regnault
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  • Son feos - jueves 23 de noviembre de 2023

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