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M. 86

jueves 7 de diciembre de 2023
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Los últimos años del compositor francés Maurice Ravel fueron agonizantes. Desde el verano de 1933, presentaba los síntomas de la enfermedad cerebral degenerativa que lo condenaría al silencio por los últimos cuatro años de su vida: tenía problemas motores, de escritura y de lenguaje. Sin embargo, su inteligencia se mantenía intacta: seguía teniendo ideas musicales y seguía componiendo en su cabeza, pero era incapaz de transcribir estas ideas. Su ópera Jeanne D’Arc (su composición original número 86, es decir M. 86 en el sistema clasificatorio de su obra) nunca vio la luz del día. Finalmente, cedió a una intervención quirúrgica cerebral con la esperanza de que pudiera regresar a su funcionamiento anterior. El 28 de diciembre de 1937, murió a causa de complicaciones ligadas a esta operación fallida.

 

*

 

La luz del sol blanco se adentra en la habitación por la ranura entre las cortinas diáfanas. Está en Montfort-l’Amaury. Se escucha la canción de los pájaros afuera: había dejado la ventana abierta, hay un ligero viento y una bruma leve tapiza los suelos. La luz del sol se desliza por el costado de su cama, con el alba, hasta alcanzar sus ojos cerrados. Los abre.

Hacía años que el sol no lo despertaba —qué extraño. Se sienta al borde de la cama y observa la ventana. La había dejado abierta; hay un ligero viento empujando las cortinas hacia adentro y una bruma leve. Se levanta, apoyándose con ambos brazos inquietos. Siente la alfombra rugosa con sus pies descalzos. Se dirige al armario en frente de la cama. Lo abre. Hay un espejo colgado de la puerta derecha: se siente descansado pero comprueba que sus ojos aún están rodeados por ojeras profundas y sus párpados aún tienen dificultad en mantenerse abiertos. Más bien, se siente menos cansado de lo habitual. Ahora observa sus prendas, decidiéndose por lo que se pondrá hoy. Lo mismo de siempre, concluye. Descuelga unos pantalones negros, los sostiene sobre sus manos temblantes y luego los posa sobre la cama. Se quita la camisa con la que dormía de un gesto desgastado. Se sienta al borde de la cama y se baja los pantalones hasta los tobillos para retirar los pies de ellos. Suspira y se levanta. Toma los pantalones sobre la cama, sus manos tiemblan un poco. Sosteniéndolos, intenta subir la pierna derecha como para ponérselos pero su otra pierna se agita tanto que decide volver a sentarse sobre el borde de la cama para no caer. Se pone los pantalones. Se mira en el espejo del armario todavía abierto y se pasa los dedos por el cabello, tirando delicadamente hacia atrás. Se levanta para tomar una camisa, luego vuelve a sentarse. Introduce sus brazos, con pequeños movimientos inciertos, en cada una de las mangas. La abotona lentamente. Piensa en qué corbata ponerse, pero finalmente decide no ponerse ninguna —¿para qué? Sale de la habitación.

Se dirige al piano, rodea la mesa del comedor. Tal vez esta vez sea diferente.

Se enfrenta a las escaleras. Se aferra al barandal blanco y ornado y baja los escalones de roble desgastado lentamente, posando ambos pies en cada escalón. Al llegar abajo, mira hacia el comedor y al fondo de la sala, al piano vertical pegado a la pared, iluminado tenuemente. Se dirige al piano, rodea la mesa del comedor. Tal vez esta vez sea diferente. Descubre las teclas y pasa sus manos temblantes por encima. Despega el banco y se sienta sobre él. Está a punto de presionar una tecla, pero sus manos se arrepienten. Cierra el piano. Empuja el banco. Se marcha. Se dirige a la cocina, del otro lado de la sala. Los muros de azulejo blanco con algunos detalles en azul reflejan la luz blanquecina del sol saliente. Los azulejos blancos con algunos detalles en azul son como los de Ciboure, hace mucho. Recuerda los veranos ardientes, el mar sobre las rocas y la arena blanca. Hay un ligero viento empujando las cortinas hacia adentro y logra ver, a través de la ventana, una bruma leve que tapiza los suelos. Se acerca al armario sobre la estufa. Hesita. Abre ambas puertas, intentando ver qué hay dentro, pero tiene la vista nublada, y está cansado. Entonces, posa la mano sobre la isla detrás de él. Suspira. Mira hacia la ventana. Toma una taza debajo de la estufa y la rellena con el café de una jarra que descansaba junto al fregadero. Se recuesta sobre la isla, mirando todavía hacia afuera, a través de las cortinas diáfanas, inflándose por el viento. Posa la taza en frente de la ventana para que el café se enfríe un poco y se queda mirando cómo el viento y las cortinas arrastran el vapor que se desprende de la taza. Escucha la frágil canción de los pájaros afuera. Toma la taza con ambas manos, lo más fuerte que puede hacerlo, y se la lleva a los labios, apoyándose con los codos sobre la isla. Luego posa la taza, y hace las cortinas a un lado para poder ver el bosque afuera. Llovió durante la noche: se percata de esto por el olor a tierra húmeda que invade la cocina. Aun así, el sonido de las gotas impactando el techo no lo despertó. Qué extraño. Con las manos sobre el quicio de la ventana, se asoma y ve hacia arriba. Observa la punta de los árboles, cómo sus hojas siempre crecen hacia el cielo. Es un buen día para salir a pasear.

Abandona la taza de café a medio tomar sobre la isla, y cierra la ventana. Se dirige hacia las escaleras y otra vez se aferra a su borde orna. Sube lentamente, pero le es más difícil que bajar las mismas escaleras. En su habitación, toma la primera chaqueta a su alcance y se dirige afuera. Luego baja las escaleras otra vez, posando ambos pies en cada escalón, intentando mantener los pies en el aire el menor tiempo posible. Hesita ante la puerta de la casa, pero la abre. Siente un ligero viento sobre su cara. Observa el camino frente a él, de donde sobresalen algunas piedras cubiertas de musgo. Siente los párpados pesados; se arrepiente de no haber bebido la taza de café por completo. Camina despacio, posando un pie cuidadosamente frente al otro y asegurándose de que no haya nada en el suelo que pudiera hacer que se tropiece. Usualmente, se dirige en la dirección opuesta a su casa para poder regresar con una simple media vuelta, pero esta vez decide caminar hacia la izquierda, hacia el lago junto a la casa. Mira el costado de la casa y nota las cortinas que revolotean: había dejado la ventana abierta. Sigue caminando y una vez que alcanza la orilla del lago, se da la vuelta, alejándose cada vez más de su casa. Siente cómo arrastra los pies entre las pequeñas piedras al borde del lago. Siente el bolsillo de su chaqueta por afuera y cree encontrar su caja de cigarros. La toma rápidamente y se pone uno entre los labios. Luego siente los bolsillos de sus pantalones: no trae cerillos.

Cada vez que despega una pierna del suelo, se agita ligeramente mientras la otra se tensa, como una rama a punto de romperse.

Camina en dirección al bosque frente a la casa. Ve hacia arriba, hacia el sol entre las hojas de los árboles, cómo sus hojas siempre crecen hacia arriba. Hace frío. Luego, regresa a casa. Había dejado la puerta abierta, así que entra sin más. Vuelve a ver el piano al fondo del comedor… sube las escaleras lentamente, apoyando ambos pies en cada uno de los escalones. Cada vez que despega una pierna del suelo, se agita ligeramente mientras la otra se tensa, como una rama a punto de romperse. Se siente torpe, de algún modo roto. Llega al último escalón de las escaleras y sigue caminando hasta llegar a su habitación. Toma una caja de cerillos que había dejado sobre el buró junto a su cama.

Al borde del lago, enciende el cigarro que seguía entre sus labios. No recuerda haber caminado hasta allí, ya es una costumbre mecánica para él. Fuma mirando el lago. Su mano se agita tanto cuando intenta sostener el cigarro entre los dedos, que decide mantenerlo entre los labios, a un lado, a todo momento, sacando el humo por el otro lado. Se queda pensando, pero nunca recuerda después en qué pensaba. Puede ver las montañas del otro lado, aunque sólo de manera borrosa —se está haciendo tarde: sus ojos pesan ya con sueño. Decide regresar a casa.

Al entrar, recuerda por fin cerrar la puerta. Deja escapar un suspiro. Vuelve a ver el piano al fondo del comedor. Se acerca a él. Se está haciendo tarde pero la luz del sol entra todavía por el hueco entre el quicio de la ventana y las cortinas. Se sienta delicadamente en el banco frente al piano. Descubre las teclas de ambas manos y luego las deja caer sobre el teclado, creando un acorde cristalino. Sube las manos, inquietas, y vuelve a dejarlas caer, con más fuerza. Siente la vibración de las cuerdas del piano entre las costillas. Observa cómo se retuercen sus dedos entre las teclas negras. Luego, se prepara para tocar: Tableaux d’une exposition, rasgándose entre las notas. Ya no puede.

Ya es de noche. Decide salir. Mira la luna llena por unos segundos, luego camina hacia el lago para ver su reflejo oscuro sobre el agua ondeando. Mira los árboles, iluminados por el claro de luna, cómo sus hojas se vuelven cada vez más frágiles al acercarse a la punta…

Y luego se desvanecen en
………………….el cielo.

Salvador Galván
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  • M. 86 - jueves 7 de diciembre de 2023

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