Sor Carmela
Ese día Nacho despertó temprano para ir por primera vez a la escuela. Tenía seis años y muchos temores y expectativas. Atrás iban quedando las piñatas de los cumpleaños con payasitas que pintaban caritas, los juegos con sus hermanas mayores que lo besaban a cada rato, las canciones de plim plim y del barquito chiquito que no podía y no podía navegar. En su casa algunos querían y apostaban para que fuera un doctor, otros para que fuera general y les consiguiera prebendas con el gobierno pero ahora, le aconsejaba su mamá, tenía que ser un niño sabio y educado. Todos los que lo trataban decían que daba señales de ser muy inteligente. Tenía temores e ilusiones. Ese día, muy temprano en la mañana se vio en un salón desconocido con mesas y sillas y rodeado de otros niños a punto de llorar como él. Alguien, una mujer que ya no era su mamá, vestida de una manera extraña, se le acercó y le dio creyones y una hoja. “Dibuja una casa con nubes”, le dijo. Pero Nacho lo que deseaba era volver a su casa, con su mamá. Cada día debía levantarse muy temprano para vestirse y esperar que llegara la vieja camioneta escolar a buscarlo. Prefería estar con su madre, en el patio de la casa persiguiendo las gallinas, con sus hermanas mayores que le decían: “No te metas debajo de las faldas de nosotras, ¿tú eres un cocodrilo?, di: ‘Yo no soy un cocodrilo’, si vas al patio te puede salir una culebra o te pueden picar las hormigas, quédate tranquilo, no chilles, no te subas a la mesa, no digas malas palabras”. Nacho había llorado desconsoladamente esa primera mañana antes de vestirse para ir a la escuela.
Desde ese primer día supo que en la escuela todo era diferente a su casa; no tenía los mismos privilegios y libertades pero había otras niñas y otros niños y estaban los momentos de recreo para ir a la cantina, hacer pipí y pupú y jugar. Notaba una tensión de autoridad que lo inhibía. “No llores, será divertido”, le habían dicho varias veces sus hermanas y tías. La maestra era una mujer alta y seria, con una regla en la mano. Después de llorar y llorar acomodado a regañadientes en aquel pupitre nuevo, entendió que era mejor ganarse el cariño de aquella mujer que le ordenaba cosas, dibujos, ejercicios en la pizarra, tareas para el hogar. La segunda mañana Nacho volvió a llorar cuando lo despertaron y después, pegado a la falda de su mamá, le insistió: “No quiero ir, no quiero ir”. Pasaron días en que se preguntaba por qué tenía que ir a la escuela. Pronto, sin embargo, comenzó a inquietarle la imagen de la maestra. Se llamaba sor Carmela. ¿Sería una impostora que pretendía usurpar el lugar de su madre?, ¿podría quererlo como su madre? Sentía que era como un ser superior porque alguien vestido con aquel extraño tocado, con aquel impecable traje de monja, pensaba, tenía que ser un ser como de otro mundo, ¿sería un ángel?, pero ¿los ángeles existían? Su hermana Luisa le había hablado del ángel de la guarda como un ser invisible al que los niños debían encomendarse. Nacho veía en ella un poder que admiraba y a la vez le infundía temor.
Intentó acostumbrarse a la escuela. De pronto, aquel viernes, ya dentro del salón, Nacho tuvo una revelación: la maestra era la encarnación de un ángel pero ese ángel era a la vez un ser terrible y hermoso, capaz de castigarle o de protegerle. Comenzó a esforzarse por ser el mejor para tener su aprobación y sus elogios. Su cofia en la cabeza le daba un aire elegante, sorprendente. Todo parecía indicar que era una mujer pero tenía algo de inaccesible. No era como su madre ni como sus hermanas que lo consentían o se divertían con él. ¿Cómo era que no se había dado cuenta de que aquella maestra era un ser excepcional, pero también un poco misteriosa? Nacho se sentía atraído por ella, con confusos sentimientos de respeto, temor y admiración. Le gustaba que se le acercara y le pusiera la mano en la cabeza, “¿Cómo va el dibujo, Nacho?, ese barco está torcido, dibújale nubes en el cielo”. Las hermanas ya le habían preguntado si le gustaba la maestra, y el hermano mayor inquirió si no lo había besado. Nacho no sabía qué responder. ¿Qué querían decir con la palabra gustar?
Su madre, Ana, vio con sorpresa que pasada una semana Nacho no sólo no lloraba sino que se vestía diligentemente y esperaba que la vieja camioneta de transporte tocara su bocina para bajar al patio y subirse al puesto que le correspondía. Nacho le había dicho que sor Carmela lo trataba bien y no le pegaba con la regla. “Pero a Antolín, el hijo de la española sí le pega”, le confesó. Nacho veía con extrañeza que el ángel que parecía sor Carmela podía convertirse de pronto en un ser furioso que blandía la regla y castigaba si algún niño osaba desconocer su autoridad y transgredir las normas. “No se puede gritar, ni salir del aula, ni hablar en clase”, estipuló desde el primer día. Antolín era el más díscolo y no cumplía con las tareas asignadas. Si pasaba a la pizarra escribía su nombre como si fuera una carretera torcida, o escondía sus cuadernos o pellizcaba a algún compañero. En esos casos sor Carmela pasaba de ser el ángel benévolo que cantaba con sus alumnos a ser una suerte de ángel exterminador. Cuando la madre de Nacho fue a la escuela para preguntar por el comportamiento de su hijo, sor Carmela la trató con gentileza y le dijo que Nacho era uno de sus alumnos preferidos. Ana comprendió que su hijo se había enamorado de la maestra como se enamora un niño de las cosas bellas y misteriosas.
La escuela era un edificio de dos pisos, ubicado en lo alto de una colina. La vieja camioneta escolar subía con dificultad. Al entrar los niños debían hacer filas en el patio central, cantar el himno nacional y una canción de salutación a la Virgen para luego subir a los salones. Nacho se emocionaba al ver que sor Carmela estaba allí, en el segundo piso, tan majestuosa como siempre, a la entrada del salón, esperando que todos los niños llegaran. Quería estar a su lado, bajo su protección. Sentía a su alrededor un aire de sacralidad. Pronto advirtió que necesitaba que ella se le acercara a su pupitre y lo tocara. “¿Por qué te sudan las manos, Nacho?”, le preguntaba la maestra. Nacho no sabía qué responder pero su corazón le palpitaba más rápido y algo raro se movía en su estómago. Sin embargo eso era un secreto que no podía compartir. Nacho miraba a sor Carmela como si se tratara de un ser extraordinariamente bello, como venido del cielo, aunque sus ataques de furia lo hacían dudar. ¿Sería de verdad el ángel de la guarda? A veces se le parecía también a la Virgen María que estaba en el cuadro grande a la entrada de la escuela, antes de subir a la escalera. Ese niño que estaba con ella, no era un cocodrilo, aunque era más pequeño, ¿sería como él? ¿Quién era la maestra?, si era una mujer ¿por qué era distinta a las que él conocía?
En aquella época Nacho vivía con su familia cerca de un lago, en una hermosa casa solariega ubicada en una exclusiva zona residencial. Sus padres le pagaban aquel colegio católico de pisos resplandecientes, en el que había que ser muy ordenado y limpio. Debía pedir permiso a sor Carmela si tenía ganas de hacer pipí, pero no podía mojar los pantalones. Los padres, unos señores vestidos de sotanas blancas, enseñaban religión y daban vueltas alrededor de las aulas para que todo estuviera en orden. “Buenos días, padre, buenos días, hijo”, se decía al verlos. Nacho fue a la escuela durante muchos días y meses. Cada vez se sentía más cerca de la maestra. Algo en ella le atraía y atemorizaba. Pero llegó un día en que las cosas cambiaron. La familia de Nacho, apremiada por escasez de recursos económicos, tuvo que mudarse a un barrio nuevo donde todo parecía estar por hacer: las calles, el tendido eléctrico, muchas casas apenas construidas, sólo algunas tiendas de víveres abrían en horarios restringidos. Iría a una nueva escuela y tendría una nueva maestra. Nacho sintió como un rudo golpe la separación de sor Carmela. Algo profundo lo ataba a ella. ¿Habría sido sor Carmela sólo una visión, un milagro, o simplemente el ángel que ya no vería más?
La singular Irene
Nacho creció. Ya no era el niño tan protegido de sus primeros años. Ahora usaba pantalones largos y su madre le decía que debía entender lo que ocurría a su alrededor; la situación económica era difícil, podía haber gente que robara. Como la escuela quedaba cerca de la nueva casa, debía irse a pie, “eso sí, con mucho cuidado”, le insistía su madre advirtiéndole que había gente que robaba niños. Le habían comprado un bulto y debía llevarlo con los cuadernos y dos libros. El bulto pesaba y él, como comía con placer y en abundancia, había engordado. Nacho había aprendido a ser ordenado. Quizás se burlarían porque era gordo. Pero lo que Nacho quería saber era quién sería la nueva maestra. Su madre le dijo que no se preocupara porque él era de los mejores, quizás el más inteligente y disciplinado. Mientas tanto, sin embargo, él no podía dejar de pensar en sor Carmela.
Su padre, siempre afanado en trabajos y compromisos con clientes, lucía a veces cansado y los negocios, escuchó decir, ya no eran prósperos. El país era ahora más pobre. Todo cambió con la mudanza. Nacho perdió a sus primeros amigos. La exquisita pastelería donde sus hermanas le llevaban a pasear y comer tortas ya no estaba. Tampoco la heladería italiana. Ahora pasaba por la calle Ramiro, un señor negro que vendía granizados en un carrito con su burro. Comenzó a asistir a aquella escuela pública, que no era tan bonita y lujosa como la anterior. Ya había crecido y se había convertido en un niño mayor. Tenía diez años. Apareció ante su vista la maestra Irene. También era bonita pero ya no era angelical, no venía del cielo porque todos los días la veía subirse a aquel feo y ruidoso bus del transporte público. Durante varios años la nueva maestra iba a guiar sus pasos. Desde el primer día de clases sintió su carácter imponente. Exigía atención absoluta. Imponía silencio y respeto. Inesperadamente el primer día de clases le dijo que pasara a la pizarra a resolver varias sumas y restas. Nacho estuvo nervioso pero las resolvió exitosamente. Desde ese momento supo que no soportaría un reclamo suyo. Se sentaba en primera fila para no distraerse. Debía prestar atención y obedecer. Sentía su mirada filosa sobre su cuerpo como un peso del que había que liberarse. Entendió entonces que su amonestación podía hundirlo en el abatimiento y la desolación. Necesitaría tener su constante aprobación.
Desde los primeros días en esa escuela la maestra Irene reconoció la presencia de Nacho como la de un alumno diferente. Comenzó por asignarle algunas responsabilidades, debía contribuir con la vigilancia y la disciplina y buscar la tiza y el borrador en la dirección. Nacho entendió que debía ser un discípulo modelo aunque en algún momento intuyó que eso podía suscitar envidia y agobiarlo. Pero un día ocurrió que, después de examinadas las tareas asignadas para realizar en la casa, la maestra lo elogió delante de todos y se acercó y besó su frente. Fue su apoteosis. Todos vieron y envidiaron ese beso. Nacho comenzaba a ser su alumno predilecto. Debía esforzarse por ser el mejor. El mejor en los dictados, en las difíciles matemáticas, en la complicada gramática, en geografía, en historia. Era un peso tanta responsabilidad. Si fracasaba, la maestra ya no le daría un beso y más bien le amonestaría. Fuera de la escuela, en la tarde o en la noche pensaba cómo quedaría su prestigio delante de las bellas niñas o de los arrogantes varones si tal descalabro ocurriera. No podía dejar de pensar en la maestra y en sus responsabilidades, ella se había convertido en parte fundamental de su vida. La admiraba y temía. Cuando algún inconveniente lo entristecía pensaba en el beso en la frente para darse ánimo. Nadie más lo había recibido. ¿Podía pensar entonces que él, Nacho, era su elegido? Pero ¿de verdad era el mejor? También estaban Luis y Natalia que le hacían la competencia y sacaban bien las cuentas en la pizarra. A veces se extraviaba en sus pensamientos y no sabía si él era Luis o Nacho y si la maestra lo quería más a él que a Luis. Era como si perdiera el sentido de la realidad. Sin embargo, sor Carmela seguía siendo su invisible ángel de la guarda y a veces la imaginaba a su lado invitándolo a cobijarse entre sus piernas. Sospechaba que su cuerpo debía ser muy hermoso.
La maestra Irene era de carácter recio pero amable, alta y delgada como una torre. Tenía una personalidad rara, como si en ella lucharan amor y odio. Sin embargo irradiaba una indefinida simpatía. No sabía por qué pero Nacho se sentía irresistiblemente atraído. De algo estaba seguro: la maestra Irene no era un ángel y aunque era una mujer a veces parecía un general. Sus órdenes eran irrebatibles. El salón estaba ordenado como si los alumnos fueran piezas de una batalla, los clasificaba según su conducta y aprovechamiento. Los primeros puestos, el frente de batalla, eran ocupados por los mejores. Sólo los mejores triunfaban. El dictado era uno de sus campos de lucha, quien menos errores sacara pasaba a primera fila. Si un alumno desobedecía o resultaba muy díscolo o bromista lo remitía a la dirección del plantel para considerar una expulsión temporal. Nacho sentía la vida como una amenaza. Algo inesperado podía ocurrir en cualquier momento. Uno de esos momentos difíciles eran los exámenes. Tres maestros iban a interrogarlo. La noche previa Nacho soñó que lo perseguían. Su hermana Luisa le recomendó: “No te asustes, si no sabes qué responder, inventa algo”.
Durante mucho tiempo gozó de la predilección de la maestra Irene y del prestigio que ello implicaba, pero su poder opresivo lo asfixiaba. Las relaciones no siempre fueron felices. En una ocasión, como Nacho destacaba por su oratoria, lo designó para que representara en otros salones a la novia del curso. Se aproximaban las fiestas de carnaval. Debía hablar de sus excelencias físicas y espirituales, de su radiante hermosura para que todos votaran por ella y ganara las elecciones como reina de la escuela. Nacho intentó negarse. “Es una obligación”, le dijo tajantemente la maestra. La novia, la más bella de sus compañeras de clase, era también su novia secreta. ¿Hablar en público de su novia, a la que no se había atrevido a confesarle su amor? Como su obediencia debía ser absoluta, tuvo que hacerlo contra su voluntad. Su novia secreta fue elegida reina de los carnavales de la escuela. Ahora tendría más admiradores. Quizás a él no lo veía como el más apuesto. Intentó confesarle su pasión pero en ese momento se confundió todo y fue interrumpido por otro compañero que la besó amorosamente.
Pasado el tiempo y superados los exámenes del último año, Nacho abandonó la escuela. Al año siguiente debía continuar sus estudios en el liceo y después, le dijeron, vendría la universidad. Nacho pensó que ya no tendría maestras como sor Carmela o Irene. Todo cambia, le habían advertido. No podía olvidarlas. Su gran amor había sido sor Carmela. De pronto un día se miró en el espejo y se vio convertido en un adolescente, “eres casi un adulto”, le dijo su madre aquella mañana en que dejó de besarlo antes de ir al liceo. Ya no podía seguir siendo el niño gordo que apenas podía ponerse los cordones de los zapatos. Tendría que hacer ejercicios, levantar pesas. Un día lo intentó pero al siguiente tuvo fiebre, le dolió el cuerpo. Definitivamente no sería como esos apuestos galanes de la televisión. Entonces entendió que la infancia había sido bella, con sus altibajos de pequeños celos y rencillas con amigos o compañeros de clase, con él mismo porque no era como los demás, porque insistentemente le decían que debía ser el mejor, ¿médico, ingeniero o abogado?, porque los primos le preguntaban constantemente si ya tenía novia, si era la más bonita de todas, si ya había hecho el amor con una mujer, pero ¿cómo era eso de hacer el amor, si no sabía exactamente por dónde nacen los niños? Si, la infancia había sido bella con sus juegos y diversiones en algún carrusel y a veces triste como aquella tarde en que se llevaron a su madre al hospital porque ya casi no podía respirar. Sí, la infancia había pasado como una tarde sola, como aquel avión que apenas dejaba una estela en el cielo, como aquella bicicleta nueva y radiante que no pudo tener o como aquella mañana en que supo que ya no vería más a la altiva maestra Irene ni a la bella y angelical sor Carmela, como la aparición en sueños de su novia secreta que por fin lo invitaba a escapar de la escuela.
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