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Regreso al pueblo de los suspiros, de Grace P. Bedoya
(primeras páginas)

jueves 18 de enero de 2024
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“Regreso al pueblo de los suspiros”, de Grace P. Bedoya
Regreso al pueblo de los suspiros, de Grace P. Bedoya (Literal Publishing, 2023). Disponible en Amazon

Regreso al pueblo de los suspiros
Grace P. Bedoya
Novela
Literal Publishing
Ciudad de México, 2023
ISBN: 978-1942307556
157 páginas

I

Las madrugadas me llaman. Ese quedo silencio de las 4 a. m. me coloca en un espacio de encuentro con la nada que habita en mí.

Recuerdo el futuro desde un futuro aún más lejano. Revivo momentos que nunca ocurrieron desde un presente diferente, más lejano aún. Frente a esa calma que no juzga, imagino figuras evanescentes que cobran vida y transitan por realidades que, a veces, rozan la mía. Repaso mi historia, tal cual la recuerdo, pero desde una memoria ajena.

Observo a alguien que camina por la acera húmeda allá abajo, y que podría ser yo. El viento desdibuja su rostro y ella mira hacia mi ventana en sombras, intuyendo mi presencia. Sonríe con tristeza, y yo a mi vez le sonrío. Sigue su camino solitario y desaparece en esa oscuridad, dejándome con la duda de su existencia.

 


 

~~~

La escritora permanece sentada viendo sin observar la pantalla parpadeante de su computadora durante unos minutos que se le antojan segundos pero asimila como siglos.

El departamento en el que vive está fresco pero ella transpira. Se enfoca en la respiración abdominal de manera automática, como le ocurre siempre que la asalta la ansiedad. Los años de práctica de meditación y yoga ayudan.

Aún sentada, se inclina hacia adelante para alcanzar la cajetilla de Marlboro Light que mantiene siempre a la mano, junto al yesquero. Enciende un cigarrillo y le da una chupada honda que acelera el ritmo cardiaco pero aplaca los pensamientos. Toma la taza que se encuentra al lado del ratón. Bebe un trago de café pero arruga la expresión de inmediato. Está frío, y un dejo a fruta pasada se superpone al sabor agudo que la había deleitado apenas media hora atrás. Siente vértigo. Coloca el cigarrillo en el cenicero y camina unos pasos hasta la cocina. Se sirve una taza de café fresco y regresa a su estudio.

De pie frente a su ventana alterna los sorbos de café con las inhalaciones cargadas de nicotina. Intuye que ya debería salir para el trabajo, pero evita deliberadamente mirar la hora. Ese día llegará tarde. No le importa. Esa madrugada se ha plantado frente al abismo blanco y ha sido capaz de escribir. Enfrentando el vacío, la nada que habita en ella, ha quebrado el bloqueo en el que se hallaba sumida desde hacía varios meses. O, al menos, eso espera.

 


 

Lee también en Letralia: reseña de Regreso al pueblo de los suspiros, de Grace P. Bedoya, por Alberto Hernández.

XIX

1

Se despertó sobresaltada de un sueño incierto con una sola palabra palpitándole en la cabeza: serendipity. Sudorosa, intentó levantarse de la cama, pero no había tal cosa. En realidad no estaba en su habitación. No estaba, entendió aterrorizada, en ninguna habitación.

Miró a su alrededor y no supo reconocer su entorno, aunque le resultaba familiar. Empezó a caminar sintiendo que sus pies no tocaban el suelo. El firmamento, refulgente, exhibía la serenidad de los amaneceres de otoño. El pasto perlado se agitaba con levedad. Una libélula violeta se materializó frente a sus ojos, realizó algunas acrobacias a la altura de su rostro, giró y empezó a volar delante de ella. La mujer caminó detrás. Llegaron a un camino tan estrecho que a duras penas permitía el paso de un solo auto. El pavimento estaba agrietado y minúsculas flores silvestres brotaban de sus cicatrices. El insecto cruzó a la izquierda, volando encima del sendero. Ella lo siguió. ¿Qué más podía hacer? No tenía idea de dónde estaba y la libélula volaba con la seguridad de quien ha recorrido antes esa ruta.

Se acercaron a un viejo puente de madera pintado de rojo y verde. Ella se detuvo en seco mientras la libélula descendía sobre una de las vigas. “¿Estoy muerta? ¿Estoy soñando? ¿O estoy…?”. La sangre le golpeaba con fuerza en las sienes. Se esforzaba en respirar, pero el aire condensado y helado se negaba a entrar en sus pulmones. Agujas de escarcha punzaban su cuerpo. “Ya me voy a despertar”. Segundos después, sin embargo, seguía allí, plantada a la entrada del puente que ella había imaginado una madrugada. “¿Estoy en uno de mis cuentos?”.

Reconoció también al insecto y al río bajo el puente, ambas creaciones suyas. Se examinó a sí misma tratando de encontrar alguna lógica a su situación absurda. Vestía la piyama con la que se había acostado la noche anterior y estaba descalza. Se tocó el cabello, la cara, los brazos, las manos. Sentía. Era ella y todo parecía demasiado real para ser un sueño. Hizo un recuento del día anterior: fue al trabajo, almorzó la comida que había llevado (salmón con espárragos) junto con algunos compañeros de la oficina, siguió trabajando, entregó una asignación pendiente, tuvo una de esas largas e infructuosas reuniones en las que todos salían con las mismas dudas con las que habían entrado, apagó la computadora, tomó su abrigo y su bolso, salió del edificio, subió a su auto, condujo por la autopista (había algo de tráfico), aparcó en su puesto de estacionamiento (el 1.34), se introdujo en el ascensor, entró en su apartamento (7-G), se quitó la ropa y se puso esa misma piyama que ahora vestía de manera ridícula en pleno campo, se sirvió una copa de Pinot Grigio de una botella que llevaba destapada una semana en su nevera, cenó sentada en su sofá un poco de queso manchego y aceitunas, fue a su habitación, se lavó la cara, se cepilló los dientes, se puso la crema antiarrugas, se metió en la cama, agradeció por ese día, se acostó, y luego, estaba segura, se durmió. Todo tan habitual como siempre. “Si recuerdo todo esto, no debo estar soñando”. Así que o estaba muerta o se había vuelto loca y alucinaba creyéndose dentro de uno de sus cuentos. “Pero si hubiera enloquecido no me daría cuenta…”.

“Me morí”.

Con esa certeza se le pasó el susto, dando paso a la curiosidad. La libélula se posó en su hombro y ella se dispuso a cruzar el puente, intrigada por lo que le esperaba del otro lado. “El puente de la felicidad pasada”, recordó que era el título del cuento. Rio ante lo apropiado del nombre pensando en la creencia común de que en el momento de la muerte la vida toda pasa frente a uno. “Parece que en este caso sólo me toca recordar mi momento más feliz”.

 


 

El agua, prístina y azulada, no se congelaba aun en los inviernos más duros. Era un puente singular, aunque no sólo en apariencia.

X

Construido casi un siglo atrás, el puente se mantenía erguido a pesar del paso de los años. Era una construcción cubierta. Sus vigas y columnas de madera pintadas de verde y rojo no se habían corrompido, pero mostraban el desgaste de los años con dignidad, como los pliegues en el rostro de una abuela aristocrática. El río que corría abajo mantenía su mismo caudal exacto sin importar la época del año, la inclemencia de las sequías ni los diluvios que barrían de manera cíclica las cosechas cercanas. El agua, prístina y azulada, no se congelaba aun en los inviernos más duros. Era un puente singular, aunque no sólo en apariencia.

Su peculiaridad se manifestaba cuando algún caminante lo atravesaba. A medida que sus pasos hacían crujir los maderos y abajo la corriente tintineaba entre las rocas, un aura seca y helada inundaba su rostro obligándolo a cerrar los ojos. Entonces, al encontrarse casi a la mitad del puente, era transportado a su recuerdo más feliz. Algunos que habían vivido la experiencia se detenían confundidos no tanto por el hecho extraordinario, sino por el súbito reencuentro con una sensación ya olvidada. Su primer beso de amor (el único verdadero quizá), el día del nacimiento de su bebé (quien con los años se convertiría en un drogadicto), la tarde en que terminó la casa azul y blanca que cumplía los sueños de su amada esposa (una experiencia pletórica que, por supuesto, omitía la noche en que la encontró cabalgando al amante en la cama de roble macizo que también él había construido tabla a tabla), la mañana en la que, ya a las puertas de la vejez, había visto por primera y última vez el mar.

Al cabo entendían que debían seguir caminando pero lo hacían despacio para que la vivencia se alargara el mayor tiempo posible. Al llegar al otro extremo se detenían llorando, invariablemente; lloraban por la felicidad pasada, las penurias presentes y la inocencia dejada atrás.

Una tarde, una niña llamada Ana se alejó de su casa un poco más que de costumbre, mientras perseguía a una libélula violeta. Un perro negro las observaba cauto desde la ribera del río. Seguía cada movimiento de la niña con la mirada, sin mover un solo músculo del cuerpo. La libélula parecía seguirle el juego a Ana. Volaba alto y luego se posaba en alguna flor, al alcance de la niña. Pero cuando ésta se disponía a alcanzarla, levantaba el vuelo y se alejaba. Y así hasta que llegaron ambas al umbral del puente. Ana se detuvo asombrada y admiró sus colores, que le recordaron a una casa de muñecas. Se adentró en el puente cubierto y se sintió dentro de un castillo medieval. En el suelo observó a un ejército de hormigas fosforescentes que marchaban en zigzag. Un cascabeleo desvió la atención de la niña y la impulsó a asomarse a través de una de las ventanas. Vio allá abajo al arroyo —y le pareció que tarareaba. Observó por un rato la corriente esquivar las piedras hasta que, frente a sus ojos, tres peces dorados y azules saltaron sobre el agua al unísono y casi en total verticalidad. Un céfiro frío le hizo cosquillas en la nariz mientras la libélula aleteaba suspendida frente a su rostro antes de adentrarse de nuevo en el puente.

La niña corrió a toda velocidad tras al insecto y así llegó al otro lado, casi sin aliento. Aunque Ana no tenía manera de saberlo en ese momento, ese sería el recuerdo que la asaltaría 72 años y 11 días después, al cruzar el puente de regreso a su pueblo. Ignoraba también al perro que la acechaba y que estaba a punto de impactar su vida de manera irreversible.

 


 

La escritora se agachó y Ana corrió a su encuentro, abrazándola. La mujer acarició la mejilla izquierda de la niña, perfecta, y cerró los ojos por un instante.

XIX

2

La escritora caminó por el puente mientras un soplo metálico peinaba su rostro. Los ojos le ardían pero no sucumbió al impulso de cerrarlos. Se asomó por la baranda y miró el arroyo. Le pareció desconcertante, una presencia irreal envuelta en una atmósfera cargada de fragancias irreconocibles.

Como una mascota a la que su dueño hubiera llamado, la libélula se apartó de su hombro y voló sobre el camino de grava que, más adelante, se perdía tras una pequeña colina. La mujer la siguió. Momentos más tarde, al llegar a la cima, pudo ver a la niña. La libélula hacía arabescos frente a ella, así que la mujer la reconoció de inmediato. Ambas se detuvieron. La escritora se agachó y Ana corrió a su encuentro, abrazándola. La mujer acarició la mejilla izquierda de la niña, perfecta, y cerró los ojos por un instante, recordando con dolor el episodio del perro y sus consecuencias.

“¿Cuál es tu recuerdo más feliz?”. Fue un pensamiento que flotó en el aire sin que ninguna de las dos articulara palabra alguna. “Este…”.

—¿Estoy muerta? —preguntó la escritora, y le asombró el sonido ahuecado de su voz.

En lugar de una respuesta, la niña le plantó un beso en la mejilla, tomó su mano y la guio hacia la entrada del pueblo.

—¿Dónde estamos? ¿Cómo se llama este sitio?

Ana señaló el viejo cartel con fondo gris y letras blancas que anunciaba el nombre del pueblo: Los Suspiros.

—Claro, ¿dónde más íbamos a estar?

Grace P. Bedoya
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