Publica tu libro con Letralia y FBLibros Saltar al contenido

Regreso al pueblo de los suspiros, de Grace P. Bedoya

jueves 11 de enero de 2024
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Grace P. Bedoya
En su novela Regreso al pueblo de los suspiros, la venezolana Grace P. Bedoya explora los límites de la ficción. Cubi Studio

 

“Regreso al pueblo de los suspiros”, de Grace P. Bedoya
Regreso al pueblo de los suspiros, de Grace P. Bedoya (Literal Publishing, 2023). Disponible en Amazon

Regreso al pueblo de los suspiros
Grace P. Bedoya
Novela
Literal Publishing
Ciudad de México, 2023
ISBN: 978-1942307556
157 páginas

Para ser, tenemos que narrarnos, y en ese cuento de nosotros mismos hay muchísimo cuento: nos mentimos, nos imaginamos, nos engañamos.
Rosa Montero, La loca de la casa.

1

La escritura de una novela donde la imaginación se desborda aventura al lector a imaginarse, a ser lo que a veces no es: un sueño o un invento de él mismo. Pero más que eso: el lector se reconstruye y retoma el primer capítulo, lo califica desde el destino del último y retorna a la lectura que habrá de ser: se lee una novela con toda la imaginación que la narradora, en este caso Grace P. Bedoya, ha insuflado a sus palabras.

Se trata de una poética de lo fantástico, o como Gianni Rodari llama el “tema fantástico”, enarbolado en su libro Gramática de la fantasía: introducción al arte de inventar historias, que en esta novela, Regreso al pueblo de los suspiros, expresa una clara impresión: hacer que el lector se quede metido en las diversas sorpresas que contienen sus páginas sin dejar de saborear lo imprevisto, lo inesperado, una estética del cuento que somos o queremos ser, como escribe Rosa Montero.

Desde el mismo instante en que se abre el libro, la fantasía toma por asalto a quien inicia la aventura de ser quien no es: un extraño en medio de tanta rareza, de tanta fantasía en medio de tantas realidades. Se somete el lector a una crisis, la de la verosimilitud. Ocurre que se cree que lo que se ve, lo que se huele, lo que se mueve. Y aquí ocurren esos efectos: los eventos y personajes son tan fantásticos que son reales ante la imaginación de quien se siente favorecido por la magia de la lectura.

Volvemos a Montero con estas palabras:

De manera que nos inventamos nuestros recuerdos, que es igual que decir que nos inventamos a nosotros mismos, porque nuestra identidad reside en la memoria, en el relato de nuestra biografía.

Es decir, la escritora, el personaje que se desdobla desde Bedoya, cuenta historias que le sucedieron. Es decir, que las imaginó, porque todo lo imaginado es real. Se convierte en real. Es tan real que lo creemos, que lo vivimos, sobre todo si está bien escrito, si está bien contado, si el relato es ese yo o nosotros que se traslada al él que lee, que también se imagina parte de lo que acontece en las páginas que repasa.

De allí que hablemos de una poética, en este caso fantástica. En este caso de la imaginación.

Otra vez Montero como sostén de lo que se vierte maravilloso cuando se cree en lo que se inventa:

Escribir, en fin, es estar habitado por un revoltijo de fantasías, a veces perezosas como las lentas ensoñaciones de una siesta estival, a veces agitadas y enfebrecidas como el delirio de un loco.

Cada personaje es un doble, un pedazo de existencia de quien los inventa.

Un lector común que entre en las páginas de Bedoya podría llegar a pensar que se trata de locura. Y podríamos, los lectores ya avezados, decir que todo narrador lleva un loco a cuestas, un esquizofrénico o un frenético atado a las voces ajenas que oye y convierte en propias.

Cada personaje es un doble, un pedazo de existencia de quien los inventa. Un novelista es temático, en el sentido estricto de palabra: es decir, nadie lo saca de sus temas. Nadie lo rescata de su afán por crear, inventar, trasladarse de un sujeto a otro con su yo y ubicarlo en un espacio y dotarlo de una aventura, de un don o de un poder.

Desde esta poética, desde esta fantástica intromisión de la narradora, desde su intrépida irrupción en la vida de los personajes, desde quienes son ella y el lector, la novela que leemos es más que una novela: son varias novelas constituidas por relatos que se van entrelazando o deslindando unos de otros, pero sin perder la “cordura” del texto que logra redondear un final donde el cierre queda abierto, porque, para ser más fantástico, ninguna novela tiene final. Toda novela es continuación de otra, porque todo lo imaginado, todo lo mentido, a la larga, se convierte en mito y los mitos suelen convertirse en verdades.

 

2

Quien narra —también actúa—, la “escritora”, regresa al pueblo de los suspiros, un extraño fenómeno (como todo fenómeno) que ocurre en horas de la tarde mientras los habitantes, los pocos habitantes del pueblo, se reúnen para ver morir el día. Pero la escritora deja de lado los suspiros, esos pájaros invisibles, aéreos, imaginados, como el rocío, y se adentra en su propia psiquis. No sabe si está viva. Si lo que vive es un sueño. Por eso en varias ocasiones se dice como si se preguntara: “Estoy muerta”.

Y la misma narradora (se) la califica de fantasma. Como todo fantasma, es capaz de imaginar, de fantasear desde su realidad para convertirla en su fantasía. Entra y sale de la ensoñación. Entra y sale de la realidad para entrar y salir de la fantasía. Es un juego que, como ella misma hace ver, es realidad o sueño entre lo palpable y lo soñado: esos son los suspiros. El inicio que luego se vierte en otra poética donde los personajes también cambian de rostro y de personalidad. Entran y salen de ellos mismos. Actantes y objetos se trasladan de un tiempo narrativo a otro. Juego de tiempos: presente y futuro o pasado se despliegan a través de todas las historias. No tiene empacho en moverse de un sitio a otro y cambiar de tono. La novela es muy plástica en este sentido.

 

De allí que la escritora diga: “Yo vine a buscar respuestas”, y las consigue en la medida en que va inventándose.

3

Los personajes se despliegan en una suerte de semiología de lo asombroso. Cada uno es una representación de lo imposible: es decir, de lo que puede ser posible en arte, en imaginación. Así, el genio del diccionario, las permutaciones, las tres con sus tres requisitos donde la fortuna, el amor y el éxito irrumpen como paisaje en la memoria. Ella también pidió serenidad, valor y sabiduría.

De allí que la escritora diga: “Yo vine a buscar respuestas”, y las consigue en la medida en que va inventándose para crear todo el asombro en cada uno de sus personajes.

También, Adelina, la mujer de los libros, especie de psíquica que todo lo sabe de antemano, hasta los pensamientos más profundos. Al preguntar: “Y dime, ¿cuál es tu problema?”, pone las condiciones para solucionarlo. Adelina tiene conciencia de que es un personaje creado por la escritora.

Otro personaje, la Luna, que baja de su altura en pequeño tamaño para comunicarse con quien la invoca. La Luna, enamorada de un cometa.

Todos esos personajes, alucinantes, creados para alucinar, para acercar a quien aún se siente niño en el adulto, quien seguramente pensará en aquella Alicia en su país maravilloso mientras Adelina se convierte en estrella.

La imagen del muro vivo, del que la escritora dijo: “Nunca escribí acerca de esto”. Es decir, se le escapó la fantasía de las manos y se hizo realidad el muro desde la fantasía de lo no realizado.

Por eso: “Con angustia comprendió que ya no se encontraba dentro de ninguno de sus cuentos, sino en una versión de los inframundos mitológicos”.

Y así, la sufridora, la que parió a Constantino, el niño que no sentía dolor en el cuerpo. El que creció y se hizo famoso. El perro cojo que se curó milagrosamente de su pata y la libélula como una metáfora aérea, iluminada. Y la oscuridad, mientras ella, la escritora, se debatía en el muro, en su interior laberíntico.

—Esto no es un sueño —dijo la voz masculina.

(…)

—Si ya te habías dado por muerta, ¿qué más te puede pasar?

—¿Y si en realidad no estoy muerta?

—¿Desde cuándo le tienes miedo a la muerte?

(…)

“Pero claro, eran sueños. Uno no se muere en un sueño”.

Novela onírica: la tesis de los “sueños ajenos”, la geometría de la caverna donde los sueños se construyen y se desvanecen. Visión platónica.

“Ella era una coleccionista de sueños ajenos. De pedazos de sueños…”. De manera que le robaba sueños a la gente que se descuidaba mientras dormía. Y eso lo hace la escritora a través de sus personajes. O los personajes a través de la escritora. Un intercambio de roles.

El síndrome de Pandora: los sueños están encerrados en un cofre. Unos escaparon y se adueñaron de los sueños del mundo. Diversos universos personales fueron tomados por esos sueños.

La novela es un continuum en el que cada personaje deja de ser para convertirse en otro.

La novela es un continuum en el que cada personaje deja de ser para convertirse en otro, pero siempre es la escritora con rostro o sueño ajeno. De allí la poética de la invención fantástica, la de la revelación de una mujer que se multiplica en sus creaciones. Y así llega a Ofelia, al jardín mágico de una mujer cuya pobreza es tan extrema que vive en un rancho mientras su jardín, con sólo pedir, produce todos los frutos, flores, árboles y riachuelos: un edén en el patio de su miserable casa. Rica afuera, pobre adentro. El sueño se hace en el afuera, encantado. Y luego, la muerte de Ofelia: convertida en estatua vendida a la alcaldía, es llevada a la plaza del pueblo para ser admirada y fijada en los ojos de un viejo pintor, Pigmalión, silencioso, mago, que hace de la gente otra, que reconstruye el cuerpo maltratado de la joven Ana y aleja con desdén a la mujer rica que se miente a ella misma. Ofelia se siente viva de nuevo gracias al poder de las palabras. He aquí, entonces, la magia de la literatura: la escritora tiene la capacidad de volverla a la vida con sólo invocar el verbo.

Más adelante, con el truco y arbitrio de las palabras, Ofelia resucita en otro capítulo. Suerte de Lázaro, de milagro en el que sobresale esta declaración: “…me regalaste el poder de la imaginación”.

Salta de plano narrativo, de tiempo espacial: Melquíades Ruperto, el loro de las González, quien enloquece. No hablaba y cuando lo hizo comenzó a descubrir los secretos de sus dueños y vecinos. Y por eso terminó en una olla, como sopa. Una humorada negra en medio de tanta magia. Y así siguen brotando, como arbustos, los personajes: el espejo que canta, Jacinto, el genio escondido, Pigeón…

Por eso, “crear historias para llenar las ausencias”. Para recoger los recuerdos que huyen, los “escapistas”, los que se pierden en la maraña de la realidad. Una metáfora de lo que ocurre en este hoy donde la tecnología borra el pasado real y lo hace virtual, más allá de los sueños.

Ofelia no se pierde. Cierra el libro con un diálogo silencioso mientras la escritora sigue su camino desdoblada, inventada, reinventada, presta para seguir su ruta en la que seguirá imaginándose para convertirse en un recuerdo vivo.

(Este es un bello libro que deben leer los adultos con mirada de niño y los niños con mirada de adultos. Un libro donde la magia y la realidad se encuentran para crear nuevos mundos).

Alberto Hernández

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio