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Barro en los ojos, de Carmen Pineda
(primeras páginas)

viernes 9 de febrero de 2024
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“Barro en los ojos”, de Carmen Pineda
Barro en los ojos, de Carmen Pineda (Versátil, 2023). Disponible en Amazon

Barro en los ojos
Carmen Pineda
Novela
Ediciones Versátil
Barcelona (España), 2023
ISBN: 978-84-18883-69-9
312 páginas

Un Clio rojo serpentea por las veredas que dibujan sobre el erial una cuadrícula imperfecta. La ciudad de Madrid es un dibujo impreciso, un rumor de fondo. Más allá de Alcorcón y de Móstoles se desborda el campo. Seco en este septiembre sin lluvia. Polvoriento. Vacío de pastos. Las largas del coche rompen la oscuridad por la que transita un silencio ensimismado. Las ruedas levantan una arenilla que se confunde con el gris del entorno. Al llegar a una granja, el chico que conduce gira a la izquierda. “Es por aquí”. La granja a su derecha y una fábrica enfrente son el único testimonio de vida en el secarral.

—Joder, macho, ya te vale. No tienes ni puta idea de dónde estamos, ¿a que no?

El chico que protesta a su lado tiene los ojos entrecerrados, como si hubieran decidido irse ya a dormir.

—Sé perfectamente dónde estamos. Me conozco esta zona de puta madre.

Un coche sin luces se cruza con ellos y él aminora la velocidad.

Lee también en Letralia: reseña de Barro en los ojos, de Carmen Pineda, por Jorge Gómez Jiménez.

—Hijos de puta, encender las luces. —Y al amigo, un tanto ufano—: ¿Lo ves? ¿De dónde coño te crees que vienen estos? De pillar. Míralos, si van en plan espía.

Las chicas, en el asiento de atrás, ríen con dientes desperdigados.

—Si es que sois tontos los dos. A quién se le ocurre ir al poblado a estas horas.

El conductor proyecta una sonrisa de malo por el espejo retrovisor. Probablemente ensayada en el espejo de su baño:

—El Pipa no duerme. Tiene la mercancía lista a cualquier hora.

El coche gira de nuevo a la derecha. El camino es ahora más estrecho y pedregoso, y el vehículo se tambalea. El río, al fondo, desprende una quietud de arcilla. El agua, aprisionada por el lodo, respira fatigada. El chico detiene el coche, pone las largas para rastrear los matorrales que bordean el cauce. El silencio se pega a los tímpanos en ese crepúsculo de principios de septiembre. La claridad del nuevo día es solo una intuición, una especie de bruma o de humo blanco que traza cicatrices de reyerta en el aire.

—Aquí no hay nada, tío, ¿no ves que estamos a tomar por culo del Xanadú? Si es que tenías que haber ido por la autovía. No habríamos tardado ni cinco minutos.

El conductor masca chicle y reproches:

—Y que me hagan soplar, ¿no?

—A esta hora ya no hacen controles, son ya las seis.

—Y una mierda, que al Guille lo pillaron a las seis en el Xanadú, así que no te flipes, que te flipas mazo.

La novia del conductor empieza a tiritar y corta la discusión:

—Vámonos, joder, aquí no está el puto poblado y me estoy congelando. — Su chico la abraza.

—Es que vas casi sin ropa, tía —le reprocha el amigo—. Ponte una chaqueta.

—Y tú cierra la puta boca, que pareces mi madre.

El conductor entra en el coche y los llama con un pitido que pone fin a la bronca:

—Vamos, si estamos al lado, un kilómetro más abajo por este camino, ya veréis. —Lanza un bote de Coca-Cola al río antes de arrancar. El agua no se inquieta, transpira despacio, agoniza.

No sabe dónde está. Todo es negrura a su alrededor. No siente el cuerpo. De pronto la invade un dolor seco en el cráneo.

A pocos metros de allí, Alicia abre los ojos, confusa, como desterrada de un sueño. Oye algo a lo lejos, un claxon, unas voces apenas audibles. No sabe dónde está. Todo es negrura a su alrededor. No siente el cuerpo. De pronto la invade un dolor seco en el cráneo. Una opresión caliente le recorre la garganta, las costillas, le penetra los pulmones. Nota algo viscoso y sucio cayendo por sus ojos y un sabor pútrido en la boca: de lodo o de bichos o de ambas cosas a la vez. Aguza la mirada, intenta discernir el entorno que la envuelve. Apenas puede respirar. Trata de hacerlo, pero un barro pringoso se le mete en la nariz, en la boca, en la tráquea, le atenaza el pecho. Las voces pasan de largo, se desvanecen. Se asfixia. Tiene las manos inmovilizadas. Un montículo de tierra la aplasta. Ella intenta mover un brazo, luego el otro, trata de abrir un hueco de lombriz en la tierra blanda y húmeda, que es cada vez más sólida en la cara, más opresiva en la nariz. Ya ni siquiera puede despegar los ojos. La tierra solapa los párpados. Y, sin embargo, intuye que cerca sopla un viento frágil, que está muy cerca de la superficie, que podría salir con un impulso fuerte. Arrastra las uñas en un intento de horadar la tierra con ellas. Un perro ladra a lo lejos. Cree saber dónde está. Oye el latido imperceptible del río, el leve murmullo del agua sometida a los vertidos de las chabolas. Fuerza la voz, comprende que está enterrada, que va a morir si no la oyen. Sabe que no han cavado un hoyo muy profundo. Pero cuando abre la boca solo recibe más tierra. Los pulmones se retuercen. No le queda oxígeno. El pecho se encoje, se cierra. Las voces aletean como moscas contra un cristal. Ella aprieta los ojos aterrada, presa del pánico. Va a morir, se está muriendo. Sin despedirse de nadie. Con tantas cosas aún por vivir. Dieciséis años. Una impotencia insoportable se le quiebra en la garganta. ¿Cómo aceptar la muerte tan pronto? Su cuerpo se repliega, se hunde como si lo absorbieran las entrañas. La oscuridad sin oxígeno es pavorosa, se arrastra en soledad hacia el infierno. Y desgarra más el miedo que la asfixia. El miedo a la certeza de la muerte que la espera, que ya la abraza. Las uñas desisten. Los brazos abandonan, también el cuerpo. Las voces son un eco tan lejano como el rumor de la fiesta. El pecho enmudece.

Solo hay silencio a esa hora.

El sol asoma tibiamente, salpica el río de puntos luminosos que se mueven como lombrices aburridas. Sus rayos débiles aún no calientan la humedad que, justo en ese instante, revolotea a unos kilómetros de allí, en el barrio de El Hospital, por donde empieza a circular el camión de la basura. La luz lo sigue a una distancia prudencial, ilumina los restos de la fiesta en las inmediaciones del recinto ferial, detrás de los institutos y del colegio, enfrente de la piscina municipal. Hamburguesas mordisqueadas, latas de refrescos y de cerveza, botellas de plástico aplastadas junto a otras de cristal, algunas de pie, como supervivientes de una hecatombe, otras derrumbadas por el suelo: de whisky, de ron, de ginebra, una de anís.

—¡Coño, de anís! Estos se beben hasta el agua de los floreros.

Los barrenderos que llegan a esa hora recogen desperdicios y protestas.

—Estoy hasta los cojones de este curro. Putos críos consentidos, cojones, mira cómo ponen las calles todos los fines de semana. No me tocará la quiniela para retirarme.

El compañero sonríe.

—¿Ya no te acuerdas de cuando lo hacías tú?

El sol se despereza con ímpetu a las 7:42, como si un dedo invisible lo hubiera despertado. El barrendero refunfuñador se frota el mentón.

—Hoy va a hacer un calor de la hostia.

A siete kilómetros de allí, la luz destella entre las ramas de un álamo que resiste a la podredumbre del río. La mano ha dejado de buscar la salida. Entre la tierra reblandecida por la proximidad del agua se intuyen dos uñas que esperan, como fósiles de un animal extinto, a que alguien las encuentre.

Carmen Pineda
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