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Perfil de madre

domingo 25 de febrero de 2024
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Bastaron cuatro almuerzos, apenas, para que todos recordásemos de golpe por qué desde hacía más de una década no visitaba a mis padres dos días seguidos, y en caso de que hiciera el par, con el prudente intermedio, no volviera sino hasta dos semanas después, en el mejor de los casos.

Mi hermana Rocío miraba atenta su plato, como si la contemplación de los bordes de la lechuga le posibilitara, a lo mejor, recordar el término faltante de una fórmula decisiva. La pobre, que vestía todavía su traje de la clínica, impecable. Por años se encargó de mantenernos a todos más o menos contentos en reuniones. Pero los choques entre mamá y yo, su primogénito, apenas bajo la forma de amago, trazaban de inmediato el límite de sus facultades. Papá, como siempre, guardaba silencio. Las venas de su frente cobraban mayor espesor con cada mordida, como si el bocado de turno se resistiera a la trituración extrema, de pronto, necesaria.

—Mamá. Vamos. Tan sólo pregunté la hora.

—Es que lo siento como presión. No puedo, simplemente, hacer ya mis cosas, tranquila. ¡Aquí tenemos un orden! Comemos a las dos.

Siempre tienes una respuesta para todo, no puedes quedarte callado.

—Bien, entiendo. Y simplemente te pregunté a qué hora lo harían porque hace mucho tiempo que no almorzamos juntos, y recuerdo que antes tocaba más temprano. Da la casualidad de que tengo que tomar unas pastillas bajo receta. Pensé que, de ser necesario, podía comer algo ligero antes para no alterar su horario. La idea no era que adelantasen todos el momento.

—Siempre tienes una respuesta para todo, no puedes quedarte callado, es imposible hablar contigo decir lo que uno siente, expresar el dolor que causas a veces… Pero mejor me callo, estoy muy tensa y… no, es mejor no decir nada…

El viejo deja los cubiertos sobre el plato, que todavía contiene entera la porción de arroz y parte de la ensalada, incluso un poco del asado. El ruido como de cristal divide en dos la sesión; ahora sí que se complicarán las cosas. Rocío apresura un sorbo de agua y quiere intervenir antes que papá hable o haga algo, antes que el impertinente de su hermano responda a mamá, que en ese instante mira por la ventana y aprieta los labios, como si allá afuera, por sobre el muro del jardín asomase, quizá, la cabeza su ángel de la guarda, una vez más, después de haberla cagado por completo.

 

Entonces, ocurrió…

 

*

 

Cuántas veces, sin darme cuenta, he estado a punto de reducir la imagen de Norma al perfil que su seriedad, pulcritud y tenacidad dibujaban, matizado por chispazos de dulzura, sobre todo con los nietos que Rocío le dio, y salpimentado por las lágrimas, entre leves sorbos y, siempre, pañuelo en mano, en recuerdo de los muertos, además, claro, por la ingratitud de su hijo.

¿Cabría, acaso, decir que “felizmente” no ha ocurrido, pues siempre pasó algo en el instante en que la estampa ha estado a punto de cristalizar? ¿Corresponde celebrar la interrupción del alguien más, con el recuerdo de que no, las cosas no fueron tan de ese modo?

Quizá fuera mejor que la memoria cuajara como tal en torno a aquellos rasgos más o menos claros, que protegiese así, en su núcleo, la verdad incognoscible de su persona, al margen, en una suerte de vacío de palabras.

Lo que me lleva a pensar en otros apuntes:

 

Lo demás son golosinas simples y ¿qué gusto podría haber en compartir de éstas, si se las compra cualquiera?

Recuerdo esos caros conejos y corazones de chocolate que tanto le gustaban a ella, no para comerlos, sino para quitarles el envoltorio de fino papel aluminio, luego quebrarlos y repartir los trozos entre nosotros. ¿Y tú, mamá? No, a mí me cae mal; es muy fuerte el de este tipo, pero si no es así, cacao tan puro, tampoco vale la pena, decía; que lo demás son golosinas simples y ¿qué gusto podría haber en compartir de éstas, si se las compra cualquiera?

De modo que el silencio se queda con ella. Ese silencio suyo, tan pesado.

Cuando se enojaba de algo, y sí que podía ser cualquiera la causa, callaba. Desde la madrugada, pues el enojo tenía que haber madurado con el sueño y ardido bajo sus párpados a la luz de la luna, que tanto decía que la hechizaba, se daba a sus labores con el ceño fruncido, haciendo no mucho ruido, pero sí suficiente para que todos despertásemos, bien enterados de lo que se venía. Entonces, parecía mucho más ajetreada que de costumbre, como si los quehaceres de la casa se hubieran hecho todos urgentes para el minuto siguiente, y si uno le decía, por ejemplo, en qué te puedo ayudar, respondía, sin siquiera volverse a ti, en nada, y seguía con lo suyo. Y, una vez te dabas vuelta, te adhería a la espalda una mirada de ira atroz, como un beso ácido, que finalmente reclamaba fuera reconocida. Todos la vimos echársela a la nuca de algún otro. No disimulaba, es más, quería testigos. Su cólera era algo que no tenía, tampoco, por qué ocultar, decía luego.

Cuando la atmósfera en casa acababa por resultar irrespirable, con frecuencia, antes tan siquiera del desayuno, luego de que uno y otro le preguntamos que qué ocurría, estallaba la bronca. Siempre con la misma escena inicial: perfil de agonía, mirada hacia la ventana, labios apretados, toda la furia convertida mágicamente en humildad, en afán de justo reclamo a quien la oyese en las alturas, que aquí, pues puro necio tenía alrededor, puro mal agradecido.

Un lápiz extraviado. Una lámpara que alguien dejó encendida toda la noche. Que alguien no pudo llegar a la hora citada para una simple cena más, nada de especial en el calendario. Algo así podía causar el estallido. Norma administraba la economía del hogar, así que nadie quería pedirle dinero. Cada acto de generosidad suyo parecía responder ante todo a un sentido de la justicia y a una generosidad más allá del común entendimiento. Cualquier observación al respecto era, por lo tanto, vista como un atrevimiento. Me ven como una tirana, clamaba; me tratan…, ¡me tratan como si yo les dijera que esta es sólo mi casa y no la de ustedes, como si no les dejara vivir libremente!

El único que respondía era su hijo. No precisamente con tino. Poco después la situación se complicaba porque, en el afán de moderarse unos a otros, hermana y padre acababan por reclamarles sensatez, con lo que era claro qué pensaban de ellos, en el fondo. A Rocío, la acusación de que era incapaz de quedar mal con alguien, empezando por sus padres, parecía afectarla bastante; efectivamente, asimilado el golpe, sus afanes por conciliar a todos acusaban modales más afectados aún. Y no faltaron algunas buenas bofetadas, por supuesto, de la madre al hijo.

Se sentó a llorar de brazos cruzados, perfil iracundo, ignorando al hijo que no se había dejado pegar debidamente.

La vez que él evitó el golpe anteponiendo el brazo, Norma gritó de dolor por su muñeca, y se sentó a llorar de brazos cruzados, perfil iracundo, ignorando al hijo que no se había dejado pegar debidamente y que ahora enfrentaba al padre, quien le invitó a largarse de la casa.

Cuando, con veinte años, ganó la beca a la cual se había presentado sin decir nada a su familia y dijo que ahora sí que se iban, Norma lloró copiosamente. Decía que sentía por él tanto orgullo… Y, mientras tanto, él recordaba:

Tenía cinco o seis años, apenas cumplidos; su papá y él conversaban sobre lo que iría a hacer de su vida ya mayor; entonces, mamá intervino: sí, porque, mira, hijo, te veo dibujar todo el día y hacer muchas cosas bien, pero, a ver, en serio, ¿qué quisieras hacer? Ah, pues me gustaría mucho viajar y hacer documentales, ¡como Jacques Cousteau!, y poner mi voz a todo lo que se dice de esos animales… O paleontólogo… Interesante, muy interesante, comentaba papá… Pero… ¿Sí, hijo?… Creo que no, creo que lo que más me gustaría sería dedicarme a dibujar, pintar; sí, es que es distinto, más que lo demás…

Papá rio. Bueno, como todo buen trabajo requiere de esfuerzo, de mucha disciplina… Norma, sin embargo, se quedó muy seria, nariz al suelo, labios fruncidos. ¿Qué pasa, mamá? Nada… ¿Segura? Tranquilo, hijo, déjala, a lo mejor se ha acordado de algún otro asunto, ¿verdad, Norma?… No, lo que pasa es que me preocupa, la verdad…, me decepciona: si fueras científico, abogado, qué sé yo, te iría bien, y yo quiero que te vaya bien. Pero dibujante, artista… ¡te vas a morir de hambre!

 

Entonces, ocurrió…:

Solté el lápiz. Con ello dejé las imágenes en ese punto, pero mi renuncia iba mucho más allá.

Me dije que no podía seguir pintándome a mí misma de esa manera en la supuesta voz de mi hijo y seguir, así, escribiendo acerca de él, justificando quizá lo que vino a hacer años después, acabando con todos.

Definitivamente, escribir sobre nosotros no me estaba ayudando, no lo hará nunca. Su voz se fue con él, lo mismo que sus silencios.

Es horrible. Siempre quise controlarlo todo…

Juan Pablo Torres Muñiz
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