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Cajitas, novela inédita de Diana Guillén
(primeras páginas)

viernes 15 de marzo de 2024
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Diana Guillén
Diana Guillén da forma a Malena, un personaje femenino inolvidable que protagoniza su novela Cajitas, actualmente en busca de editor. Natalí Imhoff

Aguada Los Jotes I

Mi nombre es Malena, tenía cinco años y estaba sentada en la sillita dentro de mi casa en el patio, bajo la morera. Filomena me enseñaba a hacer cajitas en papel, las pintaba, les dibujaba flores, corazones, caritas, globos. Entre té y té con tortitas de barro, construía mis cajitas, grandes o pequeñas. En ellas guardaba cositas, recuerdos, regalos, ala de mariposa, pétalo de begonia, una piedrita blanca. Y una siempre estaba vacía. Imaginaba guardar un rulo de mi primita que estaba por nacer, una caricia de mamá o una tarantela del acordeón de mi tío Gerónimo. Y que cuando conociera el mar también lo guardaría. Así era yo, una nena solitaria, triste. Y lo sigo siendo. Algo más grande, claro. Me sentía culpable de haber nacido. Malena sonaba a Mal Hecha. ¿Por qué tenía que estar la partícula mal en mi nombre?

Mi padre, Alfredo Fortunato ponía el tocadiscos y se sentaba a escuchar tangos, y cuando estaba alegre por el alcohol también los cantaba. Supe que mi nombre salió de un dos por cuatro. Lo escuchaba cantarlo y cantarlo. A mí me daba pena, me parecía que Malena era una chica que sufría. Por eso, él me apodó Biopsia de un tango, cariñosamente, creo. “Malena” fue escrito por Homero Manzi, con la música de Lucio Demare. Realmente, al escucharlo, me identifico con ella. Yo no nací para el canto, pero cuando comencé a escuchar los tangos y su poesía, me enamoré de ellos. Mi infancia en un tango, la poesía de Discépolo y en la puerta de casa dos naranjos perfumaban las noches de primavera.

Lee también en Letralia: reseña de Cajitas, de Diana Guillén, por Alberto Hernández.

Nací una noche de lluvia, casi en verano y me volví para adentro. Me gustaba quedarme mirando la luna, hablando sola o con Filomena. También nací en plena segunda guerra mundial, a fines del 43, ¿será por eso mi espíritu combativo? Una vez fui al cementerio, creo que tenía seis años, me puse a silbar. Era un paseo cotidiano, pero las malas lenguas le dijeron a mi madre, “Muna, cuide a su hija, silbó en el campo santo, y ya sabe usted lo que significa”.

Criada en casa de funebreros. Mi padre lo era, tenía una cochería. Mi madre era artista, concertista de piano, pero un día Alfredo le vendió el piano-forte, no porque necesitaran fondos sino para cortarle las alas. Desde allí que mi madre se volvió taciturna. Aprendió a coser, el curso se lo pagó mi padre en la ciudad.

 

Cajita 1.

Fotografía de Muna.

En la fotografía algo sepia, Muna, vestido negro a media pierna, sentada al piano, corte carré cortito años 20. Ni un dejo de sonrisa, todo lo contrario, como si estuviera cumpliendo una condena, mezcla de dolor y desesperanza. Mi querida Muna. No recuerdo una sola fotografía en que haya sonreído.

La máquina de coser la heredó de su madre, Nicoleta Camponovo, una Junker & Ruh. Centímetro, dedal, sisa, organza, seda, encaje. “¿Señora, quiere probarse?”. “Malena, alcanzame los alfileres, por favor”. Era un ritual. A veces mi madre pasaba noches de largo para entregar algún vestido de casamiento o de quince años. Yo me quedaba cerquita de ella, y me dormía en un sillón verde y negro contra la ventana.

Paulina era una chica que ayudaba a mi mamá con la casa y conmigo. Era muy dulce. Venía de Misiones. Yo la espiaba por las noches porque se levantaba sonámbula. Buscaba platos hondos en el aparador y los llevaba a su cuarto, en el patio. Muna me pidió que nunca la despertara, así que sólo me remitía a observarla. Cada noche acumulaba una pila de platos, que a la mañana siguiente devolvía a la cocina. Ella me decía “nunca hay que olvidarse de poner un platito de leche en la puerta para que no entren las víboras”. Y así lo hacía.

Muna tenía una sensibilidad extra, además de ser artista, tiraba el tarot. Me hipnotizaba verla concentrada, cortando, leyendo.

Muna tenía una sensibilidad extra, además de ser artista, tiraba el tarot. Me hipnotizaba verla concentrada, cortando, leyendo. Ahora pienso que sublimó su pasión por la música y el piano con el esoterismo. De pequeña observaba cada movimiento. Me seducía ese mundo. Recuerdo la figura del colgado, el loco, la emperatriz, los enamorados. Una tarde, andaría por mis 15 años, llegó Sara y le pidió a mi madre una tirada. Muna aceptó. Sara era una señora mayor. Moishe, como los llamaba mi padre, despectivamente. Comentaba que eran agarrados, pero eso sí, querían las mejores pompas fúnebres. Mezcló, la hizo cortar tres veces con la mano izquierda. Luego, dio inicio a la lectura. Iba todo bien, ahora no recuerdo qué le dijo, pero sí percibí que, a mitad de la tirada, mi madre se puso ansiosa, pero logró continuar sin que se notara. Sara no advirtió el nerviosismo. Rápidamente Muna terminó la lectura y la despidió. Le cobró y la despidió. A los tres meses creo recordar, vino Rosalía, la vecina, corriendo a casa y le contó a mi madre que Jorge, el hijo de Sara, había fallecido. Desde ese día, mi madre nunca más tiró las cartas. Supe que ella lo había percibido. Ahora que volví al pueblo, porque falleció mi padre, veo con otros ojos a la comuna. Desde ahí que mi vida ha sido una cajita o varias, muchas cajitas dentro de otras. Ahora mismo estoy en una cajita, bah, caja. La casa de mis padres, viendo qué tirar, vender o regalar. Todos nos hemos ido. Estoy acá, en una casa oscura y polvorienta; busco mi cuarto. Allí guardé todas mis cajitas el día que vino un temporal y me desarmó la casa del patio. En cada cajita guardé cosas, textos que escribí, certificados, cartas, otros escritos. Hay una que no quiero abrir. Sé cuál es. Pero no quiero abrir.

Así, mi vida fue una sucesión de cajitas.

 

Cajita 2.

Prueba de lengua.

Elijo abrir la cajita amarilla con líneas verdes. Al ver la prueba me reí. Estábamos aprendiendo los elementos que miden diferentes cosas y las designaciones de esas medidas. Metro, kilómetro, decibel, gramo, decigramo, y resulta que la maestra en la sexta pregunta, ¿qué mide el anemómetro? Y yo resuelta respondo, “la anemia”. Ruido de platillos. No sabía qué demonios era, pero quedarme callada, nunca.

Diana Guillén
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