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Novelas románticas

sábado 30 de marzo de 2024
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“A nadie nos gustan los niños gordos y tú lo eres y de sobra”. La maestra de quinto año se lo dijo a Isaac. Una mañana, al regresar de la clase de educación física, el niño entró al salón bañado en sudor, las rodillas pegadas y tratando de recuperar el alma que se le iba como el aliento. Lo sentaba al fondo del salón junto a “la niña mitómana”. Esa era yo, me gané el adjetivo porque solía contar una versión algo distorsionada de la ausencia de papá. Vi, desde el auto, cómo lo mataban a tiros cuando cerraba el garaje para llevarme a la escuela, les dije al inicio del ciclo escolar.

La diferencia entre Isaac y yo fue que yo logré avanzar hasta la primera fila juntándome con las niñas aplicadas y haciendo que mamá comprara un pastel, en una tienda muy fina de Coyoacán, para la maestra. En cambio, él se quedó exiliado en la parte de atrás. Ni una magistral interpretación del himno, ni sus dibujos y cuentos, pudieron ganar el respeto de la maestra neurótica que tomaba vasos de agua caliente para quemar la grasa y bostezaba por la falta de azúcar.

En diciembre se organizó un intercambio. Después de repartirnos los regalos, la maestra pasó a cada pupitre para ver lo que nos había tocado, haciendo esos gestitos sutiles con una sonrisa completa que le arrugaba los ojos de aprobación o una más frecuente media sonrisa de desagrado. Cuando llegó al lugar de Isaac no hubo ni media sonrisa. “Mejor te hubieran regalado una hamburguesa con papas, ¿verdad?”, le dijo, y soltó el barquito de madera para pintar que le tocó. El niño tomó el barco y lo acarició con la mejilla, cerrando los ojitos; pensé que lloraría, pero no, sus ojos se abrieron secos. A mí me gustan los barcos más que las hamburguesas, murmuró el pobre Isaac, pero la maestra ya no alcanzó a escucharlo. Ahí decidí hacer el proceso inverso para volver al pupitre de atrás junto a Isaac.

Mi papá en realidad no murió, se fue a fotografiar orangutanes de Borneo y se quedó a vivir con ellos.

Le conté a una de las consentidas de la maestra, una niña con cara de luna, redonda, blanca grisácea, que mi papá en realidad no murió, se fue a fotografiar orangutanes de Borneo y se quedó a vivir con ellos. Y son feos como tú. Le saqué la lengua y salí al recreo.

En el patio, Isaac se alejaba de los balones y sus protagonistas para hablar de mares y playas; nos platicaba, a las niñas, de un marinero que llegó a Puerto Arista y se casó con la más bonita después de pasar tres pruebas. Estábamos absortas en la narración cuando llegó la maestra. “Deja en paz a las niñas, ponte a correr como los niños que buena falta te hace”. Luego se dirigió a mí para decirme que me esperaba en el salón. El marinero era su abuelo, la bonita su abuela, seguían juntos y lo bueno de sus historias es que eran verdad.

Como ya lo esperaba, la maestra me reprendió y como consecuencia me mandó al último pupitre junto a la pared y a lado de Isaac. ¿Cuáles eran las pruebas?, le pregunté. Isaac sonrió y así comenzó nuestra amistad.

Éramos compañeros, amigos, cómplices, me hubiera gustado hacer más cuando la maestra o los compañeros lo molestaban; decirles que estaba mal, hablar con mi mamá o con los abuelos de mi ahora amigo. Mi madre trabajaba todo el día y lo único que le interesaba de mi escuela era que sacara buenas calificaciones. Isaac no quería preocupar a sus abuelitos. Además, parecía que mi amistad le era suficiente.

Yo no necesitaba inventar nada para impresionarlo, mi vida sencilla de niña de once años, hija única y sin padre, enamorada de los galanes de moda y fan de NSYNC, le parecía suficientemente impresionante.

Nos visitamos después de la escuela y nos extrañábamos los fines de semana y vacaciones que él pasaba con su papá en Cuernavaca. Así terminó el quinto año. Para sexto nos tocó el profe Luis, un maestro de buen corazón con quien, entre todo lo que nos enseñó, aprendimos a no molestarnos entre compañeros y nuestro valor en el grupo.

Aunque yo tenía otras amigas y él era más aceptado entre los niños, nuestra amistad continuó en las tardes de PlayStation que le regaló su papá o las de películas en el DVD que compró el nuevo novio de mi madre. Ya habíamos elegido la secundaria a la que iríamos y rogábamos por que nos tocara en el mismo salón.

“No hagas más planes, nos vamos a vivir a Guadalajara con Oscar. Me voy a casar con él”, dijo mi madre sin más. Su prometido tenía trabajo allá.

Isaac nos ayudó a subir las últimas cosas a la camioneta y se quedó parado afuera de la que fue mi casa; recuerdo que llevaba una camisa, pantalón de vestir y sus zapatos escolares; con una mano sostenía sobre el hombro el suéter que su abuela siempre le pedía llevar, la otra mano la tenía dentro del bolsillo. Me pareció ver lágrimas en sus ojos; yo también lloré en el asiento de atrás rumbo a una vida desconocida.

Esa fue la última vez que lo vi.

En el trabajo revisaba mis solicitudes de mensajes en el Facebook; había uno de él, sí, de Isaac, que decía: ¿Te acuerdas de mí? Y un largo texto de quién era, por si no recordaba.

Le pedí disculpas por no contestar antes, pero al no ser mi contacto no vi el mensaje. Enseguida contestó: ¿Qué has hecho en todos estos años?

La niña mitómana se volvió lectora de novelas románticas donde suceden cosas que nunca le van a pasar con hombres que nunca la van a mirar.

Quería decirle que me había casado, tenido hijos y divorciado. Que había viajado por el mundo. Que había escrito un libro sobre nosotros. O que encontré a mi padre. Pero la verdad es que sigo viviendo con mi madre. En mis prácticas profesionales conseguí una plaza de contadora en el Ayuntamiento de Zapopan y eso he hecho todos estos años. La niña mitómana se volvió lectora de novelas románticas donde suceden cosas que nunca le van a pasar con hombres que nunca la van a mirar.

No me dio tiempo de escribir nada, porque él continuó: Estoy en Guadalajara. ¿Nos podemos ver? Y aquí estoy, en mi café favorito de la calle Reforma, esperando a Isaac. Llegué antes para pensar en todo esto y en la posibilidad.

Larissa Calderón
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