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Estilo francés

domingo 31 de marzo de 2024
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Con lo de esta semana, seguro le alcanzaría para hacerse las uñas. Había visto en Pinterest unos diseños increíbles que se moría por probar.

—Mariana, esta semana te voy a dar menos —dijo Juan.

—¿Por qué?

—¿Cómo que por qué? Porque te faltó la otra semana, ¿o ya no te acuerdas?

Se le había olvidado que la semana pasada se había quedado corta por 180. Su novio le había pedido prestado para forrar el asiento de su moto, y Mariana, por miedo a decirle que no, los había tomado de la cuenta.

—Sí, está bien.

Sin los $180 que le descontó su patrón de su semana, a Mariana ya no le alcanzaba para hacerse las uñas.

—Si tú quieres seguirle prestando a ese bueno para nada ese es tu problema, pero de tu salario te voy a descontar todo lo que falta.

—Sí, sí, ya sé.

—Ok.

Mariana es pollera. De lunes a sábado, de 9 a 1, atiende un puesto de pollo en una esquina de Pípila, y por las tardes estudia para manicurista. Quisiera poner su propio negocio.

Sin los $180 que le descontó su patrón de su semana, a Mariana ya no le alcanzaba para hacerse las uñas. Pero es que ya las tenía muy feas, qué iban a decir los clientes, el aspecto de las manos es muy importante; además, quería verse bonita para Mario.

—Ay, qué me importa, yo me voy a hacer mis uñas —se dijo una vez que se fue Juan.

Continuó viendo imágenes de diferentes estilos. Uno de forma de almendra, al estilo francés, con garigoles dorados sobre una base bicolor blanca y negra, era el que más le llamaba la atención. Se veía muy elegante.

 

El viernes, antes de entregarle la cuenta del día a Juan, Mariana tomó $200 pesos. Se los repondría mañana o el lunes, siempre y cuando Mario le pagara, claro. “Total, Juan no hace cuentas de la semana hasta el domingo —se dijo—, entonces para cuando se entere de que le falta, posiblemente ya tenga yo el dinero”.

Mario no le pagó el viernes, nunca le contestó las llamadas ni los mensajes.

El sábado por la tarde acudió al salón de belleza. El diseño que quería le saldría en $400. Justo lo que ella llevaba destinado para eso. “Se te van a ver increíbles”, le dijo la chica del salón. Mariana estaba nerviosa. Quería sus uñas, pero ahora sí dudaba que Mario le fuera a pagar entre hoy y mañana.

 

El lunes, mientras fileteaba unas pechugas, doña Anita le chuleó sus nuevas uñas. Cuando Juan le entregó el pollo esa mañana, no dijo nada del dinero que faltaba, lo que hizo sentir tranquila a Mariana. Aún no tenía el dinero, Mario no le había pagado, no lo había visto durante todo el fin, y ya sólo le quedaban 200 para toda la semana. Por la tarde tendría que ir a buscarlo y exigirle su dinero.

Por ahí de las siete, después de sus clases, Mariana tomó un camión en dirección al taller de motos donde casi era seguro que estuviera Mario tomando cerveza en vez de haciendo sus entregas.

A la distancia, los vio, felices, riendo a carcajadas. Pensó que de seguro estaban viendo esos videos de accidentes en moto que tanto les gustaban. Idiotas.

—¡Ai viene Mariana, Mario! —dijo Jonás, el dueño del taller—. Y se ve enchilada, eh. Aguas.

—No hay pedo, mi Yon. La tengo bien entrenada.

—Mario, necesito mi dinero. Los 180 que te presté.

—Claro, mi amor. Pero ven, siéntate, échate una chela primero.

Discutieron por más de diez minutos, hasta que Mario finalmente le dijo que no tenía el dinero.

—No, Mario, necesito el dinero. Juan me lo está pidiendo. Ya se enojó conmigo.

—Ay, le tienes miedo a ese pendejo. No te va a hacer nada. Ven, siéntate.

—Que no. Dame mi dinero y ya.

Discutieron por más de diez minutos, hasta que Mario finalmente le dijo que no tenía el dinero pero que se lo iba a dar mañana, sin falta. Mariana lo llamó maldito mentiroso y luego se fue llorando. Mario se quedó riendo.

—Pinche changuita loca, mai —dijo Mario—. Pero está bien buena.

—Simón…

 

“380, de dónde saco $380 —se preguntaba Mariana—. El Juan va a estar bien enojado nomás que se dé cuenta. Me va a correr y luego qué hago sin trabajo. Ay, dios mío…”.

Pensó en ir a buscar a su hermana a su trabajo. Sasha trabajaba en Mr. León, el club para hombres, como ella le llamaba.

Mariana llegó y Paco la dejó pasar. Ya la conocía. Le había echado los perros más de una vez, pero Mariana nunca le había hecho caso. Una vez adentro preguntó por su hermana, pero le dijeron que estaba ocupada con un cliente. Se sentó entonces en una mesa a esperar. Sasha apareció unos minutos después y Mariana alzó la mano para que la viera.

—¿Qué haces aquí, mi amor? ¿Todo bien? —dijo Sasha y Mariana se soltó a llorar—. ¿Qué te pasa, mi amor? ¿Por qué lloras?

—Sasha, no me regañes, pero necesito que me prestes dinero, por favor.

—¡Ay, mi amor! Ya sabes que nunca tengo. Con estos viejos codos, siempre ando corta.

—Sólo necesito 380, es para pagarle a Juan, por favor.

—Es que no tengo, mi amor.

Mariana se soltó a llorar de nuevo. Suponía que Juan ya se habría dado cuenta de que le faltaba y seguro la iba a despedir. Necesitaba el trabajo, no podía perderlo, la renta del cuartito ya iba a llegar también y tampoco había juntado nada. Se miró las uñas. “Para qué gasté tanto —pensó—. El idiota de Mario ni siquiera dijo nada”.

—No llores, mi amor. Mira, por qué no… No, olvídalo, no vas a querer.

—¿Qué?

—No, nada nada.

Si quieren algo más, pues, les cobras más. Nomás sacas para pagarle al Juan y ya.

—Sasha, dime. Estoy desesperada.

—Te iba a decir que por qué no vas con alguno de los clientes hoy…

—¡Ay, no! ¿Qué tendría que hacer?

—Pues, bailarles, agarrarles ahí, y si quieren algo más, pues, les cobras más. Nomás sacas para pagarle al Juan y ya.

—Pero, ¿me van a dejar?

—¡Claro, mi amor! O dejo de ser tu hermana mayor.

—No sé, Sasha, qué pena, qué asco.

—Mira, te busco a uno que no esté tan gacho y que quiera pagar bien. Te presto ropa, te cambias, y ya. ¿Cómo ves? No pierdes nada.

—Pero… ¿no me va a pasar nada malo?

—No, claro que no. Aquí voy a estar yo. Y allá dentro, en los privados, siempre está don Chuchín cuidando, por cualquier cosa.

—¿Y crees que saque los 380?

—Sí, me canso.

—Ok…

—Ok, vamos, ven.

Sasha llevó a Mariana a los vestidores. La ayudó a cambiarse, maquillarse y demás. Le dijo que sus uñas estaban muy bonitas y que a los clientes les iban a encantar. “No sé por qué —le dijo— pero les encantan las mujeres con las uñas largas y pintadas, no tan largas, claro”. La dejó lista, y luego fue a hablar con Raúl, el jefe, a su oficina. Le dijo que su hermana iba a probar suerte hoy y que le iba a dejar el 30% de lo que sacara. Raúl no puso peros. Ya conocía a Mariana, sabía que era muy guapa.

Mariana apareció. Se veía completamente diferente. Era más alta y esbelta que Sasha, además de que aún no se le colgaba nada. De inmediato llamó la atención de varios. En una mesa en una esquina, un par de hombres venían llegando. Eran Jonás, el del taller, y otro hombre. Mariana empezó a ponerse muy nerviosa. Sintió ganas de echarse a correr. Si Jonás la reconocía, le iba a decir a Mario, y éste se iba a enojar mucho y le iba a volver a pegar.

Mariana rápidamente le explicó que no podía, que era amigo de Mario, pero Sasha dijo que no importaba.

Mariana agachó la cabeza, trató de pasar desapercibida, pero Jonás la reconoció enseguida. Levantó la mano y la llamó a su mesa. Sasha se dio cuenta e incitó a su hermana a que se acercara. Mariana rápidamente le explicó que no podía, que era amigo de Mario, pero Sasha dijo que no importaba, y del brazo, casi a fuerzas, la llevó a la mesa.

—Mariana, hola, no sabía que trabajabas aquí —dijo Jonás.

—Hola…

—¿Van a invitarnos unos tragos, galanes? —preguntó Sasha.

—¡Claro! ¿Qué toman?

—Vodka Tonic para las dos.

—Que sean 4 entonces —dijo Jonás a un mesero—. Qué guapa te ves, Marianita.

—¿Verdad que sí? —intervino Sasha—. Si yo fuera tú, no perdería más tiempo.

—Tienes razón —dijo Jonás y tomó a Mariana de la mano—. Ven, vamos.

Por un momento Mariana se quiso rehusar, pero Sasha le cerró el ojo, como diciendo “no te preocupes”.

Jonás la condujo hasta los privados, corrió la endeble cortina de tela, y de inmediato comenzó a toquetearla. Mariana le quitó las manos de encima y le pidió que fuera más despacio. Jonás entonces puso sus manos sobre sus caderas, mientras Mariana, con los ojos cerrados, intentaba bailar sensualmente.

—Siempre me has gustado mucho —dijo Jonás, y la jaló más cerca de él.

—Despacio, por favor —suplicó Mariana al borde del llanto.

—No llores, no le voy a decir nada a Mario. Pero mejor deberías andar con alguien como yo.

Jonás intentó tomarla del cuello para besarla, pero Mariana se negó, y cuando éste la jaló más fuerte, Mariana respondió con una cachetada. Jonás se enfureció y quiso pegarle también, pero la vio tan asustada y llorando, que mejor la abrazó. Y es que pensó que tal vez ésta sería su única oportunidad con ella. La reconfortó. Le besó el cuello, las mejillas, los hombros, los brazos y hasta las manos y los dedos. “Qué bonitas uñas”, le dijo inesperadamente. Mariana sintió, de pronto, ganas de besarlo también.

 

Mariana le enseñó los tres billetes de 500 que Jonás le había dado. Los ojos de Sasha se agrandaron.

Veinte minutos después regresaron a la mesa tomados de la mano. Sasha, quien entonces platicaba bien pegadita al amigo de Jonás, se sorprendió del cambio en su hermana. Se veía contenta y Jonás ni se diga.

—¿Qué pasó?

—Nada, todo bien.

—¿Te pagó?

—Sí.

—¿Cuánto?

Discretamente Mariana le enseñó los tres billetes de 500 que Jonás le había dado. Los ojos de Sasha se agrandaron. Al oído, le explicó entonces que tenía que darle una parte al dueño, que así se manejaba el negocio. Mariana estuvo de acuerdo.

—Oye, hermana…

—Dime, mi amor.

—¿Puedo regresar mañana?

Ricardo Alberto Linares Martagón
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