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Seis gotas para el océano, de María Eugenia Álvarez Brunicardi
(páginas escogidas)

jueves 25 de abril de 2024
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“Seis gotas para el océano”, de María Eugenia Álvarez Brunicardi
Seis gotas para el océano, de María Eugenia Álvarez Brunicardi (2023). Disponible en Amazon

Seis gotas para el océano
María Eugenia Álvarez Brunicardi
Novela
Caracas (Venezuela), 2023
ISBN: 979-8393635398
165 páginas

Los caminos de seis mujeres, con distintas realidades y cada una en su búsqueda particular, se cruzan en esta apasionante historia que atraviesa fronteras y tiempos hasta desembocar en un encuentro que da luces sobre el alcance del espíritu humano. “Cierro los ojos, imagino el océano y puedo divisar su inmensidad y seis gotas cristalinas cayendo en él, uniéndose a él, para aumentar su majestuosidad y hacerlo más imponente y más hermoso...”, escribe la venezolana María Eugenia Álvarez Brunicardi en la presentación de esta novela. “Son esas seis mujeres que juntas, pretenden humanizar y sensibilizar el mundo, creando en su entorno, bondad dentro de la maldad y alegría dentro de la tristeza”. Hoy traemos a los ojos de la Tierra de Letras una selección de páginas de este libro en las que se puede atisbar cómo se fueron alineando los destinos de estas seis mujeres.

 

Johary, joya o gema

Como musulmana practicante, Johary se esmera con convicción por cumplir con los pilares del islam... la profesión de fe, la oración cinco veces al día, la limosna, el ayuno durante el mes del Ramadán y la peregrinación a la Meca. Es una mujer inteligente y preparada, conocedora, creyente y respetuosa del Corán; aunque no por ello, deja de albergar fuertes conflictos con el tema de la poligamia, ya que no solo está consciente de que el Comité de Derechos Humanos, la considera discriminatoria de la mujer y recomienda su prohibición, sino que, en su interior, no está de acuerdo con ella, ni con que su padre tenga otra mujer; de hecho, no le entusiasma para nada, pensar que se enamore, se case y tenga que vivir la poligamia de su esposo, sin quejarse, porque el Corán, así lo permite. Y definitivamente, es un punto que no se atreve a conversar con nadie... Conflictos internos que, al menos por ahora, simplemente guarda en su corazón.

(...)

Decide crear su propia página web y sus redes, todo enfocado a ofrecer el servicio de creación de páginas web. Y está feliz, porque visualiza esta actividad como modelo y experiencia para hacer lo mismo, en un futuro próximo con la obra de trabajo social soñada, aún por definir y en pausa, pero siempre presente.

 

Akiko, mujer que brilla con luz propia

Akiko, con sus 39 años recién cumplidos, tiene cara de niña, su piel es preciosa, perfecta, muy blanca, sin una marca, sin una arruga, ojos pequeños, oscuros, como un par de almendras, de cabello negro muy liso, a nivel del cuello, más corto atrás que adelante. Es muy sencilla, utiliza poco maquillaje, sus cejas son simples, poco pobladas y sus pestañas son rectas, las que suele rizar con un toque de rímel, para realzar sus ojos y su mirada triste. Pesa unos 50 kg y mide 1, 60 cm aproximadamente. Suele vestir con ropa casual, generalmente de colores pastel. Tiene un auto japonés diminuto, que hace juego con ella y su tamaño.

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La fotografía es la profesión que eligió, que ama, en la que se destaca y es muy reconocida, especialmente dentro del ámbito empresarial, aunque agradece el abanico de posibilidades que le ofrece y que le permite cubrir cualquier otro ramo de la misma. Profesión, a la que su padre se opuso rotundamente, por no considerarla como tal, sino como un hobby; haciéndole la vida imposible hasta que la firme e inquebrantable decisión de Akiko de continuar, logró que bajara el nivel de oposición, aún sin estar conforme con ella.

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Y llega el tan esperado día de verse con sus amigos. A las 20:05, Akiko se encuentra con Ronin, Tomeo y Aoi en Takami Jazz. Después de ponerse al día con cosas personales y de trabajo, Aki, como libro abierto, les cuenta todo lo que ha revoloteado en su cabeza, sus ideas, inquietudes y deseos de hacer algo, que no sabe qué es, ni cómo hacerlo... Se ríen mucho por lo tierna y graciosa que es Aki, con sus hoyitos a los lados de la boca cuando sonríe y la forma tan expresiva de contar las cosas, a pesar de lo tímida que es. Hacen un brindis por su proyecto.

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Miles de ideas han pasado por ese par de cabezas y las conversan durante los días sucesivos. Crearán una página web, un blog y abrirán cuentas en las redes sociales que consideren idóneas, lo mismo que el nombre para el proyecto. Buscarán una sala de exposiciones para presentar la primera colección de fotos, como también un título apropiado. Han pensado en crear una fundación y cientos de cosas más, pero saben que tienen que ir un paso a la vez. Primero, las fotos diversas de las que elegirán las mejores y definirán si son mujeres, niños, ambos, pobreza, en fin, mucho que hacer antes de tomar decisiones.

 

Lucía, brillante o luminosa

Lucía, de 49 años, es una mujer muy bella, rubia, alta, elegante, de cabello ondulado natural, brillante y muy bien cuidado, a la altura de los hombros; de pómulos hundidos en su cara menuda y alargada, con unos diminutos ojos azules, muy expresivos; nariz pequeña perfilada; dientes perfectos y labios finos con forma acorazonada, cejas color café claro, poco pobladas y pestañas cortas, ligeramente rizadas. Es cariñosa, comunicativa, muy sensible y expresiva.

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Tal fue el impacto de la logoterapia en su vida que, sin dejar su trabajo, poco a poco, comenzó a evaluar la manera de ayudar a otros con la formación recibida. Pero los hijos, el marido, el trabajo, las visitas a hospitales y charlas en colegios, llenaban su tiempo. No obstante, esa idea nunca salió de su sistema operativo.

Ahora que Pablo y Lucía viven el síndrome del nido vacío, con la partida de sus hijos, está feliz de retomar el tema de la logoterapia, que ni en su corazón ni en su cabeza había abandonado. Quiere crear una página web pero no sabe nada de eso y sus hijos que pueden orientarla, aún en la distancia, siempre tienen mil cosas que hacer y no quiere molestarlos.

 

Chandra, brillante como la luna

Chandra es una calcutense de 59 años, que destaca por su belleza natural, con una energía física y mental de una mujer de 40, practica yoga con disciplina y convicción, de mediana estatura y figura curvilínea, cuyo color de piel va entre el cobre y el canela; de cejas pobladas, espesas y delineadas; su cabello es oscuro, muy liso, a la altura del cuello; ojos grandes y redondos; nariz perfilada y labios pequeños. También llama la atención por la elegancia y el porte con los que lleva sus saris de alegres colores.

Chandra estuvo casada 20 años, se divorció cuando tenía 41, por las infidelidades de su esposo, que comenzaron desde recién casados y que había soportado únicamente por sus tres hijas (...). Abogada de profesión, la que aún ejerce activamente, Chandra junto con tres socios, tienen un bufete de abogados, ubicado en el piso 15 de una torre de oficinas, en la zona empresarial más activa de Calcuta. Es fiel seguidora del pensamiento de Gandhi; y es creyente y practicante del hinduismo, religión politeísta originaria de la India que, aun careciendo de un sistema estructurado de creencias, considera de suma importancia seguir los textos sagrados; las vedas, que son una colección de himnos y cantos rituales que documentan el hinduismo; y también ciertas normas de conducta, como el respeto al sistema social de castas y el ritual de matrimonio, entre otros. El hinduismo cree en la reencarnación y en la existencia de Brahma, un ser supremo, en que el alma del hombre aspira a diluirse una vez liberado de su cuerpo y haber conseguido abandonar su karma.

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En su tiempo libre, da charlas, dicta conferencias sobre violencia de género y de apoyo a madres solteras y adolescentes embarazadas, tan mal vistas, juzgadas y criticadas en la India. Esto último, ha venido resonando mucho en su interior, dándole más fuerza, para crear una organización de apoyo formal a la mujer, en situación de vulnerabilidad. Sabe que sus hijas, aunque las tres están casadas, tienen niños y trabajan, la apoyarían en esto, al menos moralmente y serían sus aliadas incondicionales, porque ellas saben lo que vivió, por lo que pasó y admiran su fortaleza, espíritu, alegría y gran seguridad en sí misma.

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De hecho, una de las cosas que la ayudó a sanar de la experiencia vivida, fue un taller de escritura terapéutica, propuesta precisamente por su psicóloga, para ayudarse a sí misma a cicatrizar heridas, aportando un nuevo significado al dolor.

 

Dinora, la luz

Dinora nació el 10 de marzo de 1953, en plena época seca, en la que, si bien el Sol calienta más fuerte, también es uno de los meses en los que se puede disfrutar de un país floreado en toda su extensión, especialmente por la guaria morada, hermosa orquídea púrpura, flor y tesoro nacional en peligro de extinción, uno de los diferentes tipos que se encuentran en Costa Rica.

Dinora es viuda de David Cohen, quien falleció hace 2 años, pérdida que le ha costado mucho superar, tratándose de su compañero de vida por más de 40 años. Siendo médicos ambos, tenían aún más en común en su vida juntos. David era un reconocido neurólogo en San José que, irónicamente, falleció de un accidente cerebrovascular, fulminante. Dinora se especializó en geriatría, rama a la que se ha dedicado con verdadera pasión y que nació en ella desde niña, en su particular afecto y cercanía hacia las personas mayores. Hoy, que es parte de esa tercera edad, y está en proceso de evaluación de su próximo e inminente retiro, parece que se esmera más que nunca en la atención personalizada y afectuosa de sus pacientes, tanto en su consulta privada como en visitas a hospitales y a residencias de ancianos, públicas y privadas.

(...)

Aproximadamente después de un año y medio del fallecimiento de David, Dinora sintió un bulto en un seno y se fue a ver con el ginecólogo, quien le hizo una punción para extraer una muestra y realizar una biopsia. Unos días más tarde, con resultados en mano, su médico la llamó para que fuera al consultorio y le hizo saber que, efectivamente, era un tumor maligno grande y en su opinión, debía ser extraído y probablemente, sería necesario extirpar el seno, para luego recibir quimio y radioterapia, pero que el oncólogo tenía la última palabra. Respiró profundo, agradeció a su colega, muy desanimada, pero sin querer ser grosera, le dijo que realmente la última palabra la tenía ella, y que llamaría al oncólogo. Su colega la abrazó con cariño, ella sonrió y se fue. Llamó al especialista, un amigo cercano, que trabaja en la misma clínica, quien le dijo que la atendería en dos días.

(...)

Llegó a su cita con Valeria, una mujer mucho más joven que ella, de baja estatura, sencilla, dulce, con un tono de voz suave y el pelo ligeramente canoso, recogido en una trenza perfecta, quien le habló de su trabajo, de lo que ha estudiado, de su experiencia y de los pacientes a los que ha ayudado. Acto seguido, le preguntó por ella y no podía disimular su asombro cuando Dinora le dijo que era médico, porque, aunque las cosas y los tiempos hayan cambiado bastante para estas prácticas, sabía que la medicina tradicional china, seguía teniendo su rechazo importante dentro del gremio médico que practica la medicina occidental. Pero Dinora, cabeza baja, humilde, estuvo abierta y dispuesta a escuchar la postura de Valeria frente a todo, para poder tomar sus propias decisiones. Hablaron hasta el cansancio, de sus males físicos y emocionales, así como de sus actividades y ocupaciones.

La primera sugerencia de Valeria fue que debía aprender a respirar e hicieron la prueba, algo que Dinora se percató en ese momento, de no hacerlo nunca conscientemente, que respiraba de forma automática e inconsciente; inclusive recordó en ese momento, con tristeza y vergüenza, a los pacientes con fibrosis quística, que agradecen sus nuevos pulmones porque los ayudan a seguir respirando, a seguir disfrutando de ese aire, que la mayoría de los mortales no sabemos valorar. En segundo lugar, le enseñó unos masajes en las muñecas para disminuir la ansiedad, le explicó cómo hacerlos; tampoco era consciente de estar padeciéndola, aunque Valeria lo notó inmediatamente. Tercero, le recomendó hacer taichí después de la operación, le explicó que es una disciplina que tiene años practicando y le ha cambiado la vida, para bien. Y por último y lo más importante de todo, le expresó que, en su opinión, contaba con las tres cuartas partes del camino ganadas, porque es feliz con todo lo que hace y agradece por todo lo que ha recibido. Agregó que estaba segura de que la tristeza sanaría y su cuerpo también, mientras juntas, trabajarían sus emociones. La doctora, la científica, la que no creía en nada de aquello, salió de ahí, renovada, con una paz inexplicable, dispuesta a hacer caso a esos pequeños detalles que, desde su ciencia, resultaban irrelevantes y de poca credibilidad, pero que en su psique y en su emocionalidad, recibía afectuosamente.

 

Elena, antorcha, brillante, deslumbrante o resplandeciente

Elena, es la menor, la “maraquita”, como dicen en Venezuela, mimada por todos, principalmente por sus padres, con los que se abría una brecha generacional grande, y también por sus hermanos, que son sus padrinos de bautismo y a los que vio como a unos padres por muchísimos años. Ahora, que ya son mayores los tres, se sienten casi contemporáneos y se comunican por su chat de hermanos, se envían videos, fotos, chistes, recetas, riendo como niños y tratándose de “bro”, “sis”, “chamo” y “chama”.

Rodeada de amor y de mimos, Elena, de sobrenombre Nena, fue una niña feliz para su época. No obstante, desde hace unos cuantos años, la Elena psicóloga, afirma con certeza, pero sin trauma alguno, solo a manera de reconocimiento, que esa “niñita” no tuvo infancia, o al menos no la típica y natural que debió tener, porque aun cuando jugó con muñecas hasta los 12 años, se perdió de las cosas auténticas y propias de la niñez, como aprender a nadar, a patinar, a montar bici y a saltar cuerda; ni siquiera aprendió a jugar yo-yo, trompo o perinola, juguetes tradicionales venezolanos que cualquier niño de aquella época disfrutaba enormemente. Pero así fue, hija de personas mayores, sobreprotegida y muy miedosa con todo. Elena se ríe sola, cuando recuerda que, a los 13 años, le gustaban los collares de perlas y los vestidos camiseros, gustos clásicos de señora, que no han cambiado mucho en la Elena de hoy, porque aun cuando vestidos lleve muy poco, de las perlas sigue siendo una enamorada. Desde joven solía hacer chistes de humor un poco negro, sobre lo mimada que fue, y que pudo haberse echado a perder, salir mala, desviar su camino, no ser buena persona; lo que suele ocurrir con ciertos y determinados “personajes”, por haber tenido en exceso y sin valores; pero en paralelo, fuera de bromas y con mucho orgullo, asegura que el haber recibido tanto amor del bueno, genuino y puro, junto al maravilloso ejemplo de sus padres, ha sido razón suficiente para que su esencia fuera la mejor.

(...)

Mientras sus hijos estaban pequeños, Elena trabajaba como psicóloga pasando consulta desde la casa. Cuando llegaron a la adolescencia, fue catequista en la parroquia cercana a su casa; luego en un colegio, donde se quedó trabajando como psicóloga; y finalmente, ocupando cargos administrativos y de asesoría al personal docente de algunos colegios para niños en situación de desventaja económica. Dentro de su trabajo, le tocó poner en práctica, con frecuencia, sus habilidades de redacción, revisando textos e informes, lo que siempre hizo de forma minuciosa, detallada y con mucho cariño. Pero no pensaba entonces, que inmerso en aquel don, que comenzó en su infancia y que nunca reconoció como tal, nacía una vena para escribir con sentimiento, desde el corazón y con auténtico propósito.

Escuchar, acompañar, aconsejar, son otros dones que, gracias a su profesión, fue desarrollando con el tiempo y la experiencia, los que hasta hace muy poco, ha llevado a cabo desde distintas aristas, como parte de su trabajo, en el plano psicológico, pedagógico, académico, humano y hasta espiritual, a lo que se dedicó, a manera de apostolado, en sus últimos años de actividad, algo que ama, disfruta enormemente, y que le ha permitido atesorar en su corazón, bellos recuerdos de personas, situaciones, momentos inolvidables y lugares especiales.

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Una tarde, a eso de las 18:00 horas, sentada frente al Ávila, en la terraza, la misma donde toma el guayoyo y disfruta de las guacamayas en la mañana, pero ahora con su copa de tempranillo, como prescripción facultativa, porque las pastillas de la tiroides a veces se le pueden olvidar, pero el consejo del internista de tomar una copa de vino al día, no lo olvida jamás. Con su cerebro en modo giratorio, que es su estado casi habitual, mientras espera a Fernando, que debe estar por bajar para tomar su whisky con agua de coco, también recetado por un amigo médico para la tensión, Elena recuerda a Dinora, la costarricense a la que ha estado ofreciendo apoyo psicológico, previo a su operación, y piensa en su vida, en las experiencias que le ha contado... y aparece entonces, entre esos pensamientos, el trabajo de investigación que tanto ha madurado. Y esa cabeza comienza a acelerar su ritmo y a llenarse de ideas en torno a ambos: Dinora y el proyecto.

 

Gota a gota...

Desde distintos lugares del mundo, incipientes lazos de amistad parecen nacer entre estas seis mujeres que, poco a poco y con mucha humildad, van tomando conciencia de que sin la gota que están aportando, el mundo no sería el mismo.

(...)

De manera pues que, con incontables diferencias entre este trío, surge la serenidad en común proporcionada por la cantidad de años acumulados y la maravillosa empatía por los más vulnerables, virtud que parecen llevar en la sangre, sin que faltara el sentido del humor, que manejan con bastante naturalidad. La abogada india casi sexagenaria, la doctora “tica” cercana a los 70 años y la psicóloga venezolana llegando a los 80, terminan una teleconferencia muy enriquecedora y se quedan con una cantidad enorme de sentimientos encontrados. La conversación las dejó tocadas a las tres. Acuerdan reunirse nuevamente para hablar del proyecto de Elena y se despiden felices y agradecidas.

 

Reconociendo el propósito

Pasan los días, las semanas y Elena continúa reuniéndose con las cinco, por separado. Cada vez fluyen mejor las conversaciones. Luego de cada Zoom, Elena va dando forma a toda la información recopilada. Cada día se enamora más de lo que está haciendo, de la esencia, de la razón, del porqué de todo esto, de lo que lo envuelve y de quiénes le están dando sentido.

(...)

Luego de casi tres horas, de no querer despedirse, con mil interrogantes que se quedaron en sus corazones, Dinora propuso que cada una, elaborara una lista de dudas, referente a una o a todas, para la próxima reunión. Sugirió comenzarla con esos planteamientos y sus respectivas aclaratorias, para dar paso luego a las presentaciones de trabajo y de labor social, apostolado, servicio comunitario o como cada una suele llamarle a su actividad. Y con mucha ilusión, se llevaron la tarea del significado de su nombre y de la lista de dudas.

Con risas, besos, abrazos virtuales y fotos, se despidieron felices, hasta el próximo encuentro, que quedó pautado para el viernes 17 de junio.

María Eugenia Álvarez Brunicardi
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