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Tres cuentos de El Padrino

jueves 2 de mayo de 2024
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Tú pareces un buen tipo

“Tú no recuerdas; otro tiempo distrae
tu memoria; un hilo se devana”.
Eugenio Montale

Tu vecino Michael siempre está ocupado en muchas cosas. Tú no sabes realmente qué es lo que hace, pero siempre está recibiendo visitas de todo tipo de personas. Madres desesperadas que quieren que sus hijas se casen bien, comerciantes que han perdido mucho dinero o mercancía, apostadores de caballos y jugadores que han caído en el vicio hasta perderlo todo.

Piensas que a su esposa Nina parece no importarle mucho lo que hace; siempre la miras con sus licras color fucsia ajustadas a su magro cuerpo de Barbie, y la observas con sus lentes Gucci de sol; tú supones que va al gym o a reuniones con amigas en el Club Ítalo-Venezolano, y siempre está luciendo atuendos de última moda.

A pesar de tener una señora que cuida a sus hijos, a Michael le gusta llevar a sus hijos al Colegio San Ignacio, para que se formen con buenas amistades y como católicos. Tú has conversado algunas veces con Johnny el jardinero, y él tampoco sabe a qué se dedica.

En algunas oportunidades lo has visto en su jardín, fumando pensativo, y te recuerda al personaje de El Gran Gatsby que interpretó muy bien Leonardo DiCaprio. También al Lobo de Wall Street, por sus trajes y corbatas de seda.

La verdad parece que has visto demasiadas películas de mafiosos y gánsteres.

Así que muchas veces imaginas que sus negocios deben tener algún aspecto turbio. Te preguntas si se encarga de resolver asuntos que los implicados no pueden. La verdad parece que has visto demasiadas películas de mafiosos y gánsteres. A lo mejor no es más que un simple asesor de bolsa al que le va bien. Tú has sido como ese hombre, te dices a ti mismo, y lo que siempre estás viendo es una versión precisa de lo que te sucedió después de la muerte de tu segunda esposa en 2002. Todavía la recuerdas, hermosa, de una belleza sublime, una rubia delgada de uno setenta, de largas y magníficas piernas, con manos de niña acostumbrada a no hacer nada. Una muerte brutal, es otra de las cosas que aún te mantienen despierto por las noches, aunque estás seguro de que tomaste la decisión más acertada de no tener ese hijo que no era tuyo. Pero siempre te quedará tu sobrino Giacomo.

Tú prefieres no saber nada de lo que hace Michael y disfrutar de las reuniones y parrilladas que tu vecino hace en su casa, cuando te invita. Tu vecino parece un buen tipo.

Esta mañana recibiste una llamada de un extraño y tienes mucho miedo porque tu sobrino fue secuestrado cuando paseaba con la novia por Las Mercedes. Y tú le consultaste a Michael qué podías hacer. Él te dijo: “No te preocupes, Tony, esta tarde estará de vuelta en tu casa”. Tú le respondiste: “Gracias, hermano, no sé cómo pagarte este gran favor”. Él te respondió: “Por los momentos sólo te pido un favor, no le comentes nada de esto a la metiche de tu nueva mujer —te lo dijo muy serio—, porque si no tendré que eliminarte a ti también esta noche, por hablador”.

 

Dos bandos

“Con toda simplicidad debo decir
que en un tiempo me parecía lejano
el tiempo de morir”.
Giovanni Giudici

El Turco Sollozo era un hombre corpulento, de mediana estatura y piel morena. Hubiese podido pasar perfectamente como turco verdadero. Su nariz parecía una cimitarra y sus ojos oscuros tenían una mirada cruel. Además, poseía una impresionante dignidad, a pesar de su ocupación como traficante de drogas; tenía tres hijos con una esposa siciliana. Estaba empeñado en agenciarse el hermoso y moderno Mercedes Benz que estaba en la terraza del centro comercial.

Sin saber que dentro, con los vidrios oscuros, estaba toda la familia de Michael Corleone, quien no tenía la cara de Cupido como sus hermanos, y su negro pelo era más bien liso, su piel apenas morena; hubiera sido la envidia de cualquier muchacha; poseía una belleza delicada, casi femenina. Cuando uno de los hombres de la banda se bajó del carro del Turco, con la punta del arma tocó el vidrio ahumado del Mercedes Benz. Dentro estaban todos un poco nerviosos. Ellos habían ido para llevarse uno de los camiones llenos de charcutería, salsas y carne para hamburguesas. Así que Michael decidió que abriría la ventanilla, y con su automática apuntaría también. “Se jodió la parrilla”, pensó.

Michael se bajó lentamente del carro. Todas las armas estaban a punto de comenzar el tiroteo.

El Turco estaba de mal humor, y quería salir de eso rápido. Michael se bajó lentamente del carro. Todas las armas estaban a punto de comenzar el tiroteo. Dentro del camión se veían todas esas maravillas de la charcutería alemana. Las salsas que prometían una agradable tarde de domingo. Michael pensó: “Puedo empujar a este imbécil y caemos los dos desde aquí arriba, tendríamos garantizada la muerte”.

Los hombres del Turco vieron cómo se movía el camión de charcutería alemana. Se interpuso entre los dos bandos. Así que el hijo de Michael, un gordito impertinente, abrió la puerta trasera y sacó una botella de salsa de tomate kétchup, y dijo: “Papá, vas a preparar la hamburguesada, ¿sí o no?”. El Turco pidió una botella también, la abrió y probó un poco, y de inmediato se imaginó comiendo una deliciosa hamburguesa, además porque tenía mucha hambre. En ese momento se le ocurre la brillante idea: “Oye, Michael, ¿qué tal si te preparas unas hamburguesas, y dejamos todo así?”.

Michael miró a su hijo con la botella en la mano, al Turco mostrando su mano obesa con la salsa, y resueltamente dijo: “Okey, okey, es domingo y cumpleaños de Anthony”. Bajaron las armas. El asunto era ahora: “¿Dónde vamos a conseguir las papas fritas?”.

“No te preocupes —dijo el Turco—, conozco el almacén de un buen automercado, donde tenemos a uno de los nuestros”. Con voz carrasposa, que recordaba a la de su padre don Vito Corleone, y con tranquilidad y su tendencia natural a rechazar la violencia gratuita, dijo: “Sí, vamos, que ya mi mujer debe estar arrecha”.

 

Un paseo con la mafia

“Ella quisiera para novio otra clase de hombre”.
Leoncio Martínez
“Vito Corleone era un hombre de visión”.
Mario Puzo

Michael Corleone dio por terminada la limpieza de la poderosa nave y echó sobre el tablero reluciente y los asientos de cuero brillante y lubricados, una mirada amorosa. Era una bella máquina último modelo: “Es un coche silencioso. Por eso lo elegí. Toyota tiene una de las mejores tecnologías del mundo en lo que a insonorización se refiere”.

Regalo de su Padrino el día de su cumpleaños. Cómo se la envidiaba Luca Brasi, que apenas había podido comprar una de medio uso, salida de fábrica hace dos años; lo mismo que Clemenza envidiábale sus corbatas de seda, Sonny sus zapatos hechos a mano y el infeliz de Carlo Rizzi sus trajes a la medida.

Sonrió satisfecho, encendió el arranque y un suave ronroneo sacudió la máquina.

Ajustó su corbata de seda azul celeste. Sin darse cuenta le vino a la memoria la frase con que la señora Corleone solía agasajarlo en sus momentos de expansión maternal:

“¡Tan bello mi bambino!”.

Sin embargo, aquella arisca de Virginia Sollozo se resistía a sus encantos; no lograba convencerla, a pesar de las frases enamoradas que deslizara a sus oídos durante una rumba, a pesar de que lo viera guiando su nave de cuatrocientos sesenta mil dólares, a pesar de que una vez, en presencia de ella, había puesto música en su MP3.

Hoy vencería aquella fría indiferencia, se jugaría la última partida y su máquina, limpia, deliciosa, dócil, le ayudaría en la jugada.

Pero ahora sí. Ya Virginia, la hija de Virgilio Sollozo alias El Turco, había aceptado en principio y él estaba dispuesto a todo. Hoy vencería aquella fría indiferencia, se jugaría la última partida y su máquina, limpia, deliciosa, dócil, le ayudaría en la jugada. La teoría cuántica y la microfísica obligan a una revisión mucho más radical de la idea de trayectoria continua y previsible.

La búsqueda de la precisión no escapa a un límite debido a su coste, sino a la naturaleza de la materia. No es verdadero que la incertidumbre, es decir, la ausencia de control humano, disminuya a medida que aumenta la precisión: también aumenta.

En la calle, sentado ya en su nave, se planteaba estas reflexiones; de pronto sacudió pensamientos y arrancó de una.

Toques de bocina. Escándalo. El pitazo estridente de una gandola. El eco de una bocina distante… Por las ventanillas abiertas de un Célica negro, que estaba parado justo enfrente, sonaba de música de fondo la voz aguda de Michael Jackson. Billie Jean.

Ahora Michael Corleone va deslizándose suavemente por la carretera. Pero no va solo: ahora le acompaña Virginia Sollozo en el flamante Toyota Crown Royal Saloon negro.

El aire acondicionado agita levemente una bufanda color naranja y manojos de rizos rubios que se levantan y caen como rozando. La muchacha mueve la cabeza contra el aire y sonríe. Estaba segura de que Michael Bublé nunca se habría imaginado que alguien, en el silencioso interior de un Toyota Crown Royal Saloon, en medio de la autopista metropolitana, escucharía con tanto placer la música que había interpretado.

Corleone piensa en el consorcio de su padre, que se ve amenazado por el Turco Sollozo y su hija; no piensa en el paisaje, ni en Virginia Sollozo, ni en nada. Está poseído por la fuerza, por la música de Bublé y por el vértigo de la velocidad. Cada vez que un camión de transporte pesado pasaba por el carril contrario, el pavimento temblaba por el efecto de la alta velocidad. Más que a un temblor, se parecía a una marejada. Como caminar por la cubierta de un portaaviones en un mar encabritado.

Pero Virginia sí piensa en él; mejor dicho, lo mira; de perfil, inclinado sobre el volante ergonómico; ve su corbata de seda que descansa sobre el pecho robusto; ve el pelo recién cortado y ajustado con gel; ve el lóbulo de las orejas, rosado de caracol, como un niño.

Y masculla:

“¡Lástima que sea un Corleone…!”.

Ella quisiera para novio otra clase de hombre; otra clase de tipo; pero… ¡Quién sabe! Ella era una mujer ardiente de carne, nervios y sangre, educada con cierta libertad y su ascendiente extranjero, mezclado a la savia del trópico, despertaba en sí una ebullición de ideas violentas y absurdas. ¡Si ahora, en la misteriosa soledad de los campos, se le ocurriera detener el automóvil y, en un lugar solitario, la agarrara por las muñecas, la estrujara contra sí, la batiera contra el suelo… y la besara mordiéndole los labios…!

Virginia se estremeció de manera visible; un escalofrío le corrió por la médula espinal. Corleone manejaba observando con detenimiento su rostro de reojo; podía verse que la forma y el tamaño de sus orejas diferían considerablemente. La oreja izquierda era bastante más grande que la derecha y un poco deforme. Pero nadie se daba cuenta de ello porque, por lo general, el pelo rubio se las ocultaba. Al cerrar los labios, éstos formaban una línea recta y sugerían un carácter arisco en toda circunstancia. Una naricita fina, unos pómulos un tanto salientes, una frente ancha y unas cejas largas y rectas acusaban aún más esa tendencia.

Sus palabras en el hálito vespertino tenían también la flojedad babosa de lo que se muere.

Gustos aparte, podría decirse que era bella la turquita.

“¿Tiene frío?”, preguntó Corleone, volviendo un poco la cara. Y tras una pausa: “Ya nos vamos a devolver, es tarde…”.

Era la primera vez que él hablaba en todo el trayecto; sus palabras en el hálito vespertino tenían también la flojedad babosa de lo que se muere.

Habían pasado otros pueblos, sin advertir que ya la noche violada se desmayaba sobre la cresta dispareja de la carretera fundida en el confín de occidente.

Resultaba tentador hablar también de la famosa escena de batalla, en un puente en la frontera entre Vietnam y Camboya, en Apocalipsis Now, en la que el espacio más allá del puente se siente como algo “más allá del universo conocido”.

De pronto un estallido, como un disparo a quemarropa. La nave desdibujó un movimiento violento y fue a detenerse a orillas de una zanja, sobre la cuneta.

Virginia crispó las manos en los bordes del tablero fijando los ojos interrogantes en Corleone, que abría la puerta del vehículo y echaba pie a tierra:

“¿Qué pasó, Michael?”. “No sé… Una piedra… Tal vez un vidrio o un clavo —murmuraba el joven bien trajeado, pateando la rueda—. Lo peor es que ya está oscuro… No veo bien…

La brisa de la tarde le apagaba el Zippo al encenderlo.

“Indudablemente, esto no puedo componerlo sino donde haya luz o mañana, con el día… para cambiar el caucho con el repuesto”.

“¡Ja, ja, ja! ¡Qué chimbo!…”.

“No se ría, Virginia, yo estoy avergonzado por mi carro, yo que pensaba que no me fallaría nunca… ¡Si hubiera por aquí un sitio donde pasar la noche!”.

“Claro —exclamó la muchacha en congestión de carcajadas nerviosas—, porque, si no se compone, no podemos pasar la noche al sereno. Mucha delincuencia, nos pueden asaltar en la carretera. ¡Y yo tengo hambre! Lo que voy a divertirme cuando cuente la aventura”.

Y caminaron silenciosos. Él arrastrando las pisadas; ella se quitó el sombrero y lo llevaba con ambas manos, colgado por las bridas; los rizos rubios se movían como mosquitos en torno a una fruta descompuesta.

“¡Mire aquella bombilla!”, exclamó de pronto Virginia; Corleone ni siquiera alzó la cabeza; parecía querer hundir el gesto de contrariedad en el atardecer.

Tocaron a una casa. Salió a abrirles una vieja de cabellos blancos. Corleone explicó el accidente; la dueña de la casa hizo una advertencia; ellos no daban hospedaje; pero, en un caso así, tratándose de gente decente (con un convincente fajo de billetes verdes de 100 en su mano) y por una noche nomás, cederían.

Corleone, dentro, seguía revisando los mensajes del celular y chirriando los dientes. Virginia, entre tanto, conversó demasiado; después de comer, la señora los condujo a la alcoba y los dejó solos.

Se miraron las caras. Corleone cansado de su parloteo incansable; Virginia reventada de risa.

En el centro de la pieza había una cama antigua, solemne, matrimonial, de caoba.

“¡Quédese usted aquí, Virginia, yo me voy a dormir al corredor…”.

A ustedes los Corleone no se les ocurre nada bueno.

“¡Vas a coger un resfriado! A ustedes los Corleone no se les ocurre nada bueno. En compaña como en campaña; fíjese bien; la cama tiene dos colchones: paramos uno de los dos, a lo largo de la cama como un tabique, lo sujetamos del copete y usted, muy tranquilo, de lado de allá, se desviste y se acuesta y yo, de lado, acá hago lo mismo y santo remedio…”.

Poco después, separados por aquel muro improvisado, se despiden:

“Hasta mañana, Corleone”.

“Buenas noches, Virginia, hasta mañana”.

Al joven se le iban cerrando los ojos; a Virginia le costó trabajo pescar el sueño. Cuando ella se levantó por la mañana, encontró al mozo en el corredor armado con una llave de cruz para cambiar el caucho de repuesto:

“¡Ya estamos listos! Vámonos…”.

Ella le miró con una piedad poco despreciativa. La nave corría, corría, corría carretera abajo.

El aire enfilado en el vacío que dejaba la máquina, ella se cansó del potente acondicionado, bajó el vidrio de la ventanilla y una ráfaga de viento le arrancó el sombrero a Virginia de un solo golpe y lo elevó por sobre la carretera.

Corleone se detuvo y bajó. El sombrero bailaba en el aire, dejándose llevar por la brisa. Corleone seguía el viaje del sombrero, viendo hacia arriba. Una bocanada de viento le dio al sombrero un brusco giro y lo empujó a caer detrás de la tapia de una posesión; una tapia alta, gris, larga, muy larga, por encima de la cual surgían árboles.

Un grito molesto y desolador se escapó de la garganta de Virginia:

“¡Mi sombrero! ¡Tan lindo mi sombrero! ¡Era de Italia y me lo estaba estrenando!”.

Corleone miró hacia al este, hacia el oeste, siguiendo la línea de la tapia terrosa: no se hallaba una puerta a todo lo largo. El joven, sin desalentarse, gritó de lejos:

“No importa: ya se lo busco”.

Corleone ganó la altura de la pared y desapareció tras ella. Después, un salto y regresaba con el sombrero.

“Tome… ¿Qué le parece?… Usted desconfiaba de mí, ¿verdad?”.

Ella le miró de reojo y repuso socarrona:

“Dispense: yo creía que un hombre que no me quiso hacer el amor anoche era incapaz de buscar un sombrero…”.

“No se preocupe, yo siempre cumplo”.

De inmediato sacó la pistola, recordando que Clemenza le había dicho que no se preocupara por las huellas dactilares. Se oyó un disparo. La bala se metió entre la frente y la oreja de la muchacha, y cuando salió, el sombrero de paja italiana quedó salpicado de sangre y de trozos de hueso. Michael se dio cuenta de que no era necesaria una segunda bala.

Carlos Torres Bastidas
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Comentarios (6)

Final inesperado, justamente lo que más me gustó. Al principio estaba un poco perdida, pero al comenzar el relato de ellos, me atrapó y comencé a leer con más interés.
Un cuento recomendable, felicitaciones.

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Excelente narrativa que te va llevando a finales esperados sorpresivos . Felicidades !!!

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¡Interesante cuento! Un final inesperado, rápido y violento. Una narrativa que explica lo sutil y elegante de un crimen. Que sigan los éxitos literarios.

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Muy buen trabajo ❤️

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Sobre los 3 cuentos de El Padrino: “Desde mi percepción discurre en un acertado manejo de la intertextualidad, teniendo como referencias la novela y el film El Padrino, con el manejo de un lenguaje muy preciso de concisa transparencia.”(Comentario de mi maestro Julian Márquez)

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Como siempre Carlos Torres, juega con su excelente pluma y nos transporta a historias entre la realidad y la ficción, las cuales complacen a los amantes de este género.

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