XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Henar, de Carmen Escribano
(primeras páginas)

sábado 4 de mayo de 2024
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“Henar”, de Carmen Escribano
La novela Henar, de la escritora española Carmen Escribano, está disponible en librerías de España, Portugal, México, Argentina, Colombia, Perú, Ecuador, Uruguay y Brasil. Además, se puede adquirir en Amazon, tanto en formato impreso como en digital. Disponible en Amazon

Es delgada, serena como la brisa que se desliza silenciosa, con grandes ojos cálidos, alucinantes y siempre expectantes. Viste de negro, negro riguroso, dicen que por la reciente muerte de algún familiar. La severidad de la ropa agrega más misterio y singularidad a su ya singular, atrayente y raro encanto. La joven vestida de negro, sentada junto a otras compañeras, comparte mesa en el restaurante del hotel donde se alojan, están de exámenes, hablan entre ellas. Él observa fascinado cada uno de sus gestos. En un momento ella se levanta para preguntar o pedir algo al camarero. Él la sigue sin poder apartarle los ojos y apenas escucha la conversación que, a su lado, mantienen los demás profesores, si se dirigen a él, contesta escuetamente y trata de disimular su interés por la muchacha. Es diferente. Pálida, decidida, con una energía sutil que da fuerza a su juvenil madurez. “Es preciosa esa chica, ¿verdad?”, le comenta un compañero de mesa, al observar que él la mira, “Sí”, contesta escuetamente esmerándose en mostrar desinterés. ¿Cómo no reparó en ella nada más verla?

Responsable y trabajadora, eso dijeron los demás profesores al hablar de ella, cuando le describían al llegar a la escuela, las características de los diferentes alumnos a los que se iba a enfrentar. En su primer día de clase, ella estaba allí, pero no la vio sino mezclada con todos. No se hacía notar. Su natural discreción la mantenía habitualmente en un segundo plano y no solía intervenir sino en muy contadas ocasiones. Los demás profesores la admiran por su disciplinado trabajo y esfuerzo. Él quedó cautivo de su mirada intensa y espontáneamente profunda, la primera vez que, en clase, le hizo una pregunta. Disfrutó respondiéndole. De un día a otro pasa de no reparar apenas en su existencia, a explicarlo todo en clase solo para ella. Mira a los demás barriendo la clase de un extremo a otro, pero solamente a ella ve absorbiendo con sumo interés todo lo que sale de sus labios. Ahora el tiempo, entre una y otra clase a las que ella asiste, pierde interés y se vuelve interminable. Tal desatino le trastorna incomprensiblemente, no la conoce en absoluto, solo sabe que es buena estudiante. En el pueblo, del que ha estado muchos años ausente, él conoce a todas las importantes familias como la suya propia, el resto es una amalgama de gente a la que no frecuenta, en general son personas en las que nunca ha reparado. Toda su adolescencia y primera juventud la ha pasado estudiando fuera, así le resultan ajenos todos los que no están entre sus familiares y amistades. Con la carrera recién terminada, decidió pasar un tiempo sabático, sin límite, viajando por el mundo y, al volver, contaba con un puesto de trabajo en el instituto. Le gusta la enseñanza, por lo menos eso ha creído siempre, mucho más que ocupar un puesto en una de las grandes empresas que le propuso su padre. En el pueblo, las familias de rango como la suya lo controlan casi todo, no le ha sido difícil empezar a ejercer como profesor. Empezó a trabajar con decisión y entusiasmo, seguro de sí mismo. Ha sido educado para confiar plenamente en sus capacidades que, por otra parte, las tiene suficientes para considerarse un buen profesional.

“Henar”, de Carmen Escribano
Henar, de Carmen Escribano (Adarve, 2023). Disponible en Amazon

Henar
Carmen Escribano
Novela
Editorial Adarve
Madrid (España), 2023
ISBN: 978-8410082465
148 páginas

A todo profesor le sirve de estímulo, y más si es principiante en el oficio de enseñar, comprobar, como ocurre, que sus alumnos asimilan con facilidad lo que él explica y se muestran interesados. Ella, no menos que los demás, lo sigue siempre con sumo interés y él empieza a sentirla necesaria para seguir hablando. Nada más entrar cada día en clase, la busca, con inquietud paranoica, entre los demás alumnos. Siempre está allí, no falta nunca. Empieza a envidiar al compañero que, sentado a su lado, comparte con ella comentarios, trabajo y sonrisas y, tantas veces, después de clase, continúan pasillo adelante con su jovial relación de compañeros. Al abandonar el aula, ella lo despide con una sonrisa coloquial y desinteresada, en ese momento pierde toda la atracción que, momentos antes, la captaba plenamente. A veces, con la misma sonrisa coloquial, le da las gracias por la clase. Eso es todo, con él no comparte nada más, solo volverá a atraer su atención en la próxima clase, después el mundo de ella continúa pasillo adelante, ajeno por completo a los sentimientos que pueda provocarle. Él deja de existir en su horizonte lleno de ilusiones juveniles. En cambio, la vida de él se para, deja de fluir, atorada por un sentimiento confuso que le nubla el mundo. ¿Qué quiere respecto a ella? Nada en realidad, no se lo ha preguntado, ni por un momento pasa por su mente la posibilidad de apartarse un milímetro de su esperable destino, ni siquiera se plantea que tenga un destino. El mundo, todo el mundo, incomprensible y absurdamente, en ese momento es ella. La chica de negro es una existencia abstracta que se ha introducido en su ser inundándolo por completo, algo íntimo que lo acompaña siempre, perfectamente compatible con el resto de su vida, una brisa interna, un dolor placentero que necesita para sentirse vivo. La quiere ver, quiere saber que ella estará cada mañana en su clase y quizá se la cruzará por los pasillos y tendrá la oportunidad de intercambiar alguna frase o alguna sonrisa. La de ella es fresca, espontánea, amable y corta, siempre muy corta, imposible retenerla unos segundos más, no sabe qué más decir para conseguirlo, indefectiblemente algo la reclama, algo que nunca es él. ¿Por qué habría de serlo si, en apariencia y en contra de su sentir más íntimo, él tampoco muestra ningún interés hacia ella, si le aterra la idea de que alguien descubra o pueda sospechar sus absurdos sentimientos, y solo le dedica el tiempo que a los demás estudiantes, a veces menos para no descubrirse? Sería humillante y sin sentido. Sin embargo, después de su jornada de trabajo todo pierde color. Las horas transcurren pesadas en su confortable y complaciente forma de vida. Antes no era así. Siempre había algo que despertaba su interés en un mundo, a veces misterioso, y siempre lleno de posibilidades para él. Todo vendría con sus pasos contados. Ahora vive obsesionado con su alumna pero esa es una página aparte. Su vida seguirá siendo la que era. No quiere ni tiene capacidad de pensar sobre aspectos concretos de su vida que, en este momento, es plena aunque conlleve sufrimientos muy íntimos. Se ha desarrollado en su interior un mundo intocable, al margen de todo y de todos, que está fuera de cualquier razonamiento lógico.

Lee también en Letralia: reseña de Henar, de Carmen Escribano, por Alberto Hernández.

El curso está transcurriendo en esa dinámica de flotar, sufrir dulcemente y cumplir su destino sin plantearse otra cosa. El aliciente de llegar al instituto y verla es el estímulo del resto de la jornada. Primer trimestre, segundo trimestre… Apenas sin reparar en ello, se ha precipitado el final de curso. El verano trae consigo las aulas vacías. Solo con algunos repetidores y malos estudiantes que pululan por los pasillos. Ella no está. Ni siquiera la encuentra alguna vez, por casualidad, en la reducida extensión del pueblo. En ningún sitio. Toda la familia de él se traslada en busca de espacios naturales para dejar pasar plácidamente el verano. Él trabaja algunas horas en el instituto para ayudar a los estudiantes suspensos. Lo hace gustoso porque no quiere dejar el pueblo. Su tiempo libre lo dedica, casi exclusivamente, a pasear por distintos sitios. La está buscando aunque no quiera reconocerlo. Ella no está. Este verano está siendo interminable, su final se va enredando entre cada jornada y no acaba de llegar. Nunca antes había sido así. Los días estivales solían sucederse placenteros, despreocupados, plenos. Libres del desasosiego permanente de ahora y de la sensación de estar en un sitio distinto al que el transcurrir natural de la vida requiere. No quiere aceptar el motivo de su inquietud por absurdo y fuera de lugar. Él no es un bisoño adolescente y no puede comportarse como tal. No puede caer en determinadas debilidades. Cuando inesperadamente recibe la llamada del director de instituto, sin meditarlo, como suele hacer antes de tomar cualquier decisión, dice: “Sí, volveré a dar clases el próximo curso, cuenta conmigo”, y una corriente de aire fresco barre toda la desidia y la pesadez que hace insoportable el lento ritmo con que se mueve el tiempo veraniego.

Empieza el curso. Con los nervios de un colegial se dispone a organizar todo el material, sus horarios, la coordinación de las diferentes clases que tiene encomendadas… A la primera del día asistirá ella, la joven de negro, o quizá ya no vista luto. Entre libro y libro, imágenes del curso anterior, su mirada atenta, absorta, clavada solo en él. Instantes en los que únicamente él existe. Nada interfiere entre los dos. Él emana y ella absorbe en una especie de concepción mística. Sus mentes profundamente enlazadas. Él mira de vez en cuando a los demás, pero explica solamente para ella. Después, las otras clases de su agenda carecen por completo de esa emoción excitante.

Por fin, el primer día, la primera clase. En cuanto entra, sus ojos barren, llenos de ardorosa y difícilmente disimulada ansiedad, todos los asientos del aula buscándola, la zozobra lo ciega. Ella no está. No puede creerlo. Absurdamente empieza la clase y va desplegando su programa de forma maquinal. No puede continuar. Bajo el pretexto de coger un libro que necesita en la biblioteca, pide disculpas a los alumnos y sale de la clase. En la sala de profesores está el director. Él se dirige a las estanterías fingiendo buscar algo. Espontáneamente comenta como de pasada:

—Por cierto, entre los alumnos del curso pasado he visto que faltan algunos, por ejemplo Henar Uceda.

—Ah, esa chica. Ya no está con nosotros. Ha dejado los estudios. Una pena porque es muy buena estudiante, inteligente y responsable, sirve para estudiar y tendría un gran futuro si lo hiciera. Pero su situación familiar y económica ha motivado que se ponga a trabajar. Traté de disuadirla y, con lágrimas en los ojos, me explicó por qué debía irse.

—¿Dónde está trabajando? —pregunta queriendo mostrar solo el interés lógico que tendría un antiguo profesor.

—Eso no lo sé. En cuanto terminó el curso me dijo que se iba del pueblo a buscar trabajo. Pensaba que así tendría más posibilidades. Es una pena.

—Sí, es una pena.

Desolado coge cualquier cosa de la estantería y abandona la sala de profesores para dirigirse de nuevo a clase, presa de un dolor incontenible y un inmenso vacío. Siente que le será imposible continuar todo el curso con las clases como ha prometido. Solo quiere huir.

 

Ningún día, desde que Henar llegó, ha lucido el sol en todo su esplendor. ¿Será quizá siempre así?

En Madrid amanece brumoso a pesar de que el verano está comenzando. Ningún día, desde que Henar llegó, ha lucido el sol en todo su esplendor. ¿Será quizá siempre así? Ese es un detalle al que, en este momento, no quiere prestar ninguna atención ni dar importancia. Todos los lugares son diferentes y tienen sus propias características, su encanto, y hay muchas cosas nuevas de las que ocuparse ahora. Todo huele diferente, el ritmo de vida es otro, la gente se mueve con una soltura alucinante a pesar de la gran complejidad del entramado urbano. Hay que coger el ritmo. Empieza a ser excitante caminar por las calles, junto a los demás, y pasar inadvertida, como una más. Al pasar se mira de reojo en la luna de los grandes escaparates y la imagen que ve es natural, desenvuelta y decidida, como los demás, por lo menos eso le parece a ella, es justo lo que quiere aparentar. Está satisfecha. El futuro es inimaginable y fascinante, ¿por qué no? Cuando pasen unos días, empezará a buscar trabajo. Ahora se dedica a hacer todos los recados de tía Águeda para coger soltura. Ella la ha acogido con tanto cariño y, como tiene ya cierta edad, agradece no tener que salir a la calle.

—Tía, ¿qué es un mozo de cuerda? —pregunta Henar jadeante mientras va sacando los distintos paquetes de la bolsa que acaba de traer.

—Un mozo de cuerda es… ¿por qué lo preguntas?

—Es que, en la tienda donde he comprado el aceite y las demás cosas que me has encargado, el muchacho que me atendía, después de cobrarme me ha preguntado: “¿Necesitas un mozo de cuerda?”. Yo no sabía qué contestar. Como él me estaba sonriendo mientras me hablaba, le he sonreído también y solo le he dicho “hasta luego”.

Tía Águeda dibuja en sus labios una sonrisa maliciosa.

—Sencillamente ese chico te estaba tirando los tejos, le has gustado. Un mozo de cuerda es alguien que te acompaña a casa cargando con lo que has comprado.

Henar siente una desmesurada excitación que quiere disimular a toda costa. Ese hecho sin aparente importancia la dota de una increíble energía y seguridad en sí misma, todo puede ser maravilloso en esta nueva etapa de su vida. El joven de la tienda es alto, delgado, con una cara angulosamente viril y ojos chispeantes. Y su tez morena y su sonrisa… Naturalmente no dice nada pero sigue visionando, una y otra vez, la escena de la tienda y se pregunta cómo comportarse la próxima vez que vaya para no romper la magia de ese último acto.

Después de los primeros días de asueto para adaptarse a la ciudad, leer y releer en el periódico la sección de anuncios por palabras, para encontrar un trabajo, se ha convertido en la rutina diaria. No es fácil, hay muchas menos ofertas de lo que Henar imaginaba. En respuesta a cada una de ellas se presenta un montón de gente y ahí sí que se siente en inferioridad de condiciones. “¿Tienes experiencia?”. “Aunque no he trabajado nunca, sí he practicado mucho”. Con el tiempo, si en otra cosa no, en el arte de buscar trabajo sí va teniendo experiencia. “Bachiller, mecanografía y taquigrafía”, dice siempre que le preguntan por sus conocimientos. Incluso ya no se le enredan los dedos, con los nervios, al escribir a máquina, cuando le hacen alguna prueba. Pero ha descubierto, a su pesar, que también hay gente con dobles intenciones. “Hay que tener mucho cuidado, en las grandes ciudades hay mala gente”, repite tía Águeda, desconfiada y temerosa, a cada momento. Insiste desde el día en que, al ofrecerse Henar para un puesto de trabajo, el hombre que la atendió por teléfono, después de preguntarle su nombre y edad, la citó para una entrevista el mismo día por la tarde. Con la euforia y el nerviosismo, ella no podía recordar con seguridad a qué hora la habían citado. Para no equivocarse, decidió volver a llamar y confirmar la hora. La mujer que contestó el teléfono se extrañó mucho de que la hubieran citado para la tarde porque, “a esas horas no hay nadie en las oficinas”. Tía Águeda se alarmó muchísimo, “no quiero pensar qué intenciones tendría ese hombre. Menos mal que has vuelto a llamar”. En otra ocasión la tuvieron escribiendo a máquina más de una hora, para una supuesta prueba, mientras el dueño recibía diferentes visitas de supuestos clientes. Cuando dejó de llegar gente, se le acercó y sencillamente le dijo: “Es todo. Si estás admitida para el trabajo, ya te llamaré”. Nadie la llamó. A tía Águeda no se le escapaba nada, “te ha utilizado para que dieras la apariencia de una secretaria ante las visitas que recibía”. Henar no estaba tan convencida de eso, no obstante, aprendió a recelar.

Es fatigoso ir de un sitio a otro y sentir que no encajas en ninguno.

La realidad es más dura de lo que había imaginado. Es fatigoso ir de un sitio a otro y sentir que no encajas en ninguno. Empieza a dudar de su propia presencia y capacidad. Y las distancias son tan grandes… Un día más de búsqueda. Sale casi a diario con el pequeño blog en que anota las ofertas asequibles con su edad y preparación, si es posible se presenta a todas y, la mayoría de las veces, queda pendiente de una posible llamada que, hasta ahora, no se ha producido. Hoy son ya varias las ofertas a las que ha ido. Siempre igual, preguntas personales, pruebas y “ya te llamaremos”. Es ya casi medio día y está agotada. Las grandes distancias entre uno y otro lugar le hacen perder mucho tiempo y energía. Es una tentación dejarlo por hoy, además, con tanto calor está despeinada y poco presentable. Al final, venciendo la tentación decide acudir a la última oferta de trabajo que tiene marcada en el blog. Por ella que no quede, no quiere después cuestionarse “si hubiera ido quizá…”. Total, un último esfuerzo no tiene importancia. En realidad la oferta es un poco desconcertante e imprecisa “Se necesita mujer joven, con buena cultura, como acompañante de mujer mayor para asistirla en lo que necesite”. ¿Es ese un trabajo apropiado para ella? Bueno, es un trabajo más. La dirección que tiene anotada no queda muy lejos de la boca de metro. No le cuesta trabajo encontrar la calle y llega pronto. Está tan cansada que no se siente nerviosa. Cree que, como los demás, no va a servir para nada, aparte de librarse del remordimiento de no haber ido, tiene que intentarlo todo. Después de andar unos minutos, se encuentra ante una casa señorial con un gran portón, abierto de par en par, que da paso a un espacio para entrada de coches. Todo es noble, suelo de mármol, gran puerta satinada y robusta compuesta por grandes casetones, segunda puerta al fondo, que da, sin duda, a la cochera, paredes con revestimiento acanalado impecable. Igual que en las casas burguesas que ha visto en el cine. De pronto se siente más intimidada de lo que quiere admitir. Esto no es para ella. A la derecha está la puerta que debe dar a las viviendas, nobles maderas y cristal biselado. Sin pararse a pensarlo toca el timbre. No tardan en contestar, es una voz de mujer, “Vengo por un anuncio que ha salido en el diario de hoy”. Sin responder abren la puerta. En un espacioso e impecable vestíbulo están la puerta del ascensor y una amplia y señorial escalera que se pierde hacia arriba en una curva perfecta. Es un primer piso, según está anotado en su blog, así es que sube andando. Arriba, en el rellano, hay una sola puerta aparte de la del ascensor. Antes de llamar se coloca la melena con ambas manos, se frota con energía las mejillas para disimular el cansancio, respira profundamente y pulsa el timbre sin darse la oportunidad de considerar nada, es como tirarse al agua fría, mejor no pensarlo. Cuando lo oye sonar en el interior la sacude una especie de vértigo. Ya está hecho. ¿Qué digo ahora? Cuando ha ido a oficinas o comercios es distinto, más impersonal, pero esto es una vivienda privada y tanta opulencia amedrenta y trastorna un poco más. Un último gesto maquinal para arreglarse la melena. Suenan las cerraduras y, con un crujido suave, se abre la puerta. Quien abre es una mujer de mediana edad con buen porte. “Vengo por el anuncio que ha salido en el periódico”. La mira de arriba abajo durante unos segundos, “Sí. Pase por aquí, por favor”. Con la mano le indica la dirección mientras cierra la puerta, después la acompaña a una habitación confortable y severamente amueblada con poca luz. “Espere un momento, ahora viene la señora”. Henar se queda sola y empequeñecida en medio de la amplia habitación, sin saber qué hacer, mientras oye alejarse los pasos de la mujer con un sonido amortiguado sobre el suelo de madera. Ruido de puertas, algún murmullo suave, puerta otra vez y pasos cada vez más cercanos que le hacen subir la adrenalina. “Buenos días”, la señora es delgada, canosa, elegante, se mueve con agilidad, le tiende la mano, “buenos días”, repite sonriente “puede sentarse”, ella también lo hace en uno de los sillones enfrentados. Henar, después de responder al saludo, busca el más cercano y se sienta dejando caer su bolso sobre la falda y sobre él ambas manos.

—Vengo por el anuncio en el periódico sobre una oferta de trabajo.

—Eres muy joven —es la primera observación de la señora—, ¿qué trabajos has hecho anteriormente?

—La verdad es que no he hecho aún ningún trabajo asalariado, pero he trabajado en diversas cosas.

Henar trata, incomprensiblemente angustiada, de adivinar la impresión que le está causando.

La señora la contempla unos segundos en silencio, Henar trata, incomprensiblemente angustiada, de adivinar la impresión que le está causando. ¿Por qué, si ese trabajo no le interesaba especialmente, si ha ido guiada por la rutina?

—¿Qué has estudiado?

—He terminado el Bachiller.

—¿Superior? —la interrumpe.

—Sí, superior. También sé taquigrafía y mecanografía.

—Bueno, eso no creo que nos resulte especialmente útil. Eres muy joven, ¿Por qué quieres trabajar?

—Necesito trabajar para ganarme la vida. Somos varios hermanos. Yo me vine a la ciudad porque mi padre ya no puede seguirme pagando más estudios y creo que puedo trabajar con lo que he aprendido. Así quito una carga en mi casa. También me atrae la idea de poder mantenerme por mí misma y, si es posible, ayudarles a ellos —según habla, siente que está destapando interioridades que no pensaba. Se va desinhibiendo, ya no se siente tan intimidada por todo lo que la rodea, se está abriendo ante una extraña de una forma indeliberada. Tampoco le han hecho este tipo de preguntas en las entrevistas anteriores, solo le han preguntado sobre sus conocimientos y experiencia.

—¿Sabes en qué consiste este trabajo?

—Pues tengo una idea —ahora sí le agobia la pregunta. No sabe, en realidad, lo que tendría que hacer en caso de ser admitida.

—¿Qué idea tienes?

—Quizá acompañarla a usted para ayudarle en lo que necesite.

La mujer sonríe benévola y se reacomoda en el sillón provocando, con su silencio, mayor desconcierto en la joven.

—Sí, viene a ser eso. Pero no te imaginas lo complejas que pueden llegar a ser las necesidades de una mujer mayor como yo.

Henar siente el impulso de decirle que no es tan mayor, en realidad lo piensa así, es una mujer madura pero vigorosa y resuelta, cuya manera de moverse da la impresión de dominio, serenidad, aplomo y seguridad en sí misma. Piensa que no es una vieja pero no se lo dice, odiaría que sus palabras sonaran a adulación para conseguir el trabajo.

—¿Qué sueles hacer cada día?

—Ahora, aparte de ayudar a mi tía, buscar trabajo. Antes de venir aquí, en el último año, estudiar y compartir las faenas de la casa con mis hermanos. Desde que mi madre murió, todo se nos complicó mucho.

—Siento oír que has perdido a tu madre.

—Gracias. La echo mucho de menos, pero su falta ha sido un estímulo en mi vida, ahora sé que no tengo en quien apoyarme. A ella le gustaría verme seguir mi camino y no parar. No quiero defraudarla.

—Es difícil, ¿verdad?

—Sí, es difícil, pero no hay nada imposible.

La persona que necesito debe tener una cultura media y estar dispuesta a acompañarme en diversas circunstancias.

—Bueno. He perdido un poco el hilo de lo que quería preguntarte —la señora se frota la frente con lentitud sin apartar sus ojos de la joven—. En fin, la persona que necesito debe tener una cultura media y estar dispuesta a acompañarme en diversas circunstancias. Mi vida a veces es monótona y a veces no —vacila unos momentos pensativa—, había pensado en alguien no tan joven como tú, pero está bien, eso tampoco es indispensable. En algún momento incluso me podría venir bien que escribas a máquina, aunque eso no me lo había planteado —otros segundos de silencio y deliberación interna. Henar la observa anhelante sin saber qué decir para aportar algo más a su candidatura. En realidad no está segura de ser capaz de cumplir una misión tan indefinida y compleja —podríamos tener unos días de prueba, ¿estarías dispuesta?

—Sí, naturalmente —responde eufórica.

La señora continúa pensativa.

—Bien, necesito pensarlo detenidamente. Como tengo tu teléfono, cuando tenga algo decidido, te llamo, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —su voz tiene ahora sonido de desaliento. No es la primera vez que le han respondido lo mismo, “te llamaré”; por un momento parecía que tenía el trabajo ya en la mano. Las dos se levantan y, sin hablar, salen de la habitación y recorren el amplio pasillo hasta la puerta de entrada.

—Muchas gracias por haber contestado a mi anuncio —le estrecha nuevamente la mano con la misma suavidad que a su llegada.

—De nada —Henar sonríe para disimular su decepción.

Carmen Escribano
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