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La derrota de los comediantes, de Jesús Greus
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jueves 16 de mayo de 2024
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“La derrota de los comediantes”, de Jesús Greus
La derrota de los comediantes, de Jesús Greus (Samarcanda, 2023). Disponible en Amazon

La derrota de los comediantes
Jesús Greus
Novela
Editorial Samarcanda
Sevilla (España), 2023
ISBN: 978-8419800831
434 páginas

Del embolado en que me metió el tío Martínez

Ojeroso y mal dormido, amanecí de buena mañana. Cavilando sobre Amparito Gomar y sus defensas abatidas por los encantos del petimetre, no había pegado ojo. Para mi mayor desconsuelo, me di de narices con la propia Lagarta en la escalera de nuestra casa, a la altura del tercer piso, donde tiene su hospedería la tal doña Patrito. Con un escalofrío, reparé en un zarcillo de oro que chispeaba en su cuello. La Lagarta respingó la nariz y se echó a la calle sin dar ni los buenos días.

Afanado zascandileaba yo por el teatro, un rato después, en mandados de unos y de otros. Aquí se oía cantar una tonadilla, allá se ensayaba un recitado, más allá escapaba un aria entre trinos de violines, aullar de fagotes y trémolos de cornamusas. Por allá ensayaba un grupo seguidillas de todas clases: que si manchegas, gitanas, majas, garruchonas, carcelarias, serias, de idea y de nueva invención, que de todo se oía tararear por allí.

Tras la escena resonaban matracas de carpinteros, griterío de sacamuertos, chirriar de la maquinaria subterránea. Unos tramoyistas producían llamas de infierno con pólvora y pez molida. Otros maquinistas aprestaban transformaciones: un reloj que se transformaba en trono; una mesa, en aparador; una fuente, en cenador, etcétera. En un lateral del tablado se aprestaba la tramoya llamada bofetón, que sirve para hacer girar las mutaciones. En otro lado, el célebre profesor don José Rivelles, nuestro pintor, coloreaba bastidores con decoraciones nuevas.

Y a mí me hervía la sangre con todo este rebumbio del teatro. Por acá ensayaban los cómicos de cantado, y por allá, los de representado. De una sala emergía la bella voz de cantante de nuestro cuarto galán Francisco Ramos, yerno del director Martínez, pues casó con su hija Paca. Los Ramos es casta numerosa de cómicos, parientes por cierto de la Tirana. Varios de ellos tenemos en esta misma casa; sin ir más lejos, Juan, buen galán aunque cegarruto el pobre, que hay que llevarlo de la mano hasta la escena, y Tomás, Vicente y Rafael. En otro cuarto, el sobresaliente Isidoro Máiquez, joven prometedor, ensayaba El tirano de Ormuz, de Francisco Comella.

Lee también en Letralia: reseña de La derrota de los comediantes, de Jesús Greus, por Alberto Hernández.

Llevaba yo unos libretos a nuestro actual compositor, don Blas de la Serna, que lo es también del Coliseo de la Cruz, cuando quiso mi mala sombra que pasara por delante mismo del despacho del autor de la compañía. La puerta estaba cerrada, pero he aquí que se abrió de golpe y asomó la jeta y pelicana del tío Martínez en persona. Oí pronunciar mi nombre, apreté el paso y seguí de largo, pues ya me bastaba con los mandados que traía, cuando me amonestó don Manuel con su vozarrón de antiguo galán:

—¡Serafín Pedregal, no te hagas el sordo! Ven acá te digo, zascandil.

—¡Estoy de prisa! —aludí.

—Ni prisas ni porras —exclamó don Manuel.

Me vi en el compromiso de obedecer, aun alegando que tenía mucho que hacer. Don Manuel me hizo entrar a su despacho, donde en la punta de una butaca se hallaba sentado, muy tieso, un hombrecillo de unos treinta y pico de años, de tez amarillenta, con levita de abate negra retinta.

—Usted dirá —expresé impaciente.

—Serafín —inició don Manuel sentándose tras su enorme escritorio—, eres un joven sagaz, bien dispuesto y, sin ánimo de ofender, un pelín fisgón, lo cual conviene a la empresa que deseo encomendarte. Bien te consta que, en más de una ocasión, has resultado a esta casa de gran utilidad al objeto de solventar algún que otro atolladero en apariencia insoluble —y agregó mirando a su huésped—: Cosillas nuestras…

Malo, me dije. Cuando don Manuel lisonjea es que quiere sacar raja. Sonreí esquivo.

—Es el caso —prosiguió nuestro empresario— que ayer mismo, por un casual, di en saber un descorazonador acontecimiento. No me andaré con rodeos. El señor abate don Juan Antonio Melón, aquí presente, que es, por cierto, íntimo amigo de nuestro querido dramaturgo don Leandro Fernández de Moratín, me participó ayer noche, en un aparte durante una reunión en la Real Academia de la Historia, cierta noticia de lo más perturbadora.

El abate Melón y yo inclinamos la cabeza a modo de saludo.

—Tú sabes tan bien como yo, Serafín, que don Leandro es persona dilecta de esta Casa de Comedias, queridísimo de cuantos formamos parte de esta Compañía, persona de aspiraciones ilustradas y que nos procuró, hace menos de un año, uno de los más sonados éxitos de esta casa, que no se olvidará mientras…

No reprimí un guiño de impaciencia. Se refería don Manuel al estreno de la ya célebre y polémica Comedia nueva o El café, del mismo don Leandro.

Don Leandro, que a la sazón se halla en el extranjero, ha concluido el pasado mes de diciembre una comedia titulada El tutor.

—Sí, sí, voy al grano, Serafín. Pues es el caso que, según me refirió anoche el abate Melón, don Leandro, que a la sazón se halla en el extranjero, ha concluido el pasado mes de diciembre una comedia titulada El tutor.

—¡Buena nueva! —articulé—. ¿Para cuándo el estreno?

—De eso nada —me atajó don Manuel—. Me temo que, o ideamos algo, o nos quedamos con las ganas de representarla.

—¿Y pues?

—Pues que la comedia ha desaparecido —terció el abate don Melón.

Me quedé con cara de pasmado.

—¿Cómo que ha desaparecido? —pregunté.

—Como lo oyes —prosiguió don Manuel—. ¡La han robado! En Italia…

Anonadado quedé en el sitio. Pensé por un instante que se mofaban de mí, pero don Manuel prosiguió, severo:

—Según sospecha el aquí presente señor abate, por ciertos indicios conocidos por una eventualidad, es posible que la dicha comedia robada se halle, en estos mismos momentos, en esta villa de Madrid. —Hizo un silencio para regodearse en mi creciente sorpresa—. ¿Dónde, cómo y por qué? ¡Ah! A nadie se nos alcanza.

Yo, en cambio, comprendí al instante, o creí presagiar.

—¿Acaso pretendéis insinuar —propuse—, que nuestra peor competencia, la Compañía de Ribera, haya mangado la comedia para impedir que la estrenemos?

Fue la primera cosa que me vino al caletre. El tío Martínez y el abate se miraron desconcertados.

—¡Que reflexión tan brillante! —alabó don Manuel—. Ni se me hubiera pasado por la cabeza. Pero, ahora que lo dices, nada me extrañaría, dado el triunfo arrollador de don Leandro, en este corral, durante la temporada pasada.

—Cierto es que, con tal de que no repitan ustedes laurel la próxima temporada —corroboró el abate Melón—, los polacos estarán dispuestos a cualquier barbaridad.

—¡Qué ocurrencias tiene este chiquillo! —proclamó admirado don Manuel, refiriéndose a mí—. ¿No le digo que es un lince?

Don Juan Antonio no pareció haberle escuchado. Quedó ensimismado. Siguió un silencio mortecino. El abate, meditabundo, se mordía las uñas. Don Manuel se puso en pie de golpe y paseó agitado en torno a la gran mesa atestada de papelotes. A pesar de su edad y de los achaques, que anda el hombre por los setenta años cumplidos, es un anciano recio y enérgico. Pensó en voz alta:

¿Y si fue alguno de esos indeseables polacos quien, vaya a saber usía con qué suerte de malas artes, se hizo con la inédita comedia de Leandrito sólo por sustraérnosla?

—¿Y si fuera verdad? ¿Y si fue alguno de esos indeseables polacos quien, vaya a saber usía con qué suerte de malas artes, se hizo con la inédita comedia de Leandrito sólo por sustraérnosla? ¡Ah! ¡Esos son capaces de todo! Monstruos envidiosos, aves rapaces. ¡Eso es lo que son! Si tal es cierto, ¡juro venganza!

—¿Y si lo han hecho con el peregrino fin —conjeturé aún, puestos a inventar— de forzar al señor Moratín a avenirse a estrenar con la Compañía de Ribera? De esta suerte, se llevarían ellos los laureles.

—¡Vaya usted a saber! —profirió, desmoralizado, el abate.

—De eso, nada —objetó don Manuel Martínez—. Con independencia de don Eusebio Ribera, que es hombre de pro, sus polacos son más bien contrarios a los ideales ilustrados del nuevo teatro que proponen Moratín, Jovellanos, Iriarte y Mariano José Nipho, entre otros. Jamás se avendrán a estrenar una comedia suya que ponga en solfa los trasnochados principios de retrógrados como ellos.

—En eso lleva usted razón —corroboró el abate.

Siguió otro silencio. Yo no sabía qué pensar, la verdad sea dicha. El abate, descompuesto de los nervios, estaba amarillo como la pajuela. Don Manuel, por su parte, paseaba en torno a la mesa de despacho como enajenado. A momentos se detenía, lanzaba una exclamación, murmuraba algo incomprensible, negaba con la cabeza y retomaba el paseo. Lo observé con lástima. Quizá por el abatimiento se diría aún más anciano de lo que es. ¿Hace cuánto fue comediante reputado don Manuel Martínez? Pues debe de hacer la friolera de treinta años que campó por sus respetos en los mejores tablados de la villa, alabado y aplaudido como el que más. Don Manuel siguió vagando absorto hasta que de nuevo se detuvo, se dio media vuelta, me encaró y me espetó a la cara:

—Serafín Pedregal, eres un buscavidas, no me lo niegues.

¡Si yo no había dicho nada!

—Eres espabilado —continuó— y más tuno que yo qué sé. Sólo tú puedes indagar este misterio. Hazme este favor, el último que te pido en mi vida, próxima a su fin, y sabré recompensarte. ¡Lo juro por lo más sagrado! Busca ese manuscrito. Remueve Roma con Santiago si hace falta, pero encuéntralo.

Ahí vi mi oportunidad. El negocio me traía al pairo, pero, hombre, una ocasión así de embolsarse unas perras no se presenta todos los días. Tan desesperado estaba el hombre, que comprendí que lo tenía en mis garras.

—Eso costará unos dineros —insinúe ladino.

—¡Lo que haga falta! —concedió el tío Manuel sin regateos.

Indiqué que me vería forzado a faltar a representaciones. Don Manuel dijo que no me inquietara: se me sustituiría. ¡Con lo puntilloso que es él a la hora del trabajo! Sí, pero ¿y qué sería de mis emolumentos como figurante?

—Se te compensará por ello.

—Tendrá que surtirme de algunos cuartos por adelantado — apreté los goznes.

Abrió con parsimonia un cajón a mano derecha, del que sacó una pesada caja de ébano, que depositó con esfuerzo sobre la mesa. Era su caja del tesoro.

Don Manuel se dirigió a su mesa, extrajo un manojo de llaves de un bolsillo de su chaleco, eligió una, abrió con parsimonia un cajón a mano derecha, del que sacó una pesada caja de ébano, que depositó con esfuerzo sobre la mesa. Era su caja del tesoro. No la depositaria de las finanzas del Coliseo, conste, que ésa la administra la Junta de Teatros por medio de un contador, un secretario y un revisor, a fin de abonar nuestro estipendio, no siempre con puntualidad, dicho sea de paso. Tragué saliva calculando la cantidad de perras que guardaría ahí don Manuel, por un aquel. Acto seguido, abrió la caja con ayuda de otra llavecita plateada. Me empiné para fisgar el interior, pero don Manuel ladeó aprisa la caja y me lanzó una mirada reprobadora. Luego contó unas cuantas monedas. Por el alegre soniquete quise calcular la cantidad, mas no pude saberlo a ciencia cierta hasta que puso el hombre en mi mano veinte reales contantes y sonantes, lo que hacía un duro. Con lo palmado que andaba yo de peculio, para variar, aquello me salvaba el pellejo. Indicó el empresario, tras cerrar de golpe la caja, que esos dineros iban a cuenta por mis pesquisas, para gastos e imprevistos, y apuntó la cifra en un cuadernillo. Cavilé que aún debía tentar la suerte, así que solté:

—De pocos recursos me dota usted, tío Martínez, para tanto zascandileo.

El tío Martínez parpadeó con descontento, pues es muy mirado para las perras. Se hizo el remolón, pero al fin lo pensó mejor, echó mano otra vez a la caja y me hizo entrega de otros veinte reales. ¡Dos duros! Ahora sí iba a ir yo bien provisto de calderilla. Calculando que podría gastar unos dos reales diarios en comer con modestia, tenía para unos veinte días de pitanza por delante. Casi tuve un desfallecimiento de puro alborozo. Luego me encareció el señor autor que fuese bien discreto y para nada mencionara al autor Moratín, ni en nombre de quién trabajaba yo, etc. Cuanta menos gente estuviera en el ajo, mejor para todos. Todavía añadió don Manuel que, si llevaba mis averiguaciones a buen término y daba con el manuscrito desaparecido, la recompensa sería mucho mayor. No me pasó desapercibido que don Juan Antonio Melón lo miraba como si no estuviera en sus cabales. Pareció titubear, aunque por fin se decidió a cuestionar:

—¿Cree usted, don Manuel, que este joven es apropiado para tan apurada empresa?

—No lo dude, amigo Melón. ¿Quién mejor que un cómico, aunque sea de poca monta, podría entremeterse sin hacerse de notar en los vericuetos de este Madrid nuestro tan azaroso?

—Si usted lo dice —soltó, aún dubitativo, el abate Melón.

Jesús Greus
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