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La derrota de los comediantes, de Jesús Greus

jueves 9 de mayo de 2024
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Jesús Greus
En La derrota de los comediantes, Jesús Greus construye un edificio narrativo desde el pasado.

“La derrota de los comediantes”, de Jesús Greus
La derrota de los comediantes, de Jesús Greus (Samarcanda, 2023). Disponible en Amazon

La derrota de los comediantes
Jesús Greus
Novela
Editorial Samarcanda
Sevilla (España), 2023
ISBN: 978-8419800831
434 páginas

Los personajes profundos de una novela salen siempre del alma de] propio creador, y sólo suelen encontrarse retratos de personas conocidas en los caracteres secundarios o contingentes. Pero aun en ellos es difícil que el escritor no haya proyectado parte de su avasalladora personalidad.
Ernesto Sábato: El escritor y sus fantasmas
Pues bien, he sido informado por un alto personaje que cierto documento de suma importancia fue sustraído de las habitaciones reales. Se sabe quién lo robó; no hay duda acerca de ello, pues se vio a la persona tomarlo. Se sabe también que lo conserva aún en su poder.
Edgar Allan Poe: “La carta robada”

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Producto de una esforzada investigación nace La derrota de los comediantes, una novela en la que el lector se convierte en un aventurero, en un paseante por el Madrid del siglo XVIII, guiado por Serafín Pedregal —un comediante de poco lustre, correveidile de un viejo empresario teatral de la ciudad—, quien se conoce todas las calles y todos los callejones, tugurios y rincones de la capital de España.

Se trata de una extensa novela muy rica en episodios, en anécdotas: narraciones, descripciones y diálogos que van tejiendo una historia central en la que participa Serafín Pedregal como actante/narrador, siempre en primerísima persona, toda vez que funge de detective encargado de dar con un texto teatral, una comedia del histórico Moratín, que fue supuestamente robada por unos conspiradores contra el gobierno real de España. La obra, titulada El tutor, comenzó a ser rastreada por el director del Coliseo del Príncipe, el señor Martínez, aupado por un personaje de la tradición, para que procurara encontrar el manuscrito que había sido robado en Italia.

Hasta aquí la anécdota, la médula de esta novela que Jesús Greus escribió en Marruecos, la así llamada “ciudad ocre”, y que logró crearla con el apoyo de muchas lecturas, sobre todo de El Diario de Madrid y diversos datos aportados por Internet. Greus pasó días y noches enfrascado en su motivación, que se logró concretar al culminar esta historia de más de cuatrocientas páginas en las que abundan la lectura de la ciudad y de sus personajes, desde el nudo del teatro de comedias.

 

Greus narra y describe con conocimiento de su idioma. La belleza de su barroca sintonía con la “realidad” barroca de ese tiempo tiene en esta novela una magnífica representación.

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Jesús Greus construye un edificio narrativo desde el pasado. Elabora una geometría de la ciudad donde se mueven los acontecimientos. El tiempo ido está en la voz del narrador. La escenografía se ubica en el siglo XVIII, por allá a finales de 1700. Es una ciudad donde pululan las sombras, las clases sociales como estamentos bien definidos: la realeza determina esa condición. Una riqueza visible en la moda, en las pelucas, en los trajes, en los carruajes, en las maneras de hablar, mientras la pobreza ambula por las calles: malandrines, pedigüeños, asaltantes, borrachines. Madrid es un entramado de vías convulsas, de gente que forma parte de un paisaje en el que sobresalen las más ásperas diferencias.

En ese ambiente, el teatro de comedias, sus actores, sus comediógrafos, sus bufones, sus empresarios, sus competencias y ambiciones, los celos y los amores, los odios y resquemores, discurre esa Madrid de esta novela escrita en el castellano que suena a esa época, un castellano pleno de riquezas semánticas. Un castellano que el autor supo trabajar con ahínco, tan cercano a la manera de hablar del pasado y tan cercano al espíritu de unos lectores que se encontrarán con los diferentes personajes que por ese tiempo pasaron, en medio de una realidad ficcionada o de una ficción hecha realidad.

Greus narra y describe con conocimiento de su idioma. La belleza de su barroca sintonía con la “realidad” barroca de ese tiempo tiene en esta novela una magnífica representación.

 

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Serafín Pedregal Rodríguez trabaja de cómico y de mandadero en una compañía de teatro de comedias de Madrid. Además, es usado por el director del Coliseo del Príncipe para que averigüe acerca de la desaparición del ya mencionado manuscrito del autor Moratín. Desde el instante en que recibe ese encargo, Serafín deja de ser él en algunos momentos para asumir el rostro y la conducta de otros personajes. Se disfraza para infiltrar salones, conversaciones y mansiones, y hasta para ejercer profesiones como la de barbero inglés o ayudante “mesmerista”. Cada una de estas representaciones constituye un constructo que, como si fuese una muñeca rusa, esconde la verdadera personalidad de Serafín: el cómico que se vale de su habilidad para desarrollar historias que convergen con la principal, es decir, con la trama del robo del texto teatral del comediógrafo español.

De manera que estamos hablando de un personaje que se multiplica. No se desdobla. Es muchos en él mismo desde la osadía de su oficio. Incluso la labor detectivesca de Serafín es una de las formas como él demuestra su capacidad histriónica y, a la vez, la del narrador, que es él mismo con el disfraz del autor Jesús Greus. Porque detrás de todo personaje hay uno secreto: el autor, quien se enmascara para relatar historias ajenas que hace propias.

 

Cada uno de los personajes forma parte de un tablero social en el que destacan los elegantes y bien hablados y los que forman parte del populacho.

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Esta obra es una novela de personajes. Más allá del asunto del robo del manuscrito, nuestro autor hace un estudio de los actantes que habitan estas páginas: cada uno de los personajes forma parte de un tablero social en el que destacan los elegantes y bien hablados y los que forman parte del populacho, sin dejar de mencionar a los comediantes, suerte de núcleo desde el cual se mueve toda la trama.

Serafín está en el medio: su labor indagatoria, sus amores fallidos con Amparito Gomar, apodada la Lagarta, su trabajo como acomodador. Su oficio como actor casi invisible. Es decir, el sujeto actante se desplaza como un ojo que actúa, dialoga y observa: acciona y relata. Su voz cabalga sobre los diálogos. Su relación con los amigos. Su caminar constante por la umbrosa Madrid. Los peligros que entraña, sufre y enfrenta. Su picardía emparentada con los personajes de la literatura clásica española. Su hambre y su pobreza también son personajes que lo representan. Es el típico personaje de la época: se vale de todas las argucias para sobrevivir y siempre salir campante, a pesar de todos los desaguisados, de los tropiezos que sufre.

Enumera los nombres de comediantes, tanto féminas como varones, que hacen de primeros actores o simples relumbrones. Mujeres que deslumbran a los petimetres, uno referente del Nuevo Mundo, de aquella Venezuela colonial, representado por un tal Indiano blanco quien se vale de indígenas para hacerse notar en aquella metrópolis del siglo XVIII.

Son tantas las voces que se presentan, tantos los eventos, que la novela podría compararse con un gran cuadro literario, con un edificio en el que cabe toda la historia de una época. Un cuadro, por demás, que contiene todas las claves de una novela policial; envenenamientos, atentados, escaramuzas y crímenes incluidos.

 

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Madrid, Magerit: matriz de un discurso que se acomoda a los sonidos del pasado, a una manera del decir coloquial por un lado y del decir culto por otro. Dos formas de abordar una “realidad” que desnuda las costumbres y la cultura de un tiempo rico en vanidades, en precariedades, en secretos. Especie de Corte de los Milagros en calles y bodegas donde se concentran malandrines y malsines que la literatura española ha puesto en escena desde la aparición urbana de la narrativa peninsular.

La ciudad de los fisgones, de los buscones, de los mirones. La de los Serafines contratados para diversos oficios y fines. Novela de embrollos en los que destacan los más hábiles, los más metiches, los que habilitan la capacidad del narrador para construir una novela como ésta de Greus.

 

La novela es contada en un tiempo lineal con algunos saltos temporales, lo que la hace una obra en la que el lector no pierde la atención.

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Dividida en tres jornadas y varios capítulos, la novela es contada en un tiempo lineal con algunos saltos temporales, lo que la hace una obra en la que el lector no pierde la atención en cuanto a las acciones y perfiles de los sujetos actantes.

El autor participa al final para informar acerca de algunos datos extraliterarios, entre ellos, por ejemplo, que el Diario de Avisos de Madrid del 16 de septiembre de 1793 anunció la presentación, en el Coliseo del Príncipe, de la obra Los amantes desgraciados —y no El anillo de Giges y el mágico rey de Lidia, de José de Cañizares, con la que decidió comenzar la historia—, así como la aclaratoria acerca de que las calles de hoy no siempre coinciden en los nombres con las del siglo XVIII. Greus se guio por el plano de Tomás López de 1785.

Una apostilla que le impone a la obra una suerte de añadido real que le permitirá al lector saberse parte de una historia que la realidad no podrá negar, más allá de la aventurada ficción que Jesús Greus nos regaló.

Alberto Hernández
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