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Existir

sábado 15 de junio de 2024
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De todos es sabido que existencia es un término que designa una multiplicidad de sentidos relacionados con el acto de ser. Es, además, la realidad concreta y tangible de cualquier cosa y los existencialistas definen la existencia como el núcleo central del ser humano.

El propósito de la vida es determinar el porqué de nuestra existencia, lo que da sentido a lo que hacemos y que se convierte en una brújula moral y motivacional de nuestras acciones, decisiones y sacrificios.

El principal objetivo de la existencia humana, lo que da sentido a la vida, es vivir siguiendo la senda del bien, siendo el bien un vector que nos indica qué acciones son deseables y cuáles no lo son.

Algunos filósofos definen la existencia como un mundo de ideas independiente y separado del mundo sensible, y con esto se refieren a realidades absolutas, eternas, inmutables, universales y anteriores e independientes del mundo de los fenómenos. Las tres marcas de la existencia son el no-ser, permanencia y sufrimiento. Estas tres características marcan todo aquello que sea creado o que exista.

Juan José Vich nació allá por 1904. Vio la primera luz el 30 de junio de aquel año y desde el primer momento comenzó su tránsito por la existencia. Al principio todo fue como la luz del día, o los días, según como se vea. Conoció la naturaleza, el sol, las estrellas, las plantas, la vegetación exuberante y, por qué no decirlo, inició el camino por el mundo con el pie derecho. Pero de pronto, como si la idea fuera demostrarle que no todo es como lo pintan, surgió el conflicto: la denominada “primera guerra mundial” que recibió ese calificativo porque se vieron involucradas todas las grandes potencias industriales y militares de la época.

Aunque el imperialismo fue la primera causa subyacente, el detonante del conflicto se produjo el 28 de junio de 1914, en Sarajevo, con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria y de su esposa, la archiduquesa Sofía. En fin, a Juan José Vich le tocó ver este fenómeno no tan dispar con el de toda la historia de la humanidad: la destrucción de unos a otros, el sufrimiento, la hambruna, enfermedades.

Luego siguieron otros conflictos muy dados a la raza humana, como guerras ya enunciadas, problemas amorosos, conflictos existenciales, entre otras linduras del ser humano.

Por ejemplo, después de esa primera guerra, a Juan José Vich le tocó ser protagonista de otra, iniciada al momento de contraer matrimonio, y luego tuvo que pagar las secuelas que ese acto conlleva: trabajo de por vida, crear hijos, soportar cuanta vicisitud se presenta en el desarrollo de la vida conyugal, sufragar los gastos de todo acto realizado “en familia”.

Sin embargo, también pudo disfrutar, como todo ganador de duras batallas, de grandes logros como el triunfo profesional, “sacar adelante” a sus vástagos, aguantar la vida matrimonial que, aunque algunos no lo quieran entender —o aceptar—, también tiene sus momentos dignos de una celebración, y lo hizo con toda pompa año con año mientras duró la fiesta.

Luego vino la segunda guerra mundial, que se desarrolló entre 1939 y 1945, en la que se vieron involucradas las mayores naciones del mundo. Fue la mayor contienda bélica de la historia, con más de cien millones de militares movilizados y un estado de guerra total en que los grandes contendientes destinaron toda su capacidad económica y militar al servicio de ese conflicto.

Aunque Juan José Vich siguió viviendo sus batallas personales, no pudo pasar desapercibidos los embates de esta guerra en la que murieron más de cinco millones de judíos eliminados dizque por una raza superior, que mataba, torturaba, quemaba, maldecía, en nombre de esa guerra creada para la maldición de la raza humana.

A esto siguieron un buen número de pestes, enfermedades y pandemias que segaron grandemente la población mundial y no se sabe si surgieron propiamente del globo terráqueo tan maltratado o fueron producto de mentes enfermas cuyo propósito parece ser terminar con el mundo. Luego llegó la pandemia del Covid-19, que Juan José Vich libró junto a su familia y durante la cual murieron millones de personas en el planeta Tierra. Lo más difícil fue vivir el confinamiento al que los sometían las autoridades. Casi era como estar bajo arresto domiciliario, y buscando vacunas “sugeridas” por quienes provocaron este desbarajuste en la humanidad, vacunas muchas veces no probadas que eran más un negocio rotundo para sus “inventores” que una cura para la humanidad.

Al final, Juan José estaba convencido de que ese virus, como tantos otros, fue lanzado por los famosos “gringos”, a quienes les fascina hacer experimentos con las personas, como cuando inyectaron sífilis a enfermos mentales en Guatemala, propagaron el ébola y otras tantas linduras que han hecho por el mundo.

Al salir de la última crisis, el señor Vich no sabía si estaba mejor o peor con su familia, pero, la verdad, se consideraba un sobreviviente de tanta guerra y experimentos hechos por los países más poderosos de la Tierra.

Continuó su vida viajando por el mundo, algo que le permitía el trabajo realizado por tanto tiempo, los ahorros y las ofertas que surgieron después de innumerables restricciones para montarse en un avión y dirigirse a cualquier destino del mundo. En ese viaje pudo ver el inmenso océano en el que viven numerosas especies de peces y por el que surcan barcos de diferentes calados transportando por él a muchos de los que han tenido la “suerte” de existir.

Juan José Vich, como cualquier persona de este mundo que se precie de pensar, está a la espera de que en cualquier momento ocurra algo que destruya por completo la Tierra, como las guerras interminables entre Ucrania y Rusia, Israel contra el grupo Hamás, ambas sujetas a la amenaza de bombas nucleares que, indefectiblemente, acabarían con la existencia, o el sufrimiento y muerte que cause cualquier virus de esos que les gusta lanzar por el mundo a las “superpotencias”, o cualquier otro conflicto que el humano invente.

Afortunadamente ya su vida pasó. Es decir, su existencia, pues en el año actual que se vive sobre la Tierra, ya tiene más de una década de “descansar” en su tumba. Los recuerdos llegan a borbotones, pero no son más que eso: remembranzas con las que se llena en estos tiempos en que a duras penas la población mundial puede alimentarse como debe ser.

Sin embargo, nadie le quita lo vivido. Aunque haya tenido una existencia de por sí ambigua, cargada de buenos y malos recuerdos, de guerras entre países, entre la humanidad entera, hambruna, pestes, virus y no sabe qué más vicisitudes vividas o soñadas. Al final no comprende con exactitud lo que pasó en todos esos casos, pero de una cosa sí está seguro.

Existió con todos los altibajos posibles que la vida le deparó.

Antonio Cerezo Sisniega
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