
Escudos de cartón
Corallys Cordero
Novela
Palabra Herida
Manizales, Caldas (Colombia), 2023
ISBN: 978-628-7628-86-1
200 páginas
Elisa
Caracas, 2014
Éramos novios. Primero habíamos sido amigos, yo la conquisté en los recreos del colegio, conversándole de todo un poco, poniendo toda mi atención en ella, esa quinceañera que lo único que necesitaba era eso: una mirada, un abrazo, un poema. La llamaba Ojos Amarillos y a ella le encantaba ese apodo. Ella confiaba en mí. Después de todo, nos habíamos conocido bastante antes de hacernos novios. Ella decía que lo seríamos por siempre.
La he imaginado intranquila pensando en la partida. Se suponía que su salida del país estaba planificada para el año entrante, una vez que ella se graduara de bachiller, pero su padre había cambiado los planes. “Se van la próxima semana”, le había dicho, mostrándole los boletos aéreos para ella y su mamá. Él las alcanzaría luego, pero, por ahora, todo estaba dispuesto para que Elisa culminara el bachillerato en un high school texano.
Me contó que después del almuerzo pidió a todos que no la molestaran porque quería dormir una siesta. Mintió. Subió a su habitación, cerró con llave la puerta, hurgó en el clóset con prisa buscando la sudadera blanca con el logo de Swatch en gris. “La más desteñida para que pase desapercibida”, solía decir cuando la usaba. Era su favorita. Sus vaqueros gastados le iban bien. ¿Y los zapatos? Se calzó los más viejos. Los que ya no podían delatar su valor. Supongo que se escapó por el balcón de su cuarto y saltó a la terraza; desde allí podía lanzarse para caer en el jardín y dar con la puerta trasera, por donde quizá salió a paso acelerado. Tenía que caminar por la avenida El Paseo de Prados del Este hasta llegar a la avenida Río de Oro donde podía tomar un taxi. ¿Tendría miedo? El letargo de la tarde desnudaba las calles vacías. En realidad, vacías de personas, no de objetos. Los guarimberos, como los llamó el Gobierno, protestaban cerrando calles, veredas y accesos a urbanizaciones con cualquier cosa que les fuera útil para obstaculizar el tránsito, desde colchones hasta artefactos viejos que yacían apostados por doquier. Aunque cada mañana se veían soldados derribando las barricadas, siempre quedaban rastros de la faena diaria que agobiaba estos tiempos.
Me dijo que tomó un taxi después de varios intentos, asustada por la implacable calma que se sentía en la ciudad.
¿Qué pensaría cuando iba en el trayecto? “Él me ama tanto como yo a él. Todo está bien. Es lo lógico cuando dos personas se aman. Es mi manera de decirle que siempre lo esperaré”. O tal vez los huecos en la vía mantenían su atención en el camino. Me dijo que le infundía pánico sentirse vigilada por aquellos ojos estampados en todas las azoteas de los edificios populares, en las franelas que usaban sus seguidores, en las vallas. “Es la manera de decirnos a todos que estamos perseguidos, espiados, vigilados desde cualquier ángulo”, le comenté. Y ella me respondió que más bien estaban acompasados al deterioro de la ciudad. Las aceras, quebradas por las raíces de árboles, hoy lucían tan tristes como los transeúntes. Todo había perdido color. Las avenidas estaban polvorientas. Me habló de las tazas de plata del arcón de la abuela que, corroídas por el paso del tiempo, ya no resplandecían como otrora. “La plata vieja se viste de luto”, me dijo que solía decir su abuela para justificar los años de indiferencia hacia todo lo que antes le llenaba la vida. Igual estaba la ciudad, me dijo: sin brillo. Salvo el sol que nunca perdía su fulgor y le recordaba la bendición de haber nacido en América. Al norte del sur.
Elisa sabía que estaba solo y aun así decidió visitarme. Traía la expresa intención de perder su virginidad. A pesar de las letanías que le solía soltar su abuela: “Todos los hombres quieren lo mismo; digan con los ojos que sí, pero con la boca que no; aquí no se me queda ninguna soltera y se me casan vírgenes. Eviten la ocasión porque la ocasión hace al ladrón”. Bromeábamos con estas historias. Elisa siempre decía que sus primas y ella tenían que oír ese sermón sin chistar, pero cuando estaban a solas hacían guasa diciendo que la abuela sólo había tenido tres noches buenas que tenían nombres y apellidos.
Cuando llegó le abrí la puerta medio dormido, me había interrumpido la siesta en aquel caluroso día de julio. Le sorprendió mi bronceado tanto como a mí su visita. En realidad, estaba ardido de tanto sol. Ella me había extrañado mientras estuve de viaje por mi graduación. Se le notaba en la mirada. Comencé a narrarle las historias de mi viaje a Margarita. Le conté que la escasez en la isla era atroz, los estantes vacíos impresionaban a la menguada cantidad de turistas que quedaba y lo poco que había era carísimo. Aquello del puerto libre hoy era sólo una quimera. Elisa no quiso saber más. Le fastidiaba oír los problemas del país, le recordaba las razones por las cuales ella no se graduaría con los compañeros de estudio de toda la vida.
Se acercó buscando mis labios y yo dibujé con sus besos un adiós a la cordura. Se quitó la sudadera y dejó sus diminutos senos al desnudo. No llevaba sostén. Contemplé la blancura de su piel y el camino que marcaban las venas en aquellos redonditos pechos coronados por el rosado pálido de sus pezones. Endurecidos, parecían los timbres de un castillo. Aún con dudas posé mis manos sobre ellos y luego los besé. Por mucho que había soñado con este momento, mi imaginación se había quedado corta ante la tersura de su piel. Elisa me quitó la franela. Permanecimos unos segundos contemplándonos los torsos, hasta que me decidí a deslizar mi mano por la cremallera de su pantalón. Ella me ayudó a hacerlo. Nos olimos y nos lamimos como gatos, reconociéndonos como pareja. Descubrimos juntos cómo la naturaleza prepara a los amantes para su encuentro. Advertí su impericia. La tomé despacio y con delicadeza, hasta acoplarla a mí.
Abrazados, la agitación aún en nuestros corazones, le susurré al oído: “Créeme, Ojos Amarillos. Te amo”. La solté con lentitud para contemplarle el rostro de mujer amada. Entrelacé los dedos en su pelo lacio para admirar los rayitos dorados que recién se había teñido para sus quince. Dibujé con mis dedos la forma de sus senos. La exploraba con la curiosidad de un niño. Acaricié sus nalgas blanquísimas y redonditas, sus manos delgadas y sus uñas pintadas de blanco; conté las pecas de su espalda: “Trescientas sesenta”, bromeé. Ella permanecía extasiada, me miraba.
Cuando abandonó la habitación para ir al baño tomé su suéter, que yacía en el piso, y lo abracé, lo besé, aspiré su olor tan profundo como pude, y sentí deseos de llorar. “La amo, claro que la amo, como nunca me había ocurrido antes”, me dije mientras veía que su teléfono vibraba con insistencia. Dieciocho llamadas sin contestar de su mamá y un par de mensajes de texto. Regresó y se echó en la cama de nuevo. La contemplé. No le mostré el teléfono, no quería que se marchara. Le ofrecí helado de mantecado para merendar. No quiso. Volvimos a hablar del cambio de planes que había hecho su padre.
—Yo no quiero perderte —musitó.
—Óyeme bien, Ojos Amarillos, cuando cumpla dieciocho años te juro que me voy a Texas y voy a tocar puerta por puerta hasta encontrarte.
—¡Estás loco! Texas es del tamaño de Venezuela.
—No hay lugar lo suficientemente grande para que yo no pueda encontrarte —dije y la besé—. Nunca te voy a dejar porque te amo, y quien ama, espera. Créeme, Ojos Amarillos. Te amo.
—Pinky promise —dijo Elisa, mostrándome su dedo meñique.
—Pinky promise —respondí, y apreté su meñique con el mío—. Mira lo que tengo aquí. En esta libreta escribo poemas para ti.
Elisa tomó la libreta y comenzó a leer los poemas en silencio. Arqueaba los labios y un par de lágrimas mudas rodaron despacio por sus mejillas. Tomó un lápiz y dibujó corazones en las páginas blancas, también flores y unos simpáticos muñequitos amándose, sobre los cuales escribió Jeremías y Elisa. Yo le acariciaba la espalda.
—¿Y si te quedas esta noche? ¿Si le dices a tus padres que estás en casa de tu amiga y te quedas conmigo? Yo te escondo. Mi mamá no se va a enterar de que estás aquí.
—¿Estás loco? Yo estoy escapadísima de mi casa. Mi papá me mata si sabe que salí sin Nicasio, mi protector. Me tengo que ir.
—Un minutico más...
Y volvimos a amarnos, esta vez conscientes de que el tiempo obraba en contra. El móvil no paraba de vibrar. Elisa se zafó de mis brazos para alcanzarlo. Al mirar la pantalla salió de la cama de un brinco.
—Es mi mamá. Tengo como veinte llamadas de ella. ¡Dios, es tarde! Me tengo que ir. Tengo miedo por las protestas.
Caminaba de un lado a otro recogiendo sus prendas de vestir. Me asomé por la ventana del cuarto.
—Aún no comienzan. ¿Quieres que te acompañe? Al menos hasta salir de esta zona, que es la zona de fuego. Puedo ir contigo hasta la avenida Lazo Martí para que tomes un taxi, o te acompaño hasta la subida de Cumbres, que es más segura.
—No. Mejor me voy sola. Esa cuesta es muy larga y luego tienes que regresar solo y se te hace de noche. ¿Puedo quedarme con mis poemas? —dijo, abrazando la libreta.
—No. Aún quiero escribirte más y ahora tengo más razones para hacerlo. Hasta que acabe las páginas. Te prometo que después te la envío por correo a donde sea que estés.
—Entonces déjame llevarme aunque sea estos.
Me mostró un par de poemas. Acepté y con cuidado arrancó las páginas, las dobló, las besó y las metió en el bolsillo de su pantalón.
Se oyeron detonaciones, gritos y algarabías: los Manos Blancas comenzaban sus protestas.
* * *
—Míralos, Amelia, están famélicos, son apenas unos guarichos, yo creo que ninguno llega a tener veinte años —dijo Luisa, asomada por la ventana del quinto piso.
La cortina desgastada se movía al compás de la brisa que se colaba por la rendija. Amelia se acercó y miró sobre el hombro de Luisa.
—La imprudencia de la juventud —movió la cabeza y apretó los labios—. Ellos creen que por alzar las manos pintadas de blanco se van a salvar de la paliza y el gas que esos degenerados les van a echar. ¡Los van a matar, Luisa! Esta gente no tiene contemplación. Aquí ya no se puede protestar y estos muchachos no lo entienden.
—Si todos salimos no pueden con nosotros, no tienen tanto gas ni tantas balas ni tantos hombres para reprimir a un pueblo entero —dijo Oscar, saliendo del cuarto con sus jeans raídos, una franela blanca, un pañuelo negro cubriéndole la cabeza y la bandera pintada en el rostro.
—¿Qué significa esa facha, Oscar? —vociferó Amelia—. ¿Tú no estarás pensando en bajar?
—Claro que sí, ma. Voy a hacer lo que ustedes no tienen las bolas para hacer. Voy a protestar con ellos. Voy a enfrentarme a esos esbirros... —dijo, batiendo las manos.
—¡Hijo, por los clavos de Cristo, te suplico que no bajes! —interrumpió Luisa—. ¿No has visto cuántos muchachos han matado? Y nada cambia. Ellos siguen atornillados en el poder.
—Tía, ¡o salimos y que maten hasta el último, o en un tiempo tendremos que irnos todos! —gritó Oscar—. ¡Yo estoy harto de esta mierda!, de hacer cola por una puta bolsa de comida, de que no se consiga lo más básico. Aquí no habrá oportunidades para los jóvenes si esta vaina no cambia. Todos los días, óyeme bien: todos los días tengo que despedir a un compañero de clases que se va del país, o velar a otro que mataron en las escaleras del barrio por un par de zapatos, sin contar el que se mete a malandro porque el crimen paga.
Amelia empuñó las manos contra sus labios y estalló en llanto.
—Esto sólo lo arregla Dios, hijo. Ya es muy tarde para cambiar las cosas, nosotros no podemos, pueblo no tumba gobierno —dijo entre sollozos.
—¡Se dejaron montar la bota! —gritó Oscar.
—¿Y cómo hacemos? —espetó Luisa—. Ellos tienen el poder, se roban las elecciones, tienen corrompidas todas las instituciones, compradas todas las conciencias y si protestas te matan. ¡No hay salida, mijo!
Oscar se arrodilló frente a Amelia, que estaba sentada en el sillón viejo de la sala, con las piernas y brazos cruzados, arremangada su bata de florecitas. La tomó de las manos, apretó sus labios contra ellas y la miró fijo. Bajó el tono de voz y dejó correr sus lágrimas.
—Mamá —dijo con voz quebrada—, yo no conocí ese país del que tú me hablas. En el que tú creciste. En el que, me cuentas, había oportunidades para todos y la gente venía desde lejos a vivir, trabajar y poner sus negocios aquí porque la abundancia era extrema. Cuando estos tipos resentidos llegaron al poder yo tenía cuatro años. No conozco otra cosa que no sea el adoctrinamiento, el lenguaje de odio de unos contra otros, la persecución al que piensa distinto, el poder que tiene un pran1 que es mayor que el de un juez —señaló a Luisa—. El hambre, la escasez y el envilecimiento de todo un pueblo. ¡Déjame luchar! —se levantó y se secó las lágrimas que ahora diluían el tricolor que llevaba en el rostro para dejarlo en sus manos, las cuales a su vez limpió en el pantalón.
Amelia temblaba, su garganta entumecida no le dejaba articular palabra. Luisa, desconsolada, lloraba sin hablar. Oscar permanecía de pie detrás de su madre, sosteniéndola por los hombros, con la mirada puesta en la ventana para no verla llorar.
—Yo no creo en el igualitarismo que propugnan estos tipos —dijo entre dientes, como queriendo morder la rabia—. Yo creo en la igualdad de oportunidades para todos, que no es lo mismo ni se escribe igual.
Amelia se enjugó las lágrimas, respiró y contuvo el aire unos segundos antes de exhalar. Se puso de pie, se quitó el rosario que colgaba de su cuello y se lo colgó a Oscar.
—Dios te acompañe, hijo, es lo único que te puedo decir.
* * *
Estaba despidiéndome de Elisa en el pasillo común de los apartamentos, resguardados por la misma reja, cuando Oscar abrió la puerta.
—¿Seguro que no quieres que te acompañe? —dije—. Tengo miedo, se oye fuerte el combate allá abajo.
—No. Quédate tranquilo. Yo corro rápido hasta alcanzar la cuesta. Voy en sentido contrario a la multitud. No me va a pasar nada.
—Yo la protejo, chamo —interrumpió Oscar—. ¿Para dónde vas?
—Hasta la esquina del Abasto. Tengo que tomar la subida y allí ya estoy segura, por esa área la cosa está tranquila —respondió Elisa.
—Vente. Yo te cubro hasta allá —dijo Oscar—. Quédate tranquilo, Jeremías. Es mejor que no bajes. Toma —le dijo a Elisa, entregándole un pañuelo empapado en vinagre que llevaba dentro de una bolsita de plástico que sacó de su bolsillo—. Por nada del mundo lo separes de tu nariz, es la única manera de salir ileso de esta vaina.
Elisa tomó con miedo el pañuelo. Yo estaba aterrado. Cuando llegó el ascensor, Oscar se subió. Elisa se colgó de mi cuello y comenzó a llorar. Yo no pude contener el llanto. La abracé con fuerza. No quería dejarla ir.
—Corre rápido, por favor —supliqué—. Te amo. Elisa asintió y se subió al ascensor aún en llanto.
* * *
—¿Dónde vives? —preguntó Oscar—. Tú no eres de por aquí.
—¿Cómo lo sabes? —dijo Elisa.
—Por ese tonito de chica de Prados que tienes.
Elisa soltó la risa entre sollozos.
—Sí. Soy de Prados del Este, de hecho. ¿No te da miedo salir a protestar?
—Claro que me da miedo. Terror, para ser exacto, pero alguien tiene que ponerle coto a esto. Yo no tengo un papá adinerado que me saque del país, así que tengo que morir aquí con las botas puestas.
—Y además eres adivino —respondió Elisa—. ¿Cómo sabes que yo me voy del país? ¿Te lo dijo Jeremías?
—No. Lo sé porque todo aquel que puede lo está haciendo, niña sifrina, y tal parece que esa es la única salida posible de esta desgracia: Maiquetía.
—Yo no quiero irme —acotó Elisa, pensativa—. Pero mi papá dice que ya no podemos esperar más, que luego será tarde —hizo una pausa y agregó—: menos mal que cargas ese rosario, chamo. Esa será tu mejor protección.
El ascensor marcó la llegada a la planta baja, y Oscar y Elisa salieron al pasillo. Ya podía divisarse el fragor de la lucha. Se percibían, tenues, los primeros amagos del gas lacrimógeno.
—Dame la mano y apriétame con fuerza —dijo Oscar, presa de los nervios—. No te sueltes ni por un instante. Ponte el pañuelo. Vamos a correr por la acera en sentido contrario a los manifestantes. Corre lo más rápido que puedas, son escasos cien metros y ya te dejaré en un lugar seguro. ¿Me entiendes?
—Sí, sí —dijo Elisa, que temblaba de miedo—. Dale, yo aprieto tu mano y no te suelto, te sigo.
Pasaron el portón de entrada del edificio y corrieron calle arriba por la acera. La multitud gritaba sus consignas, enardecida. La visibilidad era escasa por la neblina que producían los gases lacrimógenos. Aun así, se veía a los guardias y sus peinillas azarientas casi cortando el aire. Se oyeron detonaciones muy cerca y la multitud comenzó a dispersarse al grito de “¡Francotiradores, francotiradores!”. Oscar quiso voltear para divisar las azoteas de los edificios, pero sintió un jalón de la mano que sostenía a Elisa que lo obligó a caer con ella y apenas ver su rostro empaparse de sangre.
* * *
Lo vi desde mi ventana. Vi el suéter blanco que había abrazado aquella tarde teñirse de rojo. Desesperado, corrí escaleras abajo y grité su nombre. Mis piernas perdieron fuerzas y caí de rodillas en el asfalto cuando vi que un motorizado ayudaba a Oscar a trasladar el cuerpo desvanecido en la moto. Vi la sangre destilar de los rayitos dorados de su cabello, marcando el trayecto de su partida.
- Escudos de cartón, de Corallys Cordero
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