1
Sé que Braulio no tiene ganas de ir. Lo veo cada vez más cansado, con una pinta desarreglada y ajena que se mezcla con una profunda tristeza.
Pero no quiero perder la batalla, deseo que lo dé todo, lo quiero vivo, lo quiero acá.
Necesitamos escapar de la rutina. Ser más activos, dejar de estar encerrados, de despertarme cada mañana y pensar que mi vida es sólo mirar la tele, dormir la siesta o cocinar.
Pero Braulio es un animal de costumbres. En las tardes le gusta dormir una siesta mientras escucha la radio para luego, más tarde, tomar el té de las cinco con el noticioso en la tele. Debo confesar que a mí también me gustan esas horas: disfruto poder aprovechar el ruido blanco de la radio para poder tejer y escuchar a lo lejos esos tangos tan nuestros que mi padre supo hacerme amar.
Un día todo cambió con el ataque cerebro cardiovascular que hace tres meses tuvo Braulio. La sacó barata porque pudimos atenderlo a tiempo y rápidamente recuperó los movimientos y el habla. No obstante, si queríamos que la situación no se repitiera, no teníamos un millón de soluciones: Braulio estaba obligado a hacer más ejercicio para reducir el índice de grasa corporal.
La actividad física era nuestro nuevo objetivo. Intenté varias cosas. Salir a caminar, ir al parque a hacer ejercicio con las máquinas instaladas por el Gobierno de la Ciudad, proponerle las clases de aqua gym que ya hacía con amigas. A pesar de mis innumerables intentos, en todos los casos estaba expuesta a una respuesta negativa; si lograba que saliese de la casa, escuchaba sin parar la queja constante sobre la cantidad de gente que nos observaba.
—Somos dos viejos haciendo el ridículo.
Al final, sólo podía ceder y abandonar esa actividad. No tenía opción.
Un día cuando me dirigía a la verdulería con mi carrito de las compras, me crucé con un nuevo gimnasio, grande, de esos que parecen salidos de la tele. Entré y pregunté. Tuve que hacer un poco de malabares para subir los cinco peldaños de la entrada, tuve miedo de caerme. La recepcionista, bastante apática, me llevó a recorrer las instalaciones. Nunca fui a un gimnasio, así que no entendía nada de lo que ella me decía. El gimnasio parecía de reciente construcción y no tener muchos clientes, al menos a esa hora. Creo haber cruzado sólo un chico muy bonito, bastante musculoso, pero nada más.
Ese mismo día le comenté la idea a Braulio. No sé por qué, pero sentía que Braulio ya sabía que iba a proponerle otro tipo de actividad física. Fue difícil convencerlo de volver a salir, de motivarlo, de mostrarle que el gimnasio no lo iba a morder.
Fuimos a una sesión de prueba, sin profesor, porque a esa hora no había nadie, salvo la recepcionista y el mismo chico bonito musculoso, que parecía tener los ojos rojos todo el tiempo como si estuviera llorando. No teníamos ni idea de cómo hacer los ejercicios, pero tuvimos suerte: en cada una de las máquinas podíamos encontrar un dibujo explicativo, figuras geométricas mediante, del movimiento deseado. No eran dibujos muy claros, pero podía descifrarlos haciendo gala de mi imaginación.
Fue gracioso y extraño nuestro primer entrenamiento en ese gimnasio en el día de la sesión de prueba. Braulio seguía desganado como era habitual en él, pero al ver el chico musculoso de los ojos irritados parecía intentar hacer más fuerza con el ejercicio. Al terminar cada uno de ellos observé que Braulio comenzaba a recorrer el lugar como un gato lo hace cuando llega a una nueva casa. Algo de mí decía que había encontrado el lugar ideal. Al final de nuestro entrenamiento, pagué un mes, un mes que me dolió, ya que no había descuento para jubilados.
Con la inscripción decidí que tendríamos una nueva rutina. Sabía que con Braulio no sería fácil. Era como si tuviera que incitar a llevar a un nene al colegio en la mañana: obligarlo a vestirse, a preparar su bolso, a caminar tres cuadras. Todo parecía una tortura para él, incluso sacar la tarjeta de socio para abrir la manivela.
Es extraño este gimnasio. Al principio, me costó mucho adaptarme a hacer los ejercicios y, por consecuencia, enseñarle a Braulio. El horario y mi pobre jubilación no me permitían pagar un profesor particular. Así, estábamos casi solos en la parte de musculación si no fuera por la recepcionista, que seguía haciendo gala de su apatía vital, y el chico musculoso.
Un día en nuestro Gran Trek hacia la reducción de la masa adiposa, escuchamos un gimoteo raro. Intentamos hacer caso omiso de ese ruido y continuar con otro ejercicio. Pero Braulio comenzó a quejarse de un dolor de muñecas. Me decía que necesitábamos ayuda. Le respondí que no teníamos a nadie cerca, salvo el chico musculoso de ojos irritados que nunca nos saludaba.
Braulio continuó sus típicas quejas mientras el gimoteo se escuchaba más claro.
Necesitaba avanzar en ese ejercicio, pero sin ayuda toda tarea sería inútil. Sin nadie en el horizonte, sólo nos quedaba pedirle ayuda al chico musculoso de los ojos irritados.
Al acercarme al chico, el ruido de gimoteo se transformó en un llanto sordo, avergonzado.
Lo llamé, pero me di cuenta de que no me escuchaba porque tenía los auriculares puestos. Le toqué el hombro. Pensé que todo el líquido que le corría por la cara era transpiración.
Eran lágrimas.
2
La idea era venir juntos. Después de nuestra anteúltima gran pelea, nos habíamos dicho que teníamos que hacer actividades en pareja para mejorar nuestra relación. Comenzar el gimnasio me parecía una excelente idea. Habíamos visitado varios, no sé qué criterios estábamos buscando, pero sé que la decisión tomó más tiempo de lo que debería haber tomado.
Después de vueltas y más vueltas y un ligero ultimátum, decidimos venir a un pequeño gimnasio de nuestro barrio. Comencé a notar que la actividad física me gustaba cada día más, que había avances y que estaba dispuesto a tomar las riendas de mi dieta para poder mejorar mi performance y tener el cuerpo que deseaba. Quería que mi pareja me acompañara y poder progresar juntos en objetivos comunes. Pero la motivación venía solamente de mi parte: era el único que le gustaba levantarse temprano para evitar la muchedumbre, a comenzar a cuidar lo que comía y a consumir contenido relacionado con este tema en las redes sociales.
Como veía que sólo yo podía hacer que las cosas avancen, decidí adaptar nuestros planes: ir por las tardes para que nuestros entrenamientos puedan ser a la misma hora, compartir de manera más insistente contenidos de musculación en sus redes sociales.
Hiciera lo que hiciera lo sentía desmotivado, todo indicaba que el entusiasmo inicial era sólo mío. Por ello, insistía en el carácter obligatorio de esta nueva actividad: habíamos pagado por un año y teníamos que amortizar ese gasto. Cada incitación se encontró con una nota de tristeza, con un guiño de cansancio. La frase “andá vos esta vez” fue su nuevo credo. El sillón su nuevo terruño.
Paralelamente a ese abandono silencioso, nacían en mí unas ganas de comerme el mundo y una fuerza de cuya existencia no tenía idea. Cada peso adicional y movimiento ganado era un punto más en esta carrera armamentística en mi soberanía corporal.
Volver a casa era encontrarse con él en la misma posición en la que lo dejé, tal vez con un delivery frente a la televisión de comida rápida que no consumía. Sabía también que estaba conectado todo el tiempo en las aplicaciones de citas, esas que se utilizan para encontrar sexo rápido. Estaba irritable también, parecía que mi conciencia le molestaba.
Un día, el decorado cambió. El reflejo de la televisión y la comida en la mesa del living se convirtió en un plato healthy presentado con atención al detalle sobre nuestra mesa de comedor. Sentado en la punta de la mesa me anunció que no podía más, que nuestros estilos de vida eran completamente diferentes.
Mi mundo se destruyó. Tenía que reconstruir mi vida de cero: departamento, cuentas, nueva vida, nuevos amigos. Tal vez un nuevo trabajo o emprendimiento.
Ya no sé por qué voy a la tarde al gimnasio. Tal vez sienta que tengo que aferrarme a alguna rutina antes de que todo cambie. O también quiera refugiarme en el dolor físico para auscultar el dolor afectivo.
Agradecí estar casi solo en la sala de musculación. Sufrir en silencio es terapéutico, aunque no pueda parar de llorar.
3
—Ya lo sabía.
Era lo único que pude responder cuando el doctor me dio el diagnóstico.
Ese día tuve que mentir, inventar que tenía una partida de truco con los pibes en la peluquería del cholo. Mentí, eso que nunca me animé a hacer en treinta años de matrimonio. Lo hice, pero lo hice para cuidar lo que tengo. Tuve que negociar también. La próxima vez tendría que venir con ella y el médico se dedicaría a decir que la situación es reversible si hacía más ejercicio físico.
Pero yo sé que es el fin.
Haré todo por cuidarla y para reducir el impacto de mi posible partida. No quiero que se quede sola.
Esa idea absurda del gimnasio fue idea suya, como si mirar stickers de cuadrados o rectángulos haciendo ejercicio va ayudar a darme más años de vida o a subir esos cinco peldaños en la entrada. Aunque lo deteste y me moleste tener que salir y verle la cara a la antipática de la recepcionista, no puedo decirle que no. Ella tiene la esperanza ciega de que con nuestros entrenamientos mejoraría mi salud.
Los entrenamientos eran repetitivos y aburridos. Lo único que me divertía era caminar por la sala y tratar de adivinar la función de cada máquina con los stickers. Podía hacer eso porque estábamos casi solos, nuestra soledad casi total estaba desvencijada por la presencia de un pibe musculoso con ojos muy rojos.
En nuestro segundo o tercer día de entrenamiento no lográbamos entender el sticker pegado en la máquina. Tanto ella como yo teníamos un dolor súbito en las muñecas. Como pagábamos la mínima y no teníamos acceso a un profesor, la única opción era preguntarle al chico musculoso de los ojos irritados.
Intentamos acercarnos con mucha cautela porque este chico nunca saludaba ni decía buen día. Ella hizo más esfuerzo que yo; utilizó una voz suave y acogedora para hablarle. No nos escuchó porque usaba auriculares. Ella le tocó el hombro y al hacerlo pudimos ver que los ojos rojos no eran otros que unos ojos llenos de lágrimas.
Ella le preguntó qué le pasaba, por qué no paraba de llorar. El chico musculoso no quiso decir las razones de su llanto y preguntó si necesitaban alguna ayuda. Como hace conmigo todos los días, quiso ayudarlo, darle algún consejo para que el llanto no fuera tan denso. Siguió tocándole el hombro. Le habló con la voz dulce con la que tararea los tangos que escucho en mis siestas mientras ella teje.
Entendí que era mi momento. Que finalmente había encontrado lo que estaba buscando.
4
—Es cierto, no los veo hace mucho.
Es el único intercambio de palabras que tuve con la recepcionista fantasma del gimnasio. Habría que cambiarla, no ayuda en nada en la imagen del gimnasio.
Me los cruzaba seguido. Los viejitos me recordaban a los abuelos que nunca tuve. No porque no tuviera abuelos, sino porque mi relación con ellos era bastante mala. Me llevaba mejor con la viejita que con el señor, el señor parecía que yo no le importaba y nos dejaba hablar por horas.
Hablar con la señora me hacía olvidar de mis problemas. Ella me hacía sentir seguro y protegido a pesar del hecho de conocerla poco.
Ella se había transformado en mi amiga. Sus conversaciones fueron mejores que mis sesiones de terapia, mucho más abocadas a interpretar la relación con mis padres que a darme soluciones precisas sobre mis problemas del momento. Con ella podía discutir sobre los más diversos temas y siempre tener la respuesta justa. Gracias a estas conversaciones pude encontrar un departamento rápidamente para no estar obligado a convivir con mi ex novio, me incitó a salir a conocer gente nueva, a salir un poco más, incluso a pensar en llevar a cabo un emprendimiento que desde la separación había pensado realizar. Me nutrió de nuevas ideas.
Un día no los vi más. Pensé que era una cosa de sólo un día, así que no me preocupé demasiado. Pero al pasar de los días su ausencia se hizo cada vez más evidente.
Encontrarlos sería difícil porque no nos intercambiamos teléfonos. Fui estúpido al no hacerlo, pero me parecía tan evidente que siempre irían al gimnasio a la misma hora que no lo había considerado necesario. Las redes sociales no eran ni siquiera una opción. Pregunté en la recepción a la apática de la empleada por el teléfono, un apellido o algún indicio que pudiera utilizar en mi búsqueda; se negaron a darle información personal de dos clientes a un desconocido.
Probé la alternativa de los horarios: fui más tarde, más temprano, los fines de semana.
Al cabo de tres meses de puras búsquedas, tuve que resignarme. Como premio consuelo, decidí abocarme a mi nuevo proyecto de emprendimiento.
5
Lo tuve que dejar ir. Tuve que parar de utilizar los tangos como ruido blanco. Sufrir en silencio es terapéutico, aunque no pueda parar de llorar.
No tenía ganas de salir de casa. Hasta hacer las compras me parecía una tortura.
Me alimentaba de frutas, verduras y agua, ya no tenía energía para comer otra cosa. Sin nadie a quien cocinarle, el sentido de pasar horas amasando o esperando algo en el horno me parecía una completa pérdida de tiempo.
Las frutas como el único alimento de mi dieta me obligaban a salir a la verdulería casi todos los días. En uno de esos días de verano que pasaba con mi carrito noté que el gimnasio al que iba con Braulio fue reabierto con nueva gestión. La curiosidad me ganó y decidí entrar. Primer cambio positivo: una pequeña rampita con un pasamanos me ayudó a subir sin problema a la recepción. La recepcionista con una sonrisa de oreja a oreja parecía responder a todas mis preguntas con entereza y experiencia.
Al ir al espacio de la musculación, me di cuenta de que los stickers de las máquinas habían cambiado. Al lado de cada uno había una etiqueta hecha de madera que explicaba paso por paso cómo hacer correctamente los ejercicios. La etiqueta agregaba además consejos de peso y postura para no lastimarse las articulaciones al hacerlo. Como tenía problemas para leer textos en tamaños chicos, tuve que buscar mis anteojos para poder leer los procedimientos. Cuando la claridad de la imagen se hizo presente con la ayuda del lente, me di cuenta de que la mayoría de las ilustraciones contenía dos personas de la tercera edad haciendo los ejercicios. Diría que una de las figuras tenía la cara de Braulio.
En la recepción, la empleada me presentó los diferentes servicios con sus precios correspondientes. Le pregunté si había descuento para jubilados pero ya sabía la respuesta. A mi gran sorpresa, ella contestó que no sabía y que llamaría al dueño para que él pudiera darme esa información.
De la puerta detrás del mostrador salió un chico musculoso. Al principio no lo reconocí porque no tenía los ojos rojos. Me miró fijo sin poder pronunciar una palabra.
Pensé que todo el líquido que nos corría por la cara era transpiración.
Eran lágrimas.
- El chico de los ojos rojos - viernes 12 de julio de 2024


