¡Allí tenían que existir los ansiados vientos de poniente!
Andrés de Urdaneta, desde luego, no podía saber las razones
del nacimiento de los vientos, de las grandes masas de
aire en movimiento...
Federico Baeza Fernández de Rota: Urdaneta, ¿científico?
Nuestra Nao zarpó desde el puerto de Aticama, en el reino de Xalisco, parte del subcontinente de Oaxaquia y último bastión habitable de toda la gran Pangea conocida. El propósito de la expedición era encontrar una nueva ruta marítima a raíz de la gran sequía que asediaba a nuestro país desde hace ya varios años y que nos obligó a buscar con urgencia alimentos y recursos para sobrevivir a esta calamidad. Nuestros cultivos y animales perecieron e incluso en nuestras costas los peces empezaron a morir en gran cantidad y era un peligro comerlos pues quien lo hacía resultaba gravemente intoxicado por sus carnes.
Estaba nuestra nación convirtiéndose en un sitio inhóspito, como lo eran todos los paisajes de la gran Pangea que, anteriormente, los exploradores que nos precedieron ya habían documentado, tras sus desastrosas travesías para encontrar un pasaje a través de la cordillera de la Sierra Madre Oriental, ese gran muro impenetrable que nos obligaba a mirar hacia el gran océano.
Temí que nuestra travesía se viera cegada por las inclemencias de la naturaleza, como le había ocurrido a expediciones marítimas anteriores que habían intentado circunnavegar el orbe terrestre rodeando a Pangea por las costas del noreste, donde se presumía la existencia de un paso seguro para descubrir posibles nuevas tierras más fértiles del otro lado del mundo. Pero nada de eso ocurrió. Muertos marineros en demasía, diezmados por plagas, por inanición y por tormentos del clima más digno de todos los infiernos que de la vida.
Regresando a nuestro caso, en altamar las semanas se convirtieron en meses y esto empezó a bajar la moral de los hombres a bordo. Primero fue por la disminución de las provisiones, algunos intentos de motines, algunos suicidios donde los marineros se arrojaron a las aguas acaloradas, casi hirvientes, y finalmente las enfermedades, como el escorbuto, empezaron a hacer su efecto junto con el hambre.
Mis marineros desarrollaron hinchazón en las encías y los dientes se les iban cayendo como hojas marchitas. Hubo peste negra y también brotes de la enfermedad virulenta de la hueyzahuatl, aunque la mortandad por estos males no fue mayor a los causados por la desnutrición y la gradual locura por ver un océano inacabable. Ni hablar del calor terrible. A esto hay que mencionar lo estéril de las aguas que navegamos, pues al lanzar las redes varias veces a las profundidades, nada pescamos, ni siquiera un alga. Era como estar en un desierto acuoso, una gran masa de agua sin vida.
Muchos de nosotros recurrimos, desesperadamente, a beber nuestra propia orina, pues ésta tenía los mismos nutrientes de nuestra exigua alimentación y nos permitió mantener nuestras necesidades en cuanto a la sed. Fue a comer y beber dos veces. Al inicio esta práctica resultó repugnante, pero fue más fuerte la desesperación por vivir, imponiéndose sobre el qué dirán.
Razonable era por supuesto regresar la Nao a nuestro punto de partida, buscar la vía hacia Oaxaquia y encontrarnos con alguno de los principales puertos del continente, como el de Chacala, Acapulco, Huatulco o el de Acaxutla. Pero sin el viento tales planes no fueron más que disparates. Asumí, tras estas desoladoras circunstancias, que muy posiblemente moriría en medio de las aguas del desconocido Gran Océano de Panthalassa, que hasta ese momento nadie había explorado más allá de las tres mil leguas marinas y descifrado sus secretos, pues se presuponía que este océano, el único habido en todo el mundo, era además eterno, pues las anteriores expediciones que se aventuraron desde el este hacia el oeste no habían encontrado más que agua y más agua. Expediciones que, dicho sea de paso, no volvieron y se pensaron desaparecidas o destruidas por las inclemencias.
Con nada de viento, con las velas sin moverse ni un palmo era imposible desplazarse hacia cualquier parte. Recurrir a los remos sería malgastar la poca energía de los de a bordo. Aparte, con los calores intensos, usar los remos sería nuestra sentencia final. Y qué decir de la naturaleza de la atmósfera, pues al no haber soplo alguno, ni corriente ni monzones, el ambiente era sofocante, incluso en la noche. Respirar fue inhalar continuamente una bocanada de un flujo muy espeso e invisible.
Pensé muchas veces, llevado por los extremos de mi imaginación y por mis temores de la muerte cercana, que, por la incidencia ininterrumpida del sol y la subida imparable de las temperaturas, el aire mismo iba a estallar, inflamarse e iba a convertirse en una mole de lava ardiente, consumiéndonos a todos en el proceso.
No hubo sección de nuestra piel que no se curtiera. Piel descamada y dando a cada uno de nosotros un aspecto demacrado, como de espectros.
Con resignación asumimos, tras largas y desesperadas cavilaciones, que sería el momento de abandonar el mundo.
Entonces sucedió lo de los peces.
Fue un milagro encontrarnos con ellos. Rompiendo el silencio del océano calmado, los peces empezaron a saltar. Estaban todos muy excitados y brotaban de todas las direcciones. A veces los peces, de tan grandes y de tan rápidos, nos golpeaban y debíamos protegernos, cubriendo nuestros rostros para no recibir los azotes de sus colas y aletas. Muchos de mis hombres se abalanzaron sobre los peces que habían caído en la cubierta y empezaron a comerlos crudos. Otros tomaron sus cuchillos y abrieron los vientres de las criaturas y extrajeron de su interior sus hígados, que masticaron vorazmente. Sabía de antemano, por mi experiencia en Xalisco, cuando aún había peces que cazar y comer, que una fuente de agua estaba en el hígado de los peces y escualos. Los marinos solían hidratarse de esta forma cuando había buena pesca.
Mis hombres siguieron devorando las carnes crudas de los peces de tan variados tamaños y formas. El hambre era terrible, así que no los juzgué.
Mientras tanto, el agua salada nos salpicaba y terminamos empapados. Se formaron grandes charcos sobre las tablas del piso y por momentos pensé que los peces estaban creando su propio pequeño océano en nuestra nave y que tarde que temprano nos hundirían hacia los abismos de altamar.
El agua del océano, de tan ajetreado que estaba por el tumulto de los peces, adquirió el aspecto de estar hirviendo. Se generaba en éste una gran espuma y los coletazos de las criaturas producían fuertes ondulaciones que mecieron nuestra embarcación con gran fuerza. Y el ruido de este burbujeo de vida fue atronador. Nunca escuché un escándalo tan grande. Ni en la mayor de las tormentas marinas en mis anteriores expediciones en el vasto continente de la Pangea meridional al buscar nuevos puertos y naciones aún no trazadas en los mapas náuticos.
Lo que antes fue una calma terrible ahora se convirtió en un bullicio de aleteos, zambullidos y saltos marinos.
Pude distinguir también, entre los nados de las criaturas, la aparición de muchas algas verdes, subiendo y bajando hacia la superficie. Supe ahí entonces que las aguas donde estábamos eran fértiles. Entonces ordené a varios de mis marinos que trajeran redes para capturar las algas y así comerlas para extraer de ellas buenas raciones de agua, pues este era otro método para hidratarse. Fue así que entre varios marinos, sumidos en gran excitación, lanzamos las redes reiteradas veces a las aguas y subimos a cubierta un gran cargamento de algas muy parecidas a los sargazos y otras algas enormes que nunca imaginé que existieran. Todas eran verdes y vigorosas y algunas otras tenían grandes frondas del tamaño de una persona.
Duró varias horas lo de los peces, y casi a la caída del sol, cuando el cielo dejó de ser azul y empezó a transformarse en una transición de amarillos, naranjas y sanguinolentos rojos, el grupo de peces empezó a levitar varios metros sobre el agua. No sé si de tanta fuerza que tenían en su nado habrán ignorado las razones que gobiernan a la naturaleza, pero lo cierto es que de nadar en el agua empezaron a nadar en el aire y a aglomerarse más de estas criaturas. Por lo que mis ojos pudieron contemplar, la congregación de peces levitantes succionó consigo el agua del océano y pronto esta misma agua los encapsuló dentro de una gran burbuja en donde siguieron nadando con la misma imparable energía, dando círculos una y otra vez, en un trance acaso perpetuo. Me pareció esta escena a los rezos que algunos sabios de Pangea hacían, girando y girando, mientras recitaban los mantras, sumidos en un éxtasis que los apartaba de las nociones de la realidad. Pensé que quizás estos peces, en su misteriosa naturaleza, estarían también rezando oraciones desconocidas para los hombres. Aparecían con estos movimientos más algas que coloreaban las animadas corrientes con un espectáculo de plateados y verdes, rojos, azules y amarillos. Mantras, rezos y nados siguiendo una misteriosa coreografía cuya música solamente era conocida por la naturaleza.
Yo veía todo eso junto a mis marineros a la distancia, en aquella extravagante altamar tan alejada de cualquier costa. Ellos, en el barco, habían ya sacado algunas cazuelas, fuego y especias almacenadas en nuestras provisiones para preparar los peces capturados. Me uní a ellos y por primera vez en tantos meses saboreé la comida junto a las aguas del interior de las frondas de las algas. Al morder el verdor viscoso de los sargazos, fue como recibir el soplo de la vida. Mi boca, en un instinto incontrolable, mordía y succionaba las algas, haciendo suya cada partícula de agua. Lo mismo con los peces asados, que fueron, más que una comida, un ritual sagrado para resucitarnos. Algunos de los marineros prepararon los peces a la usanza de los pueblos costeños de Xalisco, a las brasas, como quien dice, un pescado tatemado y zarandeado. Otros hirvieron los pescados en agua salada para hacer caldos y sopas. En fin, que todos hicieron con los pescados, aquel regalo del océano, lo más oportuno para saciar la daga de la inanición.
Pensaba en que esto era una gran señal, quizás venida del cielo mismo, que nos decía que había esperanza para nuestra nación que tanta hambre pasaba por las sequías y las enfermedades. Algunos de mis hombres guardaron como recuerdo los huesos y cráneos de los peces, como una suerte de amuleto del buen augurio o incluso una reliquia milagrosa, pues estos animales salvaron nuestras vidas.
Mientras tanto, durante el festín, la esfera de peces levitante continuó suspendida, creo calcular, unos tres metros en el aire, y ahí se mantuvo durante varios minutos, mientras los otros peces seguían saltando por todas partes, como queriendo unirse a sus demás compañeros. Con cada nuevo pez en la esfera, se volvió más grande, al igual que su fuerza. Desconozco de dónde habrán sacado tanta energía estas criaturas del mar, cómo le hacían para nadar con tanto brío. El hecho es que no se cansaban. Seguían nadando y nadando, sin notarse en ello cansancio alguno. Peces por todas partes, hasta donde nuestros ojos podían ver. Y esa esfera, como un pequeño planeta, un pequeño mundo dentro del nuestro, generó nubes sobre nosotros y movió nuestro barco hacia el este. Ahí, asombrados y lanzando oraciones, plegarias y rezos de agradecimiento, nuestra Nao fue en dirección del vórtice de los peces. Las nubes generadas por el remolino del vórtice se congregaron de puño en puño, y empezaron a sonar los truenos y a caer el agua de la lluvia.
¡Bendita tormenta! ¡Bendita agua! ¡Agua pura! ¡Agua sin sal! ¡Agua para beber y saciar todos los resquicios de la sed!
Abrimos nuestras bocas para beber el néctar de las alturas y por primera vez después de tanto tiempo probamos el agua limpia e inmaculada de la lluvia. Todos se mostraron alegres, danzando, cantando, tomando sus amuletos hechos de huesos de pescados para agradecer a los dioses por tan grato regalo.
Entre esta intensa tormenta, lancé la cuerda con una plomada a la mar y calculé nuestra velocidad, dando con la grata sorpresa de que la Nao se dirigía a gran velocidad hacia la dirección deseada. Diez nudos, veinte nudos, treinta nudos, cuarenta nudos, ¡setenta nudos!
Y entretanto, olas por aquí, olas por allá.
El prodigio duró varios días hasta que la potente tormenta de peces se desintegró y sus individuos regresaron a las aguas para desaparecer en las profundidades del océano. Con ello también las nubes sobre nosotros desaparecieron y el agua cesó mostrándonos un paisaje tranquilo y con el aire fresco. A lo lejos, distinguimos entonces unos pequeños puntos grises flotando sobre el agua.
“¡Tierra a la vista!”, exclamaron todos los tripulantes, eufóricos, al tiempo que besaron sus amuletos de huesos de pescados y lanzaron oraciones y plegarias.
Después de esas pequeñas islas rocosas, vimos montañas y lo que parecía una pareja de barcos.
“¡No puede ser, muchachos!”, exclamé admirado, tras ver por el catalejo el horizonte donde vi una embarcación de velas. “Si no me equivoco, hemos llegado al otro lado del mundo. ¡Hay otros pueblos y naciones en la Tierra!”.
El tan ansiado intercambio de dos mundos por fin era posible y con ello la salvación de mi nación.
Dentro de Oaxaquia, aquel que era nuestro continente, unido a las demás masas de tierra de la gran masa de Pangea, no había que recorrer mucho a través de las cordilleras de los Urales y los Apalaches para encontrarse de pronto con un impenetrable desierto, donde las temperaturas evaporan el sudor y donde no habitaban más que pequeños animales escurridizos y plantas que crecían bajo tierra, ocultas de todo depredador. Los desiertos en mi nación se extendieron junto al nacimiento de volcanes en Oaxaquia y en nuestra patria Xalisco, sobre todo el volcán del Ceboruco, que cubrió de cenizas nuestras cosechas y nos obligó a realizar un éxodo hasta las costas de Aticama, donde terminamos acabando con todas las formas marinas, desde los placodermos de tan variados tamaños, pasando por los tiburones cartilaginosos como los hybodus, seguido de los amonitas y los trilobites tan comunes en aquella fauna, y qué decir de algunos de los reptiles marinos. Pronto, ya no quedó nada de los seres del mar. Sobre todo, los peces, que desaparecieron y con ello también se fueron las lluvias y la sequía nos alcanzó. Explorar el interior del gran continente único, Pangea, significó un suicidio y el fin absoluto de nuestro pueblo, así que decidimos explorar otras alternativas.
Uno de nuestros sabios había sugerido la esfericidad de la Tierra, aludiendo a los cálculos minuciosos con base en la observación de los astros y su movimiento; también sobre las diferencias en el ángulo de las sombras en los distintos puntos de Xalisco y de Oaxaquia. Era mejor eso, que la Tierra fuese como un huevo, a pensar que era una gran manta plana, donde acabaría súbitamente para dar camino a una inmensa caída precedida por una cascada traicionera.
¿Qué alimentos llevaríamos de estas tierras nuevas? ¿Cómo agradecer a los habitantes de estos lugares? ¿Cómo comunicarnos para mostrar nuestra gratitud?
Pensé en todo eso, dominado por la emoción, pues todo indicaba que los planes estaban saliendo a la perfección, superando incluso las expectativas.
Nos fuimos acercando a la costa y la pareja de barcos, tan grandes como la nuestra, se puso al lado de nosotros. Alguien a bordo dijo algo que no pude comprender. Entonces, la embarcación nos abordó. Un hombre alto, que parecía ser el capitán, vestido con prendas de un material que jamás vi antes, parecido a una tela brillosa y en apariencia suave, como el terciopelo, nos señaló con las manos el horizonte, las aguas, y después de ver el amuleto de peces de uno de mis tripulantes, hizo un ademán violento con su mano que provocó que los tripulantes de la embarcación visitante nos sometieran y arrestaran con esposas de hierro.
“Pero ¿qué ocurre, capitán?”, me dijo uno de mis marinos, forcejeando con los hombres que lo estaban capturando.
“¡Calma, calma!”, dije. “Es mejor que cooperemos a crear un conflicto. Recuerden que estamos aquí en busca de una misión diplomática, un intercambio de alimentos. Quizás no nos hemos entendido”, dije. “En tierra podremos aclarar las cosas. ¿No haríamos lo mismo con extraños que vinieran a nuestras costas?”, agregué.
Mi tono de voz y mis argumentos parecieron calmar a varios de mis tripulantes.
Es así como fuimos llevados a la extraña embarcación. Mientras tanto, otros hombres de aquellos nuevos lugares tomaron el control de mi nave para amarrarla y remolcarla al puerto. Durante el trayecto hacia la costa, yo miraba a mis hombres y me preguntaba todas las cosas posibles que ocurrirían. ¿Nos presentarían con su gobernante?, ¿habría alguien que nos pudiera entender? Nada de eso supe, sólo conjeturas.
A las horas llegamos a tierra a un puerto de pintoresca arquitectura y ataviada de muchas personas que nos miraron curiosos. Nuestra presencia desencadenó toda una sensación, lo pude notar.
“Qué extraño, capitán”, dijo uno de mis hombres, mientras éramos escoltados a través de las calles de la ciudad. “Es un puerto, pero no hay ninguna embarcación pesquera. Teniendo tantos peces en los océanos podrían vivir de la pesca. ¿No le parece curioso?”, agregó.
“Sin duda”, contesté, algo perplejo.
En efecto, no vi lanchas y pangas ni navíos dedicados a la pesca, solamente pocas embarcaciones militares que daban rondines rutinarios.
“¿Ya vio, capitán?”, dijo el mismo hombre de antes. “Tampoco tienen mercados de mariscos. Teniendo océanos tan abundantes en los frutos del mar. Ya ve usted lo apetitosos que fueron los pescados que nos salvaron la vida”, agregó.
Escuchando las palabras de mi camarada, miré de reojo los alrededores, en lo que me permitió mi limitación, pues me encontraba sometido por los soldados. Cierto era lo que comentaba el marinero, no había mercados de mariscos y no se veía ninguno de estos productos tan esperados en una costa tan rica como lo era el lugar donde nos encontrábamos.
De las calles pasamos a un gran palacio donde vivía el gobernante de aquel lugar del mundo. En el interior había una gran congregación de personas, un gran trono dorado y, detrás de éste, pintado con esmero, un gran mural donde estaba trazado el gran mapa del mundo. Claro que los habitantes de este lugar remoto no conocían la existencia de nuestra nación, por lo que el mapa de Pangea que ellos tenían solamente mostraba la sección oriental del planeta. A grandes rasgos, el mapa frente a nosotros mostraba hacia la derecha un gran golfo en forma de C, que se extendía desde el norte hacia el sur, y todo lo demás era el gran océano de Panthalassa. En medio de esa gran C de masas continentales, justo en el centro había una cadena de archipiélagos donde había gran cantidad de letras.
“¿Esa será la otra parte del mundo que no hemos explorado?”, susurró uno de los marineros de mi expedición. “Miren ahí”, añadió. “Hacia el oeste del mapa, hay una cordillera de montañas y tras éstas lo que parece la representación de un gran desierto. ¿No serán esos los desiertos inexplorados que se alcanzan a ver desde las altas cumbres de nuestras cordilleras? ¿Será que tanto para ellos como para nosotros esa región es impenetrable?”, siguió susurrando, tras lo cual uno de los guardias le ordenó guardar silencio en su incomprensible lengua.
Me pregunté si no sería la parte faltante del gran mapa del mundo. También me pregunté en qué pensarían si nosotros les mostramos nuestros mapas, qué pensarían al poder completar la cartografía del mundo y tener el misterio del relieve y los mares al fin resuelto.
Pero pronto tuve que alejarme de esos pensamientos y reflexiones, pues llegaron unas personas que a las leguas se veía que eran de gran importancia. Un hombre con un gran sombrero de plumas plateadas, alto y de mirada seria, apareció junto a una anciana encapuchada que nos miraba con recelo.
El hombre, que, supuse, sería el gobernante, por su imponente aspecto, se sentó ceremonialmente en el trono, mientras que la mujer permaneció de pie.
Uno de los hombres que nos custodiaba dijo algo que no comprendí.
Todo lo que sucedió después fueron conversaciones donde lo único que pude entender era la palabra Ya Zhou y los ademanes de uno de los soldados mostrando al gobernante los amuletos hechos con peces.
Me preguntaba si quizás no estaban discutiendo cuánto habrían de cobrarnos por el derecho de comerciar con ellos. O quizás querían saber primero qué disponíamos, qué garantía les daríamos. Los tratos comerciales no son gratuitos y siempre ha de obtenerse un beneficio.
¿Qué beneficio nos solicitarían?
La anciana encapuchada se acercó a nosotros y levantó una de sus manos.
“Así que comieron los peces del mar”, escuché.
Era una voz dentro de mi cabeza.
Mis hombres se asustaron, miraron aterrados hacia todas direcciones, como buscando el origen de la voz.
“¡Respondan!”, gritó la voz.
Al poco tiempo comprendí que la voz era de la anciana. Lo extraño es que no movía los labios y todo lo que decía sonaba en mis pensamientos.
“¡Les dije que respondan! ¡Han cometido una gran ofensa a la tierra de Ya Zhou!”.
“¿Ya Zhou?”, susurré, confundido.
“Es el nombre de la nación a la que han llegado”, dijo la anciana, indicando con su mano una de las pequeñas islas del gran mapa, en medio del océano, entre el espacio de las crestas de la C del continente Pangea. “Ahora respondan a mi pregunta”.
“Sí, sí, comimos los peces. ¿Cómo lo sabe?”, le respondí, apresurado.
En ese momento la anciana gritó desesperada y fue hacia el hombre del trono.
No pude entender nada de lo que decían, esta vez no sonaba la voz dentro de mi cabeza, por lo que pensé que la anciana de algún modo nos impidió acceder a la plática.
—Capitán, pero ¿qué diablos pasa? ¿Acaso es una bruja? —sugirió uno de mis hombres, tartamudeando.
—No lo sé —le dije, consternado—. Esto se pone cada vez más extraño —le contesté.
“¡Silencio!”, interrumpió la voz de la anciana, retumbando en todos los rincones de mi mente. Los demás marineros cerraron sus ojos en un rictus súbito, similar a cuando por accidente se ve el sol directo a los ojos. “¡Han cometido una terrible ofensa al pueblo de Ya Zhou, alimentándose de los peces del mar! ¡Matando a las tormentas!”.
—Pero ¿qué está diciendo? —preguntó uno de mis marineros, pero fue reprendido por los guardias—. ¿Matar a las tormentas?
“Aquí soy yo quien hace las preguntas”, bramó la anciana, tajante.
Entonces el gobernante habló en su idioma ininteligible y después la anciana habló con la mente:
“El Emperador de Ya Zhou desea saber qué hacen unos extraños como ustedes en estas tierras y por qué se osaron a profanar el ciclo de vida de las tormentas y los mares”, dijo la anciana.
Tras un momento de silencio incómodo, decidí contestar.
—Venimos de muy lejos, del oeste. De un reino al otro lado del mar, muy lejos —entonces traté de indicar torpemente, con mi mirada, la región que estaba hacia el este del mapa del palacio—. Hemos recorrido gran parte de la circunferencia del mundo para buscar el auxilio de otro pueblo que nos comparta de sus alimentos —dije.
“¿Intercambiar alimentos?”, respondió la anciana, acercándose al mapa y escudriñando con mirada confusa las regiones del desierto, donde terminaban los contornos de los desiertos.
“Verá, nuestra nación está pasando por una gran sequía. Nada crece ya en nuestros paisajes. En las costas no hay animal marino alguno, así que ya no disponemos de dónde sacar comida. Nos moriremos de hambre...”, dije.
Pero la anciana me interrumpió.
“¡No puede ser, no puede ser”, exclamó. “¡Acabaron con todos los peces de sus tierras! ¡Ustedes acabaron con los peces!”, gritó la anciana.
Cerré los ojos, aturdido, y caí al suelo por la intensidad de la voz.
Sentí retumbar su grito desesperado en cada hueso de mi cuerpo.
La anciana se acercó rápidamente a hablar con el Emperador quien, tras escuchar lo que le dijo la mujer, estalló en cólera y se dirigió a nosotros con los ojos inyectados en sangre.
“El Emperador los condena a la muerte por interferir con el ciclo de vida de las tormentas”, dijo la anciana.
Todos mis hombres y yo no podíamos creer lo que acababa de decir.
—Pero ¿qué está diciendo? —gritó uno de mis hombres, tras lo cual recibió un golpe en la cabeza y cayó inconsciente.
“Las tormentas las hacen los peces. Y ustedes se aprovecharon de estas criaturas sagradas. Ustedes... se los comieron”, dijo, acercándose a nosotros, sosteniendo en una de sus manos uno de los amuletos de hueso de pescado confiscado por los guardias, “Esto es el hueso de un pez de mar, de los que hacen los tifones. Perteneció a un atún. Lo tomaron, lo mataron y lo devoraron. Lo sé perfectamente”.
Yo me pregunté cómo sabía exactamente el nombre del pez, pero entonces la anciana dijo:
“Puedo saber lo que piensan los animales y los hombres. A través de estos huesos he podido ver los últimos momentos del pez, como una voz dentro de una caverna, he escuchado su eco y sus últimas visiones. Y dentro de este eco los he visto a ustedes. ¡Los vi comiendo descaradamente! ¡Sonriendo, festejando, bailando!”, respondió, en tono indignado.
Respiró profundo y volvió a gritar:
“¡Muerte a todos ustedes!”, dijo la anciana, sonando como una fiera en mis pensamientos.
“¡Por favor, esto es una equivocación! Estábamos pasando mucha hambre, estábamos a punto de morir, cuando los peces aparecieron no pudimos evitar comerlos, ¿quién no se resiste a terminar con un hambre terrible?”, le dije a la anciana, tratando de interceder por mí y por todos mis marineros. “Además... ¡estamos muy agradecidos con ellos, pues nos sacaron de nuestras penurias, nos regresaron a la vida y nos permitieron recorrer el mundo! ¡Nunca más lo haremos! ¡Es algo que lo prometo, en nombre de todos los presentes aquí y en nombre de mi pueblo!”.
En ese momento el Emperador habló largo rato, con voz fuerte y cortante.
La anciana nos fue traduciendo todo lo que decía.
“Los peces del orbe crean remolinos en ciertas épocas del año y con esos vórtices es que nacen las tormentas tropicales y los tifones, que arrastran las lluvias con los que la tierra es fertilizada y con la que es posible que las especies de plantas y animales prosperen. Toda persona de Ya Zhou sabe sobre el ciclo de vida de las tormentas, ¿no se han preguntado por qué no hay ninguna embarcación pesquera en Ya Zhou?”, dijo la anciana.
Nadie respondió a la pregunta.
Entonces pensé en lo que dijo mi camarada marinero cuando recién llegamos al puerto, por qué no había mariscos si eran tierras tan prósperas en los seres marinos.
“Cuando hay escasez de lluvias es cuando los grandes cardúmenes de peces migran hacia otros lugares del mundo que fertilizan, pero si los pescan y los devoran, como hicieron ustedes, ya no van a querer volver. ¡Ustedes podrían haber causado que los peces ya no quieran regresar a las aguas de nuestra nación! ¡Es lo que seguramente ocurrió en su lejana tierra! ¡Se comieron todos los peces, hasta acabarlos y matar su clima!”, gritó la anciana.
Entonces, la mujer se fue acercando al mapa y empezó a señalar la gran C y las islas que había en medio del océano.
“Estos archipiélagos son Ya Zhou; aquí, justo en medio, llegan las tormentas. Es la mejor ubicación posible. Aquí el clima es el más estable que se conoce”. Luego señaló al interior del mapa, donde estaban los desiertos. “Aquí, al oeste, no hay nada. Las lluvias sólo llegan a las costas y las corrientes que crean los peces están limitadas a este golfo. Si el equilibrio se rompe, por más pequeño que sea, sería la mayor catástrofe jamás ocurrida”.
Yo pensé en que nadie había visto un fenómeno similar en Xalisco, nadie había visto peces volando y creando tormentas, aparte que Oaxaquia no tenía esa forma de golfo. No teníamos el mismo clima. Pensé en que todo esto era inédito para nosotros y que no tenemos ninguna forma de saber estos secretos de la naturaleza. Pero fue entonces que la anciana me interrumpió, al escuchar mis pensamientos.
“Eso es porque cuando los peces son cazados se ocultan, y cuando se ocultan no crean tormentas, no se atreven a salir del agua. Así, los cardúmenes de las tan variadas especies de criaturas del mar se alejan hacia zonas del mundo más tranquilas, y las que dejan ya no tienen la irrigación de los monzones, se convierten en desiertos y el sol lo mata todo... ¡Cazaron a sus peces, mataron a las tormentas de su región del mundo y ahora vienen a replicar la misma barbarie aquí! ¡Convertir también a Ya Zhou en un páramo de muerte!”, dijo la anciana, con ademanes desesperados.
¿Cómo convencerla de que todo esto era una confusión, un error? ¿Cómo apelar a su buen criterio de que lo nuestro fue por el desconocimiento?
“No es ningún error”, me espetó la anciana, escuchando mis reflexiones internas. “Es admisible perdonar la vida de alguien que ha alterado el orden natural. Por más pequeño que sea. Si los peces mueren, morimos todos. Ya no habrá cosechas, ya no habrá comida y pereceremos”, dijo la anciana, mientras el Emperador, a su lado, como escuchando también los pensamientos de su discurso, se abalanzó hacia mí y me dio un puñetazo.
Caí, con los dientes bañados del sabor metálico de la sangre.
“Dice el Emperador que le desea una muerte lenta”, susurró la anciana. “Este crimen es el peor de todos los crímenes”.
Mis hombres trataron de defenderme, pero fueron golpeados por los guardias. Muchos cayeron con heridas en los rostros.
Yo me levanté con los dientes sangrantes, tratando de no caer en la tentación de la ira y de la violencia.
“Por favor, por favor, se lo ruego”, imploré al Emperador, quien me miraba con rabia. “No sabíamos nada de esto. Somos completos ignorantes. Por favor, perdónenos, haremos lo que sea para reparar nuestro daño. Seremos sus esclavos si lo quiere, pero por favor no nos mate. De nuestra vida depende toda una nación al otro lado del mundo. ¿No habrá algo que pueda calmar su ira por la ofensa que le hemos hecho sin saberlo? ¿Quiere tierras? ¡Tierras les daremos! ¡Les daremos toda nuestra Oaxaquia si lo requieren! ¡Lo que sea, le juro que lo que sea!”, sollocé, en un tono que me hacía ver humillado.
“No”, fue la respuesta tajante de la anciana. “Hay crímenes, como el asesinato, que se castigan. Pero el asesinato es matar a una sola persona. En cambio, devorar peces y alterar las tormentas es un potencial genocidio. ¿Lo entiende? No podemos perdonar esto. La gente de este reino, de todo Ya Zhou, pensará que somos débiles y entonces, al ver que unos extranjeros ignorantes han logrado burlar la más sagrada prohibición de nuestro reino, habrá más personas que se atreverán a violar nuestras leyes. Irán a pescar. Y si pasa eso, ya lo sabe, los peces irán muriendo, las tormentas se harán más escasas y no habrá solución a las penurias. ¿A dónde iremos entonces para sobrevivir? ¿Cómo saber a qué dirección irán los peces? ¿No ha pensado en que, viéndose acosados, estas criaturas decidan vivir para siempre en medio del océano, alejados de todo peñón, de toda costa, de todo continente? ¡Moriremos y desapareceremos todo por perdonar a unos bárbaros como ustedes!”, dijo la anciana. “¡No y no! La respuesta es y será siempre un no”.
—¡No puede ser! —grité, arrodillado, temblando y sumido en amargas lágrimas—. ¡No pueden ser tan faltos de compasión!
“Hace siglos hubo guerras a raíz de la merma de los peces. Cómo los océanos se convirtieron en territorios estériles y las sequías y pestes exterminaron a gran parte de las antiguas civilizaciones, solamente sobrevivimos nosotros. Sobrevivimos a un gran costo y no estamos dispuestos a repetir aquel infierno por el que pasaron nuestros antepasados”, dijo la anciana, con voz severa.
Ya no había discusión alguna.
No había posibilidad.
“Años atrás hemos tenido ejecuciones de personas que violaron la ley de veda”, dijo la anciana. “Pero hace mucho que no ocurre una”, dijo. “Que la gente vea la muerte de todos ustedes será un buen escarmiento y un recordatorio a todos los intrépidos que se creen más listos que las tormentas y el clima”, dijo la anciana.
El Emperador dijo otras cosas y la anciana no las tradujo.
Los soldados nos separaron a todos y nos encerraron en celdas separadas durante semanas.
Es increíble que todo esto ocurriera por los huesos de unos peces y por comerlos. Por sobrevivir a la muerte. Si esto no hubiera ocurrido, si las cosas hubieran sido mejores, mi tripulación y yo nos hubiéramos encaminado hacia Xalisco, con tal de informar de este descubrimiento y advertir sobre las implicaciones de la depredación del mar. Quizás incluso hubiera pedido el permiso del Emperador para llevar algunos de sus peces a los mares de mi nación para restaurar los ciclos de las tormentas y que, después de tantos años, por fin lloviera en Xalisco.
Durante los días de celda no vi a nadie hasta que llegó la fecha de nuestra ejecución.
Cuando salimos a través de las calles fuimos apedreados por los habitantes de Ya Zhou, enojados con nosotros. Sabía que nos gritaban maldiciones, pues para eso no hay que ser muy listo. Uno se da cuenta de ello, al escuchar el tono de la voz y los movimientos casi viscerales de las bocas.
Llegamos a un gran acantilado, donde debajo estaba el mar, golpeando sus olas con las rocas.
Había varios palos, muchos, similares a garrotes, sólo que no había nada más de instrumental. Eran simples palos de madera.
Fuimos amarrados, uno a uno, en aquellos maderos.
La gente nos gritaba; el Emperador, en el fondo, estaba sentado con su séquito, a excepción de la anciana, quien se encontraba en el patíbulo con nosotros y al parecer sería la encargada de la ejecución.
Dijo:
“Que sean malditas sus almas, sus vidas y sus muertes. Que sean malditas sus pieles, sus cabellos, sus uñas, sus órganos, su sangre, sus dientes y sus excrementos. Que sean malditas también todas las articulaciones de sus cuerpos, todas las uniones de sus tejidos...”, recitó la anciana, mientras con sus manos hacía movimientos parecidos a los de un rito.
Las cosas que maldijo de nosotros eran interminables. Sus palabras inundaban cada parte de nuestra conciencia y se volvía insoportable.
“Que su muerte sea un sacrificio a los dioses peces, a ellos que hacen posible la vida en el mundo, que hacen posible el clima y la fertilidad. Que la muerte de estos hombres sacie la ira de los cardúmenes y expíe la ofensa por haber sido devorados en altamar”, dijo la anciana.
“Si esto sirve para evitar la muerte de una civilización, la muerte del mundo, y la muerte de la vida, estoy dispuesto a morir”, pensé, resignado.
La anciana, escuchando lo que pensé, me miró y me sonrió.
Entonces, sacó un gran cuchillo de obsidiana y se acercó a mí.
“Veo que has entendido”, dijo la anciana. “Tendré piedad de ti. Serás el primero en morir”.
Tomó el cuchillo y fue cortando partes de mi piel.
Sentí el frío de la piedra afilada y el calor de la sangre mezclarse con mis tendones y músculos expuestos al aire.
Llegó un momento donde el dolor fue tan fuerte que empecé a ver todo borroso.
Mis brazos ya no servían y mi cuerpo empezó a colapsar.
Vi cómo era cortado en pedazos, hasta que el filo pasó por mi cuello y pronto fui viendo todo en un absoluto blanco.
“Tu muerte servirá para alimentar a los peces y calmar las aguas del mundo”, terminó de decir la anciana.
Arrojaron mis restos hacia el fondo del acantilado, donde las olas golpeaban con furia las rocas.
Todos mis fragmentos fueron el alimento de cardúmenes que habitan las profundidades.
Tras esta muerte, estoy en ellos, siendo su comida.
Ahora formo parte de las tormentas.
a Rafael Villegas
- Del ciclo de vida de las tormentas tropicales - martes 16 de julio de 2024


