Me adentro lentamente y los salones se extienden, interminables, en una sucesión de espacios amplios y sobrecogedores que despiden de los lirios suave aroma, olor a muerto que se cuelga en el ambiente como un pesado sentimiento de duelo y aflicción que se acompaña con las letanías recitadas de un mantra opaco, declamadas por mujeres de sayas oscuras y tez grisácea.
Mientras por la puerta alguien se asoma, como a la espera de quien es requerido por los dolientes, ensillados contra las paredes del salón, expreso condolencias y aflicciones aun cuando no les conozco e ignoro quién es el muerto que se vela allí adentro.
Llevo más de una hora auscultando salones, tratando de averiguar en cada una de esas estaciones que están a uno y otro lado del pasillo central de aquella inmensa casa funeraria donde velan los muertos sin mortaja. En cada una de las salas me detengo brevemente sin pretender llamar la atención de quienes lloran o rezan, pero al no hallar en la entrada el nombre que busco ni el lugar o la hora de su inhumación, me acerco con respeto a cada caja cumpliendo con el rito de acatamiento estricto, que consiste en dar el pésame a los familiares dolientes, comenzando por quien esté más cerca del cajón mortuorio.
Luego, con mal disimulada curiosidad, me asomo a la urna sin hallar del amigo sus facciones. El tiempo va pasando lentamente, y afuera han aparcado de retroceso los coches funerarios para facilitar el embarque de los féretros. Estimo en estos ritos paganismo y cierta herejía socialmente aceptada por una cultura cristiana más apegada al formalismo de unas pompas fúnebres mundanas que a la necesidad de brindar una sepultura con recogimiento y religiosidad, y en aquel imponente vericueto de salones, a uno y otro lado de un pasillo sinuoso e interminable, me tropiezo con gentes que van y vienen, que conversan animadamente como en cualquier jolgorio de mercado, y entre todos ellos no encuentro familiares ni testigo conocido que pueda darme señas de la sala donde velan su cadáver. Pregunto por la sala de mi amigo a una herrumbrosa secretaria que atiende en la oficina de la empresa funeraria, que se tarda veinte siglos en responderme:
—No tenemos a nadie con ese nombre, pero vaya a la sala que está después de la morgue. Tal vez esté allí, a la espera de algún salón interior.
Vuelvo a transitar el largo pasillo, esquivando dolientes y tertulianos, pero al salir hacia el salón exterior el olor a formaldehido de la morgue me sacude con una cachetada inesperada. Encuentro que muchos de mis amigos y colegas están allí y me acerco a despedirlo con respeto. También están mis ex alumnos, hoy día flamantes colegas en ascenso meteórico, quienes no me responden el saludo, que de todas maneras hago sotto voce, tal vez porque el salón de emergencia es muy pequeño y el aglomeramiento impide una comunicación medianamente decente.
No es la única sorpresa que me llevo porque, después de un incómodo trayecto, me aproximo al cofre donde tienen al cadáver, aún desnudo y sin preparar, y descubro que el muerto soy yo mismo. Retrocedo con pánico. Grito, pero nadie me escucha. Afuera se ha hecho un corrillo alrededor de una lápida de mármol recién traída que colocarán sobre mi tumba. Además de mi nombre y las fechas de nacimiento y fallecimiento, tiene grabado un largo epitafio que resulta ser el último soneto que escribí en vida:
Me adentro lentamente y los salones
Despiden de los lirios suave aroma
y mientras por la puerta alguien se asoma
Expreso condolencias y aflicciones.En cada una de esas estaciones
Donde velan los muertos sin mortaja
Me acerco con respeto a cada caja
Sin hallar del amigo sus facciones.Estimo en estos ritos paganismo
Y en aquel imponente vericueto
No encuentro familiares ni testigo.Pregunto por la sala de mi amigo
Me acerco a despedirlo con respeto
Y descubro que el muerto soy yo mismo.
- Pompas fúnebres - martes 30 de julio de 2024


