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Destino truncado

sábado 3 de agosto de 2024
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Durante todo el fin de semana de su llegada a la capital no pararon de sonar los cuervos; desde pequeño su abuela le había dicho que cuando estas aves cantaban sólo traían malos presagios pero, como muchas otras cosas de las que le previno, nunca lo tomó en cuenta hasta ese día. Tras un viaje agotador de más de quince horas en autobús Nicolás llegó al Distrito Federal, su tío Guillermo le consiguió un trabajo como mecánico en la recién fundada ruta cien; arribó a la ciudad un sábado por lo que alquiló un cuarto en el hotel La Grijalba, en espera del lunes cuando se reuniría con el señor Ernesto.

El hotel no era bonito ni mucho menos, fue lo único que pudo pagar con los pocos ahorros que junto en Zapopan como maquilador antes de viajar a la ciudad; había esperado este viaje con ansias desde que se lo comunicó su tío, la idea de poder establecerse lejos de su familia y en un lugar con tantas prestaciones a diferencia de su pueblo simplemente le fascinaba. Sin embargo, estos dos primeros días fueron fatídicos para él, no podía conciliar el sueño y cuando lo hacía espantosas pesadillas nublaban su mente, sin saber que éstas serían una premonición de todo lo que tendría que vivir.

El lunes a primera hora recogió sus cosas y abandonó el hotel, dirigiéndose gracias a las indicaciones del administrador a Lomas de Chapultepec, donde se encontraban los talleres de la ruta; al llegar preguntó por el señor Ernesto y su secretaria lo hizo pasar a su despacho. La oficina era más amplia de lo que se veía por fuera, adornada con piezas de caoba y diversos cuadros entre los que destacaba el retrato del presidente Adolfo López Mateos. Al entrar el señor Ernesto le dijo:

—Entonces tú eres Nicolás, ¿verdad?

—Sí —respondió éste.

—¡Vaya! Cómo pasan los años, sobrino, aún recuerdo cuando visitaba a tu madre en La Palma; entonces eras apenas un bebé y mírate cómo has crecido, pero dime, ¿todo sigue igual por allá?

—Lamentablemente no —respondió con sinceridad—, la situación es muy difícil, cada vez hay menos empleos y mucho menos oportunidades de salir adelante en el pueblo.

—Me entristece oír eso —el señor Ernesto se levantó y volteó a una de las pinturas que tenía adornando una de las mesas—. Qué daría por volver a ver mi pueblo como era antes.

Todo quedó en silencio por un minuto.

—Cambiando de tema, ¿sí te comentó mi hermano todo lo que implica este trabajo?

—Sí, señor —respondió Nicolás—. Sé que es un trabajo pesado, pero estoy conforme con eso, no sería mi primera vez lidiando con una situación así.

—Muy bien, me encanta esa personalidad; siendo así te doy la bienvenida, pasa con mi secretaria para que te enseñe el lugar y antes de que te vayas recuerda que si tienes cualquier dificultad no dudes en venir conmigo.

—Muchas gracias, don Ernesto.

Nicolás salió contento de la sala, enseguida la secretaria le dio un recorrido por el lugar. A diferencia de los otros talleres en los que había estado, este parecía más brillante y luminoso, existía suciedad en muros y paredes aunque, como le explicaron, después de cada jornada cada persona debía limpiar su lugar de trabajo; lo que más le llamó la atención fue la gran variedad de herramientas disponibles para cada trabajador, nunca dispuso de todas esas comodidades en un trabajo que sin duda le harían la vida tanto sencilla como imposible.

Durante la primera semana de trabajo todo transcurrió con normalidad, en las mañanas se dedicaba a arreglar los autobuses que se le asignaban y en las tardes regresaba a descansar a un hostal que encontró para quedarse no muy lejos del taller, incluso esa semana lo felicitó don Ernesto por su notable eficiencia y buen uso de los conocimientos mecánicos que tenía; sin embargo, no todo sería felicidad en ese trabajo. El lunes de la siguiente semana lo visitó un cliente particular, eso no era raro en el taller pues algunas personas podían pagar para que les arreglaran sus autos, el problema comenzó cuando el dueño del auto, Diego, preguntó cuántos consumibles recibían, de qué tipo, con qué frecuencia, etc. Todo esto alarmó a Nicolás, que intentó ir con don Ernesto a comentarle la situación, pero el señor se dio cuenta y se acercó a Nicolás con lo que parecía una pistola en el bolsillo, lo obligó a entrar al auto y ahí adentro, mientras Nicolás fingía revisar el cableado, Diego le comentó lo que pasaba.

Él formaba parte de una banda criminal que se dedicaba a la venta de esos consumibles robados de los talleres y para ello necesitaban que los sustrajera y se los entregara cada fin de semana. Ante esto Nicolás palideció, pero no podía salir del auto, se negó rotundamente y le dijo a Diego que buscara otro ladrón, a lo que éste le contestó:

—Sabemos que vives en el hostal aquí cerca y si no nos quieres ayudar te mataremos.

Unas pequeñas lágrimas empezaron a caer por la cara de Nicolás, que solamente pudo asentir con la cabeza, Diego le dio las instrucciones de los productos que debía sustraer y cómo se los daría.

—Ahora sal del auto conmigo y di que todo está bien para que me pueda ir, cuidado con querer llamar la atención que te vuelo los sesos.

Ambos salieron del auto, Nicolás le entregó una hoja con el reporte del supuesto arreglo para que pudiera salir y sin más Diego se marchó. Nicolás, que no podía aguantar más las ganas de llorar, se dirigió al baño para desahogar todo, cuando hubo terminado se limpió la cara y empezó a pensar cómo haría para robar todo lo que le pidieron con tal de estar a salvo. Toda la noche le atormentaron pensamientos acerca de lo que opinaría don Ernesto si se enteraba de que le estaba robando, de lo que podían hacerle en caso de decir algo.

A partir de la mañana y por el resto de la semana se limitó a realizar los trabajos que le asignaban e ir sacando poco a poco cajas llenas de consumibles a la calle, las dejaba escondidas atrás de un basurero para que cuando terminara su turno pudiera recogerlas y llevárselas al hostal sin que se dieran cuenta. Al término de la semana tenia las cajas que necesitaba, alquiló un diablito de carga y se dirigió al punto de encuentro. En uno de los callejones de la avenida San Ignacio llegó Diego en el mismo carro de la desgracia de Nicolás.

—Veo que traes todo lo que te pedí —dijo Diego—. Ten, toma esto, es la lista de lo que me tienes que traer y el pago por tus servicios.

—No quiero tu sucio dinero —respondió Nicolás.

—Si no lo quieres está bien, te veo la siguiente semana.

Diego subió las cajas al auto, arrancó el auto y se mezcló en la avenida. Durante todo el camino de regreso al hostal, Nicolás no levantó la cabeza, se sentía apenado con él, con don Ernesto, con su tío, con su familia, con todo el mundo; no podía soportar la idea de lo que estaba haciendo, pero era lo único que le quedaba con tal de estar vivo.

Las cosas siguieron así por unos cuantos meses, algunas veces don Ernesto notó el comportamiento raro en Nicolás y lo interrogó al respecto, pero como siempre respondía “Todo está perfecto y en calma”. Poco a poco sus ánimos se iban volviendo cada vez más apagados, su rutina era tan monótona como gris, el hecho de soportar con este delito se volvía insoportable. Tras cinco meses del primer encuentro, ante la sorpresa de don Ernesto, renunció al trabajo con la falsa excusa de una oferta mejor al otro lado de la ciudad, todo esto con el propósito de librarse de ese mal.

—No olvides que si necesitas cualquier cosa siempre estaré aquí, sobrino —le dijo don Ernesto sin saber que esa sería la última vez que lo vería con vida.

Nicolás se mudó a un hostal mas retirado para no levantar sospecha, con los pocos ahorros que juntó pagó un mes de renta en lo que pensaba qué hacer. Tres días pasaron en su nuevo hogar antes de que lo interceptara Diego en la calle aledaña mientras regresaba de comprar un poco de comida, lo aventó a la acera e interrogó acerca de por qué no se habían reunido.

—Nunca más voy a cometer fechorías en tu nombre, estoy harto de ti —respondió Nicolás con la voz enardecida.

—Si así lo deseas.

Diego sacó de su pantalón una pistola y le disparó, se subió a su auto para huir dejando el cuerpo ahí tendido en la acera. Con las últimas fuerzas que le quedaban, Nicolás intentó regresar al hostal, pero de la herida emanaba mucha sangre por lo que sólo pudo avanzar unos cuantos pasos antes de caerse. Lo último que vio antes de morir fue esa calle sucia y vacía de la ciudad a la que vino sin saberlo a sufrir el más grande de sus presagios.

Rogelio Germán Acosta Vega
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