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Los instantes desordenados

jueves 8 de agosto de 2024
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En algún momento me equivoqué, algo salió mal, tal vez me adelanté, obvié hacerlo o lo pospuse. A veces hay un cabo suelto, una pieza que trastoca el engranaje y revierte la secuencia de los hechos. Cuando esto sucede, no hay vuelta atrás. Eso es lo que pasó. Lo había preparado todo durante meses, observado y tomado nota de rutinas y rarezas que no figuraban en el informe, los seguí por cafés y rincones, los espié como un fotógrafo a la caza de la instantánea comprometedora que activa el mecanismo. Analizo el material, comparo mis notas y todo encaja. Luego propongo un procedimiento, y después todo tiene lugar muy rápido, apenas un instante caótico en el que el orden previo y conocido deja de suceder porque así es como son las cosas: rutinarias, ordenadas y —durante un instante que nunca comprendemos— caóticas.

Sólo ha de llevar unos minutos, ya estamos dentro, es cuestión de ejecutar el trabajo y salir de la forma acordada. Todo va bien. Siempre hay un tiempo intermedio en el que sólo hay quietud, todo está escrito y pensado, no cabe más que esperar; si acaso, la oportunidad de acceder uno a las partes desordenadas de su vida, las que no se ajustan a mecanismos o márgenes. Como las de ellos, las que creen a salvo y en las que yo elijo fijarme con más detalle. Nos diferenciamos en lo desordenado, en lo bárbaro, lo no pactado, esto marca quiénes somos. Por ahora todo va bien, nadie necesita hacer nada. Por eso nadie hace nada aún. Tan sólo nos miramos de vez en cuando buscando la certeza del paso de los minutos en los ojos del otro, como si éstos reflejaran el pasar de la vida, el desenlace de un futuro inmediato que se desatará con nuestra actuación. Es importante no mirarse todo el rato, permitir un espacio en el que el otro pueda concentrar sus sentidos, estar a solas consigo, con su lugar en aquella casa, en aquella otra vida, verse desde fuera. Nos miramos, pues, fugazmente, comprobamos que nuestros cuerpos siguen en posición, alerta, completos. Conocemos bien nuestros cuerpos más allá de esta ropa oscura: los ojos, el paso de los minutos, las manos que ahora no sudan. Conocemos bien los instantes completos, también todos los errores. Sabemos quiénes somos.

Y en esto, percibimos que algo va mal: hay alguien dentro cuyo acceso no hemos cifrado, no hemos oído su entrada, no localizamos su cuerpo y hay demasiado silencio, como cuando algo se acaba o está a punto de terminar. Esa es la señal que precede al final, uno sabe que alguien va a morir, y de repente comprende que el tiempo intermedio de espera se agotó hace ya muchos minutos. La víctima no suele presentir nada, no advierte el tránsito inminente, ni los instantes, el paso del tiempo en los ojos, en las manos, en los cuerpos, y muere. No es consciente de ello y por eso muere. Este es el procedimiento. Pero algo sale mal, y nuestro encargo no muere, o no aparece, o no lo vemos. El instante caótico comienza a suceder, ya no valen informes ni estrategias, todo tipo de orden cesa y los ojos en los que poso los míos dejan de contar el tiempo, de desvestirme, no los veo en línea, dejan de buscarme y en un segundo caen, precediendo al resto del cuerpo. Mi alerta ante su caída desata la luz inmediata, fogonazos sin una dirección clara, han llegado inadvertidos, no los hemos oído, no sé hacia dónde moverme y el tiempo ya no pasa, me encuentro atrapado en un instante interminable, tal vez sea esto el infinito, eso es lo que era, ella cae sin poder decirme nada, tan sólo me mira fugaz, como cuando me desviste, y me busca antes de caer. Estoy lleno de instantes que repaso en mis ojos, de sudor, de búsquedas y de palabras entre sábanas, sé que ella de alguna manera me llama, veo sus ojos aún abiertos en el suelo, el tiempo se ha detenido en ellos, que guardan todos los instantes. La luz cruza la sala de vez en cuando. Avanzo sin miedo hacia ella, estoy a punto de decir su nombre, de revivir todos los instantes, todas las condenas, todas las muertes. Doy un paso más, casi llego ya. Y al hacerlo siento la quemazón, me alcanzan desde múltiples ángulos y me atraviesan el pecho y el estómago. Me revuelvo y caigo lleno de luz. Sólo ha sido un momento y, por fin, puedo mirarla así, sin tránsito ni momentos intermedios, sin nada más de por medio, tan cerca de ella, como cuando éramos dueños de todos los instantes.

Miguel Rodríguez Otero
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