
Madrid, años setenta
Rafael del Pino Molina
Novela
Alianza Editorial Letralia/FBLibros
Caracas (Venezuela), 2024
ISBN: 979-8328603201
502 páginas
1
Hace poco más de un mes que trabaja en el almacén y aún no puede decir que está integrado, no ha hecho amistad con nadie. Cuando suena el timbre y se baja el cierre, a la una y media, y todos van a comer a la taberna de El Maño, él se queda dentro e improvisa una mesa con cajas de cartón entre los grandes mostradores de trabajo. Ahí da cuenta del almuerzo que le ha preparado su madre, unas lentejas o una ensalada, con filetes empanados o pescadilla frita. Eso mismo ha hecho hoy. Ya no le da tanto apuro como al principio que le vean sacar la tartera mientras ellos se lavan las manos, y soporta mejor algunas bromas al respecto. Ha terminado y sale al portal. Alguna vez ha ido a tomar café con los demás adoptando unas maneras de adulto que no se corresponden con su escasa experiencia. Hoy no.
No hace mal día. Se ha sentado fuera, en el escalón de entrada a la oficina, junto al cierre todavía echado. En la calle hay otros almacenes y pequeños talleres donde trabajan obreros que a estas horas van a comer o regresan fumando de las tascas cercanas. Muchos lo conocen ya de vista y le saludan con un gesto o un Qué hay, chaval, y casi todos miran con sorpresa que lee un libro. Él imita el gesto y no dice nada.
Sólo una vez ha ido con los demás a tomar el menú de la taberna. Le gustó la comida, que no es muy distinta de la que prepara su madre, pero no se sintió cómodo entre ellos. Se le escapaban las pullas que se lanzaban unos a otros, y esa camaradería ruidosa con gritos entre las mesas y bruscas palmadas en el hombro le puso nervioso. Él no fuma ni bebe. ¡Esas grasientas copas de anís Castellana o coñac Fundador que toman después del café le harían vomitar! En cuanto al tabaco, fumó el primer cigarrillo ritual tras la tapia del colegio y se las ha apañado desde entonces para no repetir. Aunque no fumar a su edad es poco corriente, casi de afeminados, y lo sabe, va aguantando. Todo esto le causa una desazón que trata de disimular como puede.
Le avergüenza que le vean leer, aunque se fuerza a superarlo y resiste la tentación de esconder el libro cuando ve que regresan, ufanos, despachando al aire el humo del Faria.
Falta media hora para que sean las tres, para volver al trabajo, y ahora unos cuantos vienen a sentarse un rato allí, en la acera junto a él, a esperar que vuelva Castro. Los dos jóvenes, los Juanes, hablan casi siempre de música, de sus cantantes y grupos favoritos, sin ponerse nunca de acuerdo, mientras que Víctor, el más antiguo, le cuenta cosas de Castro y la empresa y le hace su guiño favorito, otra insinuación sobre Toñi, la chica de la oficina. Toñi, que tiene un rostro precioso y va siempre arregladísima y muy pintada, es para ellos la Barbie. Llama la atención su delgadez, su pequeño cuerpo sin apenas formas. Una muñeca lisa por delante y por detrás, dice Víctor, graves defectos que no impiden sus continuas sugerencias, animándole, ligeramente burlón, con un codazo y una sonrisa lasciva.
Hay un camión esperando en la puerta. A diario llega mercancía de los proveedores. Su trabajo consiste en desembalarla y colocarla en su lugar. Corta el precinto que cubre las cajas con unas gruesas tijeras y saca el contenido protegido con viruta o con un plástico que llaman de burbujas; otros artículos llegan fuertemente forrados y atados, con revestimientos que hay que desgarrar. Al fondo de la nave hay grandes pasillos con estanterías numeradas, donde cada espacio tiene marcada una referencia que se corresponde con el artículo. Avanza por esos pasillos empujando el carro en que los transporta y los deposita en su lugar. El trabajo no le entusiasma, no ha dejado de estudiar para esto. Son regalos: utensilios de cocina o de baño, toallas, sábanas, cuberterías, objetos de porcelana, ese tipo de cosas, algunas muy grandes, como las tablas de planchar, por ejemplo, o las hamacas de playa. No le han dado mucha información; uno de los Juanes le explicó que se trata de un catálogo en el que figuran todos esos regalos, como los puntos Vegé que se anuncian en algunas tiendas, y que las señoras eligen cuando han rellenado con cupones unas cartillas que les entregan al hacer la compra en los establecimientos de la empresa. Aquí se reciben los pedidos, se destruyen las cartillas y se empaquetan los regalos.
Del catálogo, lo primero que llamó su atención fue la diferencia enorme entre el regalo que aparece fotografiado y la realidad que él despoja de protección y traslada a su sitio. Ese reloj de péndulo, por ejemplo, que ahora está extrayendo de su envoltorio y que parece en la fotografía digno de un salón victoriano, ni siquiera es de madera sino de un material que la imita. Sacar alguno de la caja y ver su pobre consistencia, tan alejada del artificio de la fotografía, se parece al número del mago y la chistera, un impacto decepcionante y algo cómico. Una estafa, en suma, pero lo cierto es que es todo un éxito: el catálogo se renueva cada dos años y ahora está a punto de llegar el nuevo, así que Castro y Toñi no hablan de otra cosa y andan todo el día al teléfono para concertar el momento.
Para ir al baño hay que pasar por la pequeña oficina que tiene Toñi, la muñeca, a la izquierda de las mesas de trabajo. Todos le hacen algún comentario al entrar o al salir. Lorite se para un poco a hablar con ella cuando Castro, cuyo despacho comunica con el de la secretaria, tiene su puerta cerrada, incluso se sienta en la silla que hay frente a su mesa; los otros lo ven y se hacen señas burlonas. Él va un par de veces a lo largo de la mañana y saluda o levanta las cejas —un gesto que juzga de aplomo— si la ve hablar por teléfono. Cuando se lavan las manos y se asean un poco para ir a comer, se forma un pequeño alboroto ante su mesa que ella aprovecha para tapar la máquina de escribir, coger su bolso y retocarse el maquillaje. Entonces Lorite le gasta bromas más atrevidas, le echa el brazo al hombro y la acompaña hasta la puerta del cierre. No hay nada entre ellos, claro que no, pero Lorite es alto y guapo, y a Toñi no parecen disgustarle sus atenciones, si bien se cuida mucho de que el jefe, el señor Castro, como ella lo llama siempre, no se dé cuenta.
A veces Toñi le sonríe claramente, como buscando alguna clase de complicidad, y él había imaginado que se le acercaría, le hablaría con confianza y se harían amigos. Hasta hoy eso no ha pasado, y ahora es más difícil que pase. Le agradaba cultivar una semejanza entre ellos que le convertía en especial: la afición por la lectura. La secretaria lleva un libro para leer en el metro y a veces también en el despacho, cuando no tiene nada que hacer, un libro que descansa sobre su mesa forrado con papel de estraza pegado con celofán. Una y otra vez, al entrar o salir del lavabo, quiere preguntarle con naturalidad qué libro es, pero la pregunta no sale de su boca. En lugar de eso, ayer miró el título en un acto indecoroso, aprovechando un descuido, cuando ella había salido a hacer un recado, conduciéndose con un ridículo sigilo para no llamar la atención. Se llevó una doble decepción. De un cajón a medias abierto sobresalía el número de Sábado Gráfico dedicado a la boda de la nieta de Franco. Le llenó de una extraña rabia pensar que ella ha pagado veinticinco pesetas para recrearse en esas fotografías de una ceremonia palaciega rescatada de otro tiempo, grupos de aristócratas acartonados (con un Franco orgulloso y senil entre ellos), vistiendo uniformes de gala con hombreras y charreteras, dando el brazo a mujeres tiesas, altivas con sus broches y sus encajes, secas, que parecen clavadas en las mantillas como mariposas en un álbum. En cuanto al libro, no precisa leerlo para tener formada una idea deplorable acerca de su contenido. Se trata de Los cipreses creen en Dios, la Guerra Civil contada por curas y falangistas, en algún sitio lo ha escuchado, una lectura que no puede aprobar sin traicionar algo relativo a sus orígenes. Sus ensoñaciones, sin embargo, se niegan a abandonarlo: habría que saber por qué lo lee, si le gusta o no; el libro podría no ser tan malo, después de todo. Al verse envuelto en estos enjuagues de su mente se enfada consigo mismo.
2
Al salir del trabajo caminan hacia el metro. Allí se despide de Víctor y los Juanes, porque él debe coger la camioneta que lleva a su barrio. Es Lunes de Pascua y no hay clase en la academia. Se entretiene en las calles estrechas que suben a López de Hoyos, con su pantalón y su camisa baratos, tristemente consciente de lo poco que le agrada su aspecto. A él le gusta cómo viste Lorite; le gustan sus camisas vaqueras, sus pantalones acampanados de una marca conocida, no como los suyos; le gusta sobre todo un cinturón con una hebilla enorme que lleva casi todos los días y que le hace juego con unos botines negros.
La semana pasada cobró su primer sueldo: 1.700 pesetas. Le emocionó ver su nombre escrito en un sobre marrón que le entregó Castro tras esperar el último en una fila que se forma ante su despacho, firmar la nómina y dejar una copia en la mesa de Toñi. A punto estuvo de pedirle a su madre, cuando le entregó el sobre sin abrir, que quería quedarse con una pequeña parte, algo así como una asignación, pero al final no se atrevió y se lo dio sin decir nada. Vio con agrado la cara de satisfacción de su padre cuando llegó a casa al anochecer, cansado como siempre, pero también le disgusta de sí mismo la timidez. En casa viven con muchos apuros; contribuir a subir un escalón que los aleje de la pobreza es un orgullo, pero eso no va a ser tan rápido, ni mucho menos, y él quisiera algo más que las 200 pesetas que le anunciaron como un gran regalo a principio de mes. Aunque lo cree justo, reclamarlo sería ruin. ¿Es demasiado bueno o simplemente no tiene carácter? Se propone no pensar en ello por ahora. A lo lejos, entre las luces de la calle, destaca la P de la camioneta y acelera el paso. A esta hora vendrá abarrotada desde Diego de León y habrá que subir por atrás. No se paga billete por hacer el trayecto con las puertas abiertas, de pie en la escaleras, agarrándose con medio cuerpo fuera a la barra divisoria, como la fotografía de un trapecista paralizado en su acrobacia.
No es muy alto, pero al menos no está gordo. Su cuerpo no le parece feo, lo que le avergüenza es su dentadura, ese diente superpuesto que tiene justo en medio, en la fila de arriba, y que le hace a veces sonreír de una manera forzada, para que no se le vea mucho, provocando en quien le mira —cómo no van a notarlo— un gesto de extrañeza.
Con 15 años se siente un hombre. Sólo le falta tener una chica. Ese debería ser el premio por haberse puesto a trabajar mientras sus amigos siguen estudiando. ¿Dónde estarán ahora? En el transcurso de unos pocos meses se ha abierto una brecha entre ellos que estas tardes vivaces, de cielos limpios, subrayan en toda su hondura. En la pandilla se han formado ya algunas parejas; el grupo tiene una vida sin él, a la que sólo puede incorporarse los fines de semana (con una sensación desconocida, como si un viejo orden hubiera sido alterado). Más que un distanciamiento temporal, es el precio por dejar atrás la infancia y el colegio, por ganar peso en la familia. ¿Es exagerado decir que ha empezado una nueva etapa de su vida? No, no lo es. Pudo haberlo evitado. Varios profesores le propusieron, en presencia de su madre, que al terminar octavo, con su Certificado de Estudios, se presentara al examen del Graduado Escolar, ellos harían las gestiones. Su madre, por el puro instinto, sin entender lo que le decían, era partidaria de intentarlo, ella quería que hiciera el Bachillerato; su padre, más reacio, finalmente habría cedido. Ese era, en realidad, su íntimo deseo, que el colegio se prolongara todo lo posible, que no se acabaran nunca las clases, aunque dijera lo contrario ofreciéndose en sacrificio para ganar dinero, así pensaba merecer la libertad de hablar en casa con voz propia. El precio ahora parece muy alto, pero no cree arrepentirse. Se trata, al igual que cuando era niño, de evitar las lágrimas y aguantar.
Además, no está del todo solo. Úrsula, que tiene su misma edad y ha seguido sus pasos, podría muy bien ser la chica que anda buscando. Ha salido con ella varias veces; trabaja de dependienta en la zapatería que está frente a la Prospe, justo al lado de la parada de la camioneta. Alguna tarde, cuando atisba que ella está sola y no hay clientes, pasa a saludarla afrontando la mirada torva de la encargada. Lo haría a diario, pero no quiere mostrar demasiado interés. En realidad, siente miedo y vergüenza. Vive entre el miedo y la vergüenza.
Lo que de veras lamenta es alejarse de Lucio, su mejor amigo y figura central de ese grupo que ha sido su segunda familia. Es un mocetón alto y corpulento de barba cerrada que vive en una de las torres, enfrente de la iglesia y al lado de los billares. Recién llegados a Madrid, cuando apenas se atrevía a desviarse del camino que llevaba de su casa al colegio, Lucio le vio jugar al fútbol en el Carril del Conde y le animó a unirse a ellos, prácticamente le adoptó, y muy pronto le hizo subir a su piso en la torre, donde vive con sus padres y sus hermanas; el resto de la panda le aceptó en seguida. Su adolescencia está ligada a Lucio y a los otros, pero sobre todo al amigo inesperado y protector, gracias al cual se atrevió a cruzar su primera frontera.
Hoy no estará en su cumpleaños. Dieciséis. Lucio va seis meses por delante de él, seis meses justos. Habrá una merienda a la que no sabe si está invitado. No aparecerá, como la primera vez, a última hora, para que se notara menos que no llevaba ningún regalo, la fiesta de sus 12 años, cuando los conoció a todos, la inolvidable noche del La, La, La en que probó por primera vez el cava y los bocaditos de nata. Aquella noche tuvo que volver corriendo, porque en su casa aún no tenían teléfono, para avisar de que se quedaba a cenar con los Morata, y al volver ya le habían dado a Lucio la sorpresa del Scalextric, que terminaron de montar mientras en la tele la canción española, entre vítores, iba sumando puntos. Estarán sus dos hermanas, casi idénticas sin ser gemelas, mucho menores que Lucio en todos los sentidos, que al término de la votación (todo lo hacen juntas) se pusieron un vestido corto como el de Massiel y rompieron a cantar, dándole a la escena todo el aire de las comedias americanas (aunque también, a ratos, él interpretara el papel del pariente pobre, o sintiera el absurdo de haber ingresado sin saberlo en esa película española en la que Cassen pasea su motocarro por el blanco y negro de un Madrid en Nochebuena).
Tampoco las hermanas salen de casa más que para ir a clase y hacer los recados que la madre les encarga, de modo que apenas las ha visto desde el año pasado. ¿Seguirán con sus costumbres de siamesas? Cuando la familia se agrupa en el salón, como ocurrirá esta tarde, Lucio es el más grande con diferencia, y a él le da por compararlo con un patriarca que gobernara una propiedad rural, o con las ilustraciones de ese libro infantil que presenta a Gulliver entre los liliputienses. En este universo tan particular, abierto, extravagante y acogedor, se ha hecho un hueco durante años para vivir una vida secundaria que se ha ido desarrollando no lejos de su casa, en paralelo, pero que al fin no es la suya. ¿Le gustaría que lo fuera? Bastaba, dos o tres veces al día, con cruzar la carretera. Se incorporó enseguida agradecido de poder escapar de su propio ambiente y así ha crecido, pero ya no es suficiente. La pregunta no es si podría vivir esa vida, sino cómo va a vivir la suya.
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