Saltar al contenido

Hexágono

sábado 24 de agosto de 2024
¡Comparte esto en tus redes sociales!

1

De los coches me acuerdo perfectamente. El Morris verde de mi tío Miguel, el 1500 beige de mi padre y el Mini azul marino de Leandro, que tenía sólo dos puertas y un cuentakilómetros que llegaba a los 240 Km/h. Leandro no vivía con nosotros, pero se acercaba al chalé casi todas las noches con su mujer para irse por ahí con mis padres y mis tíos: a cenar, a bailar y a jugar al póker. Me acuerdo de los coches y de Silvia, claro, la chica más guapa que he conocido en mi vida; pero ella vendría después, mucho después, el último mes de agosto que pasamos en los Hexágonos.

Las casas eran raras, piensa que estábamos en los setenta.1 Eran caprichosas, algo excéntricas y no se parecían a nada que hubiéramos visto antes. Las había comprado mi abuela para que sus dos hijas mayores, mi madre y mi tía Yoyes, no tuvieran que volver a alquilar aquellas casitas provisionales en el pueblo, la de los Caballitos y alguna otra antes; aquellas casitas con sillas de skay y colchones delgados de gomaespuma, con cocinas de armarios precarios y un solo fuego, con aquellas neveras tartamudas que daban calambre.

Los chalés estaban lejos del pueblo, algo más allá de la Playa de los Locos. Parecía que aquello iba a ser una urbanización, pero cuando llegamos allí sólo estaban construidos dos o tres chalés aparte del nuestro y una tiendecita de ultramarinos. Lo demás era desierto, un desierto lleno de caminos asfaltados que no llevaban a ninguna parte.

La playa estaba algo apartada de casa, así que nos acostumbramos a bañarnos en una calita que estaba cerca de los chalés. Íbamos en expedición, con cubos y gamberos para coger cangrejos, quisquillas y pececitos. Llevábamos las gafas de bucear y las aletas y a los mayores nos dejaban a veces ir a pescar a Los Locos, a las rocas que estaban debajo de Torre Vigía. Mi tío Miguel nos compraba masilla, unas bolas que parecían de barro y olían a pescado podrido. Pellizcábamos con los dedos bolitas pequeñas de cebo que enganchábamos en el anzuelo, tirábamos el sedal al mar y vigilábamos la boya por si picaba una salpa o un raspallón en aquellas cañas que eran casi de juguete.

Por las tardes cogíamos las bicis y nos perdíamos en aquel campo quemado por el sol. Aquí y allá encontrábamos montones de ladrillos, las sobras de aquella urbanización que no terminaba de arrancar, y los cogíamos para construir cabañas frágiles donde leíamos tebeos mientras mordisqueábamos los bocadillos de nocilla que nos preparaban en casa.

El tiempo no parecía existir aquellos veranos en que buscábamos cada día la compañía de insectos y reptiles para poblar el territorio de nuestra infancia. Durante aquellas tardes lentas y luminosas cazábamos lagartijas y saltamontes, temíamos al alacrán. Andábamos por el suelo, en cuclillas, agachados, y resbalábamos cada mañana por las rocas de las calas. Esperábamos ansiosos el grito del heladero que nos libraba de aquellas siestas eternas y algunas veces bajábamos a la feria a montar en los coches de choque o en el tren de la bruja.

Lo mejor de los veranos de mi infancia era estar lejos de los mayores, habitar en un mundo aparte bajo la luz brutal de las tardes de estío, vivir como salvajes aquellos días eternos y siempre iguales.

 

2

Mis padres y mis tíos se olvidaban de nosotros durante las vacaciones. Para aquellos matrimonios jóvenes los hijos no eran una obligación o una carga todavía; aquel último verano contrataron a dos tatas, dos chicas jóvenes, casi adolescentes, para que se quedaran a cargo de nosotros y mis primos mientras ellos salían por ahí con su pandilla —el Leandro aquel del Mini, los Magaz, Andrés y Hortensia— todas las noches. Por las mañanas mi padre se quedaba en la cama hasta muy tarde, pero a mi tío, en cambio, le gustaba madrugar para ir al puerto a la subasta de pescado y a veces traía a casa churros o salazones. En la nevera tenía envueltos en un paño húmedo un taco de mojama y otro de hueva y, como si fuera a darnos la comunión, nos cortaba láminas finas con su navaja a la hora del aperitivo.

Aquellos veranos de playa mi padre se quedaba con nosotros todo el mes de agosto, pero durante el mes de julio sólo se acercaba a vernos cuando le dejaba el trabajo. Tenía que ir a la oficina incluso los sábados hasta el mediodía, en España aún no teníamos weekends, y llegaba a los Hexágonos muy de noche. Llegaba y se iba en seguida con sus amigos, con el tiempo justo para darse una ducha y ponerse alguno de sus nikis con bolsillo superior donde guardaba el tabaco. El domingo se levantaba tarde, casi a la hora del aperitivo, y volvía a Madrid después de cenar. Hacía aquellos viajes relámpago con otro amigo, Feu se llamaba, quiero recordar, un hombre grande y calvo con bigote de morsa, como el de David Crosby. Se turnaban para conducir, para adelantar a los camiones lentos por aquellas carreteras de doble sentido y llenas de baches, y así podían dormir cuatro o cinco horas en carretera antes de llegar directamente a la oficina, como si fueran adolescentes que vienen de fiesta.

Mi tío era militar, iba y venía del cuartel dependiendo de los turnos arbitrarios, de las guardias y las maniobras. Algunas veces llegaba vestido de uniforme y mi primo y yo nos acercábamos a su cuarto para que nos dejara ver la pistola. Era igual que las que vendían en las jugueterías, con su empuñadura marrón y el cañón plateado, pero una vez que nos la dejó coger nos dimos cuenta por el peso de que era un arma de verdad, que si disparabas podías matar a alguien. Mi tío la guardaba dentro de una pistolera de cuero negra en uno de los cajones del aparador y se olvidaba de ella hasta que tenía que volver al cuartel.

Aquel último mes de nuestras vacaciones en los Hexágonos, aquel agosto venturoso, ya lo he dicho antes, mi padre no llegó solo. Del milquinientos se bajaron mi tía Tere y una amiga suya, Silvia, la primera mujer por la que suspiré todas las noches, todos los días, aquellos días lentos de mi último verano en la playa.

¿Cómo era Silvia? ¿Cómo era Silvia exactamente? ¿Cómo era Silvia exactamente para un chico tímido de trece años? Cuando conjuro su recuerdo, cuando intento traérmela a mi mente después de tantos, tantísimos años, lo primero que veo es una camisa de rayas azules y blancas anudada por encima de la cadera, el ombligo que asoma por debajo del nudo de la camisa y un ligero vello rubio que desde allí le bajaba a Silvia para esconderse dentro del short. Aún tiemblo ligeramente cuando lo recuerdo. Tiemblo al recordar que me dio un beso de buenos días aquella primera mañana que bajó al salón a desayunar.

Las dos mujeres, las dos chicas, no debían tener más de veinte años. Se instalaron en el cuarto de mi hermana y la nena se mudó con mi prima al chalet de mi tía Yoyes. Al día siguiente bajaron a la cala con nosotros. En las rocas yo miraba hipnotizado cómo Silvia se quitaba la camisa y el short. Debajo llevaba un bikini blanco, lo estoy viendo ahora mismo. La braguita se sujetaba con dos lazos atados a las caderas y el sujetador se anudaba con dos cintas, una por detrás del cuello y otra en la espalda. En aquel tiempo, sólo las turistas que veraneaban en La Mata llevaban bikini, el bañador era la regla obligatoria para casi todas las españolas. Silvia y mi tía Tere se sentaron en dos sillas de playa para tomar el sol mientras nosotros nos repartíamos por las rocas y de aquella mañana, aunque supongo que me tiré al agua alguna vez, aunque seguro que estuve por las rocas buscando cangrejos, sólo recuerdo estar espiando a Silvia. Estoy seguro, casi seguro, de que entonces no éramos capaces aún de imaginar juegos sexuales. Mirar a Silvia era como ver una película, como mirar un cuadro. Tiempo después, estando en Florencia, me acordé de ella cuando vi en los Uffizi el cuadro de la Primavera, la cara y el cuerpo desnudo de Simonetta Vespucci.

Yo estaba mirando a Silvia —no dejé de mirarla esa mañana, todas las mañanas que bajamos a la cala— cuando se agachó para mojarse en una poza las muñecas y las manos antes de meterse en el agua. Descubrí que tenía una cicatriz por encima de la braga del bikini, como si la hubiera mordido alguien por debajo de los riñones. Agachada, se le tensaban los muslos, se le marcaba en la espalda la columna vertebral y un golpe violento de deseo, creo recordar, se apoderó de mí, noté como se endurecía mi miembro, igual que cuando practicaba en la cama mis primeras masturbaciones. Me dio vergüenza que alguien lo notara y me eché al agua casi al mismo tiempo que Silvia. Ella vino nadando hacia mí y me hundió la cabeza dentro del mar. Al salir, me apoyé en sus hombros para devolverle la aguadilla. Cuando estaba dentro del agua, me agarró del pie derecho para arrastrarme al fondo con ella. Mi tía Tere, mi hermana, mi prima y mi primo Miguel saltaron también al agua. Las dos mujeres se alejaron de nosotros nadando y yo deseé que aquella mañana no se terminara nunca, que la eternidad fuera estar al lado de Silvia, que fuera ese el paraíso que nos prometían los curas en el colegio.

 

3

No siempre estábamos con mi tía y con Silvia, claro. Ellas hacían su vida, se iban al pueblo andando o las subían por la noche en el Morris o en el milquinientos. Pero yo no me la quitaba de la cabeza, aunque no sabía explicarme aún las leyes del deseo. Ese verano, ese último verano en la playa, esos días lentos de agosto, estuve siempre inquieto, en una especie de duermevela permanente, como si viviera en dos tiempos a la vez. El tiempo de la infancia, de los juegos con mis primos, de las bicis y la feria, en aquel universo poblado de bichos en el que éramos reyes soberanos, y en aquel otro tiempo desvalido, en aquellas siestas insomnes en que repasaba el cuerpo de Silvia en bikini, en aquellas mañanas de observación silenciosa y obsesiva con que espiaba a aquella mujer, en mis esfuerzos inútiles de acercarme a ella. ¡Cómo me esforzaba en buscar la posibilidad de un roce furtivo cada vez que pasaba a su lado! ¡Cómo me embriagaba el olor de la crema que se extendía parsimoniosamente sobre su cuerpo! ¡Cómo aguardaba impaciente a que se soltara el cordón de su bañador para darse la vuelta en la toalla!

Mi tía y Silvia habían traído un tocadiscos, uno de aquellos Bettor portátiles en forma de cofre, que se abría en dos mitades y quedaba arriba el altavoz y abajo el plato. Muchas tardes después de comer se iban las dos a la parte de atrás del jardín y allí ponían discos de Serrat, de Elton John y de Cat Stevens. De Crosby, Still & Nash y de los Beatles. Casi todas las tardes mi primo y yo nos acercábamos para estar con ellas con la excusa de la música. Mi canción favorita entonces era una de Cecilia, Nada de nada. Me gustaba sobre todo porque Silvia la cantaba también a veces con la guitarra. Y se me quedó la letra, aún la recuerdo casi entera. Nada de ti, nada de mí, una brisa sin aire soy yo. Nada de nadie.

En ese jardín comenzó mi educación sentimental. Esa música no era la misma que ponían en la feria, aquellas canciones de los Diablos y de Fórmula V. No eran los éxitos de Raphael y Camilo Sesto que cantaban las tatas, las canciones latinoamericanas de María Dolores Pradera que ponía mi madre en la casa de Madrid. A los pocos días me atreví a pedirle a mi tía que me dejara el tocadiscos cuando ellas no estaban. Muchas noches después de cenar, cuando mis hermanos ya estaban en la cama y los mayores se habían ido por ahí, cuando estaba el jardín desierto y refrescaba algo después de aquellas tardes terribles de agosto, mi primo y yo nos íbamos a la parte de atrás a escuchar una y otra vez aquellos discos hasta que la tata venía a buscarnos para ponernos el Autan, aquella loción antimosquitos que olía tan mal, y mandarnos a la cama.

Siempre le pedía a Elena que nos dejara poner una canción más, la última. Y siempre ponía la misma, aquella canción de Cecilia. Al oírla notaba un dolor en el pecho, sentía nostalgia por algo que no existía y que no me sabía explicar.

 

4

El catorce de agosto es el cumpleaños de mi tío Miguel y de mi prima Nieves y mi madre bajó a la cala a buscarnos para que subiéramos a tomar el aperitivo. Cada año, mi tía se encerraba toda la mañana en la cocina para construir la tarta moka, aquella pirámide de soletillas empapadas en leche y cubiertas de crema de mantequilla y café. Mi padre había improvisado una barbacoa de carbón detrás de nuestro chalé y mi madre estaba asando sardinas. Mientras los mayores estaban ocupados con la comida, nosotros jugábamos al pilla-pilla en el jardín. Silvia corría por el borde de la piscina para escaparse de mí, ella era la única presa que yo acechaba. Se me escapaba y, sin pensarlo dos veces, le di un empujón para que cayera al agua. Pero Silvia me agarró de una mano y me arrastró dentro de la piscina. Caí encima de ella, nos sumergimos abrazados y cuando intenté salir del agua me empujó de la cabeza para hundirme otra vez. Yo casi no tenía aire y tragué agua antes de salir. “Puta”, le dije cuando conseguí librarme de la aguadilla. Sólo me escuchó ella. Salí de un salto de la piscina y me fui llorando a mi cuarto. No sabía por qué le había dicho eso, pero ahora sólo quería esconderme. Mi madre vino a buscarme, “no seas tonto, Juan”, me decía. “Sal de una vez de tu cuarto. Si no sales, voy a llamar a tu padre para que te saque”. Cuando por fin volví al jardín, no me atrevía a mirar a Silvia. Sin embargo, fue ella la que se acercó a mí con un plato de tarta, me dio un beso y me dijo: “¿Amigos?”.

Aquel verano mi primo y yo habíamos empezado a robarle cigarrillos a mi madre, mi tía no fumaba. Mi tío y mi padre fumaban negro, Tanausú, que venía en un paquete verde turquesa que me gustaba mucho. Pero era más fácil quitarle un pitillo o dos a mi madre, dejaba el tabaco en cualquier parte. Le cogíamos un par de winstons y nos íbamos a fumar a la parte de atrás de los Hexágonos, muchas veces guardábamos el tabaco para fumárnoslo de noche, mientras escuchábamos los discos de Silvia y de mi tía.

La tarde del cumpleaños de mi tío Miguel me escapé de la siesta, como tantas veces, y me fui a la parte de atrás. Silvia estaba sola escuchando música y le pedí que me dejara darle una calada a su cigarrillo. “¿Ya fumas?”, me dijo. Y me pasó el pitillo. Tener en la boca el cigarrillo que un segundo antes había estado en la suya era casi como darle un beso. “Cuando tenga novia”, le dije, “quiero que sea una chica igual que tú”. Ella se me quedó mirando y sonrió. “Va a tener mucha suerte la chica que esté contigo. Ninguno de mis novios ha sido ni la mitad de guapo de lo que tú vas a ser”. No sé qué se me pasó por la cabeza, cómo me atreví, pero acerqué mi cara a la suya y le di un beso en la boca. Fue como si una corriente eléctrica sacudiera todo mi cuerpo. Ella se apartó de mí y me sacudió el pelo como hacía mi madre tantas veces. “Anda, fúmate un pitillo”, me dijo. Y sacó un cigarro del paquete. “¿Puedes poner la canción de Cecilia?”, le pedí. “Es mi favorita. Siempre que la escucho pienso en ti”.

En cuanto empezó a sonar la canción apareció mi tía Tere y se acabó ese breve momento de intimidad. “¿Qué haces fumando?”, me dijo. “Déjale”, le respondió Silvia. “Ya está hecho todo un hombre. Y dentro de nada se va a llevar a todas las chicas de calle”. Noté cómo me iba poniendo rojo y en cuanto terminé de fumarme el pitillo les dije que me iba a buscar a mi primo. ¡Cuántas veces pensé en ese beso aquel verano! ¡Cuántas veces lo recordé aquel año en Madrid! No le dije nada a mi primo, no se lo conté a nadie, pero aquella misma noche lo apunté todo en el diario que había empezado en uno de mis cuadernos del colegio y que escondía debajo del colchón de mi cama.

 

5

Por las mismas fechas del cumpleaños de mi tío empezaron a aparecer por los Hexágonos dos chicos mayores que Silvia y mi tía habían conocido en el pueblo. Tenían coche, un 127 amarillo. Venían después de cenar para recoger a las dos chicas y llevárselas por ahí, a tomar una copa en el pueblo o para ir a bailar a Keeper. También bajaron alguna mañana a la cala, se sentaban al lado de Silvia y de mi tía, se tiraban al mar haciendo la bomba y luego nadaban torpemente hasta la escalera para poder volver a tierra firme. Odié a aquellos dos chicos profundamente desde que los vi por primera vez. Cuando a uno de ellos le arrastró entre las rocas un golpe de mar y salió como pudo, lleno de arañazos y de espinas de erizos, me embargó la felicidad exultante del que se alegra de la desgracia ajena, del que desea sólo el mal a sus enemigos. Pero luego sentí envidia al ver cómo Silvia se volcaba sobre su espalda para arrancarle una a una las espinas con las pinzas de depilar que llevaba en su bolsa junto con el tabaco y las cremas.

También aparecieron por la feria una tarde en que habíamos ido con Silvia y con mi tía. Habíamos montado ya en los aviones y en el tren de la bruja, pero mi atracción favorita siempre han sido los coches de choque. Le pedí a Silvia que se subiera conmigo. Los dos llevábamos pantalón corto, Silvia no se quitaba nunca sus shorts vaqueros, y notaba cómo se rozaba su pierna con la mía en la intimidad de la cabina. Pero uno de aquellos chicos, el que se había caído en las rocas, no dejaba de embestirnos, nos perseguía por toda la pista y aunque yo intentaba esquivarle, chocábamos una y otra vez. Una de las veces aquel imbécil nos chocó de frente y entonces, como salido de mis oraciones, el chico de la feria se subió sobre la goma de su coche y le obligó a conducir hasta el borde de la pista. No sé qué le dijo, pero desde entonces no volvió a toparse con nosotros. Antes de volvernos a casa, los dos chicos compraron en Sirvent helados para todos, pero yo, muy digno, dije que no me apetecía, no estaba dispuesto a aceptar ningún regalo de mis rivales.

El verano, aquel último verano que yo quería que fuera interminable, se terminaba. Una de las últimas noches, la penúltima noche que pasé en los Hexágonos, oí que un coche llegaba a los chalets de madrugada. Primero pensé que serían mis padres y mis tíos, pero enseguida reconocí la voz de mi tía Tere y las risas de aquellos dos cafres. Pensaba que esos dos dejarían a las chicas y se volverían por donde habían venido, pero entraron en nuestra casa, escuché cómo cogían algo de la nevera. Cuando ya no se oía nada, salí de mi cuarto, bajé en silencio las escaleras y fui a buscar a mi primo a su chalet. Ni mis padres ni mis tíos estaban aún en casa. Le dije a mi primo que bajara, que aquellos dos estaban con las chicas en la parte de atrás y que podíamos espiarles. Salimos los dos a la noche en pijama. Hacía fresco, se terminaba agosto. Dimos la vuelta a su casa para salir a la parte de atrás por la cocina y nos escondimos justo detrás de la pared esquinera. Silvia, mi tía y aquellos dos estaban sentados en el césped, fumando y bebiéndose las cervezas que habían cogido de mi casa. Hablaban en voz baja, desde donde estábamos mi primo y yo no podíamos oír lo que decían. Luego vimos cómo mi tía se besaba con uno de ellos, vimos cómo aquel tío la abrazaba. Al poco tiempo, el otro intentó besar a Silvia y los dos, mi primo y yo, escuchamos claramente cómo ella le decía déjame en paz, no seas pesado. Pero el tío le pasó la mano por detrás del cuello para acercar su cara a la suya. “Vete a la mierda”. Eso también lo oímos claramente. Mi tía se dio cuenta y dejó de besar a su novio, o lo que fuera aquel chico. “Eres una imbécil”, escuchamos cómo insultaba a Silvia aquel idiota que nos perseguía en los coches de choque. “Eres una imbécil y una niñata”. Y, de pronto, empezaron a discutir los cuatro, se levantaron del césped y vi cómo ese chico intentaba acorralar a Silvia contra la valla del chalet. Le hice una seña a mi primo y le dije sígueme en voz baja. “Coge la pistola de tu padre”, le dije nada más entrar en su casa. “Esos dos quieren hacer daño a Silvia y a la tía Tere”.

Subimos al cuarto de sus padres y un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando mi primo sacó del cajón la pistola enfundada en la pistolera de cuero. De pronto, al salir de aquel cuarto habíamos dejado de ser niños. Sin decir nada, volvimos a bajar al jardín. Desde el sitio desde donde les espiábamos vimos que los cuatro seguían discutiendo. De repente, el que intentaba besar a Silvia le dio un empujón y la tiró al suelo. “Hijodeputa”, le escuché gritar a mi primo. “Deja en paz a Silvia. Marcharos de aquí ahora mismo o te pego un tiro”.

El chico, los dos chicos, Silvia y la tía Tere, todos se giraron hacia donde estábamos nosotros y vieron a un niño en pijama con una pistola en la mano. Mi primo la había desenfundado y ahora les estaba apuntando. “Chaval”, le dijo el que estaba besando a mi tía unos minutos antes, “¿qué coño haces? Guarda eso ahora mismo”. Pero mi primo se acercó más aún y ahora se le veía mejor a la luz de la farola del jardín. Yo estaba detrás suyo y me fijé cómo le temblaba la mano. “Miguel”, dijo mi tía Tere, “deja de hacer tonterías. Estos ya se iban. Vámonos todos a la cama”.

Pero el que había intentado besar a Silvia debía estar más borracho o, simplemente, tenía peor carácter. “Mira, enano”, le dijo a mi primo, “como no sueltes eso ahora mismo te voy a dar una hostia que te voy a poner la cara del revés. Estoy hasta los huevos de ti y de toda tu familia”.

“Si das un paso, disparo”, le respondió mi primo. La amenaza sonó cierta, aunque me di cuenta de que a mi primo le temblaba también la voz. Aquel tipo dio dos pasos hacia nosotros y Miguel levantó la pistola hacia el cielo y apretó el gatillo. Se escuchó una explosión como la de uno de esos petardos de las fiestas de los pueblos. Los dos chicos se echaron al suelo. “Y ahora largo de aquí”, les dijo mi primo, y noté que su voz ahora era más firme, que le había envalentonado el sonido del disparo y ver a los dos chicos tirados en el césped. “La próxima no va a ser un aviso”.

Los dos chicos se levantaron y salieron corriendo hacia la puerta del chalet para meterse en el coche y largarse de allí. Mi tía y Silvia estaban paralizadas. Mi primo dejó la pistola en el suelo y en ese momento apareció en camisón Elena, una de las tatas. “¿Pero qué pasa aquí?”. Nos miraba a los cuatro esperando a que alguno diera una explicación. “Qué ha sido ese ruido? ¿Qué hacéis los cuatro levantados? ¿Sabéis la hora que es?”, pero ninguno de los cuatro abríamos la boca. “No pasa nada, Elena”, dijo al final mi tía Tere. “Estos sinvergüenzas, que nos han oído llegar y han bajado a pedirnos un cigarro. Y Miguel, para hacer la gracia, ha encendido un petardo”. “Venga, a la cama”, dijo Elena dirigiéndose a mi primo y a mí. “Os quiero ver dormidos en dos minutos o mañana le cuento todo a vuestras madres. ¡Vaya críos! Y vosotras también os deberíais ir a la cama, ¡vaya susto!”.

Sin decirnos nada, mi primo y yo seguimos a Elena. Él se quedó en su chalet y yo fui con la tata hasta mi cuarto. “Buenas noches, Elena”, le dije, “y perdona por el susto”. “Anda, golfo, ahora a dormir”.

Me costó mucho dormirme aquella noche, estaba deseando que llegara el día siguiente para revivir aquella noche con mi primo. Volvía a ver en mi cabeza la escena del jardín una y otra vez: aquel cafre gritando, el sonido del disparo y las amenazas de Miguel. ¡Cómo me hubiera gustado haber sido yo el que empuñara el revólver! Nuestra retirada escoltados por Elena no había sido muy digna que digamos, y la pistola se había quedado allí, tirada en el suelo. Como mi padre y mi tío se enteraran de lo que había pasado nos iba a caer una buena.

Aquella mañana Silvia y mi tía Tere no bajaron a desayunar. Nada más terminar el colacao fui corriendo al chalet de mi primo. Nos escabullimos los dos, como siempre, a la parte de atrás. “¿Qué pasó con la pistola?”, fue lo primero que le pregunté. “La trajo la tía Tere a mi cuarto para que la pusiera otra vez en el armario de mi padre. Me dijo que no se me ocurriera volver a hacer ese disparate nunca más. Pero me dijo también que había sido un valiente, que habíamos sido valientes los dos. Y que a esos dos tíos no se les iba a ocurrir volver por los Hexágonos en su vida”.

Las dos chicas no bajaron a la cala, supuse que tendrían miedo de que aquellos dos aparecieran por allí. No vino nadie y yo sólo quería que pasara la mañana, que subiéramos otra vez a los Hexágonos para ver a Silvia, para que me dijera que había sido un valiente, que las habíamos librado de aquellos dos indeseables. Pero cuando subimos a comer y pregunté a mi madre por ellas, por Silvia y por mi tía, me dijo que se habían ido a Murcia con mi tío Miguel. Tenían que irse en tren a Madrid porque no cabían en el milquinientos de mi padre, nosotros también volvíamos a casa el día siguiente. Comí sin ganas, el verano se había terminado para mí cuando supe que no iba a ver a Silvia nunca más. Subí a mi cuarto para dormir la siesta y allí, encima de la almohada, estaba el single de Cecilia. Silvia me había escrito una dedicatoria y la había firmado dejando la huella de carmín de un beso. Para el chico más guapo y valiente de la playa.

Esa tarde mi primo y yo cogimos las bicis para dar un último paseo por aquella urbanización fantasma. Yo le había robado dos pitillos a mi madre y nos sentamos a fumar en la cabaña. Quería hablarle a mi primo de Silvia, explicarle que me había enamorado, que no me iba a enamorar de otra mujer nunca más, pero de pronto los dos vimos cómo una lagartija, la más grande que habíamos visto ese verano, se colaba entre los ladrillos de nuestro refugio. Conseguí atraparla antes de que se escapara, la había agarrado por la cola. La lagartija intentaba zafarse y tuve miedo de que el rabo se partiera. Pero con la otra mano la sujeté justo por detrás de la cabeza. Mi primo abrió uno de los botes de cristal donde guardábamos nuestras presas, metí a la lagartija y cerré el bote con la tapa. Estuvimos mirándola un buen rato: al principio se movía, intentaba encontrar una salida, pero luego se quedó quieta, aunque sacaba la lengua de vez en cuando. Al final nos acabamos aburriendo y mi primo abrió la tapa para que el bicho pudiera escaparse. Cuando desapareció por un hueco entre los ladrillos, nos dimos cuenta de que se había hecho tarde, de que nos estarían esperando para cenar. Nos subimos en las bicis y bajamos sin pedalear por la cuesta que llegaba hasta los Hexágonos.

Juan Repullés
Últimas entradas de Juan Repullés (ver todo)

Notas

  1. Las casas que compró mi abuela eran chalés prefabricados en forma de hexágonos que se apoyaban entre ellos, como si fueran celdas de una colmena. No sé si me explico bien, no sé si te puedes imaginar cómo eran, por eso he buscado en internet un dibujo para que te hagas una idea mejor. Allí veraneábamos las dos familias, la mía y la de mis primos. Nuestra casa tenía tres hexágonos, como la del dibujo. El salón y la cocina estaban en el centro y los dormitorios en los otros dos, sujetos al suelo por columnas en sus laterales.
¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio