Era un pueblito peculiar. Pequeño, sin pretensiones de futura ciudad, pero acogedor por su sencillez y la franca disposición de sus moradores. El terreno donde se hallaba asentado perteneció a un rico latifundista, un conde que trataba a hierro y fuego a sus subordinados, casi todos descendientes de esclavos de la época de la colonia, a manos del Imperio español.
A la par que arreciaba el maltrato del conde, aumentaba el malestar y el deseo de revancha de los agredidos, así que un buen día, sin premeditación y sin nadie que los dirigiera, se fueron arremolinando espontáneamente en torno a él y le dieron muerte. Súbito se dispersaron por el bosque circundante, eludiendo el terrible castigo que les sobrevendría. No se sabe qué sucedió posteriormente con los desertores, pero muchos, muchos años después, fueron llegando a ese sitio los primeros habitantes, dando vida a un pintoresco pueblito, y confiriéndole visos de centro organizado y estable. Presto comenzaron a circular las más variadas supersticiones y habladurías, características de toda agrupación primitiva, por el escaso grado de instrucción y de cultura de los habitantes, unido a lo agreste del entorno. Allí vivía Ermelinda, muchacha muy joven que trabajaba en una lechería cerca de su casa. Una vez a la semana, al salir del trabajo, se llegaba hasta el río junto con dos compañeras de la lechería, hermanas, para darse una refrescante zambullida. Ese día ninguna de las dos pudo acompañarla y se fue sola. Un baño en ese río no entrañaba ningún peligro a simple vista. Las aguas cristalinas en la orilla dejaban ver las piedritas en el fondo, algunas pálidamente coloreadas, y un poco más adentro, la profundidad del río seguía siendo insignificante.
Ya de regreso de su placentero baño, Ermelinda caminaba por el estrecho y poco transitado sendero que bordeaba al río cuando oyó detrás de ella, y a lo lejos, el acelerado galope de un caballo. Imperturbable, aunque algo intrigada, prosiguió caminando, mientras cada vez se aproximaba el trepidante galopar. Cuando ya estuvo muy cerca, Ermelinda se detuvo, pero por su lado sólo pasó el mismo trote acelerado que casi la roza, sin jinete y sin caballo. El eco se extinguió luego de pocos instantes. Al momento la embargó un desasosiego exorbitante, y aceleró el paso para llegar cuanto antes a casa y referirlo a sus padres. Cuando estuvieron al tanto, el padre comentó que esa historia era creída por muchos en el pueblo, pero que él no la había comprobado y más bien la consideraba un cuento de camino; pero habiéndole sucedido a ella, ahora le concedería toda la atención y credibilidad que merecía, y le prohibió volver al río. Ermelinda estaba dispuesta a obedecer, y cuando la semana siguiente las hermanas la convidaron al sólito chapuzón, amablemente alegó la primera excusa que le cruzó por la mente para no ir. No quiso comentarles nada para no alarmarlas y estropearles el paseo por algo que seguramente a ellas no les sucedería. Pero, ¡cuán equivocada estaba! El episodio se repitió exactamente igual. Al regresar por el sendero, las jóvenes hermanas oyeron a sus espaldas el incesante galopar de un caballo que se aproximaba y, al pasar junto a ellas, sólo escucharon unos cascos batiendo el terreno, pero sin figura, ni animal ni humana. Despavoridas, abandonaron el lugar de una precipitada carrera, y ya en el hogar lo refirieron a sus padres, quienes, entre curiosos y escépticos, les prohibieron retornar al río. El padre de Ermelinda y el de las dos hermanas mantenían una cordial amistad, de modo que se reunieron para comentar lo ocurrido a las hijas, y acordaron presentarse ante el jefe civil, como autoridad del pueblo, para ponerlo en conocimiento del hecho. Éste, pacientemente, escuchó el relato de los angustiados progenitores, y les prometió que él mismo se trasladaría al sitio las veces que fuera necesario para esclarecer de una vez por todas lo que allí sucedía. Dos veces había ido al sendero con dos guardias como testigos, pero fue a la tercera, con algunos días de intervalo, cuando aconteció lo que quería constatar. Oyeron el mismo cabalgar detrás de ellos, que en breve pasó dejando una ráfaga de viento helado, sin jinete ni caballo, extinguiéndose poco tiempo después. Los tres hombres, verdaderamente impactados, regresaron a la jefatura, y de inmediato el jefe civil ordenó colocar sendos edictos en las calles del pueblo, promulgando el cierre definitivo del angosto sendero que llevaba al río. Simultáneamente, decretó que se levantara un alto muro a lo largo de toda la vereda, hasta el final, donde terminaba en intrincada maleza. Eran cuatro largas cuadras, aproximadamente, y muchos vecinos se ofrecieron como voluntarios para ejecutar la obra, junto con algunos empleados de la jefatura, así que en menos de tres meses el sendero quedó definitivamente sellado. Todos en el pueblo acogieron con entusiasmo y agradecimiento la pertinente decisión del jefe civil, sobre todo los que habían verificado la historia. Pasados unos días, los padres de Ermelinda y de las dos hermanas invitaron al jefe civil a una esmerada cena, en retribución y gratitud por la contundencia con que había enfrentado el problema. Tuvo lugar en la casa de Ermelinda, y transcurrió en un ambiente de esparcimiento y afabilidad. El jefe civil les habló de proyectos que tenía para el pueblo, ahora que éste se encontraba más tranquilo y confiado. Ya para retirarse, una vez finalizada la amena velada, el invitado estaba por presentar las debidas salutaciones a los anfitriones, cuando un estruendoso ruido los dejó a todos en suspenso: un desaforado galope se acercaba a la puerta de la casa, y al llegar, abruptamente se detuvo, mientras una voz estentórea gritaba: “¿Creyeron que se librarían de mí tan fácilmente? Ja, ja, ja”, perdiéndose luego en el silencio de la noche. Confundidos y apesadumbrados, se separaron sin proferir palabra.
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