
Las mil y una noches del Liceu
Àngels Gimeno
Narrativa
España, 2022
ISBN: 979-8825426440
223 páginas
Las tres ninfas del agua juguetean, ríen, se salpican. Cuerpos desnudos que no conocen el pudor. ¿Quién puede verlas? Sólo ellas. El río de agua dulce desciende con fuerza, pero se remansa hasta formar un lago que ellas han convertido en su feudo. Ligeros rayos de luz se filtran entre las fisuras del techo dibujando sombras y claros que inciden en los cuerpos femeninos que nunca envejecen. ¿Desde cuándo habitan allí, bajo las calles de la ciudad? Nadie lo sabe. El agua es su sustento, les da vida, y las aguas freáticas son fieles a ellas, nunca faltan.
Arriba, en la superficie, unos hombres pragmáticos que jamás las han visto, que ignoran su existencia, a las órdenes del arquitecto jefe, profundizan perforando la tierra que se resiste a ser violada. Han de construir un total de once pisos de altura y eso exige unos cimientos muy sólidos, nada menos que una losa de hormigón de cinco metros de altura que deberá contener el empuje de las aguas freáticas que a su vez deberán ser constantemente bombeadas.
Cuando los hombres localizan la bolsa de agua a cuarenta y cinco metros por debajo del nivel del suelo y con un caudal muy superior a lo esperado, las imprecaciones, las maldiciones espontáneas, son tan potentes que llegan a los oídos de las náyades.
Las ninfas se miran entre sí, casi aterradas. ¿Quién osa alterar su baño, sus juegos? Precavidas, salen del agua, se refugian en oquedades como temerosas de que las brutales máquinas del hombre las destruyan. Ellas convierten las aguas en cauce de salud para los humanos, pero también son capaces de transformarse en seres malvados e iracundos.
Sólo Aloja, la más traviesa, queda cerca de aquella bañera de agua del subsuelo. La luz se hace más y más intensa, hiere los ojos de las ninfas. Ya no son simples fisuras en el techo abovedado, una máquina está agrandando el orificio.
Un hombre se asoma al borde del pozo, lleva un casco con luz como los que utilizan los espeleólogos. Sujeto a unas cuerdas, desciende por el agujero que acaban de abrir, es joven y a Aloja le parece hermoso. Nunca ha visto un hombre de carne y hueso y queda fascinada por su presencia.
Él clava sus botas en el suelo y lanza un silbido de admiración a la vista del lago que queda ante sus ojos, alimentado por un río subterráneo.
—Pensábamos que había agua, pero no tanta —exclama en voz alta—. Si por aquí podría navegar una barca...
Revisa con sus manos las paredes que le envuelven, está en el interior de un túnel o caverna irregular, erosionada por las propias aguas y que se ensancha en aquel lugar formando el lago. Raíces de árboles colgantes forman una cortina vegetal en su ansiosa búsqueda de la humedad del agua.
Sus ojos, aún no acostumbrados a la diferencia de luz, no se percatan de un saliente rocoso, se golpea en la cabeza y se desploma.
Cuando su confusión se mitiga, el casco ha amortiguado el golpe, abre los ojos y descubre a la mujer desnuda frente a él. Es muy hermosa, no representa más de diecisiete años y su piel, sus cabellos, están mojados.
—¿Qué haces tú aquí? —balbucea el hombre.
—Vivo aquí, tú has irrumpido en mi hogar, eres tú quien debe explicarse.
—Debo estar sufriendo una alucinación... Ayudo al arquitecto jefe, soy un técnico, estamos construyendo los cimientos para el nuevo Liceu.
—¿Liceu, qué es eso? Nunca oí ese nombre.
—Esto es de locos... ¿No sabes que encima hay un teatro de ópera, que se quemó y lo estamos construyendo de nuevo?
La náyade se encoge de hombros. Está ante él en pie, mostrando su desnudez absoluta como la cosa más natural del mundo. El único que se siente incómodo es el hombre, que no se atreve a mirarla de frente. Está sentado en el suelo y el pubis de la ninfa queda a la altura de sus ojos.
—¿No tienes ropa para ponerte? —se queja.
—¿Ropa, qué es eso?
—Pues, algo con qué cubrirte, ya sé que acabo de invadir tu espacio, pero tendrás algo para taparte, ¿no? Ninguna chica se queda tan tranquila en cueros delante de un desconocido, salvo que seas naturista, claro.
—Qué cosas tan raras dices, pero no importa, me gustas. ¿Cómo te llamas?
—Uf, soy Javier. ¿Cuál es tu nombre?
—Aloja, soy una mujer del agua.
—¿Vives en alguna casa por aquí cerca y aprovechas esta laguna como una piscina particular y oculta? Esto me recuerda a un cenote.
—¿Casa? Vivo aquí con mis hermanas. El agua es nuestro elemento, sin ella moriríamos.
—Pues, debéis marchar de este lugar, vamos a proceder a bombear toda el agua para poder asentar los cimientos.
Javier se frota los ojos, comienza a dolerle la cabeza. ¿Una excesiva concentración de dióxido de carbono acumulado en la base de la cueva ha desplazado el oxígeno?
—Aún no puedes irte, antes he de amarte.
Aloja se acerca a él, le abraza, le besa. Le desabrocha el cinturón y le baja los pantalones, parece muy segura de lo que quiere. El joven se debate un poco, pero la deja hacer. Todo es rápido, las eficaces caricias de las manos femeninas, también de su boca que quema, consiguen estremecerle como jamás lo hiciera, dentro de aquella caverna que parece sacada de una leyenda maya. ¿Habrá bajado al inframundo, a un Xibalbá mediterráneo?
Ruge y jadea con fuerza, sus piernas convulsas no hubieran logrado sostenerle. Abre los ojos y descubre a otras dos ninfas muy similares a Aloja que les observan divertidas, medio ocultas entre las paredes.
—¡Javier, responde! —grita alguien arriba, en la boca del pozo.
Se demora en responder, no puede interrumpir las caricias que le transportan a un increíble mundo de placer. Al fin, entre risas, Aloja le suelta y rauda corre junto al borde de la laguna para reunirse con sus hermanas y las tres desaparecen sumergiéndose en el lago que las engulle.
—Vuelve, Javier, te estaré esperando —le susurra, provocativa y sensual.
Javier sacude la cabeza, incapaz de moverse, de reaccionar. Está como borracho.
Otro hombre no tarda en deslizarse por una cuerda y queda junto a él, le zarandea y le empuja hasta llegar a la primera cuerda colgada.
—¡Vamos, subamos en seguida! ¿Cómo se te ha ocurrido bajar solo?
Otros compañeros izan las cuerdas con la ayuda de una polea y los dos técnicos no tardan en quedar en el exterior, a ras de suelo.
—¡No podemos dejarlas sin agua, no podemos dejarlas sin agua, las ninfas morirían! —repite Javier como enajenado.
Sus compañeros se echan a reír.
—Menudo viaje, cabrón, ¿no sabes que los porretes hay que dejarlos para el sabadete?
Incapaz de explicar lo ocurrido en la laguna, prefiere callar, teme que sus compañeros le consideren un desequilibrado.
Llega el sábado, la actividad laboral interrumpida. Javier se dirige al pantano de la Foixarda con la primera luz del día. La soledad es completa. En la alta Edad Media, se refugiaban allí no pocos anacoretas buscando la paz de su espíritu en íntima comunicación con una naturaleza salvaje y enigmática.
El joven se sumerge en las aguas verdosas llevando una pequeña lancha naranja desinflada. Tras revisar unos viejos mapas de excursionista cree haber localizado una poza que le conducirá adonde pretende: el curso de un río subterráneo bajo la montaña de Montjuïc. Lleva una botella de oxígeno en previsión de lo que pueda encontrarse. Rebasado el embudo inverso que representa la boca de la poza, hincha la pequeña lancha y comienza a navegar por el riachuelo, inmerso en un profundo silencio sólo turbado por el chapoteo de sus remos. Pretende explorar todo el tramo de la vía acuática y arribar al destino que representa la laguna bajo el Liceu. La civilización urbana ha tratado de cortar el paso, erradicar a toda costa el extraño mundo de agua hábitat de las náyades.
Cree vislumbrar a Aloja en un recodo del río. El cuerpo desnudo de piel muy blanca es como una luna reflejando la luz que proyecta el casco de Javier. Ella le mira y estalla en una risa cantarina cuyo eco devuelven las paredes de piedra, tapizadas de extraña y blanquecina vegetación colgante.
Cuando ya cree alcanzarla, casi tocarla con la mano, ella está un poco más lejos. Siempre provocativa, le llama, le llama... ¡Javierrr...!
Cuando el lunes los obreros reemprenden la ardua tarea de drenaje para resecar la zona y así poder iniciar la base de hormigón que sustentará el macroedificio del teatro, los haces de sus linternas descubren una pequeña lancha anaranjada que flota vacía en el cenote.
Tras ellos, el capataz rezonga:
—¿Qué pasa con Javier? No ha venido a currar... Que alguien le telefonee, no puede alargar tanto la resaca del sábado.
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