
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Felipe Belmont era un hombre francamente atractivo. Próximo a la cuarentena, era capaz de complacer a la mujer más exigente: guapo, extrovertido y rico, era el clásico seductor lleno de recursos. Poseía extensos viñedos que se convertían en unos caldos afamados y carísimos, con botellas numeradas, que se vendían en los restaurantes más selectos de Europa. La hacienda era una vieja herencia familiar, un ancestro procedente de la Borgoña francesa había visto las enormes posibilidades de aquellas tierras y había adquirido una gran extensión para comenzar a cultivar sus viñedos.
Felipe Belmont no era capaz de distinguir entre las variedades de uva que se cultivaban en sus dominios. ¿Monastrell, Cabernet Sauvignon, syrah, garnacha? Eso lo dejaba para sus expertos en ampelografía, asalariados que sí amaban la tierra que les brindaba sus frutos. Él no necesitaba encallecer sus manos, ya andaba bastante ocupado gastándose los beneficios proporcionados por esos viñedos.
Marina le conoció en una presentación de coches híbridos de lujo que se celebraba en los jardines de una torre espectacular en la parte alta de la ciudad, alquilada para el evento por una marca nipona. Los coches eran el pretexto, porque lo que en realidad importaba a los congregados era la cata de los excelentes caldos de la zona mientras alternaban con gente de su nivel económico y social. El ambiente era distendido entre los hombres, viejos conocidos en su mayor parte, que no se cortaban en intercambiar comentarios de lo que le harían a tal o cual camarera que les parecía atractiva. Por su parte, las mujeres invitadas escaseaban.
Marina estudiaba hostelería y trabajar como camarera sirviendo en aquel tentempié era una demostración práctica de los conocimientos adquiridos. Un poco nerviosa, tuvo un pequeño percance con una copa que se tambaleó en la bandeja. Felipe Belmont le dedicó una sonrisa, restando importancia al incidente; el vino había manchado ligeramente su chaqueta azul “navy”. “No te preocupes”, le dijo con una sonrisa.
Marina quería fundirse, pero la actitud amable de aquel hombre tan apuesto la tranquilizó bastante. El resto de la presentación transcurrió sin más incidentes. La muchacha se sintió observada a distancia por aquel sujeto que formaba parte de la jet set, a aquel evento no estaba invitado ningún mindundi. Sabía quién era, le había visto en algún telediario del canal autonómico.
Finalizado el acto, alrededor de las cuatro de la tarde, Marina sustituyó el uniforme negro por su ropa habitual, tejanos ajustados y una camisola blanca sin mangas. Abandonó el recinto por la puerta de servicio y anduvo hacia la carretera, debía caminar un buen trecho hasta llegar a la parada del autobús. Llevaba una mochila con los estilizados zapatos de tacón alto utilizados durante el servicio y el resto del uniforme negro. Un calzado más cómodo le permitía avanzar con ligereza por los senderos de gravilla. Con diecinueve años, era grácil y esbelta, con una larga melena castaña que recogía en una cola de caballo que oscilaba en su rápido caminar. Era el mes de mayo, pero el sol ya se desplomaba como un flagelo candente sobre los caminos.
Un tenue claxonazo le hizo girar la cabeza. Descubrió al hombre amable de la convención, a bordo de un coche negro descapotable, un BMW. Él le sonreía ampliamente y alargó el brazo para abrir la portezuela del copiloto.
—Sube, acompañarme un rato es lo mínimo que puedes hacer para disculparte, mi chaqueta aún huele a vino por tu culpa. Menos mal que no me has mojado los pantalones, alguien podría pensar que me he meado encima.
El camino estaba muy solitario y Marina aceptó subir al coche, que le pareció espectacular. Nunca había viajado en un descapotable tan caprichoso como aquel. Olía a nuevo, a la piel de sus asientos blancos ergonómicos. Él le dio gas de golpe y el caballo mecánico arrancó emitiendo algo parecido a un relincho festivo.
—¿Cómo te llamas? Yo soy Felipe Belmont.
—Le he reconocido, alguna vez le he visto en la tele —respondió—. Soy Marina López.
—Vamos a dar una vuelta, así charlaremos y nos conoceremos un poco.
Su pie se aplastó contra el pedal del gas. A aquel hombre le gustaba hacer alarde de velocidad, quizás pretendía asustar un poco a la joven.
—Bueno, yo... Mi madre me espera.
—Tranquila, no soy ningún lobo feroz, y aunque seas muy joven, tampoco creo que tú seas una inocente caperucita. No rechaces mi compañía, soy un tipo original, con muchos recursos. Las mujeres dicen que soy encantador.
Hablaba con aplastante seguridad, pero sin una actitud ofensiva ni prepotente. Se veía relativamente joven, aunque daba sensación de poseer experiencia en todos los órdenes de la vida, y de él irradiaba una ola de convincente sugestión masculina.
—Ahora seré yo quien te invite a una copa, y en el lugar que menos puedes imaginar. Me gusta sorprender a las mujeres hermosas como tú.
Recorrieron bastantes kilómetros, siempre a alta velocidad, hasta llegar a las inmediaciones de los propios viñedos Belmont, ahora bañados por el sol del atardecer. Perpleja, Marina constató que él no se detenía, siguió circulando hasta cruzar la verja de entrada del cementerio. El paraje estaba desierto y absolutamente silencioso, no se oía piar ningún pájaro, ni siquiera zumbidos de insectos. Podía esperar que un hombre como aquel le propusiera ir a un hotel o a su propia mansión para relajarse, pero la idea de acabar en un camposanto la desconcertó.
El coche circuló hasta detenerse frente a un mausoleo de enormes proporciones, casi parecía un templete griego. Dos cariátides de estilizadas figuras femeninas semidesnudas sostenían el pequeño atrio de entrada. En el frontispicio, grandes letras en relieve anunciaban que pertenecía a la familia Belmont.
—Estimada Marina, vas a tener el privilegio de ver el interior del mausoleo de mi familia, algo que muy pocos han conseguido. Y la razón es que ahí dentro guardo unas botellas de lo más selecto de mis bodegas como homenaje a la figura del abuelo, le enterraron con ellas cerca, como a los faraones con sus tesoros. Él aseguraba que el vino iluminaba la mente y alargaba la vida porque mataba todos los microbios nocivos y vivificaba la sangre. También decía que el ritual de saborear un buen trago es parte de la joie de vivre. Ahora, vamos a descorchar una botella muy especial, la llamamos Lágrimas de Diablesa, seguro que en tu vida has paladeado un vino tan selecto como ese.
Arrastrada por el carisma y la seductora personalidad del hombre, Marina se apeó del coche y pudo ver de cerca el panteón. De planta cuadrada, no era nada siniestro. Unas cristaleras de vidrio emplomado, representando racimos de uva con sus pámpanos, permitía la entrada de una luz violeta en el recinto, que tendría unos veinte metros cuadrados. Felipe abrió la puerta con una llave que colgaba del mismo llavero que las llaves del coche deportivo y franqueó la doble y pesada puerta de madera, que emitió un gruñido que parecía una protesta por la irrupción de seres aún vivos en el recinto. Accionó un conmutador y una batería de velas eléctricas iluminó el lujoso mausoleo como si fuera el interior de una capilla.
—El abuelo era muy caprichoso y planificó dónde reposarían sus restos con mucha antelación y sin descuidar detalle. A este lugar sólo le falta el wifi. ¿Qué te parece la tumba?
Marina parpadeó.
—Qué estatua tan realista.
Felipe asintió con una risita cómplice.
—El abuelo viajaba a París con frecuencia. Hace muchos años visitó el cementerio del Père Lachaise y quedó fascinado ante la tumba de Víctor Noir, que era el alias del periodista Yvan Salmon, asesinado a tiros con sólo veintidós años. Él decidió que quería una estatua muy parecida, con una visible erección y el botón superior de la bragueta abierto. Quizás esperaba recibir la caricia de manos femeninas como ha ocurrido con la figura de Noir, que está desgastada en esa parte. Tomó fotos desde distintos enfoques y las pasó a un escultor que no era famoso, pero al que Miguel Ángel no hubiera rechazado en su taller. Como verás, la figura yacente es muy similar a la de Víctor Noir, pero con las medidas exactas del cuerpo del abuelo y los rasgos de su rostro. Como Noir, el abuelo tenía fama de mujeriego, a él le gustaban todas las mujeres menos su esposa. El hecho de que copular con ella fuera legal y hasta tuviera la bendición del Papa, decía que le quitaba toda la gracia. Preparó esa estatua con mucha antelación. La guardaba en las propias bodegas hasta que llegara el momento de su muerte y se rumorea que celebraba fiestas, orgías y misas negras con amigos en torno a esa figura que le representaba en su mejor momento físico.
—Caramba con tu abuelo, no tenía miedo a planificar su entierro.
—En absoluto. Las malas lenguas aseguran que en esas fiestas tuvo tratos con un poderoso diablo femenino, Noctiluca, a quien ofrecían sacrificios, algún animalejo la palmaría. Ya sabes, hay demasiada gente envidiosa que no tolera el éxito del prójimo. Él creía en la vida eterna y hubiera preferido que su magnífica escultura quedara en el cementerio a la vista de todos cuando falleciera, pero al final optó por mandar construir este mausoleo para no soliviantar más a la familia y al párroco, a quien una figura tan realista le parecía poco menos que pornográfica. Muy pocas personas han visto esta estatua, puedes considerarte una privilegiada. No me negarás que soy original, te ofrezco catar el mejor vino de mis bodegas y en un escenario insólito, pero tú lo mereces, eres una joven preciosa.
Delante de la tumba destacaba una larga mesa de mármol blanco, que más parecía un altar para ofrendas, y una vinoteca de madera conteniendo diversas botellas y copas, quizás para mitigar la pena y entornarse mientras se elevaba una plegaria en memoria del difunto. Por las fechas grabadas en la lápida, hacía casi cuarenta años del fallecimiento. No había ningún símbolo cristiano visible, tampoco flores. Sí descubrió en el pavimento de mármol blanco una espiral triple con simetría rotacional, un triskelion, aunque la muchacha ignoraba que se diera ese nombre al símbolo que los celtas utilizaban para representar la vida eterna. En un ángulo, había un pequeño lavamanos también de mármol con su grifo correspondiente; allí no faltaba ni el agua corriente. ¿Habría también un retrete? No fue capaz de preguntárselo al hombre.
Arrastrada y un poco sugestionada por la poderosa personalidad de Felipe, la muchacha tomó en su mano la copa con el vino tinto que él escanció. La movió delicadamente para oxigenarlo como le habían enseñado a hacer, captó los intensos aromas y, al paladearlo, constató que su sabor era denso, profundo, auténtica sangre arrancada a la madre Tierra para deleite de los sentidos.
—La opinión del abuelo era que los hombres, como el buen vino, ganaban presencia y aumentaban su valor con el paso del tiempo.
Felipe seguía hablando persuasivo, su voz sonaba ronca y agradable a los oídos, tenía un ligerísimo acento francés que había mantenido y cultivado tras su paso por un selecto colegio de Dijon. En un momento dado, Marina dejó de oírlo.
Cayó en un profundo sueño en el que creyó ser poseída encima del altar de mármol por el hombre que repetía una especie de salmo con voz profunda y desgarrada: “Acepta este nuevo sacrificio, toma la energía de esta alma tan joven; a cambio, dame otros cinco años”. Marina no experimentó placer alguno, sí un profundo dolor en su bajo vientre y en su espalda por la violencia del coito sobre el ara.
Cuando abrió los ojos, una profunda oscuridad la envolvía. Conmocionada, estuvo segura de haber sido drogada por Belmont. ¿Qué mejunje habría introducido en la copa de vino con que la obsequiara? Palpó a su alrededor y, aterrada, se descubrió tendida dentro del sarcófago de mármol con paredes recubiertas de madera de roble, como las barricas en las que dormía el vino para arrebatarle su sabor. Sería imposible escapar de allí por sus propios medios, la tapa era demasiado pesada. Junto a su cuerpo, palpó la mochila con sus pertenencias. Iba a sufrir la tortura más temida por la humanidad: ser enterrada viva. El aire se filtraba apenas por alguna fisura de la pesada tapa. El ominoso silencio la aplastaba brutal como otra losa, sólo alterado por el pálpito ansioso de su corazón, por una respiración rayana en estertor. Sería una muerte lenta y espantosa para otorgar un lustro más de vida a Felipe Belmont y que mantuviera su vigor juvenil; no en vano todos creían que era el nieto del patriarca. Los pactos con las fuerzas infernales debían respetarse y nunca eran gratis; conseguir un tiempo más de vida se pagaba con la muerte de otro ser. En aquellos cuarenta años, ¿cuántas jóvenes habrían sido sacrificadas en aquel mausoleo donde se ahogaban sus gritos de terror clamando auxilio?
Una claridad brutal impactó en sus pupilas a través de los párpados cerrados. Se agitó y, cuando esperaba notar la dureza del sepulcro, constató que yacía sobre un colchón; lo palpó con la mano que tenía libre del gotero.
—Marina, Marina, despierta.
Una voz femenina la interpelaba por su nombre. Abrió los ojos y descubrió la figura de una mujer, vestida de verde. Sostenía una linterna en su mano que dirigía a sus aterradas pupilas, que se empequeñecieron de golpe.
—¿Estoy ya en el otro mundo? —balbució con un hilo de voz.
—No, no, estás en el hospital, todavía tienes que dar mucha guerra. ¿Cómo te sientes?
—Dios mío, ¿quién me ha sacado del sepulcro?
—¿Sepulcro? Por lo que sé, la policía te encontró tirada en la carretera comarcal. El coche en el que viajabas sufrió un terrible accidente y saliste despedida, no sabemos si por la portezuela o la parte trasera, era un descapotable. Darías unas cuantas volteretas, tienes un montón de contusiones, pero nada que ponga en peligro tu vida. Has tenido suerte.
—No, no, Felipe Belmont me invitó a ver el sepulcro de su familia, me drogó, me violó...
—¿Estás segura? ¿Eso ocurrió antes del accidente?
—¡No hubo ningún accidente!
—Tranquilízate, me temo que sufres una terrible confusión mental. Tu cerebro ha alterado la realidad, debes confundir verte encerrada en el coche con un sepulcro. Descansa, mañana vendrá a verte un agente de la policía. Hablarás con él y te ayudará a clarificar tus recuerdos.
No era la primera vez que la enfermera se topaba con relatos alucinantes de los pacientes, en ocasiones causados por ingesta de drogas o por los traumatismos craneales sufridos. Había escuchado tantas historias raras que las palabras de Marina no consiguieron asombrarla ni alarmarla. Optó por abrir un poco más la palometa del gota-a-gota que recibía la muchacha; en el suero estaba incluido un relajante que aliviaría sus doloridos miembros y la haría dormir profundamente.
La joven comenzó a sollozar. Las imágenes del mausoleo no se desdibujaban en su mente y eran terriblemente reales. Felipe Belmont había hecho un pacto satánico, no quería morir ni envejecer y para ello ofrecía el sacrificio de mujeres jóvenes con cuyas vidas pagaba un lustro de vida. Y ella había sido una de esas víctimas.
Sin darse cuenta, se sumió en un profundo sueño. La despertó el ruido del televisor que colgaba en la pared de delante. Alguien lo había conectado, posiblemente un familiar de la otra mujer que yacía en la cama contigua, la descubrió al ladear el rostro.
Estaban emitiendo un informativo. En primer plano se veía el retrato de archivo de un hombre, era Felipe Belmont. Seguían las imágenes del incendio de un vehículo; envuelto en llamas era imposible determinar la marca, el color. La hoguera recordaba la cremación de una falla en la que se consumía el lujoso vehículo como un sacrificio a la ostentación.
—Hemos de lamentar el fallecimiento del conocido empresario Felipe Belmont, actual propietario de los viñedos Belmont, de larga estirpe familiar. Con él desaparece una figura muy relevante del mundo vinícola, sus botellas de Lágrimas de Diablesa han presidido las mesas más selectas a nivel mundial. Una vez más, la carretera nos arrebata a uno de los hijos predilectos de nuestra comunidad. Se supone que, por un exceso de velocidad, su coche derrapó en una curva y se estrelló violentamente contra un muro de piedra seca. Se incendió y, cuando los agentes tuvieron noticia del accidente y se personaron en el lugar, nada pudieron hacer por salvar su vida. Había sufrido tan terribles quemaduras que su rostro era irreconocible. Descanse en paz. Nuestro sentido pésame a sus familiares y amigos.
Marina comenzó a temblar, presa de demoledoras emociones. Perturbada, pensó que el infierno no quería perder a uno de sus acólitos.
Pasaron las horas, era ya noche cerrada. El silencio se adueñó de los pasillos como un fantasma invisible, nadie deambulaba por ellos. Cambió el turno y otra enfermera hizo su ronda en la habitación de Marina. Comprobó las constantes en un monitor y, conteniendo un bostezo, corrigió la dosis del gotero, de aquel suero con opiáceos añadidos que se introducía en el cuerpo de la joven a través de sus venas, alterando sus sueños que podían convertirse en pesadillas plagadas de espantosas imágenes y sensaciones. Cerró la puerta y salió de la estancia para refugiarse en una sala donde un grupito de enfermeras se reunía, charlaban, reían y también tomaban alguna copa de vino para confortar la larga noche donde nada inusual solía ocurrir. Y para que todo estuviera en calma, no era mala idea aumentar la dosis de sedantes a sus pacientes para que no las molestaran.
¿Dónde estaba? Marina se debatió, abrió los ojos bruscamente, viéndose rodeada de una opresiva y profunda oscuridad. Alargó sus manos y se dio cuenta de que estaba encerrada, notó un techo pétreo sobre su cabeza y unas paredes de madera envolviendo su cuerpo. ¡Había regresado al interior del sepulcro para que prosiguiera su sacrificio con tal de que Belmont se mantuviera vivo y joven! ¿Verse tendida en la cama del hospital sólo había sido un espejismo consolador, inducido por el pavor y la desesperación? ¿Dónde acababa la ficción del sueño, dónde comenzaba la realidad?
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(un capítulo de Las mil y una noches del Liceu, de Àngels Gimeno) - jueves 19 de septiembre de 2024 - Mamá vino a buscarme - viernes 23 de febrero de 2024


