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Mamá vino a buscarme

viernes 23 de febrero de 2024
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“Perlas con mucho limón y poca miel”, de Àngels Gimeno
“Lobotomía con plomo” está incluido en Perlas con mucho limón y poca miel (Saga Egmont, 2023), compendio de relatos de la escritora española Àngels Gimeno. Disponible en Amazon

Perlas con mucho limón y poca miel
Àngels Gimeno
Cuentos
Saga Egmont
España, 2023
ISBN: 979-8851318757
244 páginas

Rudolph tenía diez años, pero su envergadura física, su estatura, no correspondían en absoluto con un chico de su edad, parecía tener sólo seis o siete años. Hijo de una muchacha soltera, nació un frío mes de febrero de 1871. La joven madre, atendida por una desabrida partera que como único instrumental utilizaba unas tijeras y con demasiada ligereza (era audible el clic-clic del choque de ambas hojas en su mano nerviosa), no sobrevivió al parto, murió desangrada.

El padre del niño, alguien comentó que le habían visto luciendo un uniforme de húsar y que tenía el aspecto de un príncipe, jamás se enteró de la tragedia, tampoco de que hubiera concebido un hijo con una mujer que había cometido el error de enamorarse de él y caer en sus brazos repetidamente en el almacén de la taberna donde trabajaba como mesera. Amelie estaba acostumbrada a rehuir con agilidad las manos lúbricas de los parroquianos ahítos de cerveza, pero aquel joven era muy atractivo y se sintió halagada por sus continuos piropos, que los compañeros que le rodeaban y parecían protegerle coreaban con risas sonoras. Ella usaba una falda larga, oscura, sin enaguas almidonadas ni criolinas, y su redonda grupa destacaba como objeto de deseo de todos aquellos individuos. El húsar se la palmeaba ostensiblemente en cuanto pasaba cerca de él y ella fingía reprochárselo mientras sus ojos brillaban.

La abuela se encontró con una doble e inesperada tragedia: la muerte de la hija que ganaba un dinero que las mantenía a ambas y un bebé llorón al que era preciso alimentar. No se abstuvo de añadir las quejas por tener que tirar el jergón aún caliente, empapado con la sangre de la parturienta.

Alguna vecina que también había parido amamantó esporádicamente a la criatura, pero hubo que recurrir a aguados biberones de leche de vaca en una Viena donde la precariedad se respiraba por todos los escondrijos. Las luchas del Imperio austríaco contra los movimientos independentistas húngaros exigían grandes gastos militares que se pagaban con el hambre perpetua del pueblo llano.

Vivir inmerso en la dureza estimulante de las calles le había dotado de un instinto de supervivencia en el que estaban excluidos los escrúpulos.

Rudolph sobrevivió pese a la anemia, al raquitismo fruto de la miseria, pero el suyo no era un caso excepcional en los hogares de la ciudad imperial donde resonaba el galope de la tisis sobre la que la Parca cabalgaba, incansable. Lo que destacaba especialmente en el chico eran sus grandes ojos azules en contraste con su cabello negro y ensortijado, eran unos ojos de mirada directa y pícara, porque de lo que no carecía aquel chico era de una inteligencia rápida y astuta. Vivir inmerso en la dureza estimulante de las calles le había dotado de un instinto de supervivencia en el que estaban excluidos los escrúpulos y cualquier sentimiento de culpabilidad que nadie le había enseñado que debía sentir. La idea del pecado depende de la cultura y el entorno social en que el individuo crece y se desenvuelve.

La abuela ganaba unos pocos florines vendiendo tarros de miel en el mercado, y parte de esos tarros, el chico se encargaba de llevarlos al boticario. Éste, tras añadirle zumo de limón y algún otro ingrediente secreto, elaboraba caramelos para suavizar la garganta y evitar la tos; él los llamaba “perlas de miel y limón”.

Envueltos en celofán y bien contados, introducía diez caramelos en una bolsita de tela con el nombre del boticario impreso para darle solvencia de medicamento. El pequeño Rudolph recibía una cantidad contada de bolsitas que se encargaba de vender a la entrada y salida de los espectáculos que se celebraban en el Ringteather, especialmente a las damas que no deseaban sufrir un molesto ataque de tos en mitad de una representación de ópera. Rudolph cobraba una comisión por cada bolsita vendida y sus pequeñas ganancias ayudaban a los ingresos de la abuela.

Rudolph era un multitarea de su tiempo, pues tampoco desdeñaba limpiar zapatos y botines cuando el limpiabotas que faenaba en plena calle tenía que dejar su puesto para ir al retrete o a saciar su sed con una cerveza. Rudolph aceptaba propinas de los clientes con ampulosas muestras de gratitud y si alguno de aquellos caballeros elegantemente vestidos se equivocaba dándole una moneda de más, se callaba como uno de los muertos que yacían en el nuevo cementerio de Zentralfriedhof. Por el momento, se había abstenido de robar ningún monedero por temor a las represalias de los guardias que controlaban las calles principales, las frecuentadas por los poderosos de la ciudad. Algún pilluelo que había pretendido pasarse de listo acabó “cayéndose” accidentalmente en el caudaloso Danubio que, olvidada la belleza azul ensalzada en múltiples valses, se convertía en un monstruo tenebroso que engullía ávido con sus enormes fauces líquidas.

Aquel 8 de diciembre de 1881, el empresario del Ringteather, Jauner, había colgado el letrero de “no hay butacas”. En el espectacular teatro de la Ringstrasse se representaba Los cuentos de Hoffmann. Los vieneses se morían de envidia por todos los eventos que se celebraban en París, considerada la capital europea de la cultura, e intentaban por todos los medios estar a su nivel. Un tal Barrot, un austríaco técnico del Burgteather, había inventado un singular sistema para iluminar las cajas del escenario mediante el gas: cinco baterías de proyectores en cada una de los cuales ardían cuarenta y ocho luces. Una chispa eléctrica inflamaría el gas y las tinieblas se esfumarían para dar paso a una radiante claridad; sería casi como cuando Dios creó la luz.

Portando en su antebrazo un cestillo con las bolsas de caramelos, se paseaba entre las columnas del zaguán que daba acceso al teatro.

El boticario había proporcionado a Rudolph un blusón blanco como si fuera un mancebo de su farmacia para darle un aspecto más higiénico y el chico, portando en su antebrazo un cestillo con las bolsas de caramelos, se paseaba entre las columnas del zaguán que daba acceso al teatro, tratando de vender su dulce mercancía a los asistentes. Una de las damas, envuelta en un aparatoso vestido de seda natural verde, aceptó la bolsita de perlas de limón, pero no llevaba dinero y requirió a su acompañante, que la había precedido unos pasos, para que le diera unas monedas. El niño quedaba prácticamente camuflado tras la amplia falda de la mujer potenciada por enaguas sobre unas caderas que tampoco debían ser magras. Sin que nadie se percatara de su presencia, Rudolph fue tras la mujer y, sin proponérselo, se vio dentro de la inmensa sala que el público ya inundaba, envuelto en una nube de perfumes diversos que se entremezclaban en aparatosa sinfonía de olores.

El espectáculo empezaría a las siete de la tarde, pero los dos balcones ya estaban llenos mientras los ricos y elegantes mecenas del teatro ocupaban sus butacas delante y frente al escenario. Ellos llegaban en el último momento, departiendo comentarios con conocidos entre saludos y sonrisas de cortesía. El emperador Francisco José aún no había hecho su entrada triunfal, seguido de su séquito de cortesanos y la guardia real. La emperatriz Isabel no era esperada, nadie se asombraba ya porque nunca acompañara a su regio esposo en actos oficiales que detestaba.

Mientras, el niño se guarecía en un rincón, pequeño y casi invisible, como uno más de los ratones que sin duda anidaban en el teatro. Sus ojos casi desorbitados contemplaban atónitos la belleza y el lujo espectacular que le rodeaba. Era como si acabara de caer en un planeta fascinante que en nada recordaba el miserable hogar de la abuela donde siempre se había sentido como un intruso que estorbaba. Su madre había muerto por su culpa, es lo que cada día le recordaba la abuela con su voz agria y aguda.

Eran las 6:45 de la tarde cuando un técnico provisto de un encendedor de brazo muy largo se dispuso a encender las candilejas del proscenio alimentadas con gas. Sin ser consciente de ello, prendió también algunas nubes de apoyo suspendidas sobre el escenario. Las llamas no tardaron en propagarse, mordiendo los cortinajes sin que nadie atinara a bajar el telón de hierro instalado para aislar el escenario del patio de butacas, y tampoco echaron mano de las mangueras de agua. Los responsables del teatro, aterrados, tratando de minimizar la tragedia, apagaron el suministro de gas y todo el recinto se sumió en las tinieblas porque las luces de emergencia, alimentadas con aceite, no estaban operativas tras un chapucero trabajo de acondicionamiento.

El público de platea, entre alaridos, inició la huida del recinto y aquello adquirió carácter de estampida. Quienes ocupaban los balcones no podían escapar, los pasadizos estaban atascados. Cuando llegaron los bomberos y colocaron escaleras, éstas eran demasiado cortas, no alcanzaban ni al primer piso. Muchos saltaron para caer sobre la platea, aplastando a las personas que allí estaban, buceando en la dantesca oscuridad.

El niño no fue consciente de la tragedia que se cernía sobre la gente, sobre el teatro.

Engullido por la estampida humana que le arrastraba sin saber adónde, Rudolph se dio cuenta de que alguien había agarrado y arrebatado de su antebrazo el cestillo de caramelos en el desesperado intento de huir que agitaba a la muchedumbre que pocos minutos antes se mostraba tan educada, risueña y elegante. El niño no fue consciente de la tragedia que se cernía sobre la gente, sobre el teatro: lo que le aterraba a él era el haber perdido los caramelos que se habrían desperdigado quién sabe dónde, quizás sobre las alfombras de los pasadizos y luego aplastados por la estampida humana. El boticario no se lo perdonaría, le exigiría compensar la pérdida y ya imaginaba la rabia de su abuela, sus gritos y golpes con una alpargata para castigarle. El nieto debería trabajar un montón de tiempo sin cobrar comisión alguna para resarcir al boticario.

Las puertas del teatro se abrían hacia dentro y la muchedumbre se agolpó en confuso montón sin conseguir franquearlas, ahogándose y abrasándose en aquella ratonera antesala del infierno.

Tosiendo, ahogándose, con los ojos llenos de lágrimas, inmerso en el humo y divisando las llamas que escapaban del escenario, Rudolph seguía aferrado a un pedazo de seda de un vestido femenino. Hundido en una oscuridad impenetrable, sintió de pronto el roce de una mano que tomaba la suya. No supo si era hombre o mujer, pero aquella mano tiró de él con fuerza y se vio arrastrado entre gentes que chillaban y se desplomaban. Notaba bultos y golpes entre sus delgadas piernas, infinidad de obstáculos, pero la mano que le conducía estaba muy segura del camino a seguir.

Le pareció atravesar paredes, cortinas, palcos. El chico era incapaz de pensar, simplemente se movía impulsado por una fuerza imparable que le succionaba. Al fin, el ser que le guiaba se detuvo en una especie de túnel de piedras mohosas; hasta allí no llegaban el humo y la humedad reconfortaba. Era un bálsamo tras el horrible calor de las llamas que transformaba el aire en bocanadas de infierno que abrasaban los pulmones.

Las tinieblas persistían densas hasta que el ente desconocido encendió una antorcha. El chico se vio en una especie de pequeño embarcadero, era un canal del río y ante él, destacó una góndola negra. La mujer, al fin pudo constatar que su salvadora era una mujer, le apremió a subir a la barca y empuñó los remos con decisión. Era muy joven, muy hermosa, tan hermosa como debió serlo su madre muerta. No tenía ningún retrato de ella, pero alguna vecina había comentado que era muy bella, de largos cabellos negros y espléndidos ojos azules, muy parecida a su propio hijo.

La desconocida sonrió con dulzura, no articuló palabra. Remando suavemente, avanzó por el canal buscando la fisura de luz que se divisaba al final del túnel. Rudolph cerró los ojos y expiró, tranquilo y confortado. Supo que su madre había vuelto para conducirle al otro lado del río.

 

El patio del antiguo Hospital General de Viena se convirtió en improvisada morgue y allí se pudo constatar que en la tragedia perecieron 448 personas, nombres anónimos y otros muy importantes en la ciudad, entre ellos, Ladislaus Vetsera, el hermano de Maria Vetsera, la amante del príncipe Rodolfo de Habsburgo, hijo del emperador, de quien eran conocidos sus múltiples romances y cuánto le gustaba frecuentar de incógnito las tabernas vienesas. Las malas lenguas rumoreaban sobre la cantidad de hijos no reconocidos que el príncipe podía tener pululando por la ciudad. Siete años más tarde, el príncipe Rodolfo falleció acompañado de su amante en lo que oficialmente se consideró un suicidio.

Àngels Gimeno
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