De mi nariz escurrían aquellos fluidos que son incontenibles cuando de los ojos también se escapa lo que le duele al alma. Caminaba cabizbajo por las calles de Morelia en una de esas noches que del cielo brillan las estrellas en señal de consuelo divino. Aquellas veladas donde sabes que ni el perro te quiere a su lado pero el horizonte se posiciona como lo único constante. Aquello que si lo miras no te bajará la mirada o fingirá que no estás allí.
Las lágrimas no dejaban ver bien los pasos flojos por un corazón herido, y entre el llanto resurgían las imágenes del día anterior como película. Gritos, peleas, miedos y decepciones. Consecuencias de las malas decisiones, para qué decir que no, y terminaban en mucho ruido en el interior del alma.
—No sirvo para nada —dije con un susurro al viento—. He cometido tantos errores que difícilmente podré remediar, no sabría ni con quién ni por dónde empezar. Han de pensar que estoy loco, que me falta un tornillo —me lamenté.
Caminé hasta llegar a la banca de un pequeño parque del centro. Me senté y recordé los insultos, las palabras que le dije, el dolor de sus duras respuestas mientras subía las piernas en la banca para abrazar mis rodillas.
—Si tan sólo supieran que lo lamento tanto —dije comenzando a llorar nuevamente hasta parecerme a la fuente que estaba justo enfrente de mí.
La soledad se me metió hasta los huesos. No tenía a nadie en el mundo en ese momento con quien pudiera acudir para un consejo o tan sólo un abrazo. Ese es un gran problema cuando abandonas tu casa y te mudas a un lugar donde nadie te conoce. Comenzar una vida nueva tras una ruptura es en ocasiones muy similar a cuando tienes alguna herida un tanto profunda en la piel. No desaparece, sólo duele y entre más la tocas duele más. Cómo la extraño, cómo desearía no haber dicho tantas palabras que ahora la memoria fija como tatuajes. Le hice tanto daño al sólo pensar en mí que terminé igual o peor de lastimado.
—A veces no entiendo para qué nací con una boca, si de ella sólo salen látigos —dije limpiándome los fluidos de la nariz—. Si tan sólo pudiera regresar el tiempo para evitar haber llegado a casa a esa hora del día. Quizá si me hubiera distraído en la plaza no hubiera llegado tan enojado con ella y no le habría dicho tantas cosas de las que hoy me arrepiento —dije levantando la voz hacia la fuente; al menos ella no se iría al escuchar mi voz.
Me levanté de la banca y seguí caminando por las calles hasta llegar a un callejón. Esta noche parecía como si la ciudad completa estuviera dormida, o enojada también conmigo, como si nadie quisiera acercarse por temor a encontrarse con mi presencia. Con la vista nublada por las pesadas emociones tropecé con un bote de basura y tiré el contenido causando un ruido como cuando los gatos callejeros se pelean por algún ratón. El estruendo me hizo perder el equilibrio y caí de rodillas al suelo. Era lo último que me faltaba para hacer de esta noche la más calamitosa en mucho tiempo. Así que, sin importar la suciedad del suelo, me derrumbé y comencé a sollozar. Jamás le hubiera creído a nadie que hay noches tan oscuras como esta hasta que la viví en carne propia.
—¿Qué me queda sino morir? —dije con el rostro entre las rodillas y el piso—. ¿De qué sirvo? —me lamenté.
Fue en ese momento cuando al fondo del callejón escuché que una voz compasiva dijo mi nombre. ¿Julieta?, ¿cómo sabías que estaría yo aquí? Levanté la vista y busqué alguna silueta pero no había rastro de nadie. Me levanté del piso y caminé hasta el fondo del callejón esperando encontrar a la mujer que había dicho tan sólo mi nombre, pero no encontré a nadie.
—Nadie lo va a creer cuando se lo diga —dije.
No hubo necesidad de esperar cualquier otro sonido. Tan sólo puedo decir que el simple hecho de haber escuchado una voz calmada, benévola y serena pronunciar mi simple nombre me hizo levantarme del suelo con un consuelo que no venía de este mundo. Caminé hasta llegar al apartamento y sin decir más me decidí a dormir con la esperanza de un nuevo sol por la mañana.
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