Para cumplir mi sueño me faltó estar muerta.
Siempre he creído que los muertos tienen historias más interesantes que los vivos y, en medio de un mundo tan predispuesto, la muerte es lo único seguro y desconocido.
Todos los días caminaba por el muelle viendo mi reflejo; no era deprimente, sólo aburrido. Los bañistas posaban frente a sus teléfonos, las flores crecían en los acantilados que bordeaban la playa, eran más libres de dispersar sus semillas con el viento, de morir. En el resto del pueblo, todos los días alguien me ponía en medio de un cuarto de concreto de un metro por un metro con un bañito atrás, que no era muy diferente a los ataúdes convencionales.
Yo tenía unas cuantas amigas, eran tres chicas de treinta y algo, solíamos ir a las tiendas, platicar en las zapaterías y cuchichear sobre aquellas mujeres que sí estaban casadas, pues nosotras éramos solteronas, pero vivir con una persona por el resto de mi vida, compartiendo baño, cama, comida y ducha, tampoco me emocionaba, ni la idea de cambiar pañales, llorar en graduaciones ni despedir a universitarios de mi casa.
Yo no me consideraba buena en nada más que en fotocopiar con precisión y decir a mis jefes: “sí, señor”, “buenos días” y “hasta mañana”. Había recorrido suficientes lugares, tanto como mi economía me lo permitía, pero no era carismática para las amistades ni el coqueteo; tampoco tenía una belleza arrebatadora; era flaca, baja, de cabello pastoso, tenía los ojos pequeños y poco expresivos.
Así que esos recorridos se convertían en simples fantasmas en mi mente cuando volvía a mi vida normal. Era difícil salir de la rutina cuando ésta pagaba el alquiler, la comida y el gas. Así que la muerte, en medio del puerto, a mitad del mundo, sonaba como un bonito torbellino.
Un día decidí no prolongar más esa vida aburrida. Deseé cumplir mi sueño de hacer algo verdaderamente loco, inesperado. Ya no tenía a mi mamá, mi única familia, así que ya nadie me reprendería; lo sentía un poco por mis tres amigas, pero sabía que aprenderían a dejar de verme, a llorar un poco en el funeral y a recordarme como solía ser.
Así que un viernes cuatro de noviembre renuncié a mi trabajo como contadora; mis jefes no lo entendieron, dijeron que me pasarían luego la liquidación. Yo supuse que tal vez cuando lo hicieran ya sería demasiado tarde.
Salí de ese lugar, decidí que recibiría el final de manera única, que tarde o temprano todos íbamos hacia allí y que no debía temerle.
Durante ese día hice todo lo que no consideraba correcto, desde enfrentar a mi vecina por sus gritos y fiestas a las cuatro de la mañana, hasta gastar toda mi quincena en comida chatarra; luego vendí mi casa, en realidad la malbaraté y decidí que antes de morir quería cruzar el océano; usé mi pasaporte por primera y única vez, me dirigí a un país donde no tenía la menor idea del idioma: Corea del Sur.
Fue como un sueño, la sensación de los mullidos asientos tras la nuca, el sonido del motor, un flashazo de luz azul y blanca en las nubes al otro lado de la ventana, una pista de aterrizaje entre olor a café y zapatos nuevos. Me permití perderme en Busan, en medio de las tiendas con olor a plástico, los rascacielos que me escocían la vista, las aceras con pavimento color plomo y las flores de cerezo, flores de cerezo en el aire perfumado y húmedo. A duras penas logré volver al aeropuerto tras tres días extraños y luego a mi antigua ciudad.
El dinero ya se me había terminado y sin dinero es cuestión de tiempo para que uno comience a morir. Con lo último de mi capital me hospedé en un hotel modesto que estaba cerca de la morgue; pagué por adelantado treinta días y pedí que no se me molestara.
Dejé de pedir comida y agua y dejé de usar el celular. Poco a poco el ayuno me fue minando, comencé a deshidratarme, a no poder dormir y a tener ansiedad. Para calmarme, empecé a remarcar las fotos polaroid de mi viaje; me gustaba ver los cerezos, me calmaban, me ayudaban a aceptar.
Mi mano pasaba dibujándoles las ramas; luego comencé a dibujarlos sobre el papel, estaba tan desvariada y deshidratada que di mucha rienda suelta a mi extravío, se me dio por plasmar otras cosas. Treinta días parecen poco, parecen nada, pero el tiempo se mide por nuestras extrañas decisiones y descubrimientos. Y comencé a medirlo en dibujos debido a la proximidad de la muerte, cuando no quedaban más que líneas en mi cabeza, líneas en la vida, en el horizonte de la recámara.
¿Cuánto se podía vivir a través de esas líneas? ¿Podía hacer algo con ellas? ¿Había estado viendo líneas inconclusas en el muelle, en los centros comerciales y en las fotocopiadoras? ¿Líneas que quería concluir en la muerte? ¿Y si esas líneas aún estaban aquí? Pronto me di cuenta de que no quería alejarme de mis extraños dibujos, pero ya no había tiempo.
Cuando cerraba los ojos, una profunda oscuridad venía hacia mí, me zambullía, me quitaba el aire, no era una oscuridad pacífica, sino una aterradora, una profunda nada acechándome, informe y llana, ni siquiera era aburrida o danzante, no era amarga ni agridulce, sino vaga.
Y entre esa nada tenía la esperanza de volver sobre el papel; me preguntaba si quería quedarme dibujando sólo un minuto más, si quería seguir pensando, si quería seguir moviéndome, si quería sentir un minuto más las sábanas.
Supe que quizás lo único que me faltaba para empezar a vivir era estar cerca de la muerte por una vez. Que quizás la muerte no era del todo lo que yo quería; yo no deseaba la nada, aunque me hubiese sentido así. Había algo más poderoso que la rutina y eso era el miedo.
Por primera vez tuve la voluntad suficiente para luchar contra lo probable. Arrastré la mano hacia el teléfono, marqué el número del servicio e intenté gritar, pero ningún chillido salió de mi garganta; me desplomé, la oscuridad me venció.
Lo siguiente que sentí fue una enorme inmensidad entre la cual las líneas de las polaroid recorrían todo; pensé que quizás ese era mi limbo y que tal espacio era diferente para cada uno.
Pero no estaba aún allí.
Abrí los ojos en medio de una cama de hospital, rodeada por los ojos absortos de mis tres amigas.
—¿Que acaso estás loca, mujer? —exclamó la más joven de todas. Tenían sin verme cerca de tres semanas.
Le siguió otro sinnúmero de chillidos. Al parecer tras recibir esa extraña llamada la mucama había decidido ir a revisar la habitación, había llamado a los paramédicos de la morgue tras encontrarme, había hallado en mi teléfono sin contraseña los números de mis amigas, me habían salvado. Incluso para suicidarse hay que ser un poco impredecible pero yo no tenía ese talento; bueno, no todavía.
—Te encontraron entre un montón de dibujos, ahora quieren hacerte análisis psiquiátricos —dijo otra; me mostró el pequeño cuadro de papel, las ondas sobre los deformes árboles de colores y tinta—. No sabíamos que dibujaras, pero este fue un pésimo momento para demostrarlo.
—A pesar de que casi caes en coma debemos decir que son bastante interesantes.
Miré los dibujos; en realidad lo eran, en verdad las ilustraciones eran muy simples y a la vez muy complicadas, me llenaban, me llamaban. Supe que quizás la muerte no era aterradora, lo aterrador era llegar hasta ella cuando algo estaba por descubrirse.
- Las líneas en las polaroid - jueves 10 de octubre de 2024


